jueves, 19 de marzo de 2020
Te Siento
Sara lanzó de una patada su bota derecha contra la esquina del baño, sin prestar siquiera atención al rollo de papel higiénico que saltó del estante debido al retumbo. Aún estaba enfadada, lo suficiente como para hablar sola.
-Si es que no sé que hago perdiendo el tiempo así… para ser (según él) “su mejor mitad” parece que le cueste dedicarme tiempo…- La muchacha se quedó quieta de repente, entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.
“¿Fue él quien me dijo aquello? Desde luego Diego no fue… pero tampoco recuerdo cuando fuese que lo dijera Andrés...”
Soltó un bufido, fingiendo que no le importaba esa cuestión, que no le importaba nada de todo esto.
Se metió en la bañera y con cuidado se echó hacia atrás en el agua, mirando al techo. Uno de los pequeños focos que daban luz al baño seguía parpadeando de la manera que siempre la desesperaba, pero no le molestó, ya no estaba irritada: una mezcla entre el vapor y calor del agua y la negativa de su mente a desistir en el intento de recordar cuándo dijo su novio aquella frase la tenían lo suficientemente entretenida para haber olvidado su enfado.
Repasó mentalmente todos y cada uno de los viajes que habían hecho juntos, de los eventos a los que habían asistido o de los momentos románticos que podía recordar. No conseguía recordar el momento, pero aún así estaba segura de que la había pronunciado.
-Eres mi mejor mitad.-Dijo en voz alta, despacio, deteniéndose en cada sílaba.
Empezó a frustrarse de nuevo. Soltó una pedorreta a medida que se dejaba resbalar por la bañera hasta meter la cabeza bajo el agua, haciendo pompas con el aire que salía de su nariz y boca. Abrió los ojos bajo el agua y, cuando se disiparon las ondas y burbujas, volvió a ver a través de la superficie del agua aquel foco que parpadeaba.
Se sentía extraña. De repente aquella luz le resultaba ajena. Su propio cuerpo le resultaba algo desconocido, perdió en un instante la noción de donde se encontraba y su mente empezó a recibir extrañas certezas, epifanías que no sabía muy bien de donde surgían.
En un momento supo que la vida es sólo una página, un tramo por la que su ser debe pasar para sentir experiencias, que no hay principio y no hay fin. Que nada tiene importancia. Que el miedo no tiene sentido y la tristeza no puede realmente dañarnos sino condicionar apenas las líneas que se escriban en esa página que es la vida.
En medio de ese flujo de revelaciones y pensamientos que duraba un simple instante, pasó por su mente Andrés, pero no un nombre ni un rostro… sino un concepto, algo primigenio.
Lo percibió como un olor, un sabor, una reacción específica en su ser, una esencia que haría
que pudiera reconocerlo con los ojos cerrados, sin oír, sin escuchar, sin ninguno de sus
sentidos. Una certeza absoluta. Percibía y entendía su esencia.
De repente estaba segura de que la persona a la que pertenecía esa esencia era quien le había
dicho aquella frase: “Eres mi mejor mitad”.
Como quien recuerda trazos de un sueño pasado, se vio a sí misma, con otro rostro y otra piel,
tomando de la mano a un hombre que portaba esa esencia.
Poco a poco empezó a percibir con más claridad la escena. La felicidad que sentía era
inconmensurable, tenía ganas de gritarlo a todas aquellas personas que de repente se
dibujaban, reconociéndolas como sus más allegados en los recuerdos de aquella piel.
Cuando comenzó a percibir el sonido, el hombre donde yacía la esencia terminó de decir sus
votos.
-…Eres mi mejor mitad.
“Es mi boda… yo no me he casado nunca… pero esta felicidad que siento… la recuerdo.”
En cuanto lo reconoció como suyo, el recuerdo se diluyó tan rápido como surgió.
Todo se apagó y tan solo permaneció aquella esencia.
Como si esa oscuridad fuera un lienzo y la esencia el punto de partida de una pintura, comenzó
a dibujarse un recuerdo diferente.
Esta vez se adelantó a la escena, consiguió recordarlo antes de poder verlo.
A pesar de que ella era hija única, se vio jugando en la playa con su hermana gemela, que
portaba una vez más esa misma esencia.
Las dos chapoteaban en las olas cogidas de las manos, dando vueltas y riendo. No necesitaban
nada, con estar juntas podían crear mil y un modos de divertirse.
Se marearon y se dejaron caer sobre la arena. Su hermana la miró y sonrió reflejando el sol en
sus dientes. Exageró tanto la sonrisa que sus pómulos casi taparon sus ojos cuando dijo:
-¡¡Eres mi mejor mitad!!
El recuerdo se esfumó de nuevo y donde yacía su hermana tan solo permaneció una vez más
aquella esencia, rodeada de oscuridad.
Su piel, en el siguiente recuerdo que la embargó, era de nuevo diferente.
“Me acuerdo de estas manos…” dijo mirándoselas.
Conforme su alrededor tomaba forma y la esencia se tornaba al aspecto de un señor mayor,
recordó con precisión.
“Me acuerdo, me despedía de papá” Pensó; al ver la figura que se dibujaba frente a ella.
Al pensar esta última palabra la embargó una tremenda emoción y calidez.
En frente de ella se encontraba un señor al que reconocía como su padre, portando la misma esencia que Andrés, que su
marido, que su hermana gemela…
La cogió de las manos.
-Ahora que te marchas, no puedo evitar sentir que un trozo de esta casa, un trozo de mi… se
marcha… mi mejor mitad. Te quiero hija. Espero que seas feliz.
Las lágrimas brotaban de los ojos de la muchacha, se fundían con el aire, con el agua… de la
bañera.
Sara sacó la cabeza del agua en un sobresalto, tiritando y confundida.
Intentaba retener lo que acababa de experimentar pero escapaba de su mente con demasiada
rapidez. Cuando vio que sus esfuerzos eran inútiles y que pronto lo olvidaría, salió a toda prisa
de la bañera, se vistió con lo primero que encontró y se marchó corriendo de casa.
Corría tan rápido que resultaba un milagro que no tropezara. Apenas recordaba ya algunos
detalles de lo experimentado en la bañera, pero tenía que verle.
Cuando llegó a la puerta, tocó el timbre las suficientes veces como para avergonzarse si no
fuera Andrés quien la abriera, pero por suerte fue él.
-¡Sara! –La cara del muchacho se iluminó y le dedicó la más sincera de las sonrisas.
Cuando Sara vio esa sonrisa, rompió a llorar con fuerza, con una inmediatez imposible. Las
piernas le flaquearon del cansancio y la emoción y cayó sobre sus rodillas, sin dejar de sollozar
mirándole.
Andrés se agachó frente a ella con los ojos también empañados en lágrimas. Le tomó las
manos y le dijo:
-Perdóname, por favor... no quiero perderte. Eres mi mejor mitad.
lunes, 4 de noviembre de 2019
Nunca.
Miraba la cama donde un segundo antes había estado tumbado. En la forma inmaculada en la que la colcha cubría las sábanas, no había el menor rastro de presencia, nada que indicara que allí había yacido un ser humano.
-No, ya no. - pensó.
Miró por la ventana. El sol no entraba por el marco, pero la acera estaba bañada por su calidez y una suave brisa mecía las hojas del naranjo a escasos metros del cristal en el que ya no estaba el picotazo que causó con aquel destornillador a los doce años.
No había fotos en las paredes, toda la habitación parecía más sobria. Una habitación de invitados.
Caminó hacia la puerta e hizo girar el pomo, que ya no cedió del mismo modo en que lo hacia siempre, con el desgaste que se esperaba.
-Incluso este pomo lo agradece. -Se dijo.
En el salón, los retratos de la chimenea y la estantería mostraban a una feliz familia de tres miembros: el padre, la madre, y la pequeña... Ningún rastro del adolescente de mirada perdida, que solía aportar sombra, casi siempre demasiada, a los retratos familiares.
Sonrió con tristeza al ver una figura de madera de un gallo sobre la estantería de la enciclopedia, donde recordaba que su madre puso aquella fea pieza de cerámica que realmente nunca le gustó a nadie, pero era lo único remotamente digno de ser expuesto que hubiera salido de sus manos, y sus padres habían hecho el esfuerzo de buscarle ese hueco. Siempre el esfuerzo.
El esfuerzo por buscarle una cura cuando estuvo enfermo, el esfuerzo por ayudarle a ser feliz cuando su salud física mejoró, pero no su ánimo.
Esos esfuerzos que él sabía inútiles, que lo único que le provocaban era un desgarrador sentimiento de culpabilidad que hacía brotar emociones descontroladas como la ira. Una ira irracional al ver con impotencia como se negaban a tirar la toalla en la imposible tarea de devolverle las ganas de vivir, descuidando sus propias vidas o la de su hermana.
Se acercó a la cocina para la prueba definitiva. El suelo estaba limpio, impecable.
Ya no recordaba el motivo por el que discutió y tiró aquel yogurt al suelo.
Su padre se había marchado a dar un paseo para despejarse, como siempre hacía cuando le superaba la frustración de la situación con él.
Había discutido con su madre en la cocina, y los gritos le habían seguido hasta su cuarto, donde el pestillo de la puerta había frenado el paso de su madre, pero no de los gritos.
Ahogó la cabeza contra la almohada hasta que pudo dejar de distinguir el significado de lo que le gritaba.
Pudo sentir como se alejaba de la puerta para luego seguir gritando aún más fuerte. Esto le pareció extraño pero no fue hasta que escuchó la puerta principal de casa cerrarse de golpe cuando decidió sacar la cabeza de la almohada.
No podía haberse marchado también a despejarse y dejar a Sofía sola en el salón, y era demasiado tarde para llevarse a la niña consigo.
Salió de la habitación y fue directamente a la cocina.
Alguien había resbalado con el yogurt y se había golpeado fuertemente la cabeza contra la encimera. Todo estaba lleno de sangre.
Ahí comenzó el sentimiento. Supo al instante lo que había pasado y, aunque no fue ni remotamente la primera vez, si que fue la vez que con mayor fuerza deseó no haber existido. No haber resultado una maldición para todos aquellos que quería; que le querían.
Lo deseó con tanta fuerza mientras apretaba la cabeza una vez más contra la almohada, que el universo, el todo, aquello que tenía la potestad de decidir, decidió concederselo.
Él lo percibió, la certeza le atravesó como una flecha, abrazó la posibilidad y la asumió. Se sorprendió distinguiendo la felicidad en ese pequeño instante en el que entendió que salvaría a su familia del peso de su existencia.
Entonces fue cuando se levantó de la cama, que estaba inmaculada. Porque él nunca estuvo allí ni en ningún otro lugar. Nunca.
viernes, 17 de agosto de 2018
10.000 MILLONES
La línea vertical se sincronizó con el símbolo número 17 del pequeño holograma que ondeaba sobre la cabeza de Rkdiel y comenzó a proferir un leve sonido melódico que fue haciéndose cada vez más perceptible.
Rkdiel abrió sus enormes ojos almendrados y salió del fluido de descanso girándose sobre un costado hasta posar sus gelatinosos pies en el suelo. Tras dos horizontales parpadeos, se puso en pie y caminó hacia el fondo del pasillo.
Con cada baldosa que pisaba, los sensores de las paredes le ubicaban lanzando trazos de ondas hacia su cuerpo que, al impactar sobre su piel, se volvían capas de materia; formando su traje mientras caminaba.
La puerta se descompuso al acercarse y vio que al otro lado, sobre un pequeño taburete flotante, le esperaba su compañía durante su nueva jornada.
-Veo que ya tienes conectada tu grabadora visual...- Dijo con desdén, al tiempo que cogía un pequeño tubo de nutrientes de la mesa y lo conectaba a la cavidad de absorción del armazón en su garganta.
-Bien, hoy vas a ver el origen de toda tecnología y la base de nuestro progreso...-dijo con menos entusiasmo del que podría entenderse de sus palabras.- El oficio de recolector es el pilar más básico de nuestra existencia. Sin materia prima no hay elaboración.-
El otro ser, visiblemente más joven que él, le miraba con los ojos muy abiertos, con atención y admiración. En su mano derecha sostenía un dispositivo de imagen con información sobre el oficio del que estaba dispuesto a recibir una clase práctica.
-¿Qué tipo de material genético vamos a recolectar?- Dijo, con entusiasmo.
-Homínidos. –Le respondió, haciendo que los ojos del joven se abrieron aún más.
Rkdiel se sentó sobre otro taburete flotante que automáticamente comenzó a desplazarse hacia un pequeño terminal cercano a la pared derecha de la sala.
Comenzó a tocar con destreza los pequeños círculos de luz que flotaban sobre la protuberancia del terminal hasta que junto a él apareció el holograma de una esfera azul. Con un pequeño gesto de sus dedos, hizo que la esfera se desplazara hasta el joven. Desplegando un monitor flotante con una base de datos a su lado.
-¡Qué cantidad de agua! Pensaba que los homínidos eran especímenes de tierra firme.
-Y así es, pero necesitan el agua en su medio para sobrevivir.
-¿Tanta?
-Sí.- Arrugando el rostro extrañado, su tutor asintió. -Y no solo es vital para su correcta supervivencia y desarrollo… Piénsalo, si el planeta tuviera mayor superficie terrestre que oceánica, la especie estaría demasiado desperdigada. Es también una cuestión de optimizar recursos.
Le pareció gracioso que un estudiante de su nivel no supiera un dato tan básico.
Rkdiel le dio la espalda al chaval y tocó otro de los hologramas que flotaban , provocando que al instante la habitación cambiase su forma y se moviera.
La enorme estación en la que se encontraban se moldeó, tornándose en una esfera que poco a poco fue aplanándose hasta adoptar la forma de un plato invertido. La nave dejó entonces de emitir luz alguna, volviéndose completamente invisible a la vista.
Lo último que se pudo ver en la órbita en la que se encontraban antes de marcharse fue el fogonazo de luz que causó el inicio del híper salto.
-¿Cómo te llamas, chico?-Preguntó Rkdiel, mirándole de reojo.
-Dttori, señor- Contestó el muchacho, sin siquiera levantar la vista de la base de datos sobre los homínidos que su tutor por un día le había facilitado.- ¿Qué tipo de panspérmisis se usó? Aquí dice parcial.
-Modificación genética. Terra cuenta con gran variedad de especies. Tras un análisis profundo del planeta decidimos que era un hábitat con potencial para homínidos. Mediante la modificación del ADN creamos un eslabón en su cadena evolutiva que favoreciese su correcto desarrollo.
-¿Pero Terra no forma parte del proyecto de iniciación básica de vida? ¿Por qué es entonces parcial?
-Como sabrás, la iniciación básica siembra planetas con potencial para albergar vida con microorganismos básicos para que evolucionen adaptándose al entorno. Pero no en todos intervenimos desde el primer momento. Terra es uno de esos casos.
Cuando fuimos por primera vez tras la panspermia ya había distintas especies evolucionadas poblándolo, su valor como hábitat natural sin necesidad de intervención era tan alta que dejamos el tiempo necesario para que el propio planeta fuera el que nos revelara que especie de mayor valor podría encontrar en él su cuna.-
El joven no paraba de realizar anotaciones en su grabadora visual.
-¿Y en qué se basó entonces vuestra intervención?
-Realizamos la modificación del eslabón genético y cuando regresamos varios ciclos después para comprobar su fase de cultura, aprovechamos para elaborar dispositivos de control electromagéticos e integrarlos en su cultura en forma de construcciones piramidales.
Tras esa intervención tan solo hemos necesitado ir físicamente a Terra en materia de observación. Para coger alguna muestra de los especímenes y analizar su desarrollo, pero nada más… Hasta hoy, claro.
-¿Y por qué hoy?¿Por qué vamos a cosecharlos hoy?
-Ya han alcanzado el punto álgido. Hay 10.000 millones de homínidos en Terra ahora mismo.-
Dttori no pudo evitar arquear sus hombros hacia atrás, señal inequívoca de sorpresa.
-¿En un solo planeta? Qué horror…-La idea de que tantísimos seres compartieran un mismo hogar le resultaba inconcebible.
-Hemos llegado.-Le calló Rkdiel.
A través del visor de la cabina donde se encontraban ya se podía ver el planeta a lo lejos, aunque Dttori sólo lo miró un segundo antes de volver de nuevo a ojear la base de datos.
Tras salir del hiper salto el avance era mucho más lento, pero seguía siendo rápido y preciso.
- Un momento… ¿Capacidad destructiva nivel 4? ¡Cielos! ¡¿Cómo es que no llevamos apoyo armamentístico?!- Dttori casi se cayó del taburete, alarmado.
RKdiel rió.
-No lo necesitamos. Los homínidos son muy fácilmente neutralizables.
Sus instintos e impulsos son controlados mediante la segregación de determinados compuestos químicos en su cerebro y sistema nervioso. Son muy susceptibles a la manipulación química mediante ondas de materia. Con solo proyectar la hormona correcta hacia un homínido que esté frente a ti puede pasar de querer hacerte daño a querer procrear contigo.- dijo entre risas. Dttori hizo una mueca de asco al imaginárselo
La nave se acercó al planeta lo suficiente como para orbitar.
Rkdiel emitió un sonido y al instante dos pequeños cubos de luz emergieron del panel. Introdujo en ellos sus manos y procedió a controlar el siguiente paso del proceso.
De la parte inferior de la nave surgieron varios tubos metálicos fluidos que se retorcían emitiendo ondas y recibiendo lecturas que atravesaban la atmósfera.
En el monitor flotante frente a los ojos de Rkdiel empezaron a desglosarse datos que dividían los focos de población en distintos sectores del planeta. Una vez se escaneó en su totalidad y se confirmó el número de sectores. La nave se hizo visible.
-Ya están listos.-Dijo.
-¿Tan rápido?-Dttori no daba crédito.
-Ellos conciben el tiempo de un modo muy diferente a nosotros. Un ciclo nuestro equivale a 32,5 ciclos de ellos. Lo que para ti es un instante para ellos son horas.
Dttori movió sus fosas nasales, en señal de lástima.
Un rápido silbido indicó que la nave había comenzado a lanzar unas enormes cápsulas no tripuladas que aterrizarían en los puntos centrales de cada sector analizado. Dttori se quedó absorto mirando las estelas que dejaban al adentrarse en la atmósfera.
En cuanto las cápsulas tomaron tierra la imagen de sus alrededores apareció en los monitores flotantes. En ellos se veía como los homínidos entraban sin cesar en su interior, con una naturalidad e incluso entusiasmo inexplicable.
-¿Qué se hará ahora con ellos?-Preguntó el alumno.
-La gran mayoría será procesada y se usará su material genético para la elaboración de cilindros nutricionales, material genético-tecnológico o bio apoyo. Y una pequeña parte de la biomasa, si las condiciones de salud y desarrollo son correctas, se utilizará para crear un nuevo dispositivo de panspermia. –
El chico continuó apuntando todo y, aunque no podía evitar sentir un pequeño atisbo de empatía por todas esas vidas que estaban llevándose, entendía cual era el precio del desarrollo de su propia especie y el papel tan importante que la cosecha tenía en él.
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Ya eran las 10:45 y aunque se perdería la primera clase, Sara no se sentía apurada.
Desde que se levantó por la mañana tenía la sensación de que algo no iba bien. Un pequeño dolor de cabeza no dejaba de molestarla y aunque desayunó fuerte, seguía teniendo hambre. Pero no podría quedarse en casa toda la mañana, faltaba poco para el examen final de derecho constitucional y no podía permitirse faltar ni a una sola clase. Además, tampoco es que estuviera realmente enferma, así que se puso su mochila y salió por la puerta.
Mientras bajaba las escaleras del edificio sintió el impulso de ponerse los cascos y escuchar su canción favorita pero cuando acercó el auricular a su oreja su mano se paralizó. Soltó los cascos y bajó la cabeza mirando al suelo, rompiendo a llorar sin motivo. El desasosiego que sentía le impedía siquiera pensar en qué era lo que le estaba ocurriendo.
Haciendo un esfuerzo titánico caminó hasta el exterior. Las calles estaban llenas personas en su mismo estado. Las carreteras estaban paralizadas. A su vista, decenas de coches se encontraban parados, con sus propietarios inmersos en un profundo llanto.
Algo no funcionaba bien en su cerebro, le enviaba señales que no entendía. Comenzó a sentir sed, deseo sexual, y si bien la ansiedad que le impedía cuestionarse más de la cuenta lo que estaba ocurriendo permanecía ahí, poco a poco su tristeza se tornaba en una exagerada alegría.
Algo la llamaba, la llamaba a muchos niveles distintos. Sentía que su plenitud total como ser era posible si llegaba al lugar que la estaba llamando.
Se montó en el coche de un desconocido que le abrió la puerta de buena gana, con una sonrisa de oreja a oreja. Al poco de arrancar el coche comenzaron a cantar juntos canciones que ambos conocían.
El resto de vehículos que encontraban a su paso se movían en la misma dirección y sus interiores tenían el mismo escenario: personas muy contentas dirigiéndose al lugar donde saben con certeza que van a ser felices de un modo placentero y pleno.
Durante el viaje se cruzaron a menudo con grupos de personas que, al no disponer de vehículo, caminaban. Cantando y danzando de la mano pero sin perder un momento, avanzando sin descanso hacia la misma dirección.
Sara rió de felicidad al contemplar la determinación de un grupo de personas enfermas (que sin duda procedían de algún hospital cercano) que caminaban descalzos por el asfalto, con los pies ensangrentados y una amplia sonrisa. ¡Todos iban a ser felices al fin!
El lugar era enorme, más grande que una decena de estadios de fútbol. Un enorme pilar de un metal de aspecto acuoso de un negro sobrecogedor. Tenía muchas puertas por las que no paraban de entrar personas que gritaban con una enorme emoción y felicidad.
El solo hecho de contemplarlo a lo lejos estremeció el cuerpo de Sara y le provocó el mayor orgasmo que había sentido en sus 25 años de vida. No podía esperar para acercarse más y entrar.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
LLUVIA SALADA
El tacto de las sábanas me resulta artificial. Me transmite la extraña sensación de que esta cama no es más que un frío e insustancial intento de calma, una mentira que nada tiene que ver con el torrente de emociones y sensaciones que viven en mi interior.
Mi cuerpo puede que esté aquí, tumbado, abrazado por el somier; pero mi mente está lejos, intentando sin éxito rescatar mi corazón del pasado.
Vuelvo a darme la vuelta y miro por tercera vez el despertador de la mesita de noche: las 3:33.
No tiene sentido seguir intentando dormir.
Como un yonqui que prepara por inercia la siguiente dosis, dejo caer mi torso por el filo de la cama y, a tientas, saco la maleta de debajo.
Enciendo la luz y me siento en la cama con las piernas cruzadas, mirándola aún cerrada.
Suspiro, rendida, sintiendo en el alma la necesidad de abrirla una vez más, aun sabiendo el enorme error que es.
La contraseña del candado sigue siendo 333.
En su interior siguen estando los doce sobres que conozco de sobra. Al milímetro. Todos repletos únicamente de fotografías.
Mi mano va directa al que sé que más me dolerá contemplar. Al que más deseo revivir.
Abro el sobre y esparzo las fotos sobre la cama, sin mirar ninguna en especial.
Desvío la mirada, en un intento de huida, hacia el techo. Miro la lámpara, deseando por un segundo que estuviera apagada, antes de soltar un nuevo suspiro de rendición para bajar la cabeza y perderme en la primera de las fotos.
Siempre he tenido esa capacidad: la de perderme evocando experiencias que dejaron marca en mi ser. Las fotografías son como peceras que albergan tiempos pasados. Puedo sumergir la cabeza en ellas y volver prácticamente a vivirlos, a sentir los recuerdos sobre mi piel.
En un segundo me encontré caminando junto a ella, en la calle principal de la ciudad donde estudiamos. Su sonrisa ese día era arrebatadora. Era un sentimiento incomparable notar que disfrutaba de mi compañía.
Y sabía que era por estar juntas; no podía ser el día (el cielo era demasiado gris), no podía ser la libertad (teníamos examen en apenas unas horas), no… Era la compañía. Disfrutaba con tenerme a su lado.
Me pregunto qué habría pasado si en aquel momento hubiera sabido con certeza lo que sentía…
Caminábamos mirando escaparates y riendo con cualquier cosa, hasta que la lluvia que comenzó nos hizo refugiarnos bajo el toldo de una panadería, donde el delicioso aspecto de un dulce ahogó una pregunta que nunca llegó a salir de mis labios.
Un sollozo después, mis ojos saltan a la siguiente foto.
Aquella risa.
Aunque había aceptado a regañadientes acompañarme esa noche, era más que manifiesta su negativa a hacer cualquier cosa que la pudiera animar. Hacía apenas un par de días que había roto con quien fue “su chico” durante tres años.
Aun con el tiempo que llevaba esperando ese momento en silencio (una certeza ahogada en un silencio que incluso mi propio pensamiento intentaba acallar), verla sufrir no podía provocarme otra cosa que dolor.
Prácticamente éramos las únicas en la terraza de aquella cafetería. Tanto, que hasta intenté animarla marcándome un ridículo bailoteo con aquella melodía que tanto odiábamos, chapurreando una canción más improvisada que el propio baile.
Me tiré el batido por los pantalones al tropezar con la mesa, y la palabrota que solté casó perfectamente con el intento de estrofa que estaba cantando.
Su cara, hasta entonces seria, estalló en una risa que me hizo olvidarme al instante de todo. Fue como si, de repente, se encendiera una enorme hoguera en una helada noche del desierto.
Saqué el móvil lo más rápido que pude y tomé aquella foto.
Cuando se la iba a enseñar, comenzó a llover y tuvimos que refugiarnos dentro.
Inhalo profundamente y salto a la siguiente.
Mi media sonrisa.
Volvíamos de la ciudad vecina. Habíamos salido a tomar algo y ella había conocido allí a un chico con el que había conectado (y que se convertiría en su pareja dos semanas después). Los tres íbamos en el tren cuando me tomó la foto. Sabía que mi parada estaba antes, que me bajaría y que terminaría la noche sola. De ahí la media sonrisa.
Cuando el tren paró, me despedí a las prisas y bajé de un bote, algo cabizbaja.
Ella me abrazó por detrás y me dijo: «A ti te pasa algo. Esta noche no la pasas sola».
Me quedé paralizada, sin saber qué decir.
Tras unos segundos, ella rompió el silencio volviendo a cantar y bailar aquella estúpida canción con la que siempre intentaba animarla.
Mi sonrisa se completó, y comenzó a llover.
Pasamos el resto de la noche en casa, charlando de temas sin importancia mientras compartíamos una última copa, y no podría haber sido mejor.
Suelto una pequeña risa ahogada y poso mis ojos en otra fotografía.
Voy sumergiéndome en cada una de ellas, rememorando cada detalle, hasta que llego a la única en la que de verdad había comenzado a llover. La última.
Hice aquel viaje en parte por olvidarme de ella. Aunque cualquiera que mirase dentro de mí no cometería la desfachatez de ver aquellos sentimientos como algo negativo, empezaba a tener problemas en mi vida diaria por las frustraciones y la falta de atención que me causaban mella.
Irónicamente, cuando volví después de un año de desconexión total (cambié de teléfono móvil y tan solo mantuve el contacto con mis padres), era la primera persona a la que deseaba ver.
Si hubiera sabido, cuando me hice esta foto en el avión, que lo único que encontraría de ella al llegar sería un frío trozo de piedra con su nombre grabado… habría empezado a llover aún antes.
Las fotos y la colcha estan empapadas de tanta lluvia. Una lluvia salada que no ha dejado de caer en mi interior desde que volví aquí. Desde que veo la vida en blanco y negro, encontrando solo pequeñas trazas de color efímero en las fotos.
Una lluvia salada que brota de mis ojos sin descanso. Esos ojos que aún gritan mirarte, aunque sea en las fotografías que atesoro.
lunes, 9 de febrero de 2015
Azul
Reescribiendo mis antiguos relatos:
Azul
No consigo acordarme del inicio exacto. Supongo que el recuerdo más temprano que aún conservo es el deambular en una especie de oscuridad con forma de pasillo, en los tiempos en los que no sabía apreciar nada de este mundo.
Poco a poco aprendí a ver y oír. Me
atraían los colores estridentes y los sonidos fuertes.
Supongo que por eso el primer lugar que
me atreví a calificar como hogar, fue aquél centro comercial.
Disfrutaba con el bullicio de la gente,
los carteles luminosos y el movimiento constante del que hacía gala
aquél lugar. Más tarde aprendería a apreciar las pequeñas
historias que ocurrían a mi alrededor, sonreía con el niño que
pedía un juguete o con la chica que esperaba nerviosa a su pareja.
En un principio las noches eran
desagradables, pero pronto aprendí a disfrutar también la oscuridad y la
quietud. Adoraba la manera en que la bóveda de cristal
dejaba que la luna iluminara la plaza central algunas noches.
Cuando aprendí a percibir hasta el más
mínimo detalle de mi alrededor, comprendí que sólo era un mero
espectador, que no podía formar parte de aquello. Podía sentir el
mundo, pero el mundo no me sentía a mí. Nadie podía verme y,
puesto que no podía emitir sonido alguno, tampoco podían oírme.
Las personas atravesaban mi pálida piel al caminar, sin notar nada
más que una pequeña brisa fría.
El mundo para mi era algo bello pero completamente imperturbable. Aún así, yo era feliz.
No me gustaba el concepto de fantasma. Se supone que éstos fueron personas en algún momento, yo nunca había sido otra cosa. Además, jamás habría asustado a nadie ni aunque hubiera podido.
Viví en aquel centro comercial durante
años, sin plantearme siquiera el abandonarlo. No al menos hasta
aquél 30 de Junio. Nunca olvidaré esa fecha.
Miraba el minutero del
reloj colgado sobre la puerta central, cuando bajé la mirada y la vi. Es imposible explicarlo... no era el
rostro mas bello que había visto, ni el pelo más bonito, ni
siquiera su forma de andar y moverse era la más llamativa... pero no podía apartar la
mirada de ella. La seguí.
Cuando abrió sus labios y habló para
saludar a otra persona, mis sentidos se apagaron. Por primera vez
dejé de percibir el mundo para centrarme tan sólo en el sonido de
su voz. Deseé que aquella voz fuera sido lo primero que hubiera oído
cuando abrí por primera vez mis sentidos al mundo.
Aquella tarde de Sábado fue la primera
vez que vi a Ángela, a la tierna edad de 15 años. Ella cambió mi
modo de ver y sentir la vida.
Sustituí el alboroto del centro
comercial por la relativa calma de su rutina diaria... las noches bajo
la bóveda por largas noches mirando su rostro al dormir, notando la
suavidad con la que sus fosas nasales se movían al respirar.
Recuerdo poner mi dedo bajo mi nariz,
esperando notar ese aire fluir. Algo tan cotidiano, en lo que ninguna
persona se paraba nunca a pensar, era uno de mis mayores anhelos.
Encontraba tan lleno de vida el modo en el que el las personas
aspiran el aire y lo devuelven al mundo, dejando constancia de que
forman parte de él.
Todas las noches lo intentaba, sentado
sobre el pie de la cama de Ángela. Lo más parecido que logré fue
suspirar.
Pero eso no fue lo único que aprendí
de ella. Con los años fui entendiendo y sintiendo las emociones
humanas a través de una fuerte empatía. Sentía su dolor, su
alegría, todas sus emociones.
Siempre viví valorando el mundo, y no
había dejado de hacerlo, puesto que ahora mi mundo era ella: La
amaba.
No tengo en la memoria el momento en el
que empecé a hacerlo, pero un día me percaté de que, si bien no
podía hablarle, aquellos suspiros que aprendí a hacer podían
transmitirle sensaciones que captaba de algún modo superficial.
Pronto empecé a usar esa capacidad
para ayudarla en todo lo que pudiera: Un pequeño suspiro que le
hiciera recordar algo en un examen, que le hiciera percatarse de
pequeñas equivocaciones o prestar atención a peligros de los que
estuviera distraída, como un coche al cruzar la carretera o aquella
vez que estuvo a punto de pisar un cristal cuando andaba descalza por
la playa.
Esos suspiros fueron mi única puerta
con el mundo, el único modo de incidir en él en lo más mínimo.
Yo observaba cada detalle de su
alrededor, a fin de
ayudarla en su camino.
Tampoco era un ángel de la guarda,
pero me gustaba mucho más que el concepto de “fantasma”.
Fui testigo de muchos primeros momentos
en su vida, y los vivía con su misma intensidad.
Era inevitable que acabara
enamorándose... aunque no de mí, claro. Al fin y al cabo, ni
siquiera sabía que existía.
Era bonita y atraía a muchos chicos
diferentes, pero no tuvo demasiada suerte con las personas de las que
se enamoró.
Y es que muy pocas personas en éste
mundo tienen los ojos lo suficientemente abiertos para apreciar como
es debido lo mucho que vale Ángela. La mayoría acaban sintiendo
cosas confusas por verse ocluidos a su lado, o superados por su
pasionaria visión de la vida.
Cuando sus labios besaban a otro sentía
celos, y aunque no podía derramar lágrimas, si que sentía dolor.
Dolían especialmente aquellas noches
en las que, postrado junto a la ventana, la veía dormir en
los brazos de otra persona que no la valoraba como yo. O cuando
escuchaba a alguno de sus novios en su ausencia hablar con orgullo
mentiras sobre ella, su relación o lo que habían hecho.
Aunque, con diferencia, lo que más
dolor me producía era verla llorar las rupturas.
El modo en el que se abrazaba con
fuerza a algún peluche, llorando sin parar... no había suspiro que
la consolara.
Pero la vida no podía ser cruel en el
amor con alguien como Ángela, y unos meses después de cumplir los
24 años, encontró a la persona indicada.
Acababa de salir de una relación
complicada cuando lo conoció. Roberto entró en su vida tan rápido como en su corazón, borrando todo rastro anterior.
Fue en una tarde de otoño, sentía la
angustia de Ángela por haber decidido romper su relación con David,
un hombre extremadamente posesivo por el que había estado muy
enamorada.
Estaba sentada sobre la arena a varios
metros de la orilla del mar mirando el horizonte con los ojos
empapados cuando un pequeño yorkshire apareció por su lado y comenzó a
lamerle los dedos de los pies, salados del agua del mar. Me alegré
al ver como aquello hizo que sonriera.
Su dueño, Roberto, llegó hasta ella
y tras disculparse, se presentó.
Se que el conocerla le transformó. Él
veía en Ángela todo lo que ella representaba, la valoraba como se
merecía.
Pude distinguir en sus ojos ese fuego,
esa pasión y sentimiento de comprensión y decisión que durante
tanto tiempo había deseado que ella pudiera ver en los míos.
Ese día hice algo que no solía hacer nunca: fijarme en mí mismo. Y fue cuando me dí cuenta de lo que me estaba empezando a ocurrir. Mi piel siempre había sido blanca, casi traslúcida, pero comenzaba a tornarse en un tono azul gélido. Pronto me di cuenta de la relación entre el volverme azul y los suspiros que usaba para ayudar a Ángela. No sabría explicar por qué, pero esos suspiros hacían que algo de mi se marchara, dejando mi cuerpo aún más frío y tornándolo azul.
Ver a Ángela con Roberto no me causaba el mismo dolor. Sentía que era diferente, quizá la persona adecuada para ella. Y eso también me hacía feliz a mí.
Ojalá David hubiera podido verlo del mismo modo, pero su percepción del mundo era muy distinta a la mía. Él no podía asimilar el haber perdido a Ángela, y a pesar del tiempo que ya había transcurrido desde que rompieron, cuando la vió con Roberto... su cordura se evaporó.
Se que ella no le vio aquella noche, en la víspera de mi último día de vida.
Pero yo si le vi, podía notarlo en el ambiente, esa presión demoníaca de una mirada penetrante, deseando el mal a una persona que no lo merece.
No me costó mucho divisar a David sentado unos metros atrás, en otro banco de aquella calle, clavando los ojos en la pareja.
Con sólo mirar su rostro sabía lo que pensaba, así que decidí seguirle cuando se levantó y se marchó en la dirección contraria. Nunca pasé tantas horas lejos de Ángela desde que la conocí... pero debía hacerlo.
Le seguí hasta su casa, donde destrozó un mueble del que sacó un pequeño puñal.
Se sentó en el salón, jugando con él en la mano, tratando de luchar con sus propios demonios.
Permaneció allí horas, pero ni sus esfuerzos ni mis suspiros lograron calmar a la bestia que ya había nacido en su interior.
Se puso en pie, escondió el puñal en su chaqueta y salió de su casa con la mente tan ida que ni siquiera cerró la puerta. Iba a matarla.
No podía permitirlo, me sentía tan impotente... Me agarré a él con todas mis fuerzas intentando frenarle, pero seguía sin tener repercusión física alguna sobre el mundo.
Me arrastraba consigo mientras veía horrorizado como cada dirección que tomaba le acercaba más a la casa de Ángela.
No paraba de lanzar suspiros a sus oídos: “...no lo hagas...”, “..te destruirás a ti mismo...”, “...tú no quieres esto...”. Pero no servía de nada.
Tan sólo pensar en lo que podría hacerle con ese puñal... comenzaba a suspirar tan rápido que en lugar de suspiros parecían sollozos.
Mi cuerpo se volvía más y más azul, rápidamente. Empezaba a notar como se me cristalizaban los dedos de los pies, helados. El poco calor que tenía mi vida se esfumaba con mis suspiros, mi cuerpo comenzaba a envolverse poco a poco por una fina capa de hielo.
En ese instante lo supe: cuando el hielo me cubriera totalmente, moriría.
Pero no me importaba, lo único que me importaba era parar a aquél hombre. Y no lo conseguía.
Nunca pude llorar, pero la frustración de mis vanos esfuerzos me hicieron soltar una lágrima. Una única gota que se cristalizó rápidamente, pues el hielo ya comenzaba a cubrir mis mejillas.
Se que el suspiro que la acompañó era distinto... “...ella es luz...”, fue lo que dije.
David se frenó en seco. Se quedó unos minutos quieto, paralizado, con la mirada perdida. Hasta que rompió a llorar en medio de la calle.
Caí de su espalda al suelo notando como aquella horrible sensación del ambiente desaparecía para no volver.
Tumbado sobre el asfalto vi como se marchaba de nuevo a casa.
Apenas podía moverme, mi cuerpo estaba prácticamente muerto, completamente azul, incluso gran parte de mi rostro.
No sabía cuanto aguantaría con vida, pero tenía que verla aunque fuese por última vez. Me arrastré como pude hasta llegar al hogar donde había vivido tantos años junto a ella... pero no pude entrar.
Aquello en lo que me había convertido, el frío absoluto, ya no tenía cabida alguna entre aquellas cálidas paredes, no tenía un sitio junto a ella.
Me incorporé como pude para asomarme por su ventana y la vi, sentada sobre su cama, leyendo un libro a la tenue luz de su pequeña lámpara de piedra roja.
Acerqué mis labios al cristal y dejé escapar mi último suspiro que, más allá de todo lo que había podido hacer o influir en el mundo hasta aquél momento, empañó el cristal.
Logré levantar el brazo para tocar la zona empañada con mis dedos, con la esperanza de poder escribir al menos un “te amo”, pero apenas pude marcar un único trazo mientras poco a poco el hielo que la pérdida de mi último aliento de vida había provocado comenzaba a cubrir mis ojos.
Pude ver a tiempo como ella reaccionaba, soltaba el libro y se inclinaba mirando la ventana.
“lo verá”, pensé.
Pero justo en ese momento se abrió de golpe la puerta de su cuarto, y ella se giró para ver entrar a Roberto.
Cuando la escarcha cubrió mis ojos, lo último que pude distinguir antes de que se cerraran para siempre fue el dibujo de sus siluetas, fundiéndose en un beso.
Nunca volvería a verla de nuevo. O bueno, al menos eso pensé...
...pero lo cierto es que mis ojos volvieron a abrirse, y ésta vez fue tal y como deseé que hubiera sido.
Antes de abrirlos, lo primero que escuché fue su voz, hablándome... y cuando los abrí, lo primero que vi fue su rostro, mirándome fijamente como si fuera lo más bonito que había visto en toda su vida, como si sintiera por mi el amor más incondicional que pueda existir.
Ángela me sostenía en sus brazos y me sonreía. Mi piel azul había desaparecido, ahora tenía un pequeño cuerpo rechoncho de un color rosado.
Roberto apareció y me miró también con amor, abrazándonos a mí y a Ángela como si fuera el hombre más feliz del mundo.
Ese día hice algo que no solía hacer nunca: fijarme en mí mismo. Y fue cuando me dí cuenta de lo que me estaba empezando a ocurrir. Mi piel siempre había sido blanca, casi traslúcida, pero comenzaba a tornarse en un tono azul gélido. Pronto me di cuenta de la relación entre el volverme azul y los suspiros que usaba para ayudar a Ángela. No sabría explicar por qué, pero esos suspiros hacían que algo de mi se marchara, dejando mi cuerpo aún más frío y tornándolo azul.
Ver a Ángela con Roberto no me causaba el mismo dolor. Sentía que era diferente, quizá la persona adecuada para ella. Y eso también me hacía feliz a mí.
Ojalá David hubiera podido verlo del mismo modo, pero su percepción del mundo era muy distinta a la mía. Él no podía asimilar el haber perdido a Ángela, y a pesar del tiempo que ya había transcurrido desde que rompieron, cuando la vió con Roberto... su cordura se evaporó.
Se que ella no le vio aquella noche, en la víspera de mi último día de vida.
Pero yo si le vi, podía notarlo en el ambiente, esa presión demoníaca de una mirada penetrante, deseando el mal a una persona que no lo merece.
No me costó mucho divisar a David sentado unos metros atrás, en otro banco de aquella calle, clavando los ojos en la pareja.
Con sólo mirar su rostro sabía lo que pensaba, así que decidí seguirle cuando se levantó y se marchó en la dirección contraria. Nunca pasé tantas horas lejos de Ángela desde que la conocí... pero debía hacerlo.
Le seguí hasta su casa, donde destrozó un mueble del que sacó un pequeño puñal.
Se sentó en el salón, jugando con él en la mano, tratando de luchar con sus propios demonios.
Permaneció allí horas, pero ni sus esfuerzos ni mis suspiros lograron calmar a la bestia que ya había nacido en su interior.
Se puso en pie, escondió el puñal en su chaqueta y salió de su casa con la mente tan ida que ni siquiera cerró la puerta. Iba a matarla.
No podía permitirlo, me sentía tan impotente... Me agarré a él con todas mis fuerzas intentando frenarle, pero seguía sin tener repercusión física alguna sobre el mundo.
Me arrastraba consigo mientras veía horrorizado como cada dirección que tomaba le acercaba más a la casa de Ángela.
No paraba de lanzar suspiros a sus oídos: “...no lo hagas...”, “..te destruirás a ti mismo...”, “...tú no quieres esto...”. Pero no servía de nada.
Tan sólo pensar en lo que podría hacerle con ese puñal... comenzaba a suspirar tan rápido que en lugar de suspiros parecían sollozos.
Mi cuerpo se volvía más y más azul, rápidamente. Empezaba a notar como se me cristalizaban los dedos de los pies, helados. El poco calor que tenía mi vida se esfumaba con mis suspiros, mi cuerpo comenzaba a envolverse poco a poco por una fina capa de hielo.
En ese instante lo supe: cuando el hielo me cubriera totalmente, moriría.
Pero no me importaba, lo único que me importaba era parar a aquél hombre. Y no lo conseguía.
Nunca pude llorar, pero la frustración de mis vanos esfuerzos me hicieron soltar una lágrima. Una única gota que se cristalizó rápidamente, pues el hielo ya comenzaba a cubrir mis mejillas.
Se que el suspiro que la acompañó era distinto... “...ella es luz...”, fue lo que dije.
David se frenó en seco. Se quedó unos minutos quieto, paralizado, con la mirada perdida. Hasta que rompió a llorar en medio de la calle.
Caí de su espalda al suelo notando como aquella horrible sensación del ambiente desaparecía para no volver.
Tumbado sobre el asfalto vi como se marchaba de nuevo a casa.
Apenas podía moverme, mi cuerpo estaba prácticamente muerto, completamente azul, incluso gran parte de mi rostro.
No sabía cuanto aguantaría con vida, pero tenía que verla aunque fuese por última vez. Me arrastré como pude hasta llegar al hogar donde había vivido tantos años junto a ella... pero no pude entrar.
Aquello en lo que me había convertido, el frío absoluto, ya no tenía cabida alguna entre aquellas cálidas paredes, no tenía un sitio junto a ella.
Me incorporé como pude para asomarme por su ventana y la vi, sentada sobre su cama, leyendo un libro a la tenue luz de su pequeña lámpara de piedra roja.
Acerqué mis labios al cristal y dejé escapar mi último suspiro que, más allá de todo lo que había podido hacer o influir en el mundo hasta aquél momento, empañó el cristal.
Logré levantar el brazo para tocar la zona empañada con mis dedos, con la esperanza de poder escribir al menos un “te amo”, pero apenas pude marcar un único trazo mientras poco a poco el hielo que la pérdida de mi último aliento de vida había provocado comenzaba a cubrir mis ojos.
Pude ver a tiempo como ella reaccionaba, soltaba el libro y se inclinaba mirando la ventana.
“lo verá”, pensé.
Pero justo en ese momento se abrió de golpe la puerta de su cuarto, y ella se giró para ver entrar a Roberto.
Cuando la escarcha cubrió mis ojos, lo último que pude distinguir antes de que se cerraran para siempre fue el dibujo de sus siluetas, fundiéndose en un beso.
Nunca volvería a verla de nuevo. O bueno, al menos eso pensé...
...pero lo cierto es que mis ojos volvieron a abrirse, y ésta vez fue tal y como deseé que hubiera sido.
Antes de abrirlos, lo primero que escuché fue su voz, hablándome... y cuando los abrí, lo primero que vi fue su rostro, mirándome fijamente como si fuera lo más bonito que había visto en toda su vida, como si sintiera por mi el amor más incondicional que pueda existir.
Ángela me sostenía en sus brazos y me sonreía. Mi piel azul había desaparecido, ahora tenía un pequeño cuerpo rechoncho de un color rosado.
Roberto apareció y me miró también con amor, abrazándonos a mí y a Ángela como si fuera el hombre más feliz del mundo.
Es una pena, porque se que todo esto lo olvidaré pronto, cuando crezca... pero sentía la necesidad de escribirlo en mi mente y dejarlo guardado, aunque quien soy ahora lo olvide, estoy seguro de que mi alma lo recordará para siempre.
Fin.
Fin.
· El texto original lo escribí en 2010.
· La idea principal surgió a raíz de una conversación que tuve con mi hermana, en la que aseguró que todos elegimos quién será nuestra madre desde antes de nacer.
· Este relato se lo dediqué a mi sobrina Ángela, que por aquél entonces tenía sólo 3 añitos.
· He reescrito casi todo el relato cambiando pequeñas cosas, pero lo que más he cambiado ha sido el inicio, debido a que más de una persona me comentó que entendió en un principio que el personaje principal era un maniquí (debido seguro al modo de introducirlo y el que sea en un centro comercial) xD
domingo, 28 de septiembre de 2014
La cabeza del ciempiés
El camino continuaba hasta donde se
perdía la vista, como podía divisar por encima de los hombros del
resto de mugrientos hombres encadenados que caminaban delante suya.
Eran muchos, al menos cuatro docenas;
quizá cinco.
Las ropas deshilachadas, manchadas y
desgarradas. La piel cubierta por barro, sudor, sangre seca y
cardenales. El pelo largo, la barba pronunciada en los varones, los
labios partidos... Todos tenían su mismo aspecto. Encadenados de
pies y manos, avanzaban dando pequeños pasos, levantando el rojizo
polvo del camino.
A pesar de que cualquiera podría
adivinarlo como una mala idea, quiso ver a quien tenía detrás, pues
se creía el último del grupo.
En los pocos segundos que tardó el
largo látigo en golpearle la cara para instarle a devolverla al
frente, pudo ver quienes les seguían.
Sólo seis personas, en fila:
Los dos primeros, más cercanos a
ellos, portaban largos látigos en sus manos. Si no fuera por su
aspecto más limpio y la ropa intacta, habría pensado que
pertenecían al mismo grupo que ellos.
El tercero, a tan sólo un paso por
detrás, notablemente mejor vestido aunque con menos pelo, barría
una y otra vez con la mirada las nucas de los que caminaban, mientras
susurraba a los hombres de los látigos lo que estos querían oir mirando de
reojo al cuarto hombre.
El cuarto hombre vestía un traje negro
impoluto. Sonreía con sobervia mientras observaba la escena, como
quien admira los logros fruto de una vida de perfecciones. Llevaba
una pistola en su mano derecha.
El quinto hombre aparentaba estar
distraido, no notar qué estaba pasando. Miraba de un lado para otro,
jugando con un pequeño mazo redondo de oro que llevaba en las manos,
deslizándolo entre sus dedos.
El último hombre era completamente
distinto. Era mucho más alto, más corpulento.
Tenía el torso desnudo, con el tatuaje
de un águila dorada en el pecho, perfilada con un color verde papel.
Su cuello estaba rodeado por un colgante formado por todas y cada una
de las llaves que cerraban los grilletes. Su cara solo
destelleaba seguridad. Era como si los otros cuatro hombres llevaran,
sin saberlo, otro tipo de cadenas de las que sólo él tuviera
conocimiento.
¿Qué era aquello? Cinco personas
condenaban a su voluntad a todo el grupo que caminaba. ¿Cómo podían
aceptarlo sin más? ¿Como podían seguir caminando con la única
esperanza de que algún día la compasión y la comprensión
aparecerían de la nada en el corazón de aquellos hombres y al menos
les aflojaran un poco los grilletes? No, no tenía sentido
resignarse.
Gritó, llevándose un látigazo por cada una de sus palabras, y causando nerviosismo en el hombre que susurraba:
-¡Daos la vuelta! ¡Son pocos!
No necesitaba oir respuestas, los
rostros de los que caminaban a su lado decían “tienen látigos”,
“tienen una pistola”, “son más grandes”, “son más
poderosos”, “son más inteligentes”...
Sólo un par de ellos apretaron los
dientes con rabia, porque a pesar de estar de acuerdo con esas
afirmaciones, no lo soportaban.
Aún notándose solo, PI actuó:
Se giró abalanzándose contra uno de
los hombres con látigo, haciéndole caer mientras apretaba su cuello
con las dos manos. El hombre que susurraba retrocedió haciendo
señas.
PI apretaba con todas sus fuerzas
mientras el otro látigo se hundía una y otra vez en su espalda,
levantando carne y sangre.
El hombre que susurraba se inquietó aún más.
El hombre de la pistola no hizo nada.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió.
Uno de los que antes apretaron los dientes se
acercó por la espalda al que propinaba los látigazos y lo rodeó con los brazos usando los grilletes para tirarle, también del cuello.
PI agotó el último soplo de vida de
su enemigo y se puso en pie mientras dos de los hombres mugrientos que apretaron los dientes forcejeaban con el otro.
El hombre que susurraba estaba
aterrorizado.
El hombre de la pistola se irritó,
empujando al que susurraba hacia PI.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió más fuerte
aún.
El hombre que susurraba se acercó a PI
aparentando tener algo importante y decisivo que decir, algo que cambiaría para siempre su concepción sobre lo que ocurría. Pero cuando
parecía que fuera a articular la primera palabra, sacó de su manga
un puñal que PI no acertó a esquivar. El acero se clavó en su
costado.
Retrocedió un paso y, aunque se le
nubló rápidamente la vista, pudo ver como otro de los que antes
apretaron los dientes, placaba a su agresor.
El hombre de la pistola la desenfundó
mientras gritaba, culpando a los hombres de los látigos y al que
susurraba de no hacer las cosas que debían.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento seguía riendo.
PI caminó hacia el hombre de la
pistola, que no dudó un segundo en dispararle.
Pero la bala que debería haberle destrozado el pecho se alojó en el muslo, al desviarse el tiro cuando el hombre de la pistola fue atacado por otro de los mugrientos. Esta vez uno al que PI no había visto siquiera apretar los dientes.
Pero la bala que debería haberle destrozado el pecho se alojó en el muslo, al desviarse el tiro cuando el hombre de la pistola fue atacado por otro de los mugrientos. Esta vez uno al que PI no había visto siquiera apretar los dientes.
El hombre del mazo seguía fingiendo
estar distraido, pero se notaba en el la desesperación.
El hombre corpulento cerró los labios
y continuó riéndose con el cuerpo.
PI se arrastró hasta el hombre del mazo, qué se apartó murmurando demasiado rápido como para entender qué decía. Estaba claro que intentaba excusarse, intentaba hacer ver que el no era consciente de nada, y que no era tan malo como los otros.
Aunque PI no lo vió, otro de los que
nisiquiera apretaron los dientes le clavó su propio martillo dorado
en el cráneo.
El hombre corpulento tenía a PI ante
él.
Soltó una risotada tan grande que lo bañó de un apestoso hedor que emanaba de su garganta.
Soltó una risotada tan grande que lo bañó de un apestoso hedor que emanaba de su garganta.
-Has perdido,-Dijo PI.
El hombre corpulento no habló, sólo
estrelló su pie sobre él, destrozándole el cuerpo.
La sangre brotaba a borbotones de la
boca de PI, mientras repetía “has perdido” con su último aliento.
El hombre corpulento alzó la cabeza
con los ojos cerrados y rió muy sonóramente.
Cuando bajó la cabeza, su sonrisa se
borró.
Estaba completamente rodeado. Ya no
quedaba nadie caminando sin mirar atrás. Todos estaban allí,
mirándole, odiándole, deseando su muerte.
Movió los brazos, mató a cinco, a
diez, a quince.
Le trepaban por la espalda, le mordían
las piernas, le agarraban los brazos como podían. Morían uno tras
otro.
Uno de ellos alcanzó una de las llaves
de su cuello y tiró de ella. Todos los que pudieron lo imitaron.
El hombre corpulento cayó de rodillas. Todos los que quedaban vivos tiraban con fuerza de sus
llaves, ahorcándole.
El águila dorada de su pecho se tiñó
de rojo con el polvo del camino cuando el hombre corpulento cayó
muerto junto al cuerpo de PI.
Los hombres mugrientos se pasaban las
llaves unos a otros, desatando sus grilletes.
Estaban solos, perdidos. Aún quedaba
una ardua tarea hasta tener algo a lo que llamar casa, algo a lo que
llamar vida. Pero eran dueños de sus actos y no había nadie por
encima de ellos.
Nadie puede culpar al hombre mugriento
de no mirar atrás, nisiquiera de no apretar los dientes.
Pero todos pueden ser patas del
ciempiés cuando aparece una cabeza.
domingo, 27 de abril de 2014
Gemelos
El pomo tenía el mismo frío y herrumbroso tacto que
recordaba.
La morada de soledad
de Rafael mostraba el mismo aspecto descuidado que la última vez que
hizo uso de ella, apenas una década atrás.
Aquella cabaña había sido más de una vez la solución a sus
noches en vela en busca de la inspiración que tanto anhelaba para continuar con
sus escritos. Como cada vez que atravesaba una crisis, dejó por unos días
la vida en su apacible hogar junto a su mujer y se aisló allí, en la fría
sierra de Ronda.
La muerte de la que fue su primera pareja, Clara, le inyectó
en el alma un torrente de emociones que supo redirigir hacia la escritura. Esos
escritos encandilaron años después a María, la bella mujer con la que se casó.
Pero mientras más lejos tenía el dolor que le vio nacer como
escritor, más le costaba dar vida a las historias de las que comía.
Vació su mochila en los cajones y la mesa, cerró de nuevo
con llave y marchó caminando a buscar una buena roca sobre la que tumbarse. Aún
quedaban unas horas para el anochecer.
Permaneció mirando el paisaje durante horas, dejando que sus
pensamientos vagaran por trazos de momentos anteriores en los que estuvo en
aquel mismo lugar, trayendo consigo pensamientos e inspiraciones hacía tiempo
olvidadas.
Antes de los últimos rayos de sol, le dio tiempo a cavilar
un pequeño cuento sobre dos criaturas del bosque, dos niños gemelos, que
conversan sobre su visión de la humanidad.
El frío le obligó a pausar el desarrollo de su idea y marchó
a la cabaña, pensando en comenzar a escribir la historia a la mañana siguiente.
Ya dentro de la cabaña, cerró el pestillo y colocó varias maderas en la chimenea.
Cogió la caja de cerillas que había sobre el escritorio y
encendió la enorme vela que había sobre la estantería.
Se sobresaltó al notar, por el rabillo del ojo, otro
destello de luz en la habitación.
Cuando giró la cabeza en busca del origen, hacia la pared
oeste de la cabaña, quedó estupefacto.
La pared parecía haber sido sustituida por un enorme espejo,
que mostraba la habitación en la que se encontraba, cambiando levemente los
tonos anaranjados que dejaba la vela por unos azulados proyectados por una luz
que recordaba a una lámpara de gas.
Se acercó a su reflejo. Aunque no cabía la menor duda de que
se trataba de él, parecía otra persona.
El reflejo tenía la barba mucho más recortada y cuidada, más
pelo en su cabeza y llevaba lentes de contacto en lugar de gafas. Sí que tenía su misma estatura y complexión,
y parecía tener la misma edad.
A pesar de las muecas de asombro o intriga de Rafael, su yo
reflejado mantenía siempre una mirada de paz profunda, con una sonrisa que
podría considerarse burlona, de oreja a oreja.
Rafael, incrédulo, le dio la espalda y fue a por la vela.
Conforme se acercaba, podía ver como lo que portaba su
reflejo era un farol de gas. La imagen del espejo era exacta, salvo por el aspecto
y rostro de sí mismo y la diferencia entre la vela y el farol.
Entrecerró los ojos tratando de imaginar qué estaba
ocurriendo.
Soltó la vela en la mesita de noche y abrió los cajones. Fue
sacando uno a uno los objetos que había metido.
Cuando sacó su loción capilar, su reflejo sacó un cepillo;
cuando sacó su libro de notas, su reflejo sacó una PDA; Cuando sacó su cubo de rubik, el reflejo sacó
un pequeño robot hecho de lego.
Por último, sacó una maltrecha libreta que no usaba hacía
años. La del reflejo estaba intacta.
Al verla inmaculada, lo recordó.
Esa libreta vio en sus páginas, ahora arrancadas, la que fue
su primera historia, escrita la primera noche que pasó en soledad entre
aquellas paredes. La inspiración que le
acompañaba cada vez que pasaba tiempo allí era el recuerdo involuntario en su
subconsciente del dolor que sufrió. ¿Pero qué era aquello? ¿Qué era ese
reflejo?
Sintió la necesidad de sacar su bolígrafo, abrir la libreta
y escribir el nombre de su esposa: “María”.
Se aproximó de nuevo a su reflejo y ambos levantaron la libreta.
La del reflejo decía: “Clara”.
Miró a los ojos a su reflejo y gritó. Preguntó una y otra
vez agitado si él estaba casado con ella, si seguía viva al otro lado del cristal.
Su reflejo, aunque imitaba sus movimientos a la perfección,
seguía mostrando esa sonrisa burlona. Sólo cuando Rafael calló, pudo distinguir
levemente como su reflejo, a pesar de no dejar de serlo, asentía.
La ansiedad se apoderó del escritor.
No lo entendía, pero lo que se mostraba al otro lado del
espejo era la vida que él siempre había deseado, la vida que le fue arrebatada.
Aquello se hizo totalmente con su mente y olvidó todo lo que
tenía. Su prestigio como escritor, su amada esposa, todo dejó de importar en su
mente.
Lo único que quería era hacer pedazos esa barrera y
convertirse en el reflejo que tenía ante sí.
Cogió el hacha que colgaba junto a la chimenea y golpeó con
fuerza el espejo.
Un golpe, el cristal comenzó a fragmentarse. Un agudo dolor
le brotó de la nada en las cuencas de los ojos.
Dos golpes, la imagen se desdobló. Su visión se volvía borrosa, también
fragmentada.
Tres golpes, el espejo se rompió en pedazos. La imagen que
anhelaba se perdió para siempre entre fragmentos que se dispersaron en todas
direcciones. Detrás de él, su propio mundo, también se hacía pedazos.
Detrás de esos pedazos no quedaba nada, solo un profundo
abismo. Ese espejo que había osado destruir no era sólo la barrera que le
separaba de la vida merecida que creía mejor, sino también el pilar que
sostenía la suya propia.
Su ansiedad, su dolor, su nublada mente le habían forzado a
sacrificar todo cuanto tenía en pos de algo incierto, irreal, que ni siquiera
terminaba de entender.
Ahora no tendría más que una soledad eterna… Al menos no le
faltaría la inspiración de nuevo.
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