martes, 16 de agosto de 2011

Coge mi mano


Apagó la luz pulsando el interruptor como cada noche, pretendiendo no darse cuenta de la sensación que le recorría todo el cuerpo.

Se echó sobre la cama. Apenas había cerrado los ojos cuando escuchó la ventana.

Se levantó y corrió hacia el sonido de los golpecitos sobre el cristal, aún tratando de fingir no saber qué pasaba, aunque el latido de su corazón la delataba.

Con la mas pura de las sonrisas, vio como Él la miraba con dulzura al otro lado del vidrio.

Abrió la ventana rápidamente y le dio un beso fugaz, apartándose casi al instante para repasar con la mirada donde se estaba agarrando o de qué estaba enganchado.

-¿No lo entiendes? -Él se alejó de la ventana, colocándose a la distancia necesaria para que pudiera ver perfectamente como unas hermosas alas blancas se desplegaban de su espalda. -Ésto me lo has dado tú, y no es lo único. He venido ésta noche a tu ventana, para mostrarte lo que le haces a mi mente, lo que crea por ti, lo que no puede evitar dibujar en el lienzo que es mi pensamiento, mi imaginación.-

Batiendo muy levemente las alas, volvió a acercarse a la ventana, tendiéndole una mano a su amada.

Ella sonrió y, apoyándose sobre el alfeizar, también le tendió la suya.

Él la agarró con suavidad dejando que se impulsara con los pies sobre el marco, al tiempo que otro par de perladas alas brotaran, ésta vez de la espalda de ella.

Ni se dio cuenta de que ahora podía volar, de que tenía alas, pues la transformación tan bella que sufría su mirada le impedía notar cualquier otra cosa.

El negro de la noche fue dejando paso a un color violeta salpicado de estrellas de diferentes colores.
Las pocas luces de farolas enmudecieron, convirtiendo los edificios en simples siluetas sobre un manto de penumbra azulada que contrastaba con el cielo.

Él le sonrió y, sin soltarse de la mano, comenzó a guiar su vuelo a gran velocidad, dejando atrás la ciudad, que dormía en silencio.

Las palabras empezaron a sobrar cuando comenzaron a sobrevolar el mar.
Decenas de peces emergían dando saltos, nadando en paralelo a su vuelo. Sus colores, avivados por la luz de la luna, formaban una armonía perfecta sobre el agua. Haciendo que todo el mar pareciera un reflejo vivo del cielo estrellado.
Cuando reconducieron su vuelo de nuevo hacia la costa, uno de los peces saltó por encima de los demás, haciendo un gesto de despedida.

Llegaron a una pequeña meseta rocosa, que tomó forma cuando se acercaron en un estallido de vida que hizo florecer arboledas cargadas de rojos frutos y caminos rodeados de flores.
Como con timidez, montones de pequeños animales iban apareciendo, asomando sus cabezas de entre las flores y el follaje de los árboles al tiempo que un enorme sol radiante hacía lo mismo en el horizonte.

Él le soltó la mano y se acercó a uno de los árboles para coger una manzana y pasársela a Ella.

Cuando la probó, su sentido del gusto quedó totalmente magnificado, la textura, la dulzura, el sabor de aquel fruto llevó su paladar a un éxtasis que le hizo perder la noción por un instante, haciéndole cerrar los ojos inevitablemente. Cuando los abrió, Él la miraba con una expresión algo burlona, portando entre sus manos una gran cantidad de hojas que sin duda acababa de arrancar del manzano.

Las lanzó con fuerza sobre la cabeza de ella, a la vez que una oportuna brisa de aire las hacía agitarse alrededor de ambos, con una gran gracilidad.

Ella se le acercó para besarle pero, con un gesto, Él le hizo fijar su atención en todas aquellas hojas que aún les rodeaban.

Como si fueran palomitas de maíz que saltaban, las hojas comenzaron a transformarse en pájaros, que iban comenzando un ordenado y espectacular vuelo en ascensión.

Él la cogió de ambas manos y le dio un corto beso, para luego iniciar un vuelo alto, uniéndose al de los pájaros.

El amanecer había teñido el violeta de un tono degradado de celeste y naranja. Las estrellas de colores se habían apagado para dejar espacio en el cielo a unas hermosas nubes que parecían de algodón.

-Estas nubes cambian con los sentimientos de quienes se encuentran cerca. -Dijo Él, deteniendo su vuelo mientras los pájaros les dejaban atrás.

La invitó a sentarse junto a él, sobre la nube mas densa.

Con tan solo mirarla, hizo que una de las mas claras tomara la forma de un conejo, que comenzó a saltar en el aire, hasta caer en el regazo de Ella.
La suavidad de la que estaba hecho provocaba una agradable sensación al acariciarlo.
Cuando consiguió distraerla el suficiente tiempo, el conejo se disipó.

Ella levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Delante suya, una orquesta estaba preparada para dar música a varias parejas que se abrazaban sobre el aire, esperando para bailar... todo hecho con nubes.

Él se levantó y le tendió la mano de nuevo.

Cuando Ella también se incorporó, pequeñas nubes comenzaron a cubrirle el cuerpo, haciéndole cosquillas. Cuando se disolvieron, la dejaron con un precioso vestido blanco.
A Él le vistieron con un traje de gala negro que le quedaba perfecto.

La orquesta comenzó a tocar justo la canción que ella esperaba oír.
Mientras bailaban, Él le cantaba la letra al oído.

Poco a poco los instrumentos dejaban de sonar y las parejas de nubes iban desapareciendo...
Cuando la canción terminó, permanecieron inmóviles en total silencio durante varios minutos, contemplándose.

Las alas de ambos convergieron formando una esfera. Una esfera que albergaba un espacio perfecto de quietud, de un sentimiento tan fuerte que hace palidecer cualquier mala idea o pensamiento desagradable. Un espacio cuya simple existencia ya otorga a éste mundo una luz, una infinita luz que le da fuerzas y ayuda a sanarlo, convirtiéndolo en un lugar mejor. El más auténtico y puro amor.

Dentro de esa esfera, los labios de Él y de Ella tuvieron un profundo encuentro mientras las nubes de su alrededor se agitaban con fuerza, comprimiéndose hasta adoptar una última forma.

Cuando los dos plegaron las alas, sonrieron al ver la forma que sus sentimientos las habían hecho tomar.

Un precioso bebé alado volaba hacia ellos con una hermosa risa que endulzaba el oído, disipándose al tocar el vientre de Ella.

Él la rodeo con sus brazos, colocandole las manos sobre el vientre. Apoyó la barbilla en su hombro y dijo:
-Es tarde.-

Los dos descendieron lentamente, acercándose de nuevo a la ventana donde comenzó la noche, aún cogidos de la mano, mientras el mundo volvía a adoptar su aspecto habitual.

Cuando se despidieron, la dejó sobre su cama, dormida, como había estado en todo momento.
La besó en la mejilla y salió por la ventana, sin apartar la mirada del rostro de Ella hasta el último momento.

Tras un largo vuelo en solitario, Él volvió a su propia habitación donde, sobre la cama, su cuerpo también llevaba toda la noche durmiendo.




domingo, 14 de agosto de 2011

Caramelos de Acero



Pequeños destellos de luz atraviesan los endebles tablones de la pared del vagón, mientras el traqueteo hace que cualquier parte mínimamente flácida de mi piel sienta un constante tambaleo, propiciado por los temblores que el miedo despierta en mí.

No se si atardece o amanece, lo único que se es que ahí fuera el sol apenas deja ver un puñado de rayos, y siempre parece ser así, siempre sumergidos en el mismo crepúsculo.

Las caras de mis compañeros son idénticas entre sí, de seguro la mía también similar... miradas perdidas, con dientes apretados y gotas de sudor frío recorriendo las mejillas. Nuestras gargantas no paran de hincharse levemente una y otra vez, tragando saliva.

Faltan unos momentos, un puñado de minutos.

Recorro con la mirada la longitud de mi fusil y me vuelvo a recolocar el casco una vez mas, como una estúpida manía que no cambiará nada.

La velocidad parece disminuir. Todos se preparan, agarran su arma con fuerza y alzan un poco la postura, aún en cuclillas.

Fuera, los zumbidos de helicópteros ensordecen hasta casi la totalidad los gritos aterradores y el sonido de las ráfagas de balas, seguro provenientes del pequeño pueblo... eso significa que estamos cerca... el vagón se detendrá junto a a la pequeña arboleda que hay en la linde.

Se detiene de golpe y reaccionamos nerviosos. Al unísono, todos los soldados tomamos una gran bocanada de aire.

Con disimulo, saco mi último caramelo de menta de una de las fundas vacías de mi cinturón y me lo echo a la boca.

La puerta del vagón cae abriéndose de golpe al tiempo que una ráfaga de balas atraviesa la fina madera, alcanzando a tres de mis compañeros. Los demás salimos en tropel, corriendo hasta formar un pequeño pelotón de avance.

Algunas zonas de las vías están empapadas en sangre, quizá de personas que trataron de huir y fueron arrolladas, o tal vez porque ésta no es la primera batalla (ni será la última, desgraciadamente) que se libra sobre éste lugar. No había estado aquí antes, pero me resulta tremendamente familiar.

La primera linea de nuestro pelotón abate a los tres hombres que atacaron el vagón.

Esprintamos hasta la entrada del pueblo, atravesando la arboleda. Mientras corremos, vemos una gran cantidad de cadáveres entre los árboles, tirados en el suelo cubiertos casi en su totalidad por el polvo y las hojas.

La menta del caramelo ayuda a abrir mis vías respiratorias, me hace algo mas facil respirar, mantenerme firme a pesar de los horrores con los que me encuentro.

Al atravesar las últimas brozas, divisamos una pequeña calle árida de tierra seca con dos edificios alargados a los lados: la entrada al pueblo.

El sargento se coloca a mi altura y me frena con el brazo para señalarme unas pequeñas trincheras justo antes de la entrada, aún no he comenzado a correr hacia ellas cuando una bala le atraviesa la frente. El caramelo casi se me cae de la boca con el sobresalto.

Uno de mis compañeros grita: “¡Francotiradores!”

Corro lo mas rápido que puedo a cubierto y, sin parar de jugar con el caramelo en la boca, preparo mi fusil francotirador. Me pongo en posición, aprovechando el ángulo.

Diviso al francotirador en la ventana, un hombre de piel algo oscura, aterrorizado a juzgar por su cara, de unos 30 años, vestido con ropa normal... normal pero maltrecha.

Me preparo para apretar el gatillo. Detrás de aquel hombre hay alguien mas, una mujer.
“¡A qué coño esperas!” escucho a mi lado.

La mujer, con la cara empapada en lágrimas, trata de distraer a un pequeño, mientras aparta una y otra vez con la mano la dirección de la mirada de éste, que busca a su padre.

Bajo el fusil.

“¡Vuelve a la tierra, colega!” uno de mis compañeros me miraba haciendo con la mano el movimiento de un destornillador, apuntándose a la cabeza.

El francotirador acaba con uno de los que cubrían mi supuesto disparo. La táctica ha cambiado.

Un helicóptero nos sobrevuela y, en una ráfaga de munición pesada, hace trizas la ventana, no dejando ni tan siquiera el marco, y agujereando toda la pared. Nadie hubiera sobrevivido a eso.

“¿Por que cojones te crees que estamos aquí? Somos indispensables, ¡Mueve el culo, joder!”

Guardo el caramelo bajo la lengua mientras salgo de la trinchera y me uno de nuevo al pelotón, que avanza dejando sus huellas en la tierra seca, sorteando los escombros. No puedo olvidar sin más la escena que acabo de ver.

Una furgoneta nos sorprende al llegar a la esquina, atropellando a uno de mis compañeros y aplastandole los huesos a otro, aplastándolo al chocar contra la pared de nuestra izquierda.

Varios hombres armados asoman por encima de la zona de carga y disparan.

No me da tiempo a reaccionar, aún estoy sobrecogido por lo ocurrido hacía un momento, desconectado.

Una bala penetra en mi bazo, otra en mi pecho y, la última, en mi cuello. 

No saldré de ésta.

Caigo de espaldas sobre la arena. Ante mis ojos, una nube de polvo apenas me permite ver el cielo.
Veo el helicóptero pasar, disipando algo el polvo (a pesar de la distancia) con las vibraciones de sus hélices.

El cielo no es azul, es naranja, un naranja oscuro. 
Un millón de imágenes, recuerdos y preguntas atraviesan mi mente...

Mierda, no quiero morir así, no quiero morir aquí. En una guerra que no tiene nada que ver conmigo, en un lugar donde nunca habría querido ir, a manos de una gente que no conozco, y por una razón que ni tan siquiera termino de entender...

Pronto dejo de escuchar los zumbidos, gritos, y disparos. Mi oído es el primer sentido que desaparece... y a juzgar por como se me nubla, la vista será el siguiente.

Mientras conserve el gusto, seguiré saboreando el caramelo, aún con el sabor a cobre que le da la sangre que, poco a poco, va llenando mi boca.