Las copas de los árboles tienen un
verde muy intenso. El tren va muy rápido, pero aún así
se puede apreciar como las hojas ondean con el viento.
La vista es maravillosa, única. No hay
mejor manera de endulzar éste viaje que quedarse prendada mirando
por la ventana.
Una señora mayor se dirige a mi.
-¿Te importa que me siente a tu lado,
hija?
-Claro, siéntese.
-¡No es muy común ver una carita tan
joven! Normalmente éste trayecto solo lo hace gente mayor.
Hasta que la señora no hizo hincapié,
no me dio por fijarme en el resto de los pasajeros. Efectivamente,
casi la totalidad eran ancianos o adultos ya entrados en edad...
Aunque todos parecían muy contentos, con las caras iluminadas y
llenos de vitalidad.
-Pues no entiendo por qué, éste lugar
es tan hermoso que todo el mundo debería hacer el trayecto.
-Respondí.
La anciana me sonrió con dulzura,
ladeando la cabeza como si me diera la razón, y sacó de su bolso un
juego de agujas de croché y un par de ovillos de lana.
Yo continué mirando por la ventana. Una bandada de pájaros volaba cerca
del tren, a muy baja altura. Casi parecían intervenir con el
movimiento de las hojas de los árboles, al compás con el viento.
Estaban muy sincronizados, demasiado
sincronizados. Parecían notas musicales colocadas perfectamente
sobre un pentagrama sin rayas.
Cuando el Tren tomó una pequeña
curva, la visión a lo lejos de unas redes de cableados dibujaron la
pieza que faltaba: Un perfecto pentagrama se formó en el aire ante
mi.
Aún pensando en la casualidad, traté
de identificar que nota era cada pájaro hasta que, sorprendida, vi
en ellos una conocida composición de Chopin. La precisión era
increible.
-¡Señora! ¡Mire por la ventana!-
Traté de llamar la atención de la anciana para compartirlo con
ella.
La señora dejó de hacer punto y giró
la cabeza para mirar.
-Fíjese -me di la vuelta -forman un...
-Es hermoso, ¿Verdad?- Volvió a
sonreírme, como si le pareciera bello, pero no le sorprendiera en
absoluto. Cuando volví a mirar por la ventana, ya no estaban los
pájaros, solo el mismo entramado de frondosos bosques que me había
sobrecogido hasta entonces.
Observé de nuevo a la señora. Tejía
una pequeña estrella, como un bolso pequeño.
-Lo estoy haciendo para tí. -Me dijo.-
Para que no olvides éste trayecto.-
La sonrisa que me dirigió ésta vez
estaba cargada de melancolía.
Sentí el impulso de abrazarla, pero
antes de que me pusiera en pie percibí un ruido en uno de los
vagones de atrás. Alguien estaba tocando el piano... la misma pieza
que acababa de ver dibujada en el cielo.
Me levanté y abrí la puerta que
comunicaba con el anterior vagón, decidida.
El vagón de atrás era algo mas
pequeño, pero no tenía ningún asiento, solo un piano sobre una
enorme alfombra roja que ocupaba casi todo el espacio, todo iluminado
con varios candiles rojizos.
Un anciano tocaba el piano sonriente,
con los ojos cerrados.
No sabría muy bien como explicarlo,
pero su rostro me resultaba reconfortante, tenía la sensación de
conocerle. Como si fuera sacado de un recuerdo lejano, casi borrado.
Un ladrido me hizo mirar bajo el piano.
-¿Canela? ¡Canela! ¡No puede ser!-
Mi perrito de la infancia estaba allí,
como si no hubieran pasado los años. Se sentó a mi lado y me tendió
la pata, como siempre hacía.
Estaba tan contenta, tan embriagada de
felicidad, que no entendía lo que eso significaba; hasta pasados
unos minutos, cuando me puse en pie e intenté recordar: ¿Adonde
iba? ¿Como y cuando había entrado en ese tren?
No había respuesta. Lo único que me
vino a la cabeza al intentar recordar fueron imágenes borrosas.
Lluvia en un cristal, la parte de atrás de un coche, una luz roja,
un... golpe.
Lo comprendí. No sabía como
reaccionar, como sentirme. Me desplomé en el suelo, de rodillas.
Sin nisiquiera terminar de entenderlo, rompí a llorar.
El anciano no paró de tocar. Y
agradecía que no lo hiciese, tenía la sensación de que si parase de tocar terminaría de perderlo todo. Canela frotaba su hocico en mi rodilla,
tratando de animarme.
La señora que se sentó a mi lado en
el otro vagón apareció detrás mía para abrazarme.
-No te preocupes -Me susurró al oido.
-Estoy aquí para ayudarte, para guiarte.
Recorrió mis brazos con sus manos
hasta dejar en la palma de las mías el pequeño bolsito con forma de
estrella que había terminado de tejer.
La miré a la cara, aún con los ojos
llorosos.
-Ábrela -Me dijo, volviendo a sus
primeras sonrisas cálidas.
Dentro del bolsito había.. luz. Una
luz que me hizo comprender que no tenía por qué temer, que ésto no
era mas que un nuevo camino que ahora me tocaba andar. Un camino
maravilloso que marcaba un momento nuevo, de dimensión infinita,
donde no había espacio para el dolor.
-Canela se coló en el tren junto a tu
abuelo -señaló al hombre que tocaba el piano- porque no podía
esperar a verte, como él, que solo te conoció cuando aún eras un bebé. Cuando lleguemos verás cuantos mas
te esperan. Tienes aún mucho amor por dar y recibir, niña. Incluso
puede que mas tarde quieras ayudar a los nuevos pasajeros, como hago
yo. Por ahora disfruta de tu trayecto, vuelve a tu asiento y siente
la música mientras miras por la ventana.
