El pomo tenía el mismo frío y herrumbroso tacto que
recordaba.
La morada de soledad
de Rafael mostraba el mismo aspecto descuidado que la última vez que
hizo uso de ella, apenas una década atrás.
Aquella cabaña había sido más de una vez la solución a sus
noches en vela en busca de la inspiración que tanto anhelaba para continuar con
sus escritos. Como cada vez que atravesaba una crisis, dejó por unos días
la vida en su apacible hogar junto a su mujer y se aisló allí, en la fría
sierra de Ronda.
La muerte de la que fue su primera pareja, Clara, le inyectó
en el alma un torrente de emociones que supo redirigir hacia la escritura. Esos
escritos encandilaron años después a María, la bella mujer con la que se casó.
Pero mientras más lejos tenía el dolor que le vio nacer como
escritor, más le costaba dar vida a las historias de las que comía.
Vació su mochila en los cajones y la mesa, cerró de nuevo
con llave y marchó caminando a buscar una buena roca sobre la que tumbarse. Aún
quedaban unas horas para el anochecer.
Permaneció mirando el paisaje durante horas, dejando que sus
pensamientos vagaran por trazos de momentos anteriores en los que estuvo en
aquel mismo lugar, trayendo consigo pensamientos e inspiraciones hacía tiempo
olvidadas.
Antes de los últimos rayos de sol, le dio tiempo a cavilar
un pequeño cuento sobre dos criaturas del bosque, dos niños gemelos, que
conversan sobre su visión de la humanidad.
El frío le obligó a pausar el desarrollo de su idea y marchó
a la cabaña, pensando en comenzar a escribir la historia a la mañana siguiente.
Ya dentro de la cabaña, cerró el pestillo y colocó varias maderas en la chimenea.
Cogió la caja de cerillas que había sobre el escritorio y
encendió la enorme vela que había sobre la estantería.
Se sobresaltó al notar, por el rabillo del ojo, otro
destello de luz en la habitación.
Cuando giró la cabeza en busca del origen, hacia la pared
oeste de la cabaña, quedó estupefacto.
La pared parecía haber sido sustituida por un enorme espejo,
que mostraba la habitación en la que se encontraba, cambiando levemente los
tonos anaranjados que dejaba la vela por unos azulados proyectados por una luz
que recordaba a una lámpara de gas.
Se acercó a su reflejo. Aunque no cabía la menor duda de que
se trataba de él, parecía otra persona.
El reflejo tenía la barba mucho más recortada y cuidada, más
pelo en su cabeza y llevaba lentes de contacto en lugar de gafas. Sí que tenía su misma estatura y complexión,
y parecía tener la misma edad.
A pesar de las muecas de asombro o intriga de Rafael, su yo
reflejado mantenía siempre una mirada de paz profunda, con una sonrisa que
podría considerarse burlona, de oreja a oreja.
Rafael, incrédulo, le dio la espalda y fue a por la vela.
Conforme se acercaba, podía ver como lo que portaba su
reflejo era un farol de gas. La imagen del espejo era exacta, salvo por el aspecto
y rostro de sí mismo y la diferencia entre la vela y el farol.
Entrecerró los ojos tratando de imaginar qué estaba
ocurriendo.
Soltó la vela en la mesita de noche y abrió los cajones. Fue
sacando uno a uno los objetos que había metido.
Cuando sacó su loción capilar, su reflejo sacó un cepillo;
cuando sacó su libro de notas, su reflejo sacó una PDA; Cuando sacó su cubo de rubik, el reflejo sacó
un pequeño robot hecho de lego.
Por último, sacó una maltrecha libreta que no usaba hacía
años. La del reflejo estaba intacta.
Al verla inmaculada, lo recordó.
Esa libreta vio en sus páginas, ahora arrancadas, la que fue
su primera historia, escrita la primera noche que pasó en soledad entre
aquellas paredes. La inspiración que le
acompañaba cada vez que pasaba tiempo allí era el recuerdo involuntario en su
subconsciente del dolor que sufrió. ¿Pero qué era aquello? ¿Qué era ese
reflejo?
Sintió la necesidad de sacar su bolígrafo, abrir la libreta
y escribir el nombre de su esposa: “María”.
Se aproximó de nuevo a su reflejo y ambos levantaron la libreta.
La del reflejo decía: “Clara”.
Miró a los ojos a su reflejo y gritó. Preguntó una y otra
vez agitado si él estaba casado con ella, si seguía viva al otro lado del cristal.
Su reflejo, aunque imitaba sus movimientos a la perfección,
seguía mostrando esa sonrisa burlona. Sólo cuando Rafael calló, pudo distinguir
levemente como su reflejo, a pesar de no dejar de serlo, asentía.
La ansiedad se apoderó del escritor.
No lo entendía, pero lo que se mostraba al otro lado del
espejo era la vida que él siempre había deseado, la vida que le fue arrebatada.
Aquello se hizo totalmente con su mente y olvidó todo lo que
tenía. Su prestigio como escritor, su amada esposa, todo dejó de importar en su
mente.
Lo único que quería era hacer pedazos esa barrera y
convertirse en el reflejo que tenía ante sí.
Cogió el hacha que colgaba junto a la chimenea y golpeó con
fuerza el espejo.
Un golpe, el cristal comenzó a fragmentarse. Un agudo dolor
le brotó de la nada en las cuencas de los ojos.
Dos golpes, la imagen se desdobló. Su visión se volvía borrosa, también
fragmentada.
Tres golpes, el espejo se rompió en pedazos. La imagen que
anhelaba se perdió para siempre entre fragmentos que se dispersaron en todas
direcciones. Detrás de él, su propio mundo, también se hacía pedazos.
Detrás de esos pedazos no quedaba nada, solo un profundo
abismo. Ese espejo que había osado destruir no era sólo la barrera que le
separaba de la vida merecida que creía mejor, sino también el pilar que
sostenía la suya propia.
Su ansiedad, su dolor, su nublada mente le habían forzado a
sacrificar todo cuanto tenía en pos de algo incierto, irreal, que ni siquiera
terminaba de entender.
Ahora no tendría más que una soledad eterna… Al menos no le
faltaría la inspiración de nuevo.
