viernes, 9 de diciembre de 2011

DE ACAMPADA

NOTA: Disculpad las faltas de expresión y ortografía. Lo he escrito a las prisas y a las tantas de la madrugada.




-¿Entras en la tienda de campaña de una vez, o que?
-Termino de recoger la mochila, apago la fogata y ya entro. No seas pesado.
-Creo que me gustaba la idea de salir de acampada hasta este punto... que puto miedo joder.
-Eres un exagerado.-

Saul cerró la mochila y la dejó caer en el suelo, mientras volcaba un cubo de agua sobre el fuego.
Se escuchaban cascos de caballo en la lejanía, acercándose al lugar. “Por los pelos” pensó.

-¿Un forestal? ¿A caballo? -Dijo su amigo desde la tienda

-Eso parece. Nos libramos por poco de la mult... -Mucho antes de lo que el eco del sonido sugería, el caballo pasó junto a ellos en la oscuridad, a toda velocidad, haciendo saltar las brasas de la fogata.

-¡Joder! ¡Ha cogido la mochila! -Gritó Saul, aún con el sobresalto.
-¿El forestal? -Preguntó Alejandro.

Pero su compañero no tuvo tiempo de contestarle. Sin pensarlo, se montó en su bicicleta y pedaleó como pudo en la oscuridad, tratando de seguir al caballo.

-¡Joder! ¡No me dejes aquí solo! -Gritó Alejandro, pero la oscuridad ya se había tragado a su amigo.


Saul pedaleaba sin apenas poder distinguir nada. La dinamo descargada de su bicicleta tan solo proyectaba un fino destello intermitente cada cinco o seis segundos, lo justo para no perderlo en la oscuridad, pero que tan solo le permitía distinguir la silueta de a quién perseguía.

El caballo parecía demasiado bajo, como si fuera un pony, resultaba ridículo pensar que un caballo así corriera a esa velocidad. La silueta del jinete era también perturbadora, un cuerpo escuálido, con las extremidades alargadas y un largo y fino cuello que sujetaba una enorme cabeza.

El grito de su amigo quedaba ya muy lejos, tan solo se escuchaba el sonido de los cascos del caballo sobre la tierra, acompañado por el contoneo metálico de la bicicleta.

Sin poder darse cuenta a tiempo, de la oscuridad brotó un árbol bajo. El jinete y su montura desaparecieron, como si se hubieran fundido con él.
Saul frenó para no chocar, pero la bicicleta hizo un mal movimiento y golpeó de lado contra el tronco, partiéndose varias aristas de la rueda delantera, quedando inutilizable.
La luz intermitente de la dinamo se apagó.
La oscuridad era tal que le resultaba imposible ver sus propias manos.

-¿Qué cojones ha pasado?
Se negaba a aceptar que aquello que perseguía, fuera lo que fuese, hubiera desaparecido de repente.

Palpó sus bolsillos hasta encontrar su linterna. La encendió y alumbró a su alrededor.

Aquel árbol le era familiar... pero no podía ser. Era un haya, uno igual a aquellos en los que trepaba de niño, durante su infancia, cuando aún vivía en Galicia. Era imposible que se diera en la sierra donde estaba, en Málaga... Parecía sacado de sus recuerdos.

Tras superar el escalofrío que le había recorrido el cuerpo, trató de fingir en su mente un pensamiento lógico: Fuera quien fuese el que le había robado, ya estaría demasiado lejos, lo mas sensato era volver a la tienda de campaña.

Arrastrando la bicicleta como podía, volvió por donde había venido. No reconocía absolutamente nada del camino.

No había avanzado demasiado cuando comenzó a escuchar sonidos. Algo se movía entre los arbustos, a los lados del carril por el que caminaba.

Al principio parecían producidos por revoloteo de animales, pero pronto comenzó a distinguir voces.
Aún así, el chico no se paró en ningún momento. Con pavor, alternaba la luz de la linterna entre el camino y los arbustos, esperando sorprender algún rostro o algunos ojos de aquellos que parecían cuchichear a su alrededor. Pero tan solo había oscuridad. Creía que el miedo le jugaba una mala pasada.

Un sonido se oyó por encima del resto, y fue tan claro que despertó en él el instinto de acercarse.
Sin duda el ladrido que acababa de escuchar era el de su perro tobi. Aunque hacía un par de meses que no veía a su perro, distinguiría su ladrido en cualquier parte.

Saul soltó la bici y se acercó a los arbustos.
Poco a poco la sombra de lo que había detrás se hacía mas clara. Parecía una persona en cuclillas.

Saul apartó el matojo y apuntó con la linterna fijamente. El sobresalto al ver el brillo de los ojos de aquella persona le hizo retroceder, sin dejar de apuntarla con la linterna mientras ésta se ponía en pie.

-¿Ma... mamá? -Titubeó el chico, extrañado.

Su madre, vestida con ropa de casa, llevando incluso delantal y zapatillas le miraba fijamente, de pie tras el arbusto. Lo miró fijamente durante unos segundos sin hacer ningún gesto, luego comenzó a hablar.

-¡Hijo! ¡Dios mío! ¿Donde has estado? -La mujer parecía alterada y aliviada de repente.
-Te dije que pasaría la noche con Ale, de acampada... -Le contesto, con una mueca de incredulidad.
-Hijo, eso fue el Sábado, Alejandro también está muy preocupado, ¿Donde has estado toda ésta semana?
-¿Semana? ¡Qué dices!
-Hoy es jueves, hijo... ¿Te encuentras bien? ¡Qué alegría se van a llevar todos! ¡Llevamos días buscándote!

Saul no encontraba ninguna lógica a lo que decía su madre, pero sentía una confianza ciega en todo lo que ésta le dijera, y ese sentimiento era mas fuerte que cualquier razonamiento.

La cogió de la mano, y retomaron el carril tras la luz de la linterna.

El chico sentía emociones imposibles, estaba aterrado y calmado a la vez.
No paraba de alumbrar al rostro de su madre, que de nuevo se había vuelto imperturbable, sin mostrar emoción alguna. A pesar de que la luz de la linterna apuntaba a su rostro en lugar de al carril, no detenían su paso. Su madre parecía no necesitar luz alguna para caminar por tan oscuro camino. Saul se percató de que no pestañeaba, y eso le aterraba aún mas... sin embargo, la confianza que le hacía dejarse llevar no menguaba, seguía calmado sin estarlo, como si quisiera gritar pero estubiera mudo. Pareciera que no era dueño de su propio cuerpo o de sus propias decisiones.

De repente, se pararon. Su madre señaló al frente. Saul dejó de apuntarla al rostro y alumbró lo que señalaba.
Delante de ellos se alzaba una estructura parecida a una casa, pero de forma ovalada y hecha de metal.

La extraña puerta del enigmático edificio se abrió, y de el salió... algo. Un ser de forma parecida a lo que le pareció distinguir que cabalgaba aquel deforme podenco salió de ella:
Una figura de ojos enormes, dedos largos y piel grisácea. Le extendió la mano.

Saul pensaba “No” “No quiero” “Quiero irme” “Que alguien me ayude”, pero lo único que hizo su cuerpo fue sonreir y coger la mano a aquella criatura, que portaba su mochila en la otra.

Su madre se desvaneció mientras el chico entraba por la puerta, de la mano de aquel ser.


-¡JODER! -Saul se despertó, la luz de la mañana ya entraba por el techo de la tienda de campaña.
-¿Qué coño te pasa? -Le preguntó Alejandro, que dormía a su lado.
-No te vas a creer la pesadilla que he tenido....
-Cuéntamela. -Le dijo su amigo.

El joven le relató su pesadilla, y su amigo la escuchó atentamente, sin parpadear... en ningun momento.

Saul estaba solo, estaría solo para siempre en ésa réplica de lo que fue su mundo, creado a partir de sus recuerdos por aquellos que ahora le estudian.

Mientras, en la tierra, en su verdadera realidad, lo único que encontraron de él fue su bicicleta, hecha pedazos entre las rocas del monte.

martes, 16 de agosto de 2011

Coge mi mano


Apagó la luz pulsando el interruptor como cada noche, pretendiendo no darse cuenta de la sensación que le recorría todo el cuerpo.

Se echó sobre la cama. Apenas había cerrado los ojos cuando escuchó la ventana.

Se levantó y corrió hacia el sonido de los golpecitos sobre el cristal, aún tratando de fingir no saber qué pasaba, aunque el latido de su corazón la delataba.

Con la mas pura de las sonrisas, vio como Él la miraba con dulzura al otro lado del vidrio.

Abrió la ventana rápidamente y le dio un beso fugaz, apartándose casi al instante para repasar con la mirada donde se estaba agarrando o de qué estaba enganchado.

-¿No lo entiendes? -Él se alejó de la ventana, colocándose a la distancia necesaria para que pudiera ver perfectamente como unas hermosas alas blancas se desplegaban de su espalda. -Ésto me lo has dado tú, y no es lo único. He venido ésta noche a tu ventana, para mostrarte lo que le haces a mi mente, lo que crea por ti, lo que no puede evitar dibujar en el lienzo que es mi pensamiento, mi imaginación.-

Batiendo muy levemente las alas, volvió a acercarse a la ventana, tendiéndole una mano a su amada.

Ella sonrió y, apoyándose sobre el alfeizar, también le tendió la suya.

Él la agarró con suavidad dejando que se impulsara con los pies sobre el marco, al tiempo que otro par de perladas alas brotaran, ésta vez de la espalda de ella.

Ni se dio cuenta de que ahora podía volar, de que tenía alas, pues la transformación tan bella que sufría su mirada le impedía notar cualquier otra cosa.

El negro de la noche fue dejando paso a un color violeta salpicado de estrellas de diferentes colores.
Las pocas luces de farolas enmudecieron, convirtiendo los edificios en simples siluetas sobre un manto de penumbra azulada que contrastaba con el cielo.

Él le sonrió y, sin soltarse de la mano, comenzó a guiar su vuelo a gran velocidad, dejando atrás la ciudad, que dormía en silencio.

Las palabras empezaron a sobrar cuando comenzaron a sobrevolar el mar.
Decenas de peces emergían dando saltos, nadando en paralelo a su vuelo. Sus colores, avivados por la luz de la luna, formaban una armonía perfecta sobre el agua. Haciendo que todo el mar pareciera un reflejo vivo del cielo estrellado.
Cuando reconducieron su vuelo de nuevo hacia la costa, uno de los peces saltó por encima de los demás, haciendo un gesto de despedida.

Llegaron a una pequeña meseta rocosa, que tomó forma cuando se acercaron en un estallido de vida que hizo florecer arboledas cargadas de rojos frutos y caminos rodeados de flores.
Como con timidez, montones de pequeños animales iban apareciendo, asomando sus cabezas de entre las flores y el follaje de los árboles al tiempo que un enorme sol radiante hacía lo mismo en el horizonte.

Él le soltó la mano y se acercó a uno de los árboles para coger una manzana y pasársela a Ella.

Cuando la probó, su sentido del gusto quedó totalmente magnificado, la textura, la dulzura, el sabor de aquel fruto llevó su paladar a un éxtasis que le hizo perder la noción por un instante, haciéndole cerrar los ojos inevitablemente. Cuando los abrió, Él la miraba con una expresión algo burlona, portando entre sus manos una gran cantidad de hojas que sin duda acababa de arrancar del manzano.

Las lanzó con fuerza sobre la cabeza de ella, a la vez que una oportuna brisa de aire las hacía agitarse alrededor de ambos, con una gran gracilidad.

Ella se le acercó para besarle pero, con un gesto, Él le hizo fijar su atención en todas aquellas hojas que aún les rodeaban.

Como si fueran palomitas de maíz que saltaban, las hojas comenzaron a transformarse en pájaros, que iban comenzando un ordenado y espectacular vuelo en ascensión.

Él la cogió de ambas manos y le dio un corto beso, para luego iniciar un vuelo alto, uniéndose al de los pájaros.

El amanecer había teñido el violeta de un tono degradado de celeste y naranja. Las estrellas de colores se habían apagado para dejar espacio en el cielo a unas hermosas nubes que parecían de algodón.

-Estas nubes cambian con los sentimientos de quienes se encuentran cerca. -Dijo Él, deteniendo su vuelo mientras los pájaros les dejaban atrás.

La invitó a sentarse junto a él, sobre la nube mas densa.

Con tan solo mirarla, hizo que una de las mas claras tomara la forma de un conejo, que comenzó a saltar en el aire, hasta caer en el regazo de Ella.
La suavidad de la que estaba hecho provocaba una agradable sensación al acariciarlo.
Cuando consiguió distraerla el suficiente tiempo, el conejo se disipó.

Ella levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Delante suya, una orquesta estaba preparada para dar música a varias parejas que se abrazaban sobre el aire, esperando para bailar... todo hecho con nubes.

Él se levantó y le tendió la mano de nuevo.

Cuando Ella también se incorporó, pequeñas nubes comenzaron a cubrirle el cuerpo, haciéndole cosquillas. Cuando se disolvieron, la dejaron con un precioso vestido blanco.
A Él le vistieron con un traje de gala negro que le quedaba perfecto.

La orquesta comenzó a tocar justo la canción que ella esperaba oír.
Mientras bailaban, Él le cantaba la letra al oído.

Poco a poco los instrumentos dejaban de sonar y las parejas de nubes iban desapareciendo...
Cuando la canción terminó, permanecieron inmóviles en total silencio durante varios minutos, contemplándose.

Las alas de ambos convergieron formando una esfera. Una esfera que albergaba un espacio perfecto de quietud, de un sentimiento tan fuerte que hace palidecer cualquier mala idea o pensamiento desagradable. Un espacio cuya simple existencia ya otorga a éste mundo una luz, una infinita luz que le da fuerzas y ayuda a sanarlo, convirtiéndolo en un lugar mejor. El más auténtico y puro amor.

Dentro de esa esfera, los labios de Él y de Ella tuvieron un profundo encuentro mientras las nubes de su alrededor se agitaban con fuerza, comprimiéndose hasta adoptar una última forma.

Cuando los dos plegaron las alas, sonrieron al ver la forma que sus sentimientos las habían hecho tomar.

Un precioso bebé alado volaba hacia ellos con una hermosa risa que endulzaba el oído, disipándose al tocar el vientre de Ella.

Él la rodeo con sus brazos, colocandole las manos sobre el vientre. Apoyó la barbilla en su hombro y dijo:
-Es tarde.-

Los dos descendieron lentamente, acercándose de nuevo a la ventana donde comenzó la noche, aún cogidos de la mano, mientras el mundo volvía a adoptar su aspecto habitual.

Cuando se despidieron, la dejó sobre su cama, dormida, como había estado en todo momento.
La besó en la mejilla y salió por la ventana, sin apartar la mirada del rostro de Ella hasta el último momento.

Tras un largo vuelo en solitario, Él volvió a su propia habitación donde, sobre la cama, su cuerpo también llevaba toda la noche durmiendo.




domingo, 14 de agosto de 2011

Caramelos de Acero



Pequeños destellos de luz atraviesan los endebles tablones de la pared del vagón, mientras el traqueteo hace que cualquier parte mínimamente flácida de mi piel sienta un constante tambaleo, propiciado por los temblores que el miedo despierta en mí.

No se si atardece o amanece, lo único que se es que ahí fuera el sol apenas deja ver un puñado de rayos, y siempre parece ser así, siempre sumergidos en el mismo crepúsculo.

Las caras de mis compañeros son idénticas entre sí, de seguro la mía también similar... miradas perdidas, con dientes apretados y gotas de sudor frío recorriendo las mejillas. Nuestras gargantas no paran de hincharse levemente una y otra vez, tragando saliva.

Faltan unos momentos, un puñado de minutos.

Recorro con la mirada la longitud de mi fusil y me vuelvo a recolocar el casco una vez mas, como una estúpida manía que no cambiará nada.

La velocidad parece disminuir. Todos se preparan, agarran su arma con fuerza y alzan un poco la postura, aún en cuclillas.

Fuera, los zumbidos de helicópteros ensordecen hasta casi la totalidad los gritos aterradores y el sonido de las ráfagas de balas, seguro provenientes del pequeño pueblo... eso significa que estamos cerca... el vagón se detendrá junto a a la pequeña arboleda que hay en la linde.

Se detiene de golpe y reaccionamos nerviosos. Al unísono, todos los soldados tomamos una gran bocanada de aire.

Con disimulo, saco mi último caramelo de menta de una de las fundas vacías de mi cinturón y me lo echo a la boca.

La puerta del vagón cae abriéndose de golpe al tiempo que una ráfaga de balas atraviesa la fina madera, alcanzando a tres de mis compañeros. Los demás salimos en tropel, corriendo hasta formar un pequeño pelotón de avance.

Algunas zonas de las vías están empapadas en sangre, quizá de personas que trataron de huir y fueron arrolladas, o tal vez porque ésta no es la primera batalla (ni será la última, desgraciadamente) que se libra sobre éste lugar. No había estado aquí antes, pero me resulta tremendamente familiar.

La primera linea de nuestro pelotón abate a los tres hombres que atacaron el vagón.

Esprintamos hasta la entrada del pueblo, atravesando la arboleda. Mientras corremos, vemos una gran cantidad de cadáveres entre los árboles, tirados en el suelo cubiertos casi en su totalidad por el polvo y las hojas.

La menta del caramelo ayuda a abrir mis vías respiratorias, me hace algo mas facil respirar, mantenerme firme a pesar de los horrores con los que me encuentro.

Al atravesar las últimas brozas, divisamos una pequeña calle árida de tierra seca con dos edificios alargados a los lados: la entrada al pueblo.

El sargento se coloca a mi altura y me frena con el brazo para señalarme unas pequeñas trincheras justo antes de la entrada, aún no he comenzado a correr hacia ellas cuando una bala le atraviesa la frente. El caramelo casi se me cae de la boca con el sobresalto.

Uno de mis compañeros grita: “¡Francotiradores!”

Corro lo mas rápido que puedo a cubierto y, sin parar de jugar con el caramelo en la boca, preparo mi fusil francotirador. Me pongo en posición, aprovechando el ángulo.

Diviso al francotirador en la ventana, un hombre de piel algo oscura, aterrorizado a juzgar por su cara, de unos 30 años, vestido con ropa normal... normal pero maltrecha.

Me preparo para apretar el gatillo. Detrás de aquel hombre hay alguien mas, una mujer.
“¡A qué coño esperas!” escucho a mi lado.

La mujer, con la cara empapada en lágrimas, trata de distraer a un pequeño, mientras aparta una y otra vez con la mano la dirección de la mirada de éste, que busca a su padre.

Bajo el fusil.

“¡Vuelve a la tierra, colega!” uno de mis compañeros me miraba haciendo con la mano el movimiento de un destornillador, apuntándose a la cabeza.

El francotirador acaba con uno de los que cubrían mi supuesto disparo. La táctica ha cambiado.

Un helicóptero nos sobrevuela y, en una ráfaga de munición pesada, hace trizas la ventana, no dejando ni tan siquiera el marco, y agujereando toda la pared. Nadie hubiera sobrevivido a eso.

“¿Por que cojones te crees que estamos aquí? Somos indispensables, ¡Mueve el culo, joder!”

Guardo el caramelo bajo la lengua mientras salgo de la trinchera y me uno de nuevo al pelotón, que avanza dejando sus huellas en la tierra seca, sorteando los escombros. No puedo olvidar sin más la escena que acabo de ver.

Una furgoneta nos sorprende al llegar a la esquina, atropellando a uno de mis compañeros y aplastandole los huesos a otro, aplastándolo al chocar contra la pared de nuestra izquierda.

Varios hombres armados asoman por encima de la zona de carga y disparan.

No me da tiempo a reaccionar, aún estoy sobrecogido por lo ocurrido hacía un momento, desconectado.

Una bala penetra en mi bazo, otra en mi pecho y, la última, en mi cuello. 

No saldré de ésta.

Caigo de espaldas sobre la arena. Ante mis ojos, una nube de polvo apenas me permite ver el cielo.
Veo el helicóptero pasar, disipando algo el polvo (a pesar de la distancia) con las vibraciones de sus hélices.

El cielo no es azul, es naranja, un naranja oscuro. 
Un millón de imágenes, recuerdos y preguntas atraviesan mi mente...

Mierda, no quiero morir así, no quiero morir aquí. En una guerra que no tiene nada que ver conmigo, en un lugar donde nunca habría querido ir, a manos de una gente que no conozco, y por una razón que ni tan siquiera termino de entender...

Pronto dejo de escuchar los zumbidos, gritos, y disparos. Mi oído es el primer sentido que desaparece... y a juzgar por como se me nubla, la vista será el siguiente.

Mientras conserve el gusto, seguiré saboreando el caramelo, aún con el sabor a cobre que le da la sangre que, poco a poco, va llenando mi boca.

sábado, 2 de julio de 2011

Axel Stone VS Mr.X


 
...Piso nº 3....

El enorme ascensor parece detenerse. La puerta se abre y entra un individuo con el pelo de punta y una chaqueta de cuero tintada de verde. Antes de tan siquiera terminar de mirarle con desprecio, se abalanza sobre Axel.

En cuestión de segundos, Axel le agarra por el cuello de tan estridente prenda y lo lanza fuera del ascensor estampándole la cara contra el suelo, haciendo que sus dientes queden desperdigados por el pasillo.

El ascensor continúa subiendo...

Su respiración está agitada. Está nervioso.

Cuando el ascensor se detenga en el octavo, el último piso, estará solo... cara a cara con Mr X.
Las condiciones son poco favorables incluso si realmente cumpliera el “trato” que fanfarroneó proponiéndole.

No resulta precisamente creíble que el mayor magnate de la mafia, responsable de la tan lamentable y decadente situación que atraviesa la ciudad cumpla su parte de un trato que suena, a todas luces, a una trampa.

“Si logras llegar hasta a mi una vez mas, combatiremos cara a cara, como hombres. Si me vences, tendrás la oportunidad de llevarte contigo a tu amiguito.”

Axel aprieta los dientes mientras lo recuerda. Apenas hacía año y medio desde que, junto a Blaze y Adam (sus antiguos compañeros, también ex-policías) lograron desmantelar el imperio de Mr.X.

Después de aquello, Adam había sido el único que había vuelto al Cuerpo... y fue el trofeo que usó Mr.X con su regreso de las sombras, demostrando que su poder realmente nunca había sido abatido.

Piso nº 5

-Axel... -Blaze habla como puede, desde una esquina del ascensor.

Axel se gira hacia ella, agachándose a su lado.
La chica está malherida, tiene el pelo empapado en sangre (probablemente por una grave herida en la cabeza),el tobillo torcido y un brazo dislocado.

-Ésto déjamelo a mí. -Son las únicas palabras de Axel antes de volver a ponerse en pié mirando hacia la puerta, alternando la mirada entre ésta y el pequeño índice luminoso que muestra el piso por el que pasan.

...Piso nº6...

El ascensor vuelve a detenerse.

Al abrirse las puertas, entra de golpe un hombre calvo corpulento vestido con un extraño mono verde, que da al ex-policía un derechazo en la frente tan rápido como imposible de esquivar.

Axel retrocede con el golpe.
Antes de reaccionar, otro derechazo (esta vez en el estómago), le hace encogerse; dejando que un tercer golpe, en la cabeza, le tumbe en el suelo.


El boxeador se inclina para agarrar a Axel por su corta melena rubia, sujetándolo por encima del hombro, riéndose de sus muecas de dolor.

Axel reacciona y le golpea en la barbilla con un gancho de izquierda, logrando que le suelte.
Mientras su atacante trata de recuperar el equilibrio, Axel le propina un fuerte codazo en el cuello, dejándolo ko.

Tras empujar el cuerpo inconsciente del corpulento hombre fuera del ascensor, éste continua subiendo.

...Piso nº 7...

Piso nº 8, el último.

Las puertas del ascensor se vuelven a abrir una vez mas.
Esta vez, la imagen que dejan ver es muy diferente a las anteriores: El frío y oscuro pasillo ha sido sustituido por una sala amplia, elegante, perfectamente iluminada por grandes ventanales, con el suelo totalmente cubierto por una lujosa alfombra roja.

Justo enfrente de la salida del ascensor, Mr. X (vestido con su habitual traje color café y corbata roja), le mira atentamente, sentado en un sillón dorado en el otro extremo de la sala. Apoyado sobre sus propios nudillos con cara de indiferencia, sin ningún tipo de sobresalto.

Axel pulsa el botón de bloquear el ascensor para que Blaze esté a salvo, para luego salir del ascensor, cerrándose la puerta tras él.

Mr.X sonríe de un modo tan amplio, que el puro que sujeta entre los labios se desliza hasta el extremo derecho de su boca antes de cogerlo con la mano y, volviendo a adoptar una pose aburrida, hacer un ademán, indicando algo.

Como de la nada (seguramente escondidos a los laterales de la salida del ascensor) dos macarras aparecen a los lados de Axel, agarrándole.

Axel abre los codos con fuerza, propinándoles codazos en el pecho que les hacen retroceder.

De un rápido gancho le desencaja la mandíbula a uno de ellos, para luego agarrársela y tirar de él, estampándole la cabeza en el costado de su otro atacante, partiéndole las costillas.
Los dos terminaron en el suelo, sin conocimiento.

-Solos tu y yo, como hombres, cuerpo a cuerpo. Eso fue lo que dijiste... -Axel habla mientras camina hacia su enemigo.

-Si, cuando llegaras hasta mí... Aún te quedan unos metros. -Mr.X le responde en burla, mientras vuelve a hacer un gesto con la mano.

Una trampilla del techo se abre. Antes de que Axel se dé siquiera cuenta, alguien le propina una fuerte patada en la cara, tirándole al suelo.

Trata de levantarse, pero su nuevo atacante hunde el talón en su espalda, de un potente movimiento. El ex-policía tose sangre y rueda, con los ojos entrecerrados de dolor.

-Sh.. ¡Shiva! -Grita al darse cuenta de quién le ha golpeado, mientras trata de levantarse una vez mas.

Un antiguo conocido suyo, el que fue uno de sus mejores amigos hasta haberlo creído muerto a manos de los hombres de Mr.X, dos años atrás.

Shiva, vestido con un quimono de kárate negro y una cinta roja en la frente (tapada casi en su totalidad por su larga melena morena) le mira como si no le reconociera.

Ni una sola palabra antes de ir de nuevo a por Axel.

Ésta vez consigue esquivar su patada voladora. Axel le golpea con la rodilla en el aire, haciendo que Shiva se resbale... pero sin caer.

Los dos se miran. No hay tiempo para preguntas. Ésta vez, Axel se adelanta, salta hacia él y le golpea con un directo en la nariz.

Shiva no se mueve del sitio, es Axel el que retrocede frotándose los nudillos de dolor.
-¿De qué demonios estás hecho? -Grita mientras sacude la mano.

Aunque con solo levantar la vista, ve su pregunta respondida.

La “piel” de su contrincante se ha levantado, mostrando una compleja estructura metálica.

Apenas ha terminado de sorprenderse cuando el androide ya ha vuelto a ponerse en guardia, haciéndole un barrido del que Axel consigue salir ileso, rodando por el suelo.

Las cosa se ponen peliaguda. No puede hacerle daño con sus golpes... No le queda otra salida.

Axel corre hasta el ventanal de la parte izquierda de la sala, confiando en que el androide tenga algún tipo de patrón de ataque. Tiene la suerte de ser así.

Una nueva patada voladora de su rival permite a Axel, de una rápida finta, agarrarle por la pierna para catapultarlo al exterior, haciendo añicos el cristal.

Mr. X rechina los dientes y suelta un bufido.

Axel vuelve a caminar hacia el sillón dorado, haciéndose crujir los nudillos.

-Estamos cara a cara. Levantate o te levantaré yo. -Amenaza Axel.

-Muy bien. -

Mr. X lanza el puro por la ventana chasqueando los dedos y se pone en pie.

Una pequeña campana indica que la puerta del ascensor va a abrirse. Axel se gira temiendo que pudieran haberle hecho algo a Blaze y contempla como otro ascensor, perfectamente camuflado en la pared, se abre dejando entrar a unas ocho personas... todos secuaces.

Mr.X aprovecha el descuido de Axel de darle la espalda para golpearle fuertemente en la nuca, haciéndole caer.

Los ocho secuaces se echan sobre él a la vez, levantándole y sujetándole.

Mr. X camina rodeando su sillón sin dejar de mirarle.
Escondida detrás del mismo, saca un enorme arma, una metralleta.

Axel se revuelve sin éxito, lo tienen totalmente inmovilizado.

El mafioso se ríe en su cara, salpicándole con la saliva, antes de comenzar a golpearle salvajemente por todo el cuerpo, usando la culata del arma.

Axel, magullado y sangrando, con la cara hinchada, no para de revolverse, pero es en vano.

-Tranquilizate, no te voy a matar. Voy a mantenerte con vida para que veas el gran final... Tengo a tu amiguito Adam vivo esperando ésto. Pienso cortarle el cuello delante tuya.

-...

-Vuestros cadáveres serán la bandera que necesitaba para que recordar lo que le ocurre a cualquiera que ose oponerse a mi dominio.-

Axel estalla en rabia. No se podría explicar como, pero dibujó una técnica increíble, moviendo su brazo en círculo a una velocidad y fuerza inigualables, casi pareciera que emanaba fuego de él.

Sus nueve oponentes (Mr.X incluido) salen despedidos.

Los secuaces se levantan lo mas rápido que pueden para evitar que el ex-policía pueda llegar hasta Mr. X, al tiempo que su jefe se incorpora y aprieta el gatillo.

Las balas acaban con dos de sus propios secuaces, mientras Axel logra salir ileso al lanzarse al suelo y rodar.

Al incorporarse, golpea en la barbilla a uno de los secuaces que quedaban en pie, se coloca rápidamente a su espalda y le hunde la rodilla en la espalda, partiéndole la columna.

Axel logra esquivar una segunda ráfaga de balas cubriéndose con el cuerpo (ya sin vida) del secuaz al que atacaba.

Sin pensárselo dos veces, agarra el cadáver levantándolo por la chaqueta y lo usa como escudo, avanzando hasta Mr.X lo mas rápido que puede.

El mafioso enloquece, la sala se convierte en un auténtico avispero del que nadie podría salir ileso.

Axel continúa avanzando, mientras el cadáver con el que se protege se llena de plomo.

Una vez está lo suficientemente cerca, lanza el cuerpo sin vida contra Mr. X, que lo repele de un culatazo rápidamente... pero no lo suficientemente rápido para esquivar a Axel.

Apoyándose en el suelo, totalmente inclinado, Axel carga un impresionante uppercat, que comienza en el estómago de Mr.X y acaba en su barbilla, rompiéndole las costillas, el esternón y la mandíbula en su camino.

El cuerpo de Mr.X se eleva para estrellarse contra el sillón dorado. Quedándose irónicamente sentado, con la cabeza hacia atrás. Manchando el sillón con el rojo de su sangre, haciéndole perder su brillo dorado.. del mismo modo que su muerte acabaría con los tiempos oscuros que acaecían.

… Todo ha acabado.





Nota del autor: 
Éste relato es mi pequeño y particular homenaje a la saga de videojuegos Streets of Rage.





miércoles, 22 de junio de 2011

El Pueblo Duerme Desenlace



Final del capítulo anterior: 
Daniel alzó la vista y vio a alguien acercándose a Rodrigo por la espalda.
-Él.... -Dijo señalandole con la cabeza.

Rodrigo se dio la vuelta para ver como, el hombre que había aparecido a su espalda, tiraba de la palanca, dejando el cuerpo de Daniel inmóvil, inerte, suspendido en el aire.

El gendarme se apartó al tiempo que veía como las manos de aquel hombre comenzaban a temblar, vibrando de un modo espasmódico, al tiempo que mutaban. Trató de echar mano a su arma, había olvidado que no la tenía.
-Ahora lo entiendo todo.... -Dijo el gendarme, dando pequeños pasos hacia atrás mientras el lobo le miraba con malicia.



El sol salió reflejándose en los ojos de Rodrigo, abiertos de par en par.
Tumbado sobre la hierba, empapado en su propia sangre, en un silencio absoluto solo roto por el susurro de las hojas con el viento y el singular chirrido de la cuerda que ahorcaba a Daniel, balanceándose levemente.


Carmen despertó por la mañana, totalmente recuperada. Sin duda la poción de Estela era maravillosa.

Le sorprendió encontrarse sola. Tras la muerte de Jan, Rodrigo había pedido a Hernando que cuidase de ella (después de todo, el alcalde había prohibido que nadie saliera del pueblo hasta la mañana siguiente, así que no iban a necesitar a nadie que abriera el portón).

Fue precisamente Hernando quien encontró el cadáver de Rodrigo, avisando al alcalde.

Ángel, Elan y Yago le acompañaron a ver la escena. Rodrigo yacía muerto con múltiples heridas.
-Las heridas parecen superficiales, como si el lobo hubiera jugado con él antes de matarle... -Analizó el cazador.
-¿Entonces de qué murió? -Preguntó el alcalde.
-Estrangulado, por ésta prenda que tiene tan fuertemente atada al cuello. -Contestó Yago.
-Eso no es... - Dijo Elan, agachándose junto al cadáver. -¿No es el delantal de Roberto?
-Qué poético... lo mató como una burla a la única pista de verdad que pudo seguir... -El alcalde casi pareció sonreír.
-No hay nada de poético en ésto. -Afirmó Yago, aunque con indiferencia.
-Parece que el monstruo le rasgó la ropa. -Se fijó Elan.
-Si, justo por los bolsillos -Apuntó Ángel.
-Tal vez buscaba algo -continuó el herrero.
-El cuaderno de notas... -Esta vez habló el cazador. -Ahí tenía apuntada toda la información que había reunido. Si se lo llevó va a haber que empezar la investigación de cero.
-Yo tomaré el testigo -Se apresuró a decir Ángel. -Rodrigo era mi compañero...
-Quizá debería encargarme yo. -Dijo el alcalde, hablando por encima del gendarme.
-No te ofendas, Víctor -le cortó Yago.-Pero creo que eres demasiado mayor para ésto. Ángel y yo lo llevaremos.
-Gracias, pero voy a hacerlo solo. No es que no me fíe de vosotros... -El gendarme se puso en pié. -Ostia... -dijo, señalando al ayuntamiento.

Carmen caminaba hacia ellos, con las manos agarrotadas pegadas al cuerpo. Temerosa de lo que se iba a encontrar.

Cuando vio el cadáver de Rodrigo, hundió las rodillas en la hierba y se dejó caer sobre él, llorando con una descorazonadora amargura.

La frutera no acudió en la asamblea.
Nadie en el pueblo se atrevió a acusar a otra persona. Lo único que votaron al unísono fue que el portón fuera abierto, pero el Alcalde era reacio a dejar ir a nadie, no pensaba permitir que el lobo se escapara.

Aunque hubo algunos altercados, el pueblo terminó aceptándolo. Tendrían que pasar al menos una noche mas.

Al terminar la reunión, Ángel y Víctor fueron a ver a Carmen, para acompañarla al funeral de Rodrigo. Él hubiera querido que ella estuviera presente.
Se encontraron la puerta de frutería echada y, por mas que llamaban, nadie contestaba.

El gendarme se asomó al interior por el escaparate.
-¡Mierda! -Exclamó, al tiempo que sacaba su arma y disparaba a la cerradura, para poder abrir la puerta.

El cuerpo de Carmen, ahorcada con una de las sogas que usaba para atar cajas de fruta, colgaba del centro de la tienda. Con la cara húmeda, hinchada, sin duda por el torrente de lágrimas que había brotado de ella antes de tomar la decisión de suicidarse.

El funeral conjunto dedicado a ambos fue conmovedor, precioso. Pero el miedo que se palpaba en el pueblo era tal, que pocas personas asistieron. Nadie se atrevía a salir de su casa.

Muy pocos podrían dormir bien aquella noche en Saint-Piereg, y, por supuesto, Ángel no era uno de ellos.

En medio de la noche, fue a la vacía casa de su compañero. Quería asegurarse de que Rodrigo no había dejado alguna pista que pudiera ser encontrada.

Fue directo al primer lugar donde se le ocurrió que Rodrigo hubiera podido esconder algo: En la cama donde estuvo descansando Carmen.
Tuvo esa corazonada, y no fue decepcionado.
Bajo la almohada (quizá como una sugerencia de su amada para asegurarse de que no caía en las manos equivocadas) se encontraba el cuaderno de Rodrigo, intacto.

La bestia lo buscó la noche anterior en su cadáver pero no pudo encontrarlo después de todo.

Ángel lo abrió de inmediato y comenzó a leerlo. Pudo notar que en ese cuaderno estaba la clave.. estaba seguro de que, analizando con calma todas las pistas, sabría quién era el lobo fuera de toda duda. Pero necesitaba tiempo para hacerlo.

Cayó en la cuenta del peligro tan grande que corría. Salió de la casa de Rodrigo lo mas rápido posible y pensó un modo de sobrevivir a toda costa hasta la mañana siguiente. No podía fiarse de nadie.

Ángel arrancó las últimas páginas, vacías, del cuaderno y redactó muchas notas iguales:

LLAO, creo que pueo averiguar quien es el lobo. Voy a encerrarme en la sala de asambleas hasta mañana. Cuando os despertéis vení a verme
-Ángel

Una a una, fue metiendo las notas bajo las puertas de todas las casas que pudo.

Pero alguien estaba despierto y junto a la puerta de su casa cuando vio aparecer la nota del gendarme bajo ella...


El alba bañó Saint-Piereg, pero no cogió a nadie por sorpresa. El pueblo entero estaba en pié, pero no en sus casas ni en sus comercios. Todo el mundo se había reunido frente a la sala de asambleas.

-¡No hay manera! -Elan zarandeaba la puerta.
-¿Por qué nos citaría aquí si luego no nos abre la puerta? -Preguntó Yago.
-Quizá le haya ocurrido algo... -Comentó casi en voz baja Javier.
-¡Echad la puerta abajo! -Gritó Annie, desde un poco mas lejos.
-No creo que eso sea fácil de hacer. -Apuntó el Alcalde. -Ésta puerta es de las mas resistentes que he visto en mi vida y...
-¡Apartaos! - La multitud se abrió ante el grito de Hernando. Portando un enorme tronco, envistió contra la puerta y la desencajó del marco.

El Alcalde entró primero, para pronto girarse y hacer señas a Elan, Yago y Javier (que iban tras de el) de que no dejaran entrar a nadie mas.

Todas las sillas de la sala estaban hechas pedazos. El cuerpo de Ángel, en el centro de la sala, estaba completamente cubierto de sangre con innumerables cortes. Muerto pero erguido, ensartado por varias estacas creadas a partir de las sillas destrozadas.

La expresión de su cara era clara: “sabía que eras tú” parecía decir.

El alcalde analizó el lugar junto a Yago, Elan y Javier, que se negaba a marcharse.

-Ésto se acabó... Ya no queda nadie para defendernos. Ése hijo de puta ha ganado... -Comentó el alcalde.
-¿Por qué? Yago y yo no seremos gendarmes, pero sabemos luchar. -Dijo Elan.
-Deberíamos rendirnos. Lo mejor sería que todos abandonáramos el pueblo. -Fue la recomendación del cazador. Dejando al herrero sorprendido.
-Hey, ¿Qué es ésto? -Javier había encontrado algo.

Bajo una de las sillas, empapado totalmente en el charco de sangre, había un cuaderno.
-¡El cuaderno de Rodrigo! -Gritó Elan.

Yago se apresuró a quitárselo a Javier de las manos.
-Está ilegible... la sangre ha cubierto todas las páginas... Pero creo que puedo quitarla sin dañar lo escrito.. se me da bien trabajar con la sangre, ya sabéis. -Dijo el cazador.

El Alcalde, Elan y Javier intercambiaron miradas. No sabían si confiar en él pero, por otra parte, era cierto que el cuaderno estaba ilegible. No iban a perder nada.
-Está bien... según lo que encuentres en ese cuaderno, daré o no el visto bueno a que mañana sea desalojado el pueblo. -Dijo finalmente el alcalde.

Al ver que no se oponían, el cazador habló con una sonrisa:
-No os preocupéis, en cuanto descubra lo que hay escrito os lo haré saber. -Y marchó de la sala, no asistiendo siquiera al funeral que se celebró un par de horas después.


El atardecer llegó pronto.

El proceso de secado al que Yago había sometido las páginas del cuaderno estaba llegando a su fin. Se moría de ganas por ver que era lo que había escrito Rodrigo ahí, qué era lo que había llevado a Ángel a estar tan seguro...

Se sentó junto a la mesa en el patio interior de su casa y comenzó a leerlo, con una sonrisa casi irónica de oreja a oreja, asintiendo levemente con cada página que leía.

Al terminar, se puso en pié y contempló el cielo a través del cristal superior del patio. La luna estaba llena.
Se llevó las manos a la cara, le temblaban de una manera anormal, como si vibraran.... pero no porque fuera a transformarse, sino porque estaba nervioso, sabía lo que iba a ocurrir y aunque estaba preparado, era imposible no tener miedo.

El pomo de la puerta salió despedido y ésta se abrió.

Cuando notó el aliento de la bestia en la habitación, Yago habló:
-Hola, “Perry”.... -Se giró y miró a la bestia, cara a cara.

El lobo parecía relajado, como si quisiera escuchar lo que el cazador tuviera que decir antes de hacerle pedazos.

-No se como no me he dado cuenta antes... El papel que encontré junto al cadáver de Jose, ahora comprendí que eran anotaciones sobre la identidad falsa que creaste. Muy original el nombre, por cierto... Perry Yoshiko... o, dicho de otra manera, Perrillo Chico. Solo tú serías capaz de inventarte un nombre falso así.
Me siento decepcionado por mi mismo y por todos los del pueblo... La daga con la que atacaron a Javier... ¡Tú eres la única persona capaz de crear una con tanto detalle como para que dejase marcas similares a una dentellada!... Te he tenido delante de mis narices y no he sospechado ni un momento de ti, Elan...-

La bestia soltó un rugido que casi pareció una risotada de soberbia.

-Pero eso no es lo único... Al parecer, Estela le dijo a Rodrigo que la forma en que la sangre de licántropo llegó a alguien del pueblo fue a través de un pastel. No se como no se le ocurrió pensarlo.. tu madre era la mejor clienta de Celia. Eso creó alguna sospecha en Rodrigo sobre ella, pero por alguna razón olvidó trasladarla también a ti, aún sabiendo que vivís en la misma casa.-

El lobo comenzó a moverse muy lentamente hacia Yago.

-¿Como pasó? Imagino que comiste el pastel, y esa misma noche o quizá la siguiente, te transformaste. Como no sabías que te pasaba trataste de huir a lo alto de la loma, pero cuando esa necesidad asesina te consumió, te viste obligado a matar a Jose.
Al día siguiente construirías esos grilletes, con los que pudiste estar.. ¿Cuanto? ¿dos? ¿tres días? Sin matar a nadie, encadenándote a ti mismo por las noches. Pero esa necesidad era demasiado fuerte... Y tuviste que pensar en un plan para matar sin consecuencias...-

Yago comenzó también a moverse, retrocediendo lentamente por el lateral de la mesa.

-Para estar seguro, creaste varios objetivos a los que echar la culpa. Como lo de la daga con Javier.
Estela se cruzó en tu camino y cargó con el muerto... sin embargo sabías que ella iba a por ti, y temías que pudiera saber quien eras... por eso seguiste a Araceli aquella noche. No querías que encontrara algo en la guarida de Estela que apuntase a ti... -

La bestia levantó su labio superior, dejando ver sus colmillos.

-Araceli... estoy seguro de que te dolió tener que matarla, pero no te quedó mas remedio. Para esa muerte ya no tendrías a nadie a quien cargarle el muerto... si acaso apelar a la culpabilidad de Javier... pero tenías un mejor as en la manga... Desde un principio, engañaste a Yeray para que apareciera en el pueblo, con la intención de guardártelo como última opción... El cadáver de Jose era la excusa perfecta para poder incriminarle en cualquier momento...-

Yago seguía caminando muy lentamente hacia atrás, en paralelo a la mesa.

-Cuando ejecutaron a Yeray, pensaste dejar de matar, volver a los grilletes. Quizá hasta consideraste hacerte con el libro y buscar el remedio sin tener que matar a nadie más. Pero escuchaste a Mirabay cuando fuiste a comprar los zapatos... Si, Rodrigo ya había considerado la posibilidad de que la razón por la que mataran a Mirabay fuera que ésta dijera algo en la zapatería.. el último lugar al que fue. ¿Qué como se que fuiste tú quien se compró los zapatos y no Ángel? Bueno, realmente la observación es mérito de Rodrigo, como casi todo lo que te estoy diciendo: Los zapatos que Daniel prepara son siempre perfectos, sientan como un guante, y Ángel no hacía mas que quejarse de los suyos. ¿Se los regalaste tu, verdad? No era tan difícil saberlo, teniendo en cuenta lo maltrechos que están tus zapatos... los compraste para ti pero temiste que fuera una pista para que supieran que oíste hablar a Mirabay. -

El lobo seguía sin detenerse, atento a las palabras del cazador, pero preparado para atacar en cualquier momento, mucho mas tenso que cuando entró.

-Muy hábil también lo de consolar de ese modo a Celia y defender que, por su dolor, era imposible que ella fuera el lobo... así (y de hecho las notas de Rodrigo lo apuntan) cabría la posibilidad de que te descartaran a ti teniendo en cuenta que Araceli había sido una víctima... -

El lobo separó las garras.

-La única persona que podía seguir relacionándote con el asesinato de Mirabay era Daniel, que sabía que estuviste en la zapatería... como es lógico eso le hacía también sospechoso... Sembrar la duda contra él no te fue muy difícil, solo tuviste que encargarle esos enormes zapatos desde tu falsa identidad. Aunque tu no lo sabías, la hoja que arrancó del libro y su pasado como licántropo hicieron el resto.-

El cazador continuaba retrocediendo, arrastrando la mano por encima del mantel de la mesa.

-Tu plan podría haber tenido éxito ahí... Lástima que para entonces, Rodrigo ya tuviera demasiada información en su cuaderno... Era el cabo suelto que te quedaba... Estoy seguro de que si no fuera sido por Jan, Carmen habría muerto, y ésta no le habría sugerido a Rodrigo que lo escondiera. Es curioso, las últimas víctimas fueron tan solo por la búsqueda de ése cuaderno y sin embargo fuiste tan torpe de dejártelo cuando mataste a Ángel... ¿De verdad creías que era imposible que borrara la sangre y volviera a hacerlo legible?-

El lobo enfureció, levantó los brazos, preparado para atacar.

Yago saltó hacia atrás y continuó hablando.
-Llevo dos días preparando ésto en el mas estricto secreto...-

Tiró con fuerza del mantel y descubrió una extraño mecanismo con un cañón de perdigones. Perfectamente camuflado bajo la mesa.

-Te estaba esperando esta noche. ¡Todo va a acabar aquí y ahora!-

Tomó rápidamente el candil de la pared, preparado para encender la pólvora.

Un zarpazo del lobo le rajó los brazos, haciéndole soltar el candil. Yago cayó al suelo, malherido.

La bestia se le acercó y le pisó el pecho, hundiéndole las costillas.

El fuego del candil se extendió a una silla y, de ahí, a varios de los telarios decorativos sobre caza que cubrían las paredes.

Pronto, la casa del cazador se transformó en un auténtico bautismo de fuego.

El lobo le pisó mas fuerte el pecho, hasta notar como se rompían las costillas... Yago cerró los ojos tras soltar un último grito.

La bestia vio entonces el cuaderno de Rodrigo sobre la mesa y se acercó a él.
Sentía curiosidad por leerlo antes de dejar que el fuego lo consumiera también.

Mientras arañaba la mesa con sus garras tratando de abrirlo, Yago dejó de fingir estar muerto y abrió los ojos. Aún le quedaba un hilo de vida, y lo pensaba aprovechar.

Se acercó al fuego del candil y, arrastrándose como pudo, se prendió fuego a su propia ropa. Solo tenía que llegar hasta el hilo de pólvora del mecanismo antes de perder la consciencia para siempre...

El lobo apartó la mirada del libro a tiempo para ver como el cuerpo de Yago, muerto y en llamas, caía sobre la mecha.

El mecanismo disparó una gran cantidad de unos muy brillosos proyectiles... Balas de plata que impactaron en el pecho de la bestia y la catapultaron hacia atrás.

La figura del monstruo fue poco a poco menguando hasta volver a ser la del herrero.

El rostro de Elan se quedó en una mueca de rabia mientras el fuego consumía todo.

. . .

-Joder, lo has hecho de puta madre en verdad. -Dijo Roberto, al tiempo que Elan se ponía en pié y tiraba su carta contra el suelo del parque gritando “¡¡Mieeeerda!!”
Yago le apuntaba aún como si llevara un arma, con la lengua afuera como si acabara de morir.

-Se acabó señores. -Dijo Víctor, sentado sobre la pequeña moto amarilla, balanceándose con el muelle. -Son casi las cuatro y, entre que me estoy cayendo de sueño y que fijo que los vecinos ya han llamado a la policía, yo creo que es hora de irse.

El “pueblo” se levantó y se dispersó al compás de despedidas y choques de manos.

martes, 21 de junio de 2011

El Pueblo Duerme 5º Parte


Final del capítulo anterior: 
Carmen caminaba hacia la puerta cuando volvieron a llamar, con algo mas de fuerza.
-Vaya impaciencia.. -dijo en voz baja justo antes de que, nada mas girar el pomo, la puerta se abriera de golpe, catapultándola hacia atrás.




Había sido un día duro. Aunque había recopilado muchas pruebas que apuntaban a diferentes sospechosos, aún no había sacado nada en claro. Rodrigo se cubrió los ojos con una toalla y se hundió un poco mas en el barreño de agua caliente, relajado... pero no se podría permitir evadirse por demasiado tiempo.

Carmen se levantó lo mas rápido que pudo, para ver al lobo frente a ella.
La descarga de adrenalina que sufrió le permitió analizar la escena con frialdad “Las pruebas”, pensó.

Corrió hacia la mesa y y la volcó, tirando las pruebas al suelo, ocultándolas bajos los muebles.

El lobo se abalanzó sobre ella, pero tuvo tiempo de coger una silla y bloquearle con ella. La garra del lobo convirtió la silla en astillas.
Carmen retrocedía mirando hacia su espalda. Vio la funda del arma de rodrigo y la cogió. Cuando estaba preparada para sacar la pistola y disparar a la bestia, comprobó que la funda estaba vacía, quedándose totalmente indefensa.

El lobo partió el cuello de Carmen como si fuera un palillo.

Mientras iba perdiendo la consciencia, Carmen (arrepentida de no haber gritado cuando pudo) contemplaba desde el suelo como el lobo trataba de recuperar los objetos de debajo de los muebles, sin éxito (la complexión de su cuerpo no se lo permitía).
Cuando empezó a destrozarlos, el alboroto fue tal que se vio obligado a marcharse de allí, pues mas de una docena de vecinos se acercaban a la casa, portando antorchas.

La muerte de Mirabay había puesto a todo el pueblo en estado de alerta continua, el mas mínimo ruido era suficiente razón para coger lo primero que se tuviera por delante como arma y echarse a la calle.

El lobo soltó un rugido y golpeó a Carmen en el costado, con rabia, justo antes de marcharse sin lo que había venido a buscar.

Rodrigo escuchó el ruido y salió del baño liado con una toalla. La histeria que sufrió al ver a Carmen fue tal que no se percató del tumulto que correteaba las calles.

Carmen se moría, no sabía que hacer. Empezó a mirar a todos lados, contemplando los destrozos y esperando buscar una solución milagrosa en cualquier sitio.

-¡La poción de Estela! -Gritó como si se le iluminara una bombilla.

Buscó su chaqueta y recuperó la pequeña botella con el líquido verde. Sin pensárselo dos veces, vertió el contenido en la boca de Carmen haciéndoselo tragar.
Aunque seguía sin moverse ni abrir los ojos, milagrosamente, comenzó a respirar de nuevo.

En la calle, la multitud siguió al lobo hasta perderle de vista, logrando escapar.


Unas horas mas tarde, el gallo cantó en Saint-Piereg.

El alcalde, el cazador, el herrero, y los dos gendarmes hacían compañía a Carmen, aún inconsciente (pero viva) en una de las camas de la casa de Rodrigo.

-¿Seguro que no viste nada? -Preguntó Víctor, por tercera vez.
-Seguro. Cuando salí del baño el lobo ya se había ido. -Respondió Rodrigo otra vez.
-Ajá... ¿Y ella? -El alcalde se quedó fijo mirando a Carmen.
-No lo se... No lo sabremos hasta que despierte.
-Aún no me creo que tuvieras una poción que resucite... -Yago parecía no querer creérselo.
-Como ya he dicho, me la dio Estela.
-Dado que Carmen ha sobrevivido, será mejor no convocar ninguna asamblea hoy. Es preferible no agitar mas al pueblo... demasiado alterado está ya. -El alcalde parecía preocupado- Será mejor que continúes con la investigación, Rodrigo.
-Con todos mis respetos, no pensaba apartarme de la cama hasta que Carmen se recupere.
-Yo puedo quedarme a cuidarla. -Dijo Yago.-Si fuera necesar...

Pero no acabó la frase, todos se giraron hacia la puerta de la habitación, que se abrió de un portazo.

-¿Jan? -Dijo Elan entrecerrando los ojos.

Pero no obtuvo respuesta. Jan, vestido con su uniforme del ejército y portando un periódico en la mano, entró por la puerta y se fue directamente hacia el alcalde, tumbándolo de un puñetazo.

-Qué cojones... -Murmuró el alcalde llevándose la mano a la cara.

Jan le tiró el periódico que llevaba en la mano. En primera página dejaba ver un artículo: “El pueblo maldito” por Ainhoa Saura. Los artículos de la periodista habían llegado fuera del pueblo, y lo ocurrido en Saint-Piereg había sido oído incluso en Nueva Campana, lugar donde Jan estaba destinado en éstos momentos.

-¿Has matado a Estela, cabronazo? -Dijo el militar antes de darle una patada en el costado.

Ángel y Rodrigo se apresuraron a evitar que siguiera golpeándole. Elan se levantó y cogió a Jan por los hombros, para tratar de tranquilizarle. Yago, desde una esquina de la habitación, contemplaba la escena con indiferencia.
-Fue ejecutada porque mató a una persona, y por ser bruja... -Elan trató de hacer entrar en razón a Jan.
-¡Mi mujer nunca le habría hecho daño a nadie!
-Elan, déjame hablar con él. -Rodrigo, que fue la última persona que mantuvo una conversación con Estela, agarró a Jan por el brazo y se lo llevó a otra habitación. Debía explicarle lo que tan solo el sabía: que un error de Estela fue el causante de la aparición del licántropo.
Mantuvieron una larga charla, en la que el gendarme le explicó todo lo ocurrido, desde la muerte de Roberto hasta el ataque sufrido por Carmen la noche anterior.

Jan lo supo aceptar y, aunque su rabia no cedió, se sintió identificado con la posición de Rodrigo al tener a su amada, Carmen, malherida.

-¡Rodrigo! ¡Ven! -La voz de su compañero lo llamaba desde el otro cuarto.

Cuando el gendarme llegó al cuarto, vio con sorpresa que Carmen había abierto los ojos. Se acercó rápidamente a ella y la besó.
-Escuchame.. -dijo la frutera en un suspiro casi sin fuerzas.- El lobo llevaba un delantal... estoy segura de que no era el de Roberto. Era uno grueso. Los de panadero son algo mas finos y...-

Antes de terminar la frase, volvió a desmayarse.

Rodrigo la volvió a besar, ésta vez en la frente, y echó un vistazo a la sala. Nadie había oído lo que Carmen había dicho, y era mejor que así fuera.

-¿Qué te ha dicho? -Yago, apoyado en la pared con los brazos cruzados, le miró con intriga.
-No seas cotilla. Seguro que es personal. -El herrero corrigió al cazador.

Tras saber eso, Rodrigo no podía quedarse parado, y ya sabía de sobra que no podía confiar en nadie mas: Tenía que continuar con la investigación.

-Podéis marcharos a seguir con vuestras cosas. Yo seguiré con la investigación. No os preocupéis por Carmen, Jan se quedará protegiéndola. ¿Quién mejor que un capacitado militar? -Afirmó Rodrigo.

Cuando todos salieron por la puerta, el alcalde se le acercó.
-Tal vez sería mejor que te quedaras aquí con ella. Yo no me fío de Jan... No te preocupes por la investigación, yo podría llevarme las pruebas y tus apuntes y continuarla. No tendría que saberlo nadie mas.
-Gracias, pero prefiero continuar con ésto yo solo.

Cuando Jan aceptó proteger a Cármen, Rodrigo se puso en marcha.
La primera parada del gendarme sería la zapatería. Daniel no solo usaba un delantal grueso, sino que se citó con él la noche anterior y el único que apareció fue el lobo. Además estaba el tema de los zapatos...

La zapatería estaba cerrada.

Tras hablar con Hernando para asegurarse de que el zapatero no había abandonado el pueblo, decidió buscarlo en la taberna.

-Buenas, Javier. ¿Has visto a Daniel?

El tabernero echó un vistazo a las mesas a la vez que el gendarme.
-No, no está aquí.
-¿Pero ha pasado por aquí al menos? -Insistió Rodrigo, acercándose a la barra.
-No le he visto en todo el día... Oye Rodrigo, ¿Tienes un momento? -Preguntó el tabernero, evitando que el gendarme se marchara.
-Claro, dime. -Respondió el gendarme, sentándose en una de las banquetas.
-Hay algo que me llamó la atención. Verás, anoche vieron al lobo en la calle. Y, según me han contado, un grupo de vecinos lo persiguieron... ¿Donde demonios estabais tu y Ángel?
-Anoche le tocaba guardia a Ángel. Hablaré con él. Quizá estaba en el otro extremo del pueblo o algo...
-No lo creo, el barullo que se armó se escucharía hasta en el último rincón de Saint-Piereg.
-Bueno, si ves a Daniel dile que le estoy buscando. -Se despidió el gendarme. No le gustaba la insinuación que le acababa de hacer Javier.

Casi había cruzado la puerta cuando reparó en algo.
-Oye... Ese delantal que tienes ahí colgado en la pared... ¿No es mucho mas grueso que el que llevas?
-emm.... Si, mas que éste sí. Lo uso cuando tengo que freír algo grande. No sabes las quemaduras que me hacía con el fino -Dijo pellizcándolo. Al ver el gesto de duda del gendarme, el tabernero prosiguió -Aunque bueno, ese lo estrené ayer. El otro mas usado que tenía me lo robaron hace unos días.
-¿Quién?
-Si lo supiera, no habría tenido que usar el nuevo. Lo habría recuperado.


Tras marcharse de la taberna, Rodrigo pensó en recoger su arma. Aún la tenía Yago.

Esta vez, la puerta de casa de cazador estaba cerrada. El gendarme llamó con fuerza.
Una pequeña raja de la puerta se abrió, sujetada por la cadena interior. A través de ella se asomó la mitad del rostro de Yago.
-Ah, hola Rodrigo... ¿Qué quieres?
-¿Arreglaste mi arma?
-Pues.. te lo iba a decir esta mañana. -Dijo el cazador, apretando los dientes.-Aún no la he podido arreglar. El gatillo está hecho una porquería. Pero le he pedido a Elan que lo arregle... tenía un molde por ahí.
-Vaya..
-Si no es mucho pedir, ¿Podrías recogerlo? Si me la traes termino de arreglártela. Yo estoy ocupado con un par de ciervos que he atrapado.
-Estoy con la investigación, pero creo que la herrería está de camino a mi siguiente parada. Está bien.
-Gracias
-A ti, por arreglármela.

La herrería estaba a medio camino entre la casa del cazador y la zapatería, donde Rodrigo volvería a comprobar si Daniel había vuelto.

-Buenas tardes Elan... Hola, Ángel -El gendarme se sorprendió de encontrar allí a su compañero.
-¿Qué tal, Rodrigo? -Le saludó Elan con una sonrisa, mientras continuaba afilando un puñal.

Ángel parecía nervioso, no paraba de hacer vibrar la pierna.
-Hola. ¿Arreglaste ya tu arma? -Le preguntó a Rodrigo.
-Aún no, de hecho a eso venía...
-Eso es -Dijo Elan.-En seguida te lo doy. Hacía tiempo que no hacía trabajos tan pequeños.
-¿Y tú que haces aquí? -Preguntó Rodrigo a Ángel.
-Nunca se está lo suficientemente seguro. Vine a que Elan me afilara el puñal -Dijo el gendarme justo cuando Elan se lo devolvía ya afilado.
-Déjame que vaya a buscar lo tuyo. -Elan se metió en la trastienda.
-Me han comentado que anoche cuando el lobo fue visto y perseguido, no te encontraron por ningún lado... -comentó Rodrigo a Ángel.
-Si, bueno... justo me fui a casa a cambiarme de zapatos. No aguantaba mas -Respondió su compañero alzando el pie, mostrando sus viejos zapatos de siempre. -No vuelvo a aceptar un regalo... Bueno, nos vemos Rodrigo. Esta noche te toca a ti la guardia, ¿Eh?

Ángel se marchó, perdiéndose por el fondo de la calle.

Rodrigo, esperando que Elan volviera con la pieza, se puso a mirar las distintas armas y trabajos sobre metal que tenía colgados el herrero. Tan ensimismado y atraído que acabó metiéndose él también en la trastienda, sin darse cuenta.

-¡Hey! ¿Te has quedado embobado? Jajaja -El Herrero se percató de la presencia del gendarme.
-Tienes cosas increíbles aquí colgadas.

Rodrigo detuvo su vista en dos grilletes enormes anclados en la pared.

-Los forjé hace unos días. Si esa bestia me pilla despierto, ten por seguro que acabará ahí, encadenada y preparada para ser torturada por todo el pueblo. Todas estas armas no son solo por decoración, no quiero presumir, pero soy bastante diestro usándolas... con algunas bastante mas que Yago. -Ambos echaron a reír. -Aquí tienes el gatillo-dijo el herrero, tendiéndole una pequeña bolsa de papel.
-Gracias, hasta luego.

Rodrigo salió de la herrería escribiendo en su cuaderno.

Cuando el gendarme llegó a la zapatería, seguía cerrada.
Frustrado, decidió echar un vistazo alrededor por si encontraba una llave escondida. Encontró una ventana abierta.
Sin pensárselo dos veces, Rodrigo entró.

Tras varios minutos registrándolo todo, y cuando ya se iba a dar por vencido al no encontrar nada fuera de lo normal, vio que el cubo de basura estaba demasiado lleno.

Bajo una montaña de periódicos viejos, encontró algo medio quemado: Los zapatos gigantescos que arreglaba cuando habló con él el día anterior.

Rebuscó en el interior de los mismos y encontró una bola de papel que había logrado sobrevivir al fuego donde seguramente fueron arrojados.

Rodrigo quedó asombrado. Era él, Daniel era el Lobo. Aquel trozo de papel era la primera página del libro sobre licántropos. Firmada por él y llena de anotaciones del zapatero. Parecía haber utilizado el libro tratando de encontrar un remedio.

La última anotación estaba dedicada a Estela.

“Yo sufrí sus consecuencias por mis dudas, espero que puedas usarlo a modo de ayuda, y no encuentres en él el horror y la amargura”

-Daniel le dio el libro a Estela. Quizá se enteró de que ésta era una bruja y pensó que podría ayudarle... Pero finalmente al no poder hacerlo ella decidió matarle.. No, no puede ser, todo ésto del lobo comenzó por culpa de que Estela siguió algo del libro.... Algo no encaja- Eran algunos de los pensamientos que rondaban la mente de Rodrigo, que apuntaba todo en su cuaderno.

El sol se pondría pronto. El gendarme guardó la hoja en su bolsillo y marchó rápido a casa del cazador. No podía pasar otra noche sin arma, ni mucho menos tocándole guardia.

-Bien, me pondré con ella ahora mismo... pero no creo que la tenga lista para ésta noche. -Se lamentó el cazador, tras coger la bolsa con el gatillo arreglado.
-Tengo guardia.. ¡No puedo patrullar sin arma! Por qué no me prestas..
-Lo siento, mañana temprano te la daré lista. -Yago cerró la pequeña abertura de la puerta.

El gendarme pensó en pedirle el arma a su compañero, pero tras llamar varias veces en la puerta de casa de Ángel, nadie le abrió.
-Qué demonios pasa en este pueblo... me veo haciendo la ronda usando un cortauñas como arma...

Casi lo había dado por perdido cuando se acordó de Jan. Con suerte tendría un arma de sobra. Rodrigo decidió volver a casa.


Carmen seguía dormida mientras Jan, sentado en una silla junto al pie de la cama, luchaba porque no se le cerraran los ojos.

Algo le hizo abrirlos de golpe.

Las bisagras de la puerta saltaron por los aires al tiempo que la madera de ésta se quebraba: El lobo entró a la habitación.
Parecía buscar a alguien mas en la habitación mientras Jan, que no apartaba la mirada de la bestia, se movía lentamente rodeándola en dirección a su chaqueta, colgada junto donde antes estaba la puerta, para coger su arma.

Logró coger la pistola, pero el lobo se percató de ello, haciéndole tirarla de un zarpazo.
Jan cayó al suelo, varios metros atrás, con la mano y el pecho malheridos. La pistola se deslizó fuera de la habitación.

El monstruo se abalanzó entonces sobre Carmen, que seguía dormida. Cuando trató de apuñalarla usando sus garras, Jan logró incorporarse e interponerse.

Las largas garras del lobo se clavaron en el pecho del militar.
Apretando los dientes, agarró el brazo al lobo usando su mano malherida, para evitar que despegara las garras de su pecho mientras que, con su otro puño, comenzó a golpear a la bestia en la cara.
-¡¡Hijo de puta!! -Jan se partía los nudillos golpeando una y otra vez al monstruo en la mandíbula.

El lobo no paraba de mover la cabeza intentando esquivarlo, mientras zarandeaba en el aire al militar, tratando de despegárselo de las garras.

Carmen despertó, gritó con un hilo de voz y retrocedió arrastrándose sobre la cama, mientras buscaba algo que arrojarle a la bestia. Agarró el candil de la mesita.

El cristal del candil estalló en la cara del lobo, quien en un último ademán usó su otra garra para abrir a Jan en canal, arrancándole de cuajo la mandíbula.

Lo dejó caer al suelo y comenzó a andar hacia Carmen, relamiéndose la sangre de la boca.

-¡¡¡¡APARTATE DE ELLA AHORA MISMO!!!! -Rodrigo apareció en la habitación, portando el arma de Jan.

El gendarme disparó, errando el tiro.

El lobo corrió hacia la ventana y saltó rompiendo el cristal para luego perderse en medio de la noche.


La mañana siguiente, Carmen aún no pudo asistir a la asamblea, ya que aún se encontraba indispuesta.

Rodrigo hizo pública la hoja encontrada en la zapatería y el pueblo no dudó en culpar a Daniel que, por otra parte, estaba desaparecido.

Se acordó que Ángel y Rodrigo irían a preguntar a Hernando si el zapatero había salido del pueblo.

-Pudo haberse marchado por el agujero de la valla junto a la cabaña de Jose... -Comentó Yago. -Lo mas seguro es que a estas alturas esté ya en otro pueblo.
-Eso no es posible. -Comentó Ángel.- Yo mismo me aseguré de que la valla estuviera correctamente arreglada.
-Ya, pero si es el lobo, ya rajó la tela metálica una vez, puede hacerlo otra... -Continuó el cazador.
-Entonces la prioridad debe ser revisar de nuevo las vallas. Ya en su momento lo dije, se debió usar muro de madera para todo el pueblo. -Apuntó Elan.

-No va a hacer falta revisar nada. -La puerta de la asamblea se abrió y entró Hernando, levantando a Daniel por la camiseta. -Ha intentado salir del pueblo sin que le viera.

Se armó un escándalo en la sala. Ángel y Rodrigo tuvieron que contener a varias personas, que intentaron acercarse a él para lincharlo.

La decisión fue unánime: Daniel sería ejecutado. Nisiquiera le dejaron decir una sola palabra.

Rodrigo, Ángel, Elan, Yago y el Alcalde se reunieron tras la asamblea, antes de la ejecución.

-Quiero que te encargues tú de la ejecución.-El alcalde señaló a Rodrigo. Usa la horca del descampado tras el ayuntamiento.-

Rodrigo asintió, aunque aún no estaba completamente convencido de estar haciendo lo correcto.
-Una cosa, me gustaría quedarme con el arma de Jan, ya que la mía aún está... estropeada.
-Lo siento, -se disculpó Yago- aún no he podido arreglarla. Es algo mas complicado de lo que creía.
-Está bien. -Dijo el alcalde.- Pero después de la ejecución. De momento vamos a guardarla como prueba.


Terminando el atardecer, Rodrigo llevó a Daniel, aún amordazado, hasta la horca en el patio trasero, a solas.

Le ató el nudo al cuello pero, antes de tirar de la palanca que le dejaría colgando, y tras cerciorarse de que no había nadie alrededor, decidió quitarle la cinta de la boca.

Daniel habló:
-¡Yo no he sido! ¡Puedo explicarlo!
-Es difícil que te crea cuando has intentado eliminar las pruebas y escapar del pueblo.
-¡¡Porque sabía que me inculparían!! Yo le regalé el libro a Estela, ese fue mi único crimen... por favor, tienes que creerme.
-¿Y por qué tenías ese libro?
-Porque.... fui un licántropo en otro tiempo, antes de mudarme a Saint-Piereg... Gracias a ese libro pude revertir el proceso... Un día Estela vino a que le arreglara unos zapatos, me fijé en el símbolo esotérico de su colgante y mantuvimos una conversación... me confesó lo de su brujería y yo le conté de mi oscuro pasado... Días mas tarde decidí regalarle el libro.
-Pero eso no explica lo de los zapatos gigantes.... -Rodrigo, aún con la mano sobre la palanca, comenzaba a dudar. La historia de Daniel tenía sentido.
-¡Ya te lo dije! ¡¡Esos zapatos eran un encargo!! los quemé porque noté lo que habías supuesto... pero eran un encargo de otra persona, ¡Lo juro! Para alguien fuera del pueblo además... el señor Yoshiko.
-.... ¿Como has dicho? -Definitivamente, Rodrigo no bajaría la palanca, al menos hasta aclarar ésto.
-Me hablaba con él por correspondencia... Yo no soy el lobo, nunca le habría hecho eso a Mirabay... menos aún cuando ella... ¡Un momento! -El zapatero cayó en la cuenta de algo.
-¿Qué pasa? -Preguntó el gendarme, intrigado.
-Sé.. se quien es el lobo. La única otra persona que escuchó a Mirabay cuando vino a recoger sus zapatos...
-¿Qué? ¿Quién? -El interés de Rodrigo no hacía mas que aumentar. Estaba planteándose soltarle.

Daniel alzó la vista y vio a alguien acercándose a Rodrigo por la espalda.
-Él.... -Dijo señalandole con la cabeza.

Rodrigo se dio la vuelta para ver como, el hombre que había aparecido a su espalda, tiraba de la palanca, dejando el cuerpo de Daniel inmóvil, inerte, suspendido en el aire.

El gendarme se apartó al tiempo que veía como las manos de aquel hombre comenzaban a temblar, vibrando de un modo espasmódico, al tiempo que mutaban. Trató de echar mano a su arma, había olvidado que no la tenía.
-Ahora lo entiendo todo.... -Dijo el gendarme, dando pequeños pasos hacia atrás mientras el lobo le miraba con malicia.

...Continuará.