domingo, 28 de septiembre de 2014

La cabeza del ciempiés



El camino continuaba hasta donde se perdía la vista, como podía divisar por encima de los hombros del resto de mugrientos hombres encadenados que caminaban delante suya.
Eran muchos, al menos cuatro docenas; quizá cinco.

Las ropas deshilachadas, manchadas y desgarradas. La piel cubierta por barro, sudor, sangre seca y cardenales. El pelo largo, la barba pronunciada en los varones, los labios partidos... Todos tenían su mismo aspecto. Encadenados de pies y manos, avanzaban dando pequeños pasos, levantando el rojizo polvo del camino.

A pesar de que cualquiera podría adivinarlo como una mala idea, quiso ver a quien tenía detrás, pues se creía el último del grupo.

En los pocos segundos que tardó el largo látigo en golpearle la cara para instarle a devolverla al frente, pudo ver quienes les seguían.

Sólo seis personas, en fila:

Los dos primeros, más cercanos a ellos, portaban largos látigos en sus manos. Si no fuera por su aspecto más limpio y la ropa intacta, habría pensado que pertenecían al mismo grupo que ellos.

El tercero, a tan sólo un paso por detrás, notablemente mejor vestido aunque con menos pelo, barría una y otra vez con la mirada las nucas de los que caminaban, mientras susurraba a los hombres de los látigos lo que estos querían oir mirando de reojo al cuarto hombre.

El cuarto hombre vestía un traje negro impoluto. Sonreía con sobervia mientras observaba la escena, como quien admira los logros fruto de una vida de perfecciones. Llevaba una pistola en su mano derecha.

El quinto hombre aparentaba estar distraido, no notar qué estaba pasando. Miraba de un lado para otro, jugando con un pequeño mazo redondo de oro que llevaba en las manos, deslizándolo entre sus dedos.

El último hombre era completamente distinto. Era mucho más alto, más corpulento.
Tenía el torso desnudo, con el tatuaje de un águila dorada en el pecho, perfilada con un color verde papel. Su cuello estaba rodeado por un colgante formado por todas y cada una de las llaves que cerraban los grilletes. Su cara solo destelleaba seguridad. Era como si los otros cuatro hombres llevaran, sin saberlo, otro tipo de cadenas de las que sólo él tuviera conocimiento.

¿Qué era aquello? Cinco personas condenaban a su voluntad a todo el grupo que caminaba. ¿Cómo podían aceptarlo sin más? ¿Como podían seguir caminando con la única esperanza de que algún día la compasión y la comprensión aparecerían de la nada en el corazón de aquellos hombres y al menos les aflojaran un poco los grilletes? No, no tenía sentido resignarse.

Gritó, llevándose un látigazo por cada una de sus palabras, y causando nerviosismo en el hombre que susurraba:
-¡Daos la vuelta! ¡Son pocos!

No necesitaba oir respuestas, los rostros de los que caminaban a su lado decían “tienen látigos”, “tienen una pistola”, “son más grandes”, “son más poderosos”, “son más inteligentes”...

Sólo un par de ellos apretaron los dientes con rabia, porque a pesar de estar de acuerdo con esas afirmaciones, no lo soportaban.


Aún notándose solo, PI actuó:

Se giró abalanzándose contra uno de los hombres con látigo, haciéndole caer mientras apretaba su cuello con las dos manos. El hombre que susurraba retrocedió haciendo señas.

PI apretaba con todas sus fuerzas mientras el otro látigo se hundía una y otra vez en su espalda, levantando carne y sangre.

El hombre que susurraba se inquietó aún más.
El hombre de la pistola no hizo nada.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió.

Uno de los que antes apretaron los dientes se acercó por la espalda al que propinaba los látigazos y lo rodeó con los brazos usando los grilletes para tirarle, también del cuello.

PI agotó el último soplo de vida de su enemigo y se puso en pie mientras dos de los hombres mugrientos que apretaron los dientes forcejeaban con el otro.

El hombre que susurraba estaba aterrorizado.
El hombre de la pistola se irritó, empujando al que susurraba hacia PI.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento rió más fuerte aún.

El hombre que susurraba se acercó a PI aparentando tener algo importante y decisivo que decir, algo que cambiaría para siempre su concepción sobre lo que ocurría. Pero cuando parecía que fuera a articular la primera palabra, sacó de su manga un puñal que PI no acertó a esquivar. El acero se clavó en su costado.

Retrocedió un paso y, aunque se le nubló rápidamente la vista, pudo ver como otro de los que antes apretaron los dientes, placaba a su agresor.

El hombre de la pistola la desenfundó mientras gritaba, culpando a los hombres de los látigos y al que susurraba de no hacer las cosas que debían.
El hombre del mazo no hizo nada.
El hombre corpulento seguía riendo.

PI caminó hacia el hombre de la pistola, que no dudó un segundo en dispararle.
Pero la bala que debería haberle destrozado el pecho se alojó en el muslo, al desviarse el tiro cuando el hombre de la pistola fue atacado por otro de los mugrientos. Esta vez uno al que PI no había visto siquiera apretar los dientes.

El hombre del mazo seguía fingiendo estar distraido, pero se notaba en el la desesperación.
El hombre corpulento cerró los labios y continuó riéndose con el cuerpo.

PI se arrastró hasta el hombre del mazo, qué se apartó murmurando demasiado rápido como para entender qué decía. Estaba claro que intentaba excusarse, intentaba hacer ver que el no era consciente de nada, y que no era tan malo como los otros.

Aunque PI no lo vió, otro de los que nisiquiera apretaron los dientes le clavó su propio martillo dorado en el cráneo.

El hombre corpulento tenía a PI ante él.
Soltó una risotada tan grande que lo bañó de un apestoso hedor que emanaba de su garganta.

-Has perdido,-Dijo PI.

El hombre corpulento no habló, sólo estrelló su pie sobre él, destrozándole el cuerpo.
La sangre brotaba a borbotones de la boca de PI, mientras repetía “has perdido” con su último aliento.

El hombre corpulento alzó la cabeza con los ojos cerrados y rió muy sonóramente.
Cuando bajó la cabeza, su sonrisa se borró.
Estaba completamente rodeado. Ya no quedaba nadie caminando sin mirar atrás. Todos estaban allí, mirándole, odiándole, deseando su muerte.

Movió los brazos, mató a cinco, a diez, a quince.
Le trepaban por la espalda, le mordían las piernas, le agarraban los brazos como podían. Morían uno tras otro.
Uno de ellos alcanzó una de las llaves de su cuello y tiró de ella. Todos los que pudieron lo imitaron.

El hombre corpulento cayó de rodillas. Todos los que quedaban vivos tiraban con fuerza de sus llaves, ahorcándole.

El águila dorada de su pecho se tiñó de rojo con el polvo del camino cuando el hombre corpulento cayó muerto junto al cuerpo de PI.

Los hombres mugrientos se pasaban las llaves unos a otros, desatando sus grilletes.

Estaban solos, perdidos. Aún quedaba una ardua tarea hasta tener algo a lo que llamar casa, algo a lo que llamar vida. Pero eran dueños de sus actos y no había nadie por encima de ellos.

Nadie puede culpar al hombre mugriento de no mirar atrás, nisiquiera de no apretar los dientes.
Pero todos pueden ser patas del ciempiés cuando aparece una cabeza.