viernes, 9 de diciembre de 2011

DE ACAMPADA

NOTA: Disculpad las faltas de expresión y ortografía. Lo he escrito a las prisas y a las tantas de la madrugada.




-¿Entras en la tienda de campaña de una vez, o que?
-Termino de recoger la mochila, apago la fogata y ya entro. No seas pesado.
-Creo que me gustaba la idea de salir de acampada hasta este punto... que puto miedo joder.
-Eres un exagerado.-

Saul cerró la mochila y la dejó caer en el suelo, mientras volcaba un cubo de agua sobre el fuego.
Se escuchaban cascos de caballo en la lejanía, acercándose al lugar. “Por los pelos” pensó.

-¿Un forestal? ¿A caballo? -Dijo su amigo desde la tienda

-Eso parece. Nos libramos por poco de la mult... -Mucho antes de lo que el eco del sonido sugería, el caballo pasó junto a ellos en la oscuridad, a toda velocidad, haciendo saltar las brasas de la fogata.

-¡Joder! ¡Ha cogido la mochila! -Gritó Saul, aún con el sobresalto.
-¿El forestal? -Preguntó Alejandro.

Pero su compañero no tuvo tiempo de contestarle. Sin pensarlo, se montó en su bicicleta y pedaleó como pudo en la oscuridad, tratando de seguir al caballo.

-¡Joder! ¡No me dejes aquí solo! -Gritó Alejandro, pero la oscuridad ya se había tragado a su amigo.


Saul pedaleaba sin apenas poder distinguir nada. La dinamo descargada de su bicicleta tan solo proyectaba un fino destello intermitente cada cinco o seis segundos, lo justo para no perderlo en la oscuridad, pero que tan solo le permitía distinguir la silueta de a quién perseguía.

El caballo parecía demasiado bajo, como si fuera un pony, resultaba ridículo pensar que un caballo así corriera a esa velocidad. La silueta del jinete era también perturbadora, un cuerpo escuálido, con las extremidades alargadas y un largo y fino cuello que sujetaba una enorme cabeza.

El grito de su amigo quedaba ya muy lejos, tan solo se escuchaba el sonido de los cascos del caballo sobre la tierra, acompañado por el contoneo metálico de la bicicleta.

Sin poder darse cuenta a tiempo, de la oscuridad brotó un árbol bajo. El jinete y su montura desaparecieron, como si se hubieran fundido con él.
Saul frenó para no chocar, pero la bicicleta hizo un mal movimiento y golpeó de lado contra el tronco, partiéndose varias aristas de la rueda delantera, quedando inutilizable.
La luz intermitente de la dinamo se apagó.
La oscuridad era tal que le resultaba imposible ver sus propias manos.

-¿Qué cojones ha pasado?
Se negaba a aceptar que aquello que perseguía, fuera lo que fuese, hubiera desaparecido de repente.

Palpó sus bolsillos hasta encontrar su linterna. La encendió y alumbró a su alrededor.

Aquel árbol le era familiar... pero no podía ser. Era un haya, uno igual a aquellos en los que trepaba de niño, durante su infancia, cuando aún vivía en Galicia. Era imposible que se diera en la sierra donde estaba, en Málaga... Parecía sacado de sus recuerdos.

Tras superar el escalofrío que le había recorrido el cuerpo, trató de fingir en su mente un pensamiento lógico: Fuera quien fuese el que le había robado, ya estaría demasiado lejos, lo mas sensato era volver a la tienda de campaña.

Arrastrando la bicicleta como podía, volvió por donde había venido. No reconocía absolutamente nada del camino.

No había avanzado demasiado cuando comenzó a escuchar sonidos. Algo se movía entre los arbustos, a los lados del carril por el que caminaba.

Al principio parecían producidos por revoloteo de animales, pero pronto comenzó a distinguir voces.
Aún así, el chico no se paró en ningún momento. Con pavor, alternaba la luz de la linterna entre el camino y los arbustos, esperando sorprender algún rostro o algunos ojos de aquellos que parecían cuchichear a su alrededor. Pero tan solo había oscuridad. Creía que el miedo le jugaba una mala pasada.

Un sonido se oyó por encima del resto, y fue tan claro que despertó en él el instinto de acercarse.
Sin duda el ladrido que acababa de escuchar era el de su perro tobi. Aunque hacía un par de meses que no veía a su perro, distinguiría su ladrido en cualquier parte.

Saul soltó la bici y se acercó a los arbustos.
Poco a poco la sombra de lo que había detrás se hacía mas clara. Parecía una persona en cuclillas.

Saul apartó el matojo y apuntó con la linterna fijamente. El sobresalto al ver el brillo de los ojos de aquella persona le hizo retroceder, sin dejar de apuntarla con la linterna mientras ésta se ponía en pie.

-¿Ma... mamá? -Titubeó el chico, extrañado.

Su madre, vestida con ropa de casa, llevando incluso delantal y zapatillas le miraba fijamente, de pie tras el arbusto. Lo miró fijamente durante unos segundos sin hacer ningún gesto, luego comenzó a hablar.

-¡Hijo! ¡Dios mío! ¿Donde has estado? -La mujer parecía alterada y aliviada de repente.
-Te dije que pasaría la noche con Ale, de acampada... -Le contesto, con una mueca de incredulidad.
-Hijo, eso fue el Sábado, Alejandro también está muy preocupado, ¿Donde has estado toda ésta semana?
-¿Semana? ¡Qué dices!
-Hoy es jueves, hijo... ¿Te encuentras bien? ¡Qué alegría se van a llevar todos! ¡Llevamos días buscándote!

Saul no encontraba ninguna lógica a lo que decía su madre, pero sentía una confianza ciega en todo lo que ésta le dijera, y ese sentimiento era mas fuerte que cualquier razonamiento.

La cogió de la mano, y retomaron el carril tras la luz de la linterna.

El chico sentía emociones imposibles, estaba aterrado y calmado a la vez.
No paraba de alumbrar al rostro de su madre, que de nuevo se había vuelto imperturbable, sin mostrar emoción alguna. A pesar de que la luz de la linterna apuntaba a su rostro en lugar de al carril, no detenían su paso. Su madre parecía no necesitar luz alguna para caminar por tan oscuro camino. Saul se percató de que no pestañeaba, y eso le aterraba aún mas... sin embargo, la confianza que le hacía dejarse llevar no menguaba, seguía calmado sin estarlo, como si quisiera gritar pero estubiera mudo. Pareciera que no era dueño de su propio cuerpo o de sus propias decisiones.

De repente, se pararon. Su madre señaló al frente. Saul dejó de apuntarla al rostro y alumbró lo que señalaba.
Delante de ellos se alzaba una estructura parecida a una casa, pero de forma ovalada y hecha de metal.

La extraña puerta del enigmático edificio se abrió, y de el salió... algo. Un ser de forma parecida a lo que le pareció distinguir que cabalgaba aquel deforme podenco salió de ella:
Una figura de ojos enormes, dedos largos y piel grisácea. Le extendió la mano.

Saul pensaba “No” “No quiero” “Quiero irme” “Que alguien me ayude”, pero lo único que hizo su cuerpo fue sonreir y coger la mano a aquella criatura, que portaba su mochila en la otra.

Su madre se desvaneció mientras el chico entraba por la puerta, de la mano de aquel ser.


-¡JODER! -Saul se despertó, la luz de la mañana ya entraba por el techo de la tienda de campaña.
-¿Qué coño te pasa? -Le preguntó Alejandro, que dormía a su lado.
-No te vas a creer la pesadilla que he tenido....
-Cuéntamela. -Le dijo su amigo.

El joven le relató su pesadilla, y su amigo la escuchó atentamente, sin parpadear... en ningun momento.

Saul estaba solo, estaría solo para siempre en ésa réplica de lo que fue su mundo, creado a partir de sus recuerdos por aquellos que ahora le estudian.

Mientras, en la tierra, en su verdadera realidad, lo único que encontraron de él fue su bicicleta, hecha pedazos entre las rocas del monte.