Apagó la luz pulsando el interruptor como cada noche, pretendiendo no darse cuenta de la sensación que le recorría todo el cuerpo.
Se echó sobre la cama. Apenas había cerrado los ojos cuando escuchó la ventana.
Se levantó y corrió hacia el sonido de los golpecitos sobre el cristal, aún tratando de fingir no saber qué pasaba, aunque el latido de su corazón la delataba.
Con la mas pura de las sonrisas, vio como Él la miraba con dulzura al otro lado del vidrio.
Abrió la ventana rápidamente y le dio un beso fugaz, apartándose casi al instante para repasar con la mirada donde se estaba agarrando o de qué estaba enganchado.
-¿No lo entiendes? -Él se alejó de la ventana, colocándose a la distancia necesaria para que pudiera ver perfectamente como unas hermosas alas blancas se desplegaban de su espalda. -Ésto me lo has dado tú, y no es lo único. He venido ésta noche a tu ventana, para mostrarte lo que le haces a mi mente, lo que crea por ti, lo que no puede evitar dibujar en el lienzo que es mi pensamiento, mi imaginación.-
Batiendo muy levemente las alas, volvió a acercarse a la ventana, tendiéndole una mano a su amada.
Ella sonrió y, apoyándose sobre el alfeizar, también le tendió la suya.
Él la agarró con suavidad dejando que se impulsara con los pies sobre el marco, al tiempo que otro par de perladas alas brotaran, ésta vez de la espalda de ella.
Ni se dio cuenta de que ahora podía volar, de que tenía alas, pues la transformación tan bella que sufría su mirada le impedía notar cualquier otra cosa.
El negro de la noche fue dejando paso a un color violeta salpicado de estrellas de diferentes colores.
Las pocas luces de farolas enmudecieron, convirtiendo los edificios en simples siluetas sobre un manto de penumbra azulada que contrastaba con el cielo.
Él le sonrió y, sin soltarse de la mano, comenzó a guiar su vuelo a gran velocidad, dejando atrás la ciudad, que dormía en silencio.
Las palabras empezaron a sobrar cuando comenzaron a sobrevolar el mar.
Decenas de peces emergían dando saltos, nadando en paralelo a su vuelo. Sus colores, avivados por la luz de la luna, formaban una armonía perfecta sobre el agua. Haciendo que todo el mar pareciera un reflejo vivo del cielo estrellado.
Cuando reconducieron su vuelo de nuevo hacia la costa, uno de los peces saltó por encima de los demás, haciendo un gesto de despedida.
Llegaron a una pequeña meseta rocosa, que tomó forma cuando se acercaron en un estallido de vida que hizo florecer arboledas cargadas de rojos frutos y caminos rodeados de flores.
Como con timidez, montones de pequeños animales iban apareciendo, asomando sus cabezas de entre las flores y el follaje de los árboles al tiempo que un enorme sol radiante hacía lo mismo en el horizonte.
Él le soltó la mano y se acercó a uno de los árboles para coger una manzana y pasársela a Ella.
Cuando la probó, su sentido del gusto quedó totalmente magnificado, la textura, la dulzura, el sabor de aquel fruto llevó su paladar a un éxtasis que le hizo perder la noción por un instante, haciéndole cerrar los ojos inevitablemente. Cuando los abrió, Él la miraba con una expresión algo burlona, portando entre sus manos una gran cantidad de hojas que sin duda acababa de arrancar del manzano.
Las lanzó con fuerza sobre la cabeza de ella, a la vez que una oportuna brisa de aire las hacía agitarse alrededor de ambos, con una gran gracilidad.
Ella se le acercó para besarle pero, con un gesto, Él le hizo fijar su atención en todas aquellas hojas que aún les rodeaban.
Como si fueran palomitas de maíz que saltaban, las hojas comenzaron a transformarse en pájaros, que iban comenzando un ordenado y espectacular vuelo en ascensión.
Él la cogió de ambas manos y le dio un corto beso, para luego iniciar un vuelo alto, uniéndose al de los pájaros.
El amanecer había teñido el violeta de un tono degradado de celeste y naranja. Las estrellas de colores se habían apagado para dejar espacio en el cielo a unas hermosas nubes que parecían de algodón.
-Estas nubes cambian con los sentimientos de quienes se encuentran cerca. -Dijo Él, deteniendo su vuelo mientras los pájaros les dejaban atrás.
La invitó a sentarse junto a él, sobre la nube mas densa.
Con tan solo mirarla, hizo que una de las mas claras tomara la forma de un conejo, que comenzó a saltar en el aire, hasta caer en el regazo de Ella.
La suavidad de la que estaba hecho provocaba una agradable sensación al acariciarlo.
Cuando consiguió distraerla el suficiente tiempo, el conejo se disipó.
Ella levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Delante suya, una orquesta estaba preparada para dar música a varias parejas que se abrazaban sobre el aire, esperando para bailar... todo hecho con nubes.
Él se levantó y le tendió la mano de nuevo.
Cuando Ella también se incorporó, pequeñas nubes comenzaron a cubrirle el cuerpo, haciéndole cosquillas. Cuando se disolvieron, la dejaron con un precioso vestido blanco.
A Él le vistieron con un traje de gala negro que le quedaba perfecto.
La orquesta comenzó a tocar justo la canción que ella esperaba oír.
Mientras bailaban, Él le cantaba la letra al oído.
Poco a poco los instrumentos dejaban de sonar y las parejas de nubes iban desapareciendo...
Cuando la canción terminó, permanecieron inmóviles en total silencio durante varios minutos, contemplándose.
Las alas de ambos convergieron formando una esfera. Una esfera que albergaba un espacio perfecto de quietud, de un sentimiento tan fuerte que hace palidecer cualquier mala idea o pensamiento desagradable. Un espacio cuya simple existencia ya otorga a éste mundo una luz, una infinita luz que le da fuerzas y ayuda a sanarlo, convirtiéndolo en un lugar mejor. El más auténtico y puro amor.
Dentro de esa esfera, los labios de Él y de Ella tuvieron un profundo encuentro mientras las nubes de su alrededor se agitaban con fuerza, comprimiéndose hasta adoptar una última forma.
Cuando los dos plegaron las alas, sonrieron al ver la forma que sus sentimientos las habían hecho tomar.
Un precioso bebé alado volaba hacia ellos con una hermosa risa que endulzaba el oído, disipándose al tocar el vientre de Ella.
Él la rodeo con sus brazos, colocandole las manos sobre el vientre. Apoyó la barbilla en su hombro y dijo:
-Es tarde.-
Los dos descendieron lentamente, acercándose de nuevo a la ventana donde comenzó la noche, aún cogidos de la mano, mientras el mundo volvía a adoptar su aspecto habitual.
Cuando se despidieron, la dejó sobre su cama, dormida, como había estado en todo momento.
La besó en la mejilla y salió por la ventana, sin apartar la mirada del rostro de Ella hasta el último momento.
Tras un largo vuelo en solitario, Él volvió a su propia habitación donde, sobre la cama, su cuerpo también llevaba toda la noche durmiendo.