El camino continuaba hasta donde se
perdía la vista, como podía divisar por encima de los hombros del
resto de mugrientos hombres encadenados que caminaban delante suya.
Eran muchos, al menos cuatro docenas;
quizá cinco.
Las ropas deshilachadas, manchadas y
desgarradas. La piel cubierta por barro, sudor, sangre seca y
cardenales. El pelo largo, la barba pronunciada en los varones, los
labios partidos... Todos tenían su mismo aspecto. Encadenados de
pies y manos, avanzaban dando pequeños pasos, levantando el rojizo
polvo del camino.
A pesar de que cualquiera podría
adivinarlo como una mala idea, quiso ver a quien tenía detrás, pues
se creía el último del grupo.
En los pocos segundos que tardó el
largo látigo en golpearle la cara para instarle a devolverla al
frente, pudo ver quienes les seguían.
Sólo seis personas, en fila:
Los dos primeros, más cercanos a
ellos, portaban largos látigos en sus manos. Si no fuera por su
aspecto más limpio y la ropa intacta, habría pensado que
pertenecían al mismo grupo que ellos.
El tercero, a tan sólo un paso por
detrás, notablemente mejor vestido aunque con menos pelo, barría
una y otra vez con la mirada las nucas de los que caminaban, mientras
susurraba a los hombres de los látigos lo que estos querían oir mirando de
reojo al cuarto hombre.
El cuarto hombre vestía un traje negro
impoluto. Sonreía con sobervia mientras observaba la escena, como
quien admira los logros fruto de una vida de perfecciones. Llevaba
una pistola en su mano derecha.
El quinto hombre aparentaba estar
distraido, no notar qué estaba pasando. Miraba de un lado para otro,
jugando con un pequeño mazo redondo de oro que llevaba en las manos,
deslizándolo entre sus dedos.
El último hombre era completamente
distinto. Era mucho más alto, más corpulento.
Tenía el torso desnudo, con el tatuaje
de un águila dorada en el pecho, perfilada con un color verde papel.
Su cuello estaba rodeado por un colgante formado por todas y cada una
de las llaves que cerraban los grilletes. Su cara solo
destelleaba seguridad. Era como si los otros cuatro hombres llevaran,
sin saberlo, otro tipo de cadenas de las que sólo él tuviera
conocimiento.
¿Qué era aquello? Cinco personas
condenaban a su voluntad a todo el grupo que caminaba. ¿Cómo podían
aceptarlo sin más? ¿Como podían seguir caminando con la única
esperanza de que algún día la compasión y la comprensión
aparecerían de la nada en el corazón de aquellos hombres y al menos
les aflojaran un poco los grilletes? No, no tenía sentido
resignarse.
Gritó, llevándose un látigazo por cada una de sus palabras, y causando nerviosismo en el hombre que susurraba:
-¡Daos la vuelta! ¡Son pocos!
No necesitaba oir respuestas, los
rostros de los que caminaban a su lado decían “tienen látigos”,
“tienen una pistola”, “son más grandes”, “son más
poderosos”, “son más inteligentes”...
Sólo un par de ellos apretaron los
dientes con rabia, porque a pesar de estar de acuerdo con esas
afirmaciones, no lo soportaban.
Aún notándose solo, PI actuó:
Se giró abalanzándose contra uno de
los hombres con látigo, haciéndole caer mientras apretaba su cuello
con las dos manos. El hombre que susurraba retrocedió haciendo
señas.
PI apretaba con todas sus fuerzas
mientras el otro látigo se hundía una y otra vez en su espalda,
levantando carne y sangre.
El hombre que susurraba se inquietó aún más.
El hombre de la pistola no hizo nada.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió.
Uno de los que antes apretaron los dientes se
acercó por la espalda al que propinaba los látigazos y lo rodeó con los brazos usando los grilletes para tirarle, también del cuello.
PI agotó el último soplo de vida de
su enemigo y se puso en pie mientras dos de los hombres mugrientos que apretaron los dientes forcejeaban con el otro.
El hombre que susurraba estaba
aterrorizado.
El hombre de la pistola se irritó,
empujando al que susurraba hacia PI.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió más fuerte
aún.
El hombre que susurraba se acercó a PI
aparentando tener algo importante y decisivo que decir, algo que cambiaría para siempre su concepción sobre lo que ocurría. Pero cuando
parecía que fuera a articular la primera palabra, sacó de su manga
un puñal que PI no acertó a esquivar. El acero se clavó en su
costado.
Retrocedió un paso y, aunque se le
nubló rápidamente la vista, pudo ver como otro de los que antes
apretaron los dientes, placaba a su agresor.
El hombre de la pistola la desenfundó
mientras gritaba, culpando a los hombres de los látigos y al que
susurraba de no hacer las cosas que debían.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento seguía riendo.
PI caminó hacia el hombre de la
pistola, que no dudó un segundo en dispararle.
Pero la bala que debería haberle destrozado el pecho se alojó en el muslo, al desviarse el tiro cuando el hombre de la pistola fue atacado por otro de los mugrientos. Esta vez uno al que PI no había visto siquiera apretar los dientes.
Pero la bala que debería haberle destrozado el pecho se alojó en el muslo, al desviarse el tiro cuando el hombre de la pistola fue atacado por otro de los mugrientos. Esta vez uno al que PI no había visto siquiera apretar los dientes.
El hombre del mazo seguía fingiendo
estar distraido, pero se notaba en el la desesperación.
El hombre corpulento cerró los labios
y continuó riéndose con el cuerpo.
PI se arrastró hasta el hombre del mazo, qué se apartó murmurando demasiado rápido como para entender qué decía. Estaba claro que intentaba excusarse, intentaba hacer ver que el no era consciente de nada, y que no era tan malo como los otros.
Aunque PI no lo vió, otro de los que
nisiquiera apretaron los dientes le clavó su propio martillo dorado
en el cráneo.
El hombre corpulento tenía a PI ante
él.
Soltó una risotada tan grande que lo bañó de un apestoso hedor que emanaba de su garganta.
Soltó una risotada tan grande que lo bañó de un apestoso hedor que emanaba de su garganta.
-Has perdido,-Dijo PI.
El hombre corpulento no habló, sólo
estrelló su pie sobre él, destrozándole el cuerpo.
La sangre brotaba a borbotones de la
boca de PI, mientras repetía “has perdido” con su último aliento.
El hombre corpulento alzó la cabeza
con los ojos cerrados y rió muy sonóramente.
Cuando bajó la cabeza, su sonrisa se
borró.
Estaba completamente rodeado. Ya no
quedaba nadie caminando sin mirar atrás. Todos estaban allí,
mirándole, odiándole, deseando su muerte.
Movió los brazos, mató a cinco, a
diez, a quince.
Le trepaban por la espalda, le mordían
las piernas, le agarraban los brazos como podían. Morían uno tras
otro.
Uno de ellos alcanzó una de las llaves
de su cuello y tiró de ella. Todos los que pudieron lo imitaron.
El hombre corpulento cayó de rodillas. Todos los que quedaban vivos tiraban con fuerza de sus
llaves, ahorcándole.
El águila dorada de su pecho se tiñó
de rojo con el polvo del camino cuando el hombre corpulento cayó
muerto junto al cuerpo de PI.
Los hombres mugrientos se pasaban las
llaves unos a otros, desatando sus grilletes.
Estaban solos, perdidos. Aún quedaba
una ardua tarea hasta tener algo a lo que llamar casa, algo a lo que
llamar vida. Pero eran dueños de sus actos y no había nadie por
encima de ellos.
Nadie puede culpar al hombre mugriento
de no mirar atrás, nisiquiera de no apretar los dientes.
Pero todos pueden ser patas del
ciempiés cuando aparece una cabeza.

