miércoles, 22 de junio de 2011

El Pueblo Duerme Desenlace



Final del capítulo anterior: 
Daniel alzó la vista y vio a alguien acercándose a Rodrigo por la espalda.
-Él.... -Dijo señalandole con la cabeza.

Rodrigo se dio la vuelta para ver como, el hombre que había aparecido a su espalda, tiraba de la palanca, dejando el cuerpo de Daniel inmóvil, inerte, suspendido en el aire.

El gendarme se apartó al tiempo que veía como las manos de aquel hombre comenzaban a temblar, vibrando de un modo espasmódico, al tiempo que mutaban. Trató de echar mano a su arma, había olvidado que no la tenía.
-Ahora lo entiendo todo.... -Dijo el gendarme, dando pequeños pasos hacia atrás mientras el lobo le miraba con malicia.



El sol salió reflejándose en los ojos de Rodrigo, abiertos de par en par.
Tumbado sobre la hierba, empapado en su propia sangre, en un silencio absoluto solo roto por el susurro de las hojas con el viento y el singular chirrido de la cuerda que ahorcaba a Daniel, balanceándose levemente.


Carmen despertó por la mañana, totalmente recuperada. Sin duda la poción de Estela era maravillosa.

Le sorprendió encontrarse sola. Tras la muerte de Jan, Rodrigo había pedido a Hernando que cuidase de ella (después de todo, el alcalde había prohibido que nadie saliera del pueblo hasta la mañana siguiente, así que no iban a necesitar a nadie que abriera el portón).

Fue precisamente Hernando quien encontró el cadáver de Rodrigo, avisando al alcalde.

Ángel, Elan y Yago le acompañaron a ver la escena. Rodrigo yacía muerto con múltiples heridas.
-Las heridas parecen superficiales, como si el lobo hubiera jugado con él antes de matarle... -Analizó el cazador.
-¿Entonces de qué murió? -Preguntó el alcalde.
-Estrangulado, por ésta prenda que tiene tan fuertemente atada al cuello. -Contestó Yago.
-Eso no es... - Dijo Elan, agachándose junto al cadáver. -¿No es el delantal de Roberto?
-Qué poético... lo mató como una burla a la única pista de verdad que pudo seguir... -El alcalde casi pareció sonreír.
-No hay nada de poético en ésto. -Afirmó Yago, aunque con indiferencia.
-Parece que el monstruo le rasgó la ropa. -Se fijó Elan.
-Si, justo por los bolsillos -Apuntó Ángel.
-Tal vez buscaba algo -continuó el herrero.
-El cuaderno de notas... -Esta vez habló el cazador. -Ahí tenía apuntada toda la información que había reunido. Si se lo llevó va a haber que empezar la investigación de cero.
-Yo tomaré el testigo -Se apresuró a decir Ángel. -Rodrigo era mi compañero...
-Quizá debería encargarme yo. -Dijo el alcalde, hablando por encima del gendarme.
-No te ofendas, Víctor -le cortó Yago.-Pero creo que eres demasiado mayor para ésto. Ángel y yo lo llevaremos.
-Gracias, pero voy a hacerlo solo. No es que no me fíe de vosotros... -El gendarme se puso en pié. -Ostia... -dijo, señalando al ayuntamiento.

Carmen caminaba hacia ellos, con las manos agarrotadas pegadas al cuerpo. Temerosa de lo que se iba a encontrar.

Cuando vio el cadáver de Rodrigo, hundió las rodillas en la hierba y se dejó caer sobre él, llorando con una descorazonadora amargura.

La frutera no acudió en la asamblea.
Nadie en el pueblo se atrevió a acusar a otra persona. Lo único que votaron al unísono fue que el portón fuera abierto, pero el Alcalde era reacio a dejar ir a nadie, no pensaba permitir que el lobo se escapara.

Aunque hubo algunos altercados, el pueblo terminó aceptándolo. Tendrían que pasar al menos una noche mas.

Al terminar la reunión, Ángel y Víctor fueron a ver a Carmen, para acompañarla al funeral de Rodrigo. Él hubiera querido que ella estuviera presente.
Se encontraron la puerta de frutería echada y, por mas que llamaban, nadie contestaba.

El gendarme se asomó al interior por el escaparate.
-¡Mierda! -Exclamó, al tiempo que sacaba su arma y disparaba a la cerradura, para poder abrir la puerta.

El cuerpo de Carmen, ahorcada con una de las sogas que usaba para atar cajas de fruta, colgaba del centro de la tienda. Con la cara húmeda, hinchada, sin duda por el torrente de lágrimas que había brotado de ella antes de tomar la decisión de suicidarse.

El funeral conjunto dedicado a ambos fue conmovedor, precioso. Pero el miedo que se palpaba en el pueblo era tal, que pocas personas asistieron. Nadie se atrevía a salir de su casa.

Muy pocos podrían dormir bien aquella noche en Saint-Piereg, y, por supuesto, Ángel no era uno de ellos.

En medio de la noche, fue a la vacía casa de su compañero. Quería asegurarse de que Rodrigo no había dejado alguna pista que pudiera ser encontrada.

Fue directo al primer lugar donde se le ocurrió que Rodrigo hubiera podido esconder algo: En la cama donde estuvo descansando Carmen.
Tuvo esa corazonada, y no fue decepcionado.
Bajo la almohada (quizá como una sugerencia de su amada para asegurarse de que no caía en las manos equivocadas) se encontraba el cuaderno de Rodrigo, intacto.

La bestia lo buscó la noche anterior en su cadáver pero no pudo encontrarlo después de todo.

Ángel lo abrió de inmediato y comenzó a leerlo. Pudo notar que en ese cuaderno estaba la clave.. estaba seguro de que, analizando con calma todas las pistas, sabría quién era el lobo fuera de toda duda. Pero necesitaba tiempo para hacerlo.

Cayó en la cuenta del peligro tan grande que corría. Salió de la casa de Rodrigo lo mas rápido posible y pensó un modo de sobrevivir a toda costa hasta la mañana siguiente. No podía fiarse de nadie.

Ángel arrancó las últimas páginas, vacías, del cuaderno y redactó muchas notas iguales:

LLAO, creo que pueo averiguar quien es el lobo. Voy a encerrarme en la sala de asambleas hasta mañana. Cuando os despertéis vení a verme
-Ángel

Una a una, fue metiendo las notas bajo las puertas de todas las casas que pudo.

Pero alguien estaba despierto y junto a la puerta de su casa cuando vio aparecer la nota del gendarme bajo ella...


El alba bañó Saint-Piereg, pero no cogió a nadie por sorpresa. El pueblo entero estaba en pié, pero no en sus casas ni en sus comercios. Todo el mundo se había reunido frente a la sala de asambleas.

-¡No hay manera! -Elan zarandeaba la puerta.
-¿Por qué nos citaría aquí si luego no nos abre la puerta? -Preguntó Yago.
-Quizá le haya ocurrido algo... -Comentó casi en voz baja Javier.
-¡Echad la puerta abajo! -Gritó Annie, desde un poco mas lejos.
-No creo que eso sea fácil de hacer. -Apuntó el Alcalde. -Ésta puerta es de las mas resistentes que he visto en mi vida y...
-¡Apartaos! - La multitud se abrió ante el grito de Hernando. Portando un enorme tronco, envistió contra la puerta y la desencajó del marco.

El Alcalde entró primero, para pronto girarse y hacer señas a Elan, Yago y Javier (que iban tras de el) de que no dejaran entrar a nadie mas.

Todas las sillas de la sala estaban hechas pedazos. El cuerpo de Ángel, en el centro de la sala, estaba completamente cubierto de sangre con innumerables cortes. Muerto pero erguido, ensartado por varias estacas creadas a partir de las sillas destrozadas.

La expresión de su cara era clara: “sabía que eras tú” parecía decir.

El alcalde analizó el lugar junto a Yago, Elan y Javier, que se negaba a marcharse.

-Ésto se acabó... Ya no queda nadie para defendernos. Ése hijo de puta ha ganado... -Comentó el alcalde.
-¿Por qué? Yago y yo no seremos gendarmes, pero sabemos luchar. -Dijo Elan.
-Deberíamos rendirnos. Lo mejor sería que todos abandonáramos el pueblo. -Fue la recomendación del cazador. Dejando al herrero sorprendido.
-Hey, ¿Qué es ésto? -Javier había encontrado algo.

Bajo una de las sillas, empapado totalmente en el charco de sangre, había un cuaderno.
-¡El cuaderno de Rodrigo! -Gritó Elan.

Yago se apresuró a quitárselo a Javier de las manos.
-Está ilegible... la sangre ha cubierto todas las páginas... Pero creo que puedo quitarla sin dañar lo escrito.. se me da bien trabajar con la sangre, ya sabéis. -Dijo el cazador.

El Alcalde, Elan y Javier intercambiaron miradas. No sabían si confiar en él pero, por otra parte, era cierto que el cuaderno estaba ilegible. No iban a perder nada.
-Está bien... según lo que encuentres en ese cuaderno, daré o no el visto bueno a que mañana sea desalojado el pueblo. -Dijo finalmente el alcalde.

Al ver que no se oponían, el cazador habló con una sonrisa:
-No os preocupéis, en cuanto descubra lo que hay escrito os lo haré saber. -Y marchó de la sala, no asistiendo siquiera al funeral que se celebró un par de horas después.


El atardecer llegó pronto.

El proceso de secado al que Yago había sometido las páginas del cuaderno estaba llegando a su fin. Se moría de ganas por ver que era lo que había escrito Rodrigo ahí, qué era lo que había llevado a Ángel a estar tan seguro...

Se sentó junto a la mesa en el patio interior de su casa y comenzó a leerlo, con una sonrisa casi irónica de oreja a oreja, asintiendo levemente con cada página que leía.

Al terminar, se puso en pié y contempló el cielo a través del cristal superior del patio. La luna estaba llena.
Se llevó las manos a la cara, le temblaban de una manera anormal, como si vibraran.... pero no porque fuera a transformarse, sino porque estaba nervioso, sabía lo que iba a ocurrir y aunque estaba preparado, era imposible no tener miedo.

El pomo de la puerta salió despedido y ésta se abrió.

Cuando notó el aliento de la bestia en la habitación, Yago habló:
-Hola, “Perry”.... -Se giró y miró a la bestia, cara a cara.

El lobo parecía relajado, como si quisiera escuchar lo que el cazador tuviera que decir antes de hacerle pedazos.

-No se como no me he dado cuenta antes... El papel que encontré junto al cadáver de Jose, ahora comprendí que eran anotaciones sobre la identidad falsa que creaste. Muy original el nombre, por cierto... Perry Yoshiko... o, dicho de otra manera, Perrillo Chico. Solo tú serías capaz de inventarte un nombre falso así.
Me siento decepcionado por mi mismo y por todos los del pueblo... La daga con la que atacaron a Javier... ¡Tú eres la única persona capaz de crear una con tanto detalle como para que dejase marcas similares a una dentellada!... Te he tenido delante de mis narices y no he sospechado ni un momento de ti, Elan...-

La bestia soltó un rugido que casi pareció una risotada de soberbia.

-Pero eso no es lo único... Al parecer, Estela le dijo a Rodrigo que la forma en que la sangre de licántropo llegó a alguien del pueblo fue a través de un pastel. No se como no se le ocurrió pensarlo.. tu madre era la mejor clienta de Celia. Eso creó alguna sospecha en Rodrigo sobre ella, pero por alguna razón olvidó trasladarla también a ti, aún sabiendo que vivís en la misma casa.-

El lobo comenzó a moverse muy lentamente hacia Yago.

-¿Como pasó? Imagino que comiste el pastel, y esa misma noche o quizá la siguiente, te transformaste. Como no sabías que te pasaba trataste de huir a lo alto de la loma, pero cuando esa necesidad asesina te consumió, te viste obligado a matar a Jose.
Al día siguiente construirías esos grilletes, con los que pudiste estar.. ¿Cuanto? ¿dos? ¿tres días? Sin matar a nadie, encadenándote a ti mismo por las noches. Pero esa necesidad era demasiado fuerte... Y tuviste que pensar en un plan para matar sin consecuencias...-

Yago comenzó también a moverse, retrocediendo lentamente por el lateral de la mesa.

-Para estar seguro, creaste varios objetivos a los que echar la culpa. Como lo de la daga con Javier.
Estela se cruzó en tu camino y cargó con el muerto... sin embargo sabías que ella iba a por ti, y temías que pudiera saber quien eras... por eso seguiste a Araceli aquella noche. No querías que encontrara algo en la guarida de Estela que apuntase a ti... -

La bestia levantó su labio superior, dejando ver sus colmillos.

-Araceli... estoy seguro de que te dolió tener que matarla, pero no te quedó mas remedio. Para esa muerte ya no tendrías a nadie a quien cargarle el muerto... si acaso apelar a la culpabilidad de Javier... pero tenías un mejor as en la manga... Desde un principio, engañaste a Yeray para que apareciera en el pueblo, con la intención de guardártelo como última opción... El cadáver de Jose era la excusa perfecta para poder incriminarle en cualquier momento...-

Yago seguía caminando muy lentamente hacia atrás, en paralelo a la mesa.

-Cuando ejecutaron a Yeray, pensaste dejar de matar, volver a los grilletes. Quizá hasta consideraste hacerte con el libro y buscar el remedio sin tener que matar a nadie más. Pero escuchaste a Mirabay cuando fuiste a comprar los zapatos... Si, Rodrigo ya había considerado la posibilidad de que la razón por la que mataran a Mirabay fuera que ésta dijera algo en la zapatería.. el último lugar al que fue. ¿Qué como se que fuiste tú quien se compró los zapatos y no Ángel? Bueno, realmente la observación es mérito de Rodrigo, como casi todo lo que te estoy diciendo: Los zapatos que Daniel prepara son siempre perfectos, sientan como un guante, y Ángel no hacía mas que quejarse de los suyos. ¿Se los regalaste tu, verdad? No era tan difícil saberlo, teniendo en cuenta lo maltrechos que están tus zapatos... los compraste para ti pero temiste que fuera una pista para que supieran que oíste hablar a Mirabay. -

El lobo seguía sin detenerse, atento a las palabras del cazador, pero preparado para atacar en cualquier momento, mucho mas tenso que cuando entró.

-Muy hábil también lo de consolar de ese modo a Celia y defender que, por su dolor, era imposible que ella fuera el lobo... así (y de hecho las notas de Rodrigo lo apuntan) cabría la posibilidad de que te descartaran a ti teniendo en cuenta que Araceli había sido una víctima... -

El lobo separó las garras.

-La única persona que podía seguir relacionándote con el asesinato de Mirabay era Daniel, que sabía que estuviste en la zapatería... como es lógico eso le hacía también sospechoso... Sembrar la duda contra él no te fue muy difícil, solo tuviste que encargarle esos enormes zapatos desde tu falsa identidad. Aunque tu no lo sabías, la hoja que arrancó del libro y su pasado como licántropo hicieron el resto.-

El cazador continuaba retrocediendo, arrastrando la mano por encima del mantel de la mesa.

-Tu plan podría haber tenido éxito ahí... Lástima que para entonces, Rodrigo ya tuviera demasiada información en su cuaderno... Era el cabo suelto que te quedaba... Estoy seguro de que si no fuera sido por Jan, Carmen habría muerto, y ésta no le habría sugerido a Rodrigo que lo escondiera. Es curioso, las últimas víctimas fueron tan solo por la búsqueda de ése cuaderno y sin embargo fuiste tan torpe de dejártelo cuando mataste a Ángel... ¿De verdad creías que era imposible que borrara la sangre y volviera a hacerlo legible?-

El lobo enfureció, levantó los brazos, preparado para atacar.

Yago saltó hacia atrás y continuó hablando.
-Llevo dos días preparando ésto en el mas estricto secreto...-

Tiró con fuerza del mantel y descubrió una extraño mecanismo con un cañón de perdigones. Perfectamente camuflado bajo la mesa.

-Te estaba esperando esta noche. ¡Todo va a acabar aquí y ahora!-

Tomó rápidamente el candil de la pared, preparado para encender la pólvora.

Un zarpazo del lobo le rajó los brazos, haciéndole soltar el candil. Yago cayó al suelo, malherido.

La bestia se le acercó y le pisó el pecho, hundiéndole las costillas.

El fuego del candil se extendió a una silla y, de ahí, a varios de los telarios decorativos sobre caza que cubrían las paredes.

Pronto, la casa del cazador se transformó en un auténtico bautismo de fuego.

El lobo le pisó mas fuerte el pecho, hasta notar como se rompían las costillas... Yago cerró los ojos tras soltar un último grito.

La bestia vio entonces el cuaderno de Rodrigo sobre la mesa y se acercó a él.
Sentía curiosidad por leerlo antes de dejar que el fuego lo consumiera también.

Mientras arañaba la mesa con sus garras tratando de abrirlo, Yago dejó de fingir estar muerto y abrió los ojos. Aún le quedaba un hilo de vida, y lo pensaba aprovechar.

Se acercó al fuego del candil y, arrastrándose como pudo, se prendió fuego a su propia ropa. Solo tenía que llegar hasta el hilo de pólvora del mecanismo antes de perder la consciencia para siempre...

El lobo apartó la mirada del libro a tiempo para ver como el cuerpo de Yago, muerto y en llamas, caía sobre la mecha.

El mecanismo disparó una gran cantidad de unos muy brillosos proyectiles... Balas de plata que impactaron en el pecho de la bestia y la catapultaron hacia atrás.

La figura del monstruo fue poco a poco menguando hasta volver a ser la del herrero.

El rostro de Elan se quedó en una mueca de rabia mientras el fuego consumía todo.

. . .

-Joder, lo has hecho de puta madre en verdad. -Dijo Roberto, al tiempo que Elan se ponía en pié y tiraba su carta contra el suelo del parque gritando “¡¡Mieeeerda!!”
Yago le apuntaba aún como si llevara un arma, con la lengua afuera como si acabara de morir.

-Se acabó señores. -Dijo Víctor, sentado sobre la pequeña moto amarilla, balanceándose con el muelle. -Son casi las cuatro y, entre que me estoy cayendo de sueño y que fijo que los vecinos ya han llamado a la policía, yo creo que es hora de irse.

El “pueblo” se levantó y se dispersó al compás de despedidas y choques de manos.

martes, 21 de junio de 2011

El Pueblo Duerme 5º Parte


Final del capítulo anterior: 
Carmen caminaba hacia la puerta cuando volvieron a llamar, con algo mas de fuerza.
-Vaya impaciencia.. -dijo en voz baja justo antes de que, nada mas girar el pomo, la puerta se abriera de golpe, catapultándola hacia atrás.




Había sido un día duro. Aunque había recopilado muchas pruebas que apuntaban a diferentes sospechosos, aún no había sacado nada en claro. Rodrigo se cubrió los ojos con una toalla y se hundió un poco mas en el barreño de agua caliente, relajado... pero no se podría permitir evadirse por demasiado tiempo.

Carmen se levantó lo mas rápido que pudo, para ver al lobo frente a ella.
La descarga de adrenalina que sufrió le permitió analizar la escena con frialdad “Las pruebas”, pensó.

Corrió hacia la mesa y y la volcó, tirando las pruebas al suelo, ocultándolas bajos los muebles.

El lobo se abalanzó sobre ella, pero tuvo tiempo de coger una silla y bloquearle con ella. La garra del lobo convirtió la silla en astillas.
Carmen retrocedía mirando hacia su espalda. Vio la funda del arma de rodrigo y la cogió. Cuando estaba preparada para sacar la pistola y disparar a la bestia, comprobó que la funda estaba vacía, quedándose totalmente indefensa.

El lobo partió el cuello de Carmen como si fuera un palillo.

Mientras iba perdiendo la consciencia, Carmen (arrepentida de no haber gritado cuando pudo) contemplaba desde el suelo como el lobo trataba de recuperar los objetos de debajo de los muebles, sin éxito (la complexión de su cuerpo no se lo permitía).
Cuando empezó a destrozarlos, el alboroto fue tal que se vio obligado a marcharse de allí, pues mas de una docena de vecinos se acercaban a la casa, portando antorchas.

La muerte de Mirabay había puesto a todo el pueblo en estado de alerta continua, el mas mínimo ruido era suficiente razón para coger lo primero que se tuviera por delante como arma y echarse a la calle.

El lobo soltó un rugido y golpeó a Carmen en el costado, con rabia, justo antes de marcharse sin lo que había venido a buscar.

Rodrigo escuchó el ruido y salió del baño liado con una toalla. La histeria que sufrió al ver a Carmen fue tal que no se percató del tumulto que correteaba las calles.

Carmen se moría, no sabía que hacer. Empezó a mirar a todos lados, contemplando los destrozos y esperando buscar una solución milagrosa en cualquier sitio.

-¡La poción de Estela! -Gritó como si se le iluminara una bombilla.

Buscó su chaqueta y recuperó la pequeña botella con el líquido verde. Sin pensárselo dos veces, vertió el contenido en la boca de Carmen haciéndoselo tragar.
Aunque seguía sin moverse ni abrir los ojos, milagrosamente, comenzó a respirar de nuevo.

En la calle, la multitud siguió al lobo hasta perderle de vista, logrando escapar.


Unas horas mas tarde, el gallo cantó en Saint-Piereg.

El alcalde, el cazador, el herrero, y los dos gendarmes hacían compañía a Carmen, aún inconsciente (pero viva) en una de las camas de la casa de Rodrigo.

-¿Seguro que no viste nada? -Preguntó Víctor, por tercera vez.
-Seguro. Cuando salí del baño el lobo ya se había ido. -Respondió Rodrigo otra vez.
-Ajá... ¿Y ella? -El alcalde se quedó fijo mirando a Carmen.
-No lo se... No lo sabremos hasta que despierte.
-Aún no me creo que tuvieras una poción que resucite... -Yago parecía no querer creérselo.
-Como ya he dicho, me la dio Estela.
-Dado que Carmen ha sobrevivido, será mejor no convocar ninguna asamblea hoy. Es preferible no agitar mas al pueblo... demasiado alterado está ya. -El alcalde parecía preocupado- Será mejor que continúes con la investigación, Rodrigo.
-Con todos mis respetos, no pensaba apartarme de la cama hasta que Carmen se recupere.
-Yo puedo quedarme a cuidarla. -Dijo Yago.-Si fuera necesar...

Pero no acabó la frase, todos se giraron hacia la puerta de la habitación, que se abrió de un portazo.

-¿Jan? -Dijo Elan entrecerrando los ojos.

Pero no obtuvo respuesta. Jan, vestido con su uniforme del ejército y portando un periódico en la mano, entró por la puerta y se fue directamente hacia el alcalde, tumbándolo de un puñetazo.

-Qué cojones... -Murmuró el alcalde llevándose la mano a la cara.

Jan le tiró el periódico que llevaba en la mano. En primera página dejaba ver un artículo: “El pueblo maldito” por Ainhoa Saura. Los artículos de la periodista habían llegado fuera del pueblo, y lo ocurrido en Saint-Piereg había sido oído incluso en Nueva Campana, lugar donde Jan estaba destinado en éstos momentos.

-¿Has matado a Estela, cabronazo? -Dijo el militar antes de darle una patada en el costado.

Ángel y Rodrigo se apresuraron a evitar que siguiera golpeándole. Elan se levantó y cogió a Jan por los hombros, para tratar de tranquilizarle. Yago, desde una esquina de la habitación, contemplaba la escena con indiferencia.
-Fue ejecutada porque mató a una persona, y por ser bruja... -Elan trató de hacer entrar en razón a Jan.
-¡Mi mujer nunca le habría hecho daño a nadie!
-Elan, déjame hablar con él. -Rodrigo, que fue la última persona que mantuvo una conversación con Estela, agarró a Jan por el brazo y se lo llevó a otra habitación. Debía explicarle lo que tan solo el sabía: que un error de Estela fue el causante de la aparición del licántropo.
Mantuvieron una larga charla, en la que el gendarme le explicó todo lo ocurrido, desde la muerte de Roberto hasta el ataque sufrido por Carmen la noche anterior.

Jan lo supo aceptar y, aunque su rabia no cedió, se sintió identificado con la posición de Rodrigo al tener a su amada, Carmen, malherida.

-¡Rodrigo! ¡Ven! -La voz de su compañero lo llamaba desde el otro cuarto.

Cuando el gendarme llegó al cuarto, vio con sorpresa que Carmen había abierto los ojos. Se acercó rápidamente a ella y la besó.
-Escuchame.. -dijo la frutera en un suspiro casi sin fuerzas.- El lobo llevaba un delantal... estoy segura de que no era el de Roberto. Era uno grueso. Los de panadero son algo mas finos y...-

Antes de terminar la frase, volvió a desmayarse.

Rodrigo la volvió a besar, ésta vez en la frente, y echó un vistazo a la sala. Nadie había oído lo que Carmen había dicho, y era mejor que así fuera.

-¿Qué te ha dicho? -Yago, apoyado en la pared con los brazos cruzados, le miró con intriga.
-No seas cotilla. Seguro que es personal. -El herrero corrigió al cazador.

Tras saber eso, Rodrigo no podía quedarse parado, y ya sabía de sobra que no podía confiar en nadie mas: Tenía que continuar con la investigación.

-Podéis marcharos a seguir con vuestras cosas. Yo seguiré con la investigación. No os preocupéis por Carmen, Jan se quedará protegiéndola. ¿Quién mejor que un capacitado militar? -Afirmó Rodrigo.

Cuando todos salieron por la puerta, el alcalde se le acercó.
-Tal vez sería mejor que te quedaras aquí con ella. Yo no me fío de Jan... No te preocupes por la investigación, yo podría llevarme las pruebas y tus apuntes y continuarla. No tendría que saberlo nadie mas.
-Gracias, pero prefiero continuar con ésto yo solo.

Cuando Jan aceptó proteger a Cármen, Rodrigo se puso en marcha.
La primera parada del gendarme sería la zapatería. Daniel no solo usaba un delantal grueso, sino que se citó con él la noche anterior y el único que apareció fue el lobo. Además estaba el tema de los zapatos...

La zapatería estaba cerrada.

Tras hablar con Hernando para asegurarse de que el zapatero no había abandonado el pueblo, decidió buscarlo en la taberna.

-Buenas, Javier. ¿Has visto a Daniel?

El tabernero echó un vistazo a las mesas a la vez que el gendarme.
-No, no está aquí.
-¿Pero ha pasado por aquí al menos? -Insistió Rodrigo, acercándose a la barra.
-No le he visto en todo el día... Oye Rodrigo, ¿Tienes un momento? -Preguntó el tabernero, evitando que el gendarme se marchara.
-Claro, dime. -Respondió el gendarme, sentándose en una de las banquetas.
-Hay algo que me llamó la atención. Verás, anoche vieron al lobo en la calle. Y, según me han contado, un grupo de vecinos lo persiguieron... ¿Donde demonios estabais tu y Ángel?
-Anoche le tocaba guardia a Ángel. Hablaré con él. Quizá estaba en el otro extremo del pueblo o algo...
-No lo creo, el barullo que se armó se escucharía hasta en el último rincón de Saint-Piereg.
-Bueno, si ves a Daniel dile que le estoy buscando. -Se despidió el gendarme. No le gustaba la insinuación que le acababa de hacer Javier.

Casi había cruzado la puerta cuando reparó en algo.
-Oye... Ese delantal que tienes ahí colgado en la pared... ¿No es mucho mas grueso que el que llevas?
-emm.... Si, mas que éste sí. Lo uso cuando tengo que freír algo grande. No sabes las quemaduras que me hacía con el fino -Dijo pellizcándolo. Al ver el gesto de duda del gendarme, el tabernero prosiguió -Aunque bueno, ese lo estrené ayer. El otro mas usado que tenía me lo robaron hace unos días.
-¿Quién?
-Si lo supiera, no habría tenido que usar el nuevo. Lo habría recuperado.


Tras marcharse de la taberna, Rodrigo pensó en recoger su arma. Aún la tenía Yago.

Esta vez, la puerta de casa de cazador estaba cerrada. El gendarme llamó con fuerza.
Una pequeña raja de la puerta se abrió, sujetada por la cadena interior. A través de ella se asomó la mitad del rostro de Yago.
-Ah, hola Rodrigo... ¿Qué quieres?
-¿Arreglaste mi arma?
-Pues.. te lo iba a decir esta mañana. -Dijo el cazador, apretando los dientes.-Aún no la he podido arreglar. El gatillo está hecho una porquería. Pero le he pedido a Elan que lo arregle... tenía un molde por ahí.
-Vaya..
-Si no es mucho pedir, ¿Podrías recogerlo? Si me la traes termino de arreglártela. Yo estoy ocupado con un par de ciervos que he atrapado.
-Estoy con la investigación, pero creo que la herrería está de camino a mi siguiente parada. Está bien.
-Gracias
-A ti, por arreglármela.

La herrería estaba a medio camino entre la casa del cazador y la zapatería, donde Rodrigo volvería a comprobar si Daniel había vuelto.

-Buenas tardes Elan... Hola, Ángel -El gendarme se sorprendió de encontrar allí a su compañero.
-¿Qué tal, Rodrigo? -Le saludó Elan con una sonrisa, mientras continuaba afilando un puñal.

Ángel parecía nervioso, no paraba de hacer vibrar la pierna.
-Hola. ¿Arreglaste ya tu arma? -Le preguntó a Rodrigo.
-Aún no, de hecho a eso venía...
-Eso es -Dijo Elan.-En seguida te lo doy. Hacía tiempo que no hacía trabajos tan pequeños.
-¿Y tú que haces aquí? -Preguntó Rodrigo a Ángel.
-Nunca se está lo suficientemente seguro. Vine a que Elan me afilara el puñal -Dijo el gendarme justo cuando Elan se lo devolvía ya afilado.
-Déjame que vaya a buscar lo tuyo. -Elan se metió en la trastienda.
-Me han comentado que anoche cuando el lobo fue visto y perseguido, no te encontraron por ningún lado... -comentó Rodrigo a Ángel.
-Si, bueno... justo me fui a casa a cambiarme de zapatos. No aguantaba mas -Respondió su compañero alzando el pie, mostrando sus viejos zapatos de siempre. -No vuelvo a aceptar un regalo... Bueno, nos vemos Rodrigo. Esta noche te toca a ti la guardia, ¿Eh?

Ángel se marchó, perdiéndose por el fondo de la calle.

Rodrigo, esperando que Elan volviera con la pieza, se puso a mirar las distintas armas y trabajos sobre metal que tenía colgados el herrero. Tan ensimismado y atraído que acabó metiéndose él también en la trastienda, sin darse cuenta.

-¡Hey! ¿Te has quedado embobado? Jajaja -El Herrero se percató de la presencia del gendarme.
-Tienes cosas increíbles aquí colgadas.

Rodrigo detuvo su vista en dos grilletes enormes anclados en la pared.

-Los forjé hace unos días. Si esa bestia me pilla despierto, ten por seguro que acabará ahí, encadenada y preparada para ser torturada por todo el pueblo. Todas estas armas no son solo por decoración, no quiero presumir, pero soy bastante diestro usándolas... con algunas bastante mas que Yago. -Ambos echaron a reír. -Aquí tienes el gatillo-dijo el herrero, tendiéndole una pequeña bolsa de papel.
-Gracias, hasta luego.

Rodrigo salió de la herrería escribiendo en su cuaderno.

Cuando el gendarme llegó a la zapatería, seguía cerrada.
Frustrado, decidió echar un vistazo alrededor por si encontraba una llave escondida. Encontró una ventana abierta.
Sin pensárselo dos veces, Rodrigo entró.

Tras varios minutos registrándolo todo, y cuando ya se iba a dar por vencido al no encontrar nada fuera de lo normal, vio que el cubo de basura estaba demasiado lleno.

Bajo una montaña de periódicos viejos, encontró algo medio quemado: Los zapatos gigantescos que arreglaba cuando habló con él el día anterior.

Rebuscó en el interior de los mismos y encontró una bola de papel que había logrado sobrevivir al fuego donde seguramente fueron arrojados.

Rodrigo quedó asombrado. Era él, Daniel era el Lobo. Aquel trozo de papel era la primera página del libro sobre licántropos. Firmada por él y llena de anotaciones del zapatero. Parecía haber utilizado el libro tratando de encontrar un remedio.

La última anotación estaba dedicada a Estela.

“Yo sufrí sus consecuencias por mis dudas, espero que puedas usarlo a modo de ayuda, y no encuentres en él el horror y la amargura”

-Daniel le dio el libro a Estela. Quizá se enteró de que ésta era una bruja y pensó que podría ayudarle... Pero finalmente al no poder hacerlo ella decidió matarle.. No, no puede ser, todo ésto del lobo comenzó por culpa de que Estela siguió algo del libro.... Algo no encaja- Eran algunos de los pensamientos que rondaban la mente de Rodrigo, que apuntaba todo en su cuaderno.

El sol se pondría pronto. El gendarme guardó la hoja en su bolsillo y marchó rápido a casa del cazador. No podía pasar otra noche sin arma, ni mucho menos tocándole guardia.

-Bien, me pondré con ella ahora mismo... pero no creo que la tenga lista para ésta noche. -Se lamentó el cazador, tras coger la bolsa con el gatillo arreglado.
-Tengo guardia.. ¡No puedo patrullar sin arma! Por qué no me prestas..
-Lo siento, mañana temprano te la daré lista. -Yago cerró la pequeña abertura de la puerta.

El gendarme pensó en pedirle el arma a su compañero, pero tras llamar varias veces en la puerta de casa de Ángel, nadie le abrió.
-Qué demonios pasa en este pueblo... me veo haciendo la ronda usando un cortauñas como arma...

Casi lo había dado por perdido cuando se acordó de Jan. Con suerte tendría un arma de sobra. Rodrigo decidió volver a casa.


Carmen seguía dormida mientras Jan, sentado en una silla junto al pie de la cama, luchaba porque no se le cerraran los ojos.

Algo le hizo abrirlos de golpe.

Las bisagras de la puerta saltaron por los aires al tiempo que la madera de ésta se quebraba: El lobo entró a la habitación.
Parecía buscar a alguien mas en la habitación mientras Jan, que no apartaba la mirada de la bestia, se movía lentamente rodeándola en dirección a su chaqueta, colgada junto donde antes estaba la puerta, para coger su arma.

Logró coger la pistola, pero el lobo se percató de ello, haciéndole tirarla de un zarpazo.
Jan cayó al suelo, varios metros atrás, con la mano y el pecho malheridos. La pistola se deslizó fuera de la habitación.

El monstruo se abalanzó entonces sobre Carmen, que seguía dormida. Cuando trató de apuñalarla usando sus garras, Jan logró incorporarse e interponerse.

Las largas garras del lobo se clavaron en el pecho del militar.
Apretando los dientes, agarró el brazo al lobo usando su mano malherida, para evitar que despegara las garras de su pecho mientras que, con su otro puño, comenzó a golpear a la bestia en la cara.
-¡¡Hijo de puta!! -Jan se partía los nudillos golpeando una y otra vez al monstruo en la mandíbula.

El lobo no paraba de mover la cabeza intentando esquivarlo, mientras zarandeaba en el aire al militar, tratando de despegárselo de las garras.

Carmen despertó, gritó con un hilo de voz y retrocedió arrastrándose sobre la cama, mientras buscaba algo que arrojarle a la bestia. Agarró el candil de la mesita.

El cristal del candil estalló en la cara del lobo, quien en un último ademán usó su otra garra para abrir a Jan en canal, arrancándole de cuajo la mandíbula.

Lo dejó caer al suelo y comenzó a andar hacia Carmen, relamiéndose la sangre de la boca.

-¡¡¡¡APARTATE DE ELLA AHORA MISMO!!!! -Rodrigo apareció en la habitación, portando el arma de Jan.

El gendarme disparó, errando el tiro.

El lobo corrió hacia la ventana y saltó rompiendo el cristal para luego perderse en medio de la noche.


La mañana siguiente, Carmen aún no pudo asistir a la asamblea, ya que aún se encontraba indispuesta.

Rodrigo hizo pública la hoja encontrada en la zapatería y el pueblo no dudó en culpar a Daniel que, por otra parte, estaba desaparecido.

Se acordó que Ángel y Rodrigo irían a preguntar a Hernando si el zapatero había salido del pueblo.

-Pudo haberse marchado por el agujero de la valla junto a la cabaña de Jose... -Comentó Yago. -Lo mas seguro es que a estas alturas esté ya en otro pueblo.
-Eso no es posible. -Comentó Ángel.- Yo mismo me aseguré de que la valla estuviera correctamente arreglada.
-Ya, pero si es el lobo, ya rajó la tela metálica una vez, puede hacerlo otra... -Continuó el cazador.
-Entonces la prioridad debe ser revisar de nuevo las vallas. Ya en su momento lo dije, se debió usar muro de madera para todo el pueblo. -Apuntó Elan.

-No va a hacer falta revisar nada. -La puerta de la asamblea se abrió y entró Hernando, levantando a Daniel por la camiseta. -Ha intentado salir del pueblo sin que le viera.

Se armó un escándalo en la sala. Ángel y Rodrigo tuvieron que contener a varias personas, que intentaron acercarse a él para lincharlo.

La decisión fue unánime: Daniel sería ejecutado. Nisiquiera le dejaron decir una sola palabra.

Rodrigo, Ángel, Elan, Yago y el Alcalde se reunieron tras la asamblea, antes de la ejecución.

-Quiero que te encargues tú de la ejecución.-El alcalde señaló a Rodrigo. Usa la horca del descampado tras el ayuntamiento.-

Rodrigo asintió, aunque aún no estaba completamente convencido de estar haciendo lo correcto.
-Una cosa, me gustaría quedarme con el arma de Jan, ya que la mía aún está... estropeada.
-Lo siento, -se disculpó Yago- aún no he podido arreglarla. Es algo mas complicado de lo que creía.
-Está bien. -Dijo el alcalde.- Pero después de la ejecución. De momento vamos a guardarla como prueba.


Terminando el atardecer, Rodrigo llevó a Daniel, aún amordazado, hasta la horca en el patio trasero, a solas.

Le ató el nudo al cuello pero, antes de tirar de la palanca que le dejaría colgando, y tras cerciorarse de que no había nadie alrededor, decidió quitarle la cinta de la boca.

Daniel habló:
-¡Yo no he sido! ¡Puedo explicarlo!
-Es difícil que te crea cuando has intentado eliminar las pruebas y escapar del pueblo.
-¡¡Porque sabía que me inculparían!! Yo le regalé el libro a Estela, ese fue mi único crimen... por favor, tienes que creerme.
-¿Y por qué tenías ese libro?
-Porque.... fui un licántropo en otro tiempo, antes de mudarme a Saint-Piereg... Gracias a ese libro pude revertir el proceso... Un día Estela vino a que le arreglara unos zapatos, me fijé en el símbolo esotérico de su colgante y mantuvimos una conversación... me confesó lo de su brujería y yo le conté de mi oscuro pasado... Días mas tarde decidí regalarle el libro.
-Pero eso no explica lo de los zapatos gigantes.... -Rodrigo, aún con la mano sobre la palanca, comenzaba a dudar. La historia de Daniel tenía sentido.
-¡Ya te lo dije! ¡¡Esos zapatos eran un encargo!! los quemé porque noté lo que habías supuesto... pero eran un encargo de otra persona, ¡Lo juro! Para alguien fuera del pueblo además... el señor Yoshiko.
-.... ¿Como has dicho? -Definitivamente, Rodrigo no bajaría la palanca, al menos hasta aclarar ésto.
-Me hablaba con él por correspondencia... Yo no soy el lobo, nunca le habría hecho eso a Mirabay... menos aún cuando ella... ¡Un momento! -El zapatero cayó en la cuenta de algo.
-¿Qué pasa? -Preguntó el gendarme, intrigado.
-Sé.. se quien es el lobo. La única otra persona que escuchó a Mirabay cuando vino a recoger sus zapatos...
-¿Qué? ¿Quién? -El interés de Rodrigo no hacía mas que aumentar. Estaba planteándose soltarle.

Daniel alzó la vista y vio a alguien acercándose a Rodrigo por la espalda.
-Él.... -Dijo señalandole con la cabeza.

Rodrigo se dio la vuelta para ver como, el hombre que había aparecido a su espalda, tiraba de la palanca, dejando el cuerpo de Daniel inmóvil, inerte, suspendido en el aire.

El gendarme se apartó al tiempo que veía como las manos de aquel hombre comenzaban a temblar, vibrando de un modo espasmódico, al tiempo que mutaban. Trató de echar mano a su arma, había olvidado que no la tenía.
-Ahora lo entiendo todo.... -Dijo el gendarme, dando pequeños pasos hacia atrás mientras el lobo le miraba con malicia.

...Continuará.


viernes, 17 de junio de 2011

El Pueblo Duerme 4º Parte




Final del capítulo anterior: 
-Hola señor Daniel. Mi mamá me manda por los zapatos.
-Claro, ahora te los busco. -El zapatero entró un segundo a la trastienda y volvió portando una pequeña bolsa.
-¿Hoy no lo llevas con su correa? -Dijo mientras le daba la bolsa a la pequeña.
-No, prefiero llevarlo en brazos porque me da miedo que se lo coma el lobito grande.
-¿El... lobito grande?
-Si, lo vi anoche en la calle y parecía tener mucha hambre, me da miedo que le de un bocado a... ¡Orejas! -El conejo saltó de los brazos de Mirabay y se fue corriendo.
La niña salió detrás de él, con la bolsa en la mano.

Daniel se quedó pensativo, preocupado.

La pequeña cortina que separaba el probador de la zapatería se abrió y salió una persona. Una persona que había escuchado perfectamente lo que había dicho Mirabay.

Daniel volvió en sí.
-Ya te los has puesto. ¿Ves? ¡Te quedan fenomenal! -El zapatero se olvidó de momento de aquel comentario de la niña y continuó atendiendo a su cliente.


Hacía tiempo que el gallo había cantado, pero Carmen se permitió quedarse un rato mas en la cama. Había logrado dormir toda la noche y Rodrigo pediría el día libre para pasarlo con ella... Si, aquella mañana valía todo, incluso se permitiría abrir algo mas tarde la frutería.
Aún con el retraso tan poco habitual en ella, no pensaba eliminar de su rutina el pasarse por “La Volleyría artesana” para comprar algún dulce, llevando como de costumbre una pieza de fruta para la pequeña Mirabay y algunas zanahorias para su conejito Orejas... Pero mas tarde. Ahora descansaría un poco mas tumbada en su cama, dejándose llevar por pensamientos de un futuro perfecto que cada vez le parecía mas cercano.

Desgraciadamente, no todos los habitantes de Saint-Piereg se habían podido permitir no madrugar.

Rodrigo salió de la pastelería abriendo la puerta de golpe, pero no le dio tiempo a andar ni tres pasos. A pesar de lo que su empleo de gendarme le tenía acostumbrado a la violencia o la sangre, vomitó sobre el suelo de la calle, con un malestar y unas nauseas que no había sentido antes.

Ángel le miró de reojo, mientras trataba de evitar que la gente se acercara demasiado.
-¿Es.. es para tanto? -Preguntó a su compañero, sorprendido.
-En mi vida.... -Otra arcada obligó a Rodrigo a mirar al suelo de nuevo, volviendo a vomitar.

El alcalde apareció en la calle y le dio un par de palmadas en la espalda al gendarme.
-¿Te encuentras bien?
-Si, señor. Es que nunca había visto algo así.-

Víctor se giró hacia la puerta, se llevó la mano a la barbilla y entró lentamente en la pastelería, preparado para taparse la boca por el horror.

Cristales rotos a la entrada con agua derramada, quizás un vaso que fue a buscar la niña en medio de la noche... Junto a los cristales, las mismas huellas ensangrentadas de lobo de las últimas veces. Unos pasos mas al frente, la peor escena que nadie podría imaginar.

El pequeño cuerpo de Mirabay, descuartizado, hecho pedazos: Los brazos retorcidos y rotos separados del cuerpo, que yacía en el centro de la habitación con una enorme brecha que dejaba ver costillas quebradas y órganos perforados. Las piernas aplastadas contra el cemento del suelo, del que tan solo destacaban, intactos, unos bonitos zapatos nuevos... De la cabeza, postrada varios metros mas adelante, sobresalía un pequeño tramo de la columna, todo empapado en un río de sangre que parecía dibujar un agresivo trazo en una macabra pintura, usando su pelo como brocha.

Nadie que viera la mueca eterna de su cara podría jamas olvidarla. Paralizada en un llanto infinito, aún con la inocencia del tipo de miedo que solo una niña pequeña puede articular.

El alcalde se tapó la boca, cerró los ojos y comenzó a llorar.
-El ataque mas violento de todos, sin duda. -Yago apareció a su espalda y se sentó al lado del cuerpo antes de seguir hablando, con total frialdad. -Parece que el lobo estaba enfadado, rabioso, como si fuera algo personal contra ella.
-¿Contra una pobre niña? -titubeo el alcalde sin quitarse la mano de la boca.
-Estoy tan desconcertado como tu. -Fue la respuesta del cazador.

Rodrigo relevó a Ángel, quien, a pesar de las advertencias de su compañero, quiso entrar para ver la escena.
-Madremia... -Dijo con la boca abierta, mientras se acercaba lentamente a Yago para inclinarse junto a él, tratando de no mancharse sus zapatos nuevos con la sangre.- Ayer matamos a un inocente... -Ángel sacudió la cabeza como gesto de arrepentimiento.

Fuera, Elan se vio obligado a abofetear con cuidado a Celia, que aún seguía en estado de shock.
-Celia, trata de relajarte, trata de concentrarte... -Pero las palabras del herrero no tenían la suficiente fuerza, pues él también estaba destrozado.
-Mi... Mirabay... -Eran las únicas palabras que salían de los labios de la pastelera, paralizada y con la mirada perdida.

Rodrigo se acercó y le dio el pésame. Estuvo a punto de preguntarle algo, pero no lo hizo al ver como Carmen caminaba calle abajo portando una sonrisa y una canasta con una manzana y algunas zanahorias. El gendarme se apresuró a abrazarla.

-¡Hola! -le saludó ella con entusiasmo.
-Vuélvete a casa... -Le susurró él al oído. Frío y tajante.
-¿Qué pasa?
-El lobo ha...-

Carmen abrió los ojos de par en par, como si ya se imaginara lo que había ocurrido.
Se separó de Rodrigo y corrió a la pastelería, esquivando a Ángel que salía en ese mismo momento, tratando de detenerla.

Cuando Rodrigo volvió al lugar del crimen, se encontró a su amada de rodillas en el suelo, con la cara henchida de lágrimas.
-Esto.. esto no puede seguir así. Ya nos hemos equivocado demasiado... Tenemos que hacer algo... -Dijo sin dirigir la mirada al gendarme.
-Lo sé. -Le respondió, mientras la ayudaba a levantarse y la acompañaba fuera.


Todo Saint-Piereg estaba desolado, perdido, traumatizado. No solo no había sido eliminada la amenaza, sino que se había cometido el peor crimen que nadie podría imaginar.

Esta vez, la asamblea tuvo que esperar. Se llevó a cabo un precioso funeral al que no faltó absolutamente nadie. Aún así, nadie pensó en la ironía de que quien la asesinó tan salvajemente estaba allí, entre todos los que la lloraban.

Elan y Yago fueron los encargados de cavar en la tierra la que sería la última morada de la pequeña.
Durante toda la ceremonia e incluso después, cuando ya había comenzado la asamblea, lo único que hizo Celia fue acariciar una y otra vez a Orejas (llevándolo en brazos) aún con la mirada perdida, sin decir ni una palabra. Veía a todo el mundo discutir y gritar, sin duda preocupados y dolidos, pero no percibía sonido alguno, su mente estaba desconectada, como si la visión del cuerpo mutilado de su hija la hubiera dejado completamente parada, en pausa, negándose a seguir.

-¿Celia? Celia, ¿Me escuchas? -Rodrigo la tocó en el hombro y trató de captar su atención. -Se.. se que es difícil... pero si logró ver algo...
-... Un delantal. -Respondió la pastelera entre dientes. -El lobo llevaba un delantal atado al cuello. -Y volvió a desconectarse.

Se armó un nuevo barullo.

-¡Eso no dice nada! La gran mayoría de nosotros tiene trabajos donde usamos delantares.. -Gritó Javier.
-Es la única pista que tenemos, sería una insensatez no seguirla -Aseguró el alcalde, mostrando signos de lo que parecía alivio.
-Exacto -Se apresuró a remarcar Ángel.
-Rodrigo, vamos a hacer repasar quienes usan delantal.

Rodrigo se levantó y poco a poco fue llevando hasta la mesa del alcalde a todos los que cumplían el requisito:

Carmen (Usaba un delantal en la frutería)
Daniel (Usa un delantal grueso para protegerse de los remaches y evitar manchas de betún)
Javier (Como tabernero, lleva delantal a diario)
Elan (Las esquirlas y brasas de la fragua le obliga a llevar uno grueso)

-¿No te olvidas de alguien? -Comentó Javier, aún indignado. -La pastelera también usa delantal.
-¡¡¿¿Pero como te atreves??!! -Elan le miró asombrado. -¿Como puedes siquiera insinuar que pudiera hacerle algo así a su propia hija? ¿Es que no ves lo afectada que está?
-Yo también estaría afectado si me viera obligado a matar a una hija.. No es justo que se tenga que sospechar solo de nosotros cuatro...-Contestó el tabernero con cierto desdén.
-¿Por qué no cierras el pico y colaboras de una vez? -Continuó el herrero -Si de verdad eres inocente no se por qué te quejas tanto...
-Soy inocente pero me preocupo, ya se ha ajusticiado a inocentes antes. -El tabernero logró avergonzar a toda la sala.
-Si, contando con tu voto -Le recordó el herrero, señalándole con el dedo sin ocultar las ganas que tenía de golpearle.
-En realidad tiene bastante sentido -Yago rompió el incómodo silencio tras la amenaza de Elan. -No deberíamos descartar sospechosos solo porque sean madres de luto...
-Un momento... acabo de caer en algo -Carmen habló por encima de la voz del cazador.
-Cuéntanos...
-El delantal.. ¿No podría ser el de Roberto? Se que no estoy dentro de los investigadores oficiales pero lo vi en las notas de Rodrigo...
-¡Carmen! -El gendarme estaba sorprendido de que su novia hubiera cotilleado sus notas.
-Pero, si eso que dice es cierto... entonces no es realmente una pista ésto. -Daniel soltó un resoplido y volvió a su asiento.

Rodrigo se percató en la perforante mirada que Ángel le lanzó al zapatero, y lo anotó en su cuaderno.

La asamblea terminó sin que se pudiera encontrar un culpable, y dados los precedentes, nadie se atrevía a acusar sin fundamentos.

Celia decidió marcharse del pueblo aquella misma tarde. Todo le recordaba a su pequeña.

-Ángel, ¿Tienes un momento? -Cuando ambos se quedaron solos en la sala de la asamblea, Rodrigo llamó la atención de su compañero.
-Dime
-No pude evitar ver como miraste a Daniel. ¿Sospechas de él?
-Se que eres tu quien lleva ésto... pero si fuera tu al menos hablaría con él.
-Lo haré... ¿Esta noche te toca guardia, no? ¿Como está tu arma? Ayer estuve practicando tiro y tengo la mía con el gatillo cogido...
-Si, me toca guardia... va a ser una ruina, los zapatos nuevos me están matando. Por lo menos mi arma si que está bien. Siendo tu quien lleva la investigación principal, deberías tener siempre el arma preparada aunque no te toque ronda. Pásate por casa de Yago, seguro que sabe arreglártela. Nos vemos mañana.-

Ángel se despidió y se marchó de la sala.

Camino a la zapatería, Rodrigo pensó fugazmente, de broma, si quizá Ángel trataba de señalar al zapatero como lobo solo por no haberle dejado bien los zapatos.

Daniel estaba tan ocupado y ensimismado en su trabajo que nisiquiera notó la presencia de Rodrigo hasta que estuvo a un par de metros de él:
-Daniel, ¿Podemos hablar?
-¿Es muy largo? Tengo muchísimo trabajo. -Preguntó el zapatero con desdén mientras trabajaba.
-Bueno, quizá lo sea. -Contestó rodrigo, fijándose en como trabajaba.
-Buah, es que estoy liadísimo... Mira, ¿Por qué no hacemos una cosa? Cuando cierre me paso por tu casa y hablamos todo lo que quieras. Esta noche le toca la ronda a Ángel, ¿No? Estás libre.
-Si... -Respondió el gendarme, sorprendido de que Daniel supiera tan bien los turnos.
-Pues nos vemos mas tarde entonces. -Dijo el zapatero, terminando la conversación mientras volvía a golpear con un cincel la suela de uno de los dos enormes zapatos que estaba preparando.
-¿Quién tiene los pies tan grandes? -Preguntó Rodrigo en tono algo burlón, antes de marcharse.
-Es un encargo. Para algo decorativo tal vez. -Le respondió Daniel, sin dejar de trabajar.
-Ya veo. Bueno, nos vemos luego.

Mientras caminaba hacia la casa de Yago, Rodrigo se acordó de como el lobo se había hecho cortes en la suela del pie en cada uno de sus ataques... Unos zapatos se lo habrían evitado. Lo anotó en su cuaderno.

-¿Hay alguien? -La puerta estaba abierta, pero el cazador no parecía estar en casa.

El gendarme se adentró en la casa hasta llegar a un pequeño patio interior, de donde escuchó de lo que parecían cortes.

Yago estaba en el centro, despedazando con su cuchillo el cuerpo sin vida de un ciervo. Llevaba puesto un delantal grueso para no mancharse la ropa de sangre.

-¿Usas un delantal? -Rodrigo estaba perplejo.
El cazador pegó un bote y soltó el cuchillo sobre la mesa, asustado. Se quitó el delantal en un ademán y lo tiró al suelo.
-Joder, que susto me has dado. Si, uso delantal. Pero solo cuando despiezo una presa. No es mi herramienta de trabajo... por eso no lo comenté en la asamblea. -Trató de excusarse.
-Ya veo... aún así debiste mencionarlo. -Al gendarme se le erizó el pelo de la nuca, el aspecto de Yago en aquel momento imponía demasiado como para atreverse a presionarle mas sobre el tema. -Oye, verás, tengo un problema con mi arma.. ¿Podrías echarle un vistazo?
-Déjame ver... Claro, puedo arreglártelo. Para mañana te lo tendré listo.

Cuando el gendarme llegó a casa, ya casi había anochecido.
Carmen le estaba esperando, después de lo ocurrido aquel día y aunque no había podido tomarse el día libre como planeó, no permitiría que Carmen durmiera sola.

-¿Ha venido Daniel? -Le comentó tras saludarla con un beso, temiendo que ya hiciera rato que pasó.
-¿El zapatero? No.

Durante la cena, Rodrigo le comentó lo ocurrido en casa del cazador y le habló de su cita ésa noche con Daniel.

-Voy a darme un baño. Ya la hora que es no creo que venga, pero si por casualidad aparece Daniel, ofrécele algo de comer y dile que no tardaré.
-De acuerdo.

Carmen se sentó junto a la mesa del salón. Sobre ella, Rodrigo había colocado todos los objetos relacionados con el caso: La daga, El libro, Otros objetos esotéricos encontrados en la guarida de Estela... y los zapatos de Mirabay.

Carmen cogió en su mano uno de los pequeños zapatitos. No pudo evitar que se le saltaran las lágrimas al recordar como la pequeña solía corretear por las calles de Saint-Piereg. Lo soltó y reparó en el libro. Miró hacia la puerta del baño (que seguía cerrada) para asegurarse de que su pareja no la veía, y abrió la primera página... o, al menos la que ahora era la primera: Claramente, alguien había arrancado una página.

La frutera dio un respingo que le hizo cerrar y soltar el libro al escuchar como llamaban a la puerta de la casa. Antes de levantarse para abrir, se aseguró de que todos los objetos estuvieran justo como los dejó el gendarme.

Carmen caminaba hacia la puerta cuando volvieron a llamar, con algo mas de fuerza.
-Vaya impaciencia.. -dijo en voz baja justo antes de que, nada mas girar el pomo, la puerta se abriera de golpe, catapultándola hacia atrás.


-Continuará...

lunes, 13 de junio de 2011

El Pueblo Duerme 3ª Parte

      
Final del capítulo anterior: 
Un libro le llamó la atención. En la portada aparecía una bestia muy parecida a la de su sueño. Tuvo una corazonada, lo abrió esforzándose para tratar de entender la simbología de su interior, pero era inútil. Pensó en llevarse el libro y mostrárselo a otra persona que quizá pudiera entenderlo cuando un estruendo le hizo soltarlo: Algo había hecho añicos la puerta principal.
 Araceli se escondió bajo una mesa abrazada al libro y rezó porque aquella cosa no encontrara la sala secreta...


-Es increíble que no reparáramos en ésta sala cuando estuvimos aquí ayer, por muy bien oculta que estuviera... -La voz de Ángel sonaba con cierto eco.
-Bueno, era una bruja. Sus trucos debía tener. -Rodrigo contestó a su compañero.
-¿Quién podría hacer una cosa así? Quiero decir, Roberto a veces era algo irritante y tal... ¿Pero esta chica?

-Se ve que no la conocíais. -La voz de Yago interrumpió al gendarme.- No digo que tuviera maldad alguna, pero Araceli era una de las personas mas irritantes que he conocido.
-Ya, nunca te terminó de caer bien... ¿verdad? -El alcalde apareció en la habitación. -¿como ha ocurrido? -Dijo, esta vez mirando a los gendarmes.

Ángel y Rodrigo se apartaron, dejando ver la escena.

La habitación oculta estaba hecha un desastre, apenas se podía ver el suelo entre los pedazos de cristal y cerámica de botes y cántaros. Al fondo, bajo un amasijo de tablones astillados que seguramente fueron una mesa, había un considerable charco de sangre.

-¡Pero si no hay ningún cuerpo!
-Nadie sobrevive mucho tiempo tras perder tal cantidad de sangre... -Comentó Yago.
-¿Y por qué habláis como si supierais que se trata de Araceli? -Preguntó el Alcalde.
-Porque seguramente sea la única que sabe que existe esta habitación. -Contestó Ángel.
-¿Y me podéis explicar que hacéis aquí que no la estáis buscando? ¿Donde está Elan?
-No ha venido... demasiado afectado. -Respondió Rodrigo esta vez.
-Está bien. El lobo no ataca durante el día, así que Ángel y yo podremos encargarnos de buscar a la chica tratando de seguir su rastro, vosotros dos seguid investigando posibles pistas aquí.
-Una cosa, -Yago detuvo al Alcalde. -Araceli se fue deprisa pero no la perseguían. Todo indica que el lobo la dio por muerta al atacarla aquí.

El Alcalde y el gendarme Ángel salieron por la puerta trasera de la casa, siguiendo el rastro de gotas de sangre.

-¿Has visto ésto? -Yago señaló a la esquina de la habitación, cerca de la puerta. -En la panadería también encontramos rastros algo parecidos a éstos.
-Parecen pisadas de una bestia... ¿Crees que se cortó el pie con los cristales? -Rodrigo apuntaba en su libreta todo cuanto comentaban.
-Si, es mas que probable. Y parece que es la segunda vez que se corta con cristales.
-Entonces, bastará con revisarle los pies a todo el pueblo, ¿No?
-No creo, todo apunta a que se regenera demasiado rápido. Nisiquiera deja el mas mínimo rastro. Salvo una o dos pisadas después del corte.
-Por lo menos supongo que con ésto confirmamos que se trata de un hombre-lobo, y que sigue en el pueblo... -Rodrigo no parecía muy contento de confirmar tal cosa.


-Esto es rarísimo, el rastro sigue hacia el norte, y el pueblo cae en pendiente hacia el sur... ¿Por qué huiría por el camino mas difícil? -El rastro de gotas de sangre confundía al Alcalde.
-A lo mejor no estaba huyendo, sino dirigiéndose a algún siti... -Ángel no terminó la frase. Tras atravesar varios árboles vieron el cuerpo de Araceli tirado en el suelo abrazando un libro. Un libro que alguien trataba de arrebatarle: El cazarrecompensas.

Ángel sacó su arma y apuntó a Yeray, que, con una sonrisa, levantó las manos y dio dos pasos atrás.
-Yo no he sido. Si lo fuera, no la habría dejado con el libro para venir a buscarlo ahora.
-Buen intento, pero ella no ha sido atacada aquí. -Fue la contestación de Ángel.

Despacio y sin dejar de apuntar al cazarrecompensas, Ángel se acercó y tomó el libro, pasándoselo al Alcalde. La portada, a pesar de estar cubierta de sangre, mostraba parcialmente el rostro de un licántropo. El alcalde lo abrió por una página marcada.

En ella había escrita una lista de ingredientes esotéricos. Los cinco primeros tenían escrito en el margen del lado “Ya lo tengo”, mientras que el primero de los siete restantes tenía una anotación algo mas larga: “Jose lo busca, lo encontrará pronto.”. Probablemente la letra de Estela.

-Parece que se dirigía a la cabaña del ermitaño, en lo alto de la loma. -Sacó la conclusión.
-Pues no me extraña que no llegara. -Ángel le dio la vuelta al cuerpo de Araceli. Tenía una enorme herida que abría una brecha desde su pecho hasta su garganta.
-Me cuesta creer que llegara hasta aquí.. -Prosiguió el Gendarme.
-Cielo santo. -Se oyó una voz de entre los árboles, de entre los que surgió Daniel, el zapatero.
-¿Qué haces aquí? -Preguntó Víctor.
-Pasé por delante de la casa de Estela... ¿Es Araceli? ¿Como ha llegado hasta aquí?-

Ángel y Víctor intercambiaron miradas.
-¿Como sabes que no fue atacada aquí? -Preguntaron casi al unísono.

Daniel tardó unos segundos en responder, tenía la mirada fija en el libro que sostenía el alcalde. Daba la impresión de que no era la primera vez que lo veía.
-Pues... Porque ésto está lejos de su casa. ¿Lo tenía ella? -Dijo señalando al libro.

Yeray, que hasta ahora había prestado atención en silencio, aprovechó la distracción de Ángel y se marchó corriendo.

-Joder, Ángel, ¡Detenlo!

El gendarme salió detrás del cazarrecompensas seguido por el alcalde (corriendo como podía) quien, instintivamente, cogió su bastón, soltando el libro sobre una roca.
Mientras se alejaban loma arriba, Daniel lo recogió y limpió la sangre de la portada con la manga para confirmar sus sospechas.
Con el libro en la mano, se agachó junto al cadáver de Araceli mientras miraba de reojo como las siluetas del alcalde, el gendarme y el cazarrecompensas se perdían en la distancia.


Uno de los disparos de Ángel acertó en la pierna de Yeray, que cayó apoyándose sobre la puerta de la cabaña. No le dio tiempo a entrar.
-Agh.. Ahora lo veo claro. Me han tendido una trampa. -Dijo mientras se retorcía de dolor. Ángel sonrió en tono de burla mientras le ponía las esposas.

El alcalde frunció el ceño y entró en la cabaña, temiéndose lo peor.
-¡¿Jose?! ¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien?!-

Sobre la pequeña mesa de madera del comedor había algo inconfundible: La petaca de Yeray.
-Parece que lleva varios días alojándose aquí... -Comentó el alcalde al gendarme, que entraba por la puerta arrastrando al cazarrecompensas. -Registraré toda la casa, habla con este.. tipo mientras tanto. Espero que Jose no esté implicado en todo ésto... -

Ángel ayudó a Yeray a sentarse en una de las sillas y luego se le quedó mirando.
-Adelante, dispara. -Comentó el cazarrecompensas invitándole a preguntarle.

Ángel sacó su arma y le apuntó:
-No me tientes...
-Preguntar, joder, me refería a preguntar...
-Ah... ¿Por qué no mejor me dices tu?
-Me han tendido una trampa.
-¿Quién?
-Un tal Perry... O ese es el nombre que me dio... Es un asiático con el que llevo tiempo comunicándome por correspondencia
-¿Asiático?
-Si, se apellida Yoshino o Yoshiko o algo así... Él fue quien me dijo que viniera a éste pueblo y que me quedara en ésta cabaña...
-Todo eso no suena muy..

-¡¡OSTIA PUTA!! -El grito del alcalde bajó desde el desván.

El putrefacto hedor del descompuesto cuerpo de Jose inundó toda la casa al abrir el baúl donde, a juzgar por su estado, llevaba varios días oculto.


-Lleva al menos un día muerto, quizá mas, no sabría decir cuanto. Las condiciones de humedad del desván pueden haber influido en su descomposición -Yago, que había sido llamado y llevado hasta allí como experto en la materia, examinaba el cuerpo. -Siento no poder ser mas preciso. -
Antes de apartarse y dejar paso a los gendarmes (que cargarían con el baúl hasta el pueblo), El cazador vio una pequeña nota bajo el tobillo del cadáver. Con disimulo, la arrugó en su mano y se la guardó en el bolsillo.
-Pobre Jose... no se merecía ésto. -Fue lo último que dijo antes de retirarse.


Llegó el mediodía y, como era de esperar, todo el pueblo se hizo eco de la noticia.

Antes del comienzo de la asamblea convocada, en una habitación contigua, Ángel y Rodrigo seguían interrogando al cazarrecompensas.

-Nada de lo que dices tiene el menor sentido. -Rodrigo no paraba de hacer gestos y muecas de incredulidad.
-Ya os lo he dicho. Llevaba un par de semanas escribiéndome con un asiático llamado Perry, que decía vivir en éste pueblo, en la cabaña. Me dijo que creía que su vida corría peligro y me dio instrucciones de como llegar a la cabaña. Me aseguró que el pueblo necesitaría un gran investigador como yo así que no dudé en acudir. Me sorprendió no solo no ver al tal Perry (no pregunté por el tal y como me indicó), sino también que nadie aceptara de buena gana mis servicios...
-Aquí nunca ha habido ningún asiático con ese nombre. Bueno, ni asiático ni moro ni ná de ná. -Dijo Ángel, sacudiendo la cabeza.
-Escuchadme. Yo llegué aquí a la mañana siguiente de que mataran al panadero... No he visto en mi vida a el tal Jose, ni soy un licántropo... Creo que me han tendido una trampa. Me han traído aquí para incriminarme.. eso es.-

Ángel y Rodrigo se miraron, ninguno de los dos creía una sola palabra de lo que decía Yeray.
-Se acabó, vamos a la asamblea. -Ángel terminó tajantemente el interrogatorio.
-Aún quedan diez minutos. -replicó Rodrigo.
-Es igual, el interrogatorio ha acabado. -Ángel se apresuró a amordazar a Yeray y lo sacó a empujones de la habitación, llevándolo a la sala de la asamblea.

El pueblo tuvo poco que votar. Nadie creyó al cazarrecompensas, y los gendarmes afirmaron tener suficientes pruebas para condenarle.

-¿Y si nos estamos equivocando? -Sonó una anciana voz en el fondo.
-Caramba, hacía mucho que no venía por las asambleas... Me alegro de verla, señora Annie. -El alcalde alzó la vista dirigiéndose a la anciana, que estaba sentada en una de las últimas filas.
-Vengo en nombre de mi hijo, que ha querido quedarse en casa... Bueno, lo que quería decir es que, la hermana mayor de la muchacha murió ayer... ¿Y si fue un suicidio? Anoche estaba muy afectada, temía que hiciera una tontería.
-Las pruebas hacen mucho mas que descartar eso. -Afirmó Rodrigo.

En un momento, se armó un bullicio en la sala. Nadie conocía lo suficientemente bien los detalles y la propuesta de la anciana tenía cierto sentido.

En medio del bullicio, Mirabay tiraba del delantal de su madre, que estaba demasiado ocupada discutiendo como para hacerle caso.

-Mamá, mamá. Yo se donde vive el lobito grande... mamá.. mamá.. -Sintiéndose ignorada, se cruzó de brazos inflando los mofletes.

Rodrigo y Yago tuvieron que explicar el estado en el que encontraron a Araceli para que la discusión cesara, convirtiéndose en un silencio de desconcierto y rabia que creó en todo el pueblo una urgente necesidad de que alguien pagara por ello.

-Qué desgracia... no conocía esos detalles. Pero si que os agradecería algo mas de transparencia. No está bien condenar a un hombre sin tener clara toda la situación. -Annie terminó de hablar y se sentó.
-Deberían tratar de confiar en nuestras investigaciones. Además, también está acusado del asesinato de Jose.-Apuntilló el alcalde.- ¿Hablasteis con Hernando? -Prosiguió, mirando a los gendarmes.
-Si, sostiene lo mismo que nos dijo el día después de la muerte de Roberto. Qué Yeray llegó al pueblo esa misma mañana. -Respondió Rodrigo.
-Yo puedo aclarar eso. -Siguió Ángel -Cuando Yago y yo exploramos los alrededores de la cabaña de Jose, encontramos un agujero que daba al otro lado de la valla. Debió salir por ahí y fingir que llegaba aquella mañana. -Al mismo tiempo que Ángel hablaba, Rodrigo apuntaba en su cuaderno.

-Todo queda resuelto, pues. -Terminó el alcalde, indicando que ya podían marcharse.

Hubo Tres entierros aquella tarde.
Al de Yeray tan solo acudieron los implicados en el caso.
Al de Jose acudieron todos sus viejos amigos.
Y por último, el de Araceli, al que acudió casi el pueblo en su totalidad.
No era muy común perder a alguien tan joven.

Elan apareció cabizbajo en el último momento, con un precioso ramo de flores forjado totalmente de metal, con todo tipo de detalle.
Se acercó hasta la multitud y lo colocó con suavidad sobre el ataúd de la chiquilla.

Tan pronto como comenzaron a echar tierra encima de la caja negra, el herrero se desplomó sobre sus rodillas, sollozando.

Yago le dio la vuelta y lo abrazó.
-Tenía que haberla protegido... -Decía Elan entre sollozos.
-Lo sé, pero ya no podemos hacer nada.... -Yago miraba fijamente, con las cejas levantadas y el rostro inexpresivo, como poco a poco la tierra arrojada por las palas, cubría la madera del ataúd.



Todo el pueblo volvió a sus casas, a sus comercios, en una emotiva mezcla de sentimientos que vagaban entre el alivio de haber acabado con el lobo y la tristeza de haber perdido un alma tan joven.


En la pastelería “La Volleyría artesana” aún quedaba demasiado trabajo por hacer antes de que anocheciera.
-Mirabay, tengo que preparar los ingredientes para mañana, ¿Podrías ir tú a la zapatería a recoger tus zapatos? Seguro que Daniel ya te los ha arreglado, no es bueno que siempre vayas con esas alpargatas... anda ve, y así paseas a Orejas.-

Normalmente, y aún siendo de día, Celia no dejaría que su hija saliera sola de casa, pero la zapatería de Daniel estaba muy cerca, tanto que desde allí podía leer perfectamente el cartel con el lema “Me kurro tus zapatos y te los dejo muy baratos”.


-¡Hola, chiquitina! ¡Hola Orejas! -El zapatero saludó tanto a la niña como al conejo que llevaba en brazos.
-Hola señor Daniel. Mi mamá me manda por los zapatos.
-Claro, ahora te los busco. -El zapatero entró un segundo a la trastienda y volvió portando una pequeña bolsa.
-¿Hoy no lo llevas con su correa? -Dijo mientras le daba la bolsa a la pequeña.
-No, prefiero llevarlo en brazos porque me da miedo que se lo coma el lobito grande.
-¿El... lobito grande?
-Si, lo vi anoche en la calle y parecía tener mucha hambre, me da miedo que le de un bocado a... ¡Orejas! -El conejo saltó de los brazos de Mirabay y se fue corriendo.
La niña salió detrás de él, con la bolsa en la mano.

Daniel se quedó pensativo, preocupado.

La pequeña cortina que separaba el probador de la zapatería se abrió y salió una persona. Una persona que había escuchado perfectamente lo que había dicho Mirabay.

Daniel volvió en sí.
-Ya te los has puesto. ¿Ves? ¡Te quedan fenomenal! -El zapatero se olvidó de momento de aquel comentario de la niña y continuó atendiendo a su cliente.

...Continuará.