domingo, 29 de mayo de 2011

La Esfera de Cristal

(Escrito en 2007)

LA ESFERA DE CRISTAL



Una esfera, una enorme esfera de cristal flotando en el espacio. Entre grandes y casi transparentes nubes de un oscuro cielo salpicado por estrellas de todos los tamaños en lo que parece una infinita templada noche de verano.

Dividida en dos hemisferios, separados tan solo por otro cristal.

En el interior del hemisferio inferior, lleno de agua, nadan montones de peces de colores.
En el interior del superior, de tan solo aire, vuelan montones de pájaros.

Las dos especies conviven nadando y volando de un lado a otro de sus respectivos hemisferios, sin tenerse en cuenta.

Ocurre entonces, que una pequeña pececita deja de nadar de un lado a otro como los demás, y se fija en los pájaros, tan bellos volando por encima de sus cabezas, agitando sus alas.

Al mismo tiempo, uno de los pájaros se queda quieto en el aire aleteando para echar un vistazo a los peces, para admirar la belleza de sus colores y la forma tan grácil con la que se deslizan por el agua.

Sus miradas se cruzan.

Tan extrañados como tímidos, el pájaro y la pececita se acercan al cristal que une los hemisferios, mirándose. Permanecen así días, conociendose el uno al otro sin despegar su mirada, preguntandose como sería el tacto de sus escamas o sus plumas. Ese cristal les impedía comprobarlo. Saben que eso no va a cambiar, que por mucho tiempo que estén ahí ese cristal no va a desaparecer... pero por muy doloroso que sea, no pueden apartar la mirada ni alejarse del cristal.

De repente, el pájaro deja de mirarla, se aleja del cristal, y comienza a ascender a la parte superior de su hemisferio.

La pececita, entre triste y ofendida empieza a hacerse preguntas como "¿Me ha olvidado?" "¿Ya no quiere saber nada de mi?" "¿Se aleja de mi porque es imposible que estemos juntos?"

Pero cuando ve al pájaro llegar al extremo superior del hemisferio, lo entiende. Ella también comienza a nadar al extremo inferior del hemisferio, a toda velocidad.

Apoyados en los extremos superior e inferior, ambos se miran a pesar de la cantidad de peces y pájaros que nadan y vuelan entre los dos... entrecierran los ojos, ésa debe ser la señal.

Al mismo tiempo, la pececita y el pájaro se dirigen a toda velocidad contra el cristal.
La pececita movía sus aletas mas rápido que nunca, apartando a empujones todos los peces que se cruzaban en su camino, al tiempo que el pájaro caía en picado a toda velocidad esquivando como podía a los demás.

El cristal se hizo añicos.

Mientras el agua y el aire se mezclaban, ella pegó sus aletas a su vientre, mientras él la abrazaba entre sus alas. Sus plumas y escamas eran uno.

Se abrazaron y amaron mientras peces nadaban por el aire y los pájaros volaban por el agua.

Y es que hay veces que el amor puede romper en pedazos cualquier lógica.

La Habitación Vacía


(Escrito en 2008)
LA HABITACIÓN VACÍA


Un flash, todo blanco, cierra los ojos.

Are los ojos, todo blanco.

-¡Al fin despiertas! Para una vez después de tanto tiempo sin que alguien sea trasladado a mi misma habitación y no despertabas ni a tiros.-

G se incorporó. Miró a su alrededor. El hombre que le hablaba estaba en cuclillas a su lado artículando una amplia sonrisa. Iba vestido complétamente de blanco, desde los zapatos hasta el sombrero ajustado que llevaba.
-Mi nombre es Paolo, ¿El tuyo?-
G aún estaba algo aturdido.
-Pu.. puedes llamarme G. ¿Dónde estoy?-

G Miró a su alrededor. estaba en una pequeña habitación de cuatro paredes cuadradas, de unos cinco metros cada una. Las paredes y el techo estaban pintadas de blanco...el suelo también. No se distinguía puerta o ventana alguna. Ningún mueble ni lámpara y sin embargo, la habitación estaba perfectamente iluminada.
-¡Jajaja! Seguro que no es la primera vez que te haces esa pregunta estando aquí.
-Es la primera vez que veo este sitio en mi vida.
-Te aseguro que no. Es solo que no lo recuerdas. Pareces tener unos treinta y...¿Cuatro?...
-Treinta y cinco.
-Lo mismo es. El caso es que no me creo que ésta sea la primera decisión de tu vida.
-¿Mi primera decisión?
-No estás asustado, ¿verdad?.-
G reparó en ello. Había despertado en un lugar así de extraño, no recordaba lo que le había ocurrido y aún así era cierto, no tenía miedo.
-No. Pero podría ser el efecto de alguna droga... Respóndeme, ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
-Como no suelo tener compañía, voy a tomarme la molestia de hacerte un leve resumen, a pesar de que lo olvidarás pronto.
-¿Me van a lavar el cerebro?
-No, no hace falta. Tu cerebro se lavará ésto él solo.
-¿Qué quieres decir?
-Verás. Cuando una persona se ve obligada a tomar una decisión, llega un momento en el que aparece aquí. Le ocurre a todo el mundo.
-¿Qué? ¿Qué clase de disparate es ese?
-Si, verás. Pueden venir antes o pueden venir después, pero antes de tomar la decisión, aparecen aquí. Una vez aquí se toman su tiempo para meditar. A veces con unas horas basta, otras unos cuantos dias, y cuando las decisiones son mas relevantes, pueden ser varios años.
-Yo no decidí venir aquí. Eso es un disparate.
-Nadie lo decide y, de hecho, suelen estar igual de perdidos que tu al principio. La mente lo hace sola. Tu vida se paraliza y tu mente viene a parar aquí para que medites. Una vez lo has hecho vuelve a tu cuerpo y continua donde lo dejaste, como si no hubiera pasado el tiempo. Además, olvidas haber estado aquí.
-Eso es una chorrada.
-Ahora que lo pienso, quizá ya estarías pensando y meditando si no fuera porque tienes alguien con quien conversar, tal vez sea mejor que te deje.
-¿Dejarme? ¿Eso quiere decir que sabes como salir de aquí?
-Mmm...-

G comenzó entonces a aporrear las paredes, sin respuesta. Todo parecía macizo e inamovible.
-Puedes seguir golpeando la pared si quieres, o puedes sentarte ahí a pensar por qué estás aquí.

G decidió sentarse y tratar de recordar algo, no tenía nada que perder.
-Un momento... Si lo que dices es cierto no habría manera de saberlo...¿Como es que tu conoces tanto?
-¿Yo? Bueno.. digamos que vivo aquí.
-¿Una decisión muy dificil?
-No, no es eso.
-Claro que no, porque entonces tampoco sabrías que todo esto se olvida una vez tomas esa decisión ni podrías conocer...
-Soy autista. Se podría decir que paso mas tiempo en ésta habitación que en el mundo físico. Soy capaz de expresarme con mucha mas claridad aquí.
-¿Por qué?
-Tantas preguntas empiezan a incomodarme, no suelo hablar nunca con nadie, en el mundo físico me cuesta mucho articular palabras y aquí.. bueno, ya has visto que no suelo tener mucha compañía. En fin, ha sido un placer, adiós.-

G se frotó los ojos al ver como Paolo se difuminaba de su vista tras mostrar un gesto de esfuerzo ensimismado.
G Empezó a tomarse todo mas en serio.

-Solo tengo que recordar...-Pensó.

G se levantó y miró fijamente una de las paredes, intentando recordar. Miró al suelo, blanco. Luego volvió a mirar la pared, blanca. Y lo recordó. Volvió a mirar al suelo, ésta vez había baldosas marrones, miró de nuevo la pared blanca y se giró.
-Creo que quedaría mejor verde.-dijo.
-¿Está seguro entonces?
-Si, pega mas con el estilo de habitación y las baldosas.
-Muy bien.

G imaginó como quedaría su dormitorio pintado en verde mientras escuchaba al pintor bajar la escalera en busca del material que requería. Entre el rojo y el verde, la decisión había sido facil, apenas había necesitado unos 3 segundos en responder tras la pregunta del pintor.

Párpados Cerrados


(Escrito en 2008)

PÁRPADOS CERRADOS
La medianoche había quedado ya un par de horas atrás, pero eso no hacía que Armando alterara lo más mínimo el ritmo de su paso. Su ruta no era en absoluto peligrosa. El barrio residencial en el que vivía era a menudo tildado como el más seguro de la ciudad.

La calle callaba, bañada por la anaranjada luz de las farolas que se reflejaban en los coches de un modo especial que daba una enorme sensación de serenidad. Cuando dejó atrás la zona en la que se permitía aparcar, la atmósfera cambió, volviéndose aún mas bella. La luz de las farolas era sustituida por la de pequeños farolillos de luz blanca que guardaban a cada lado las puertas de las casas de lujo a las que pertenecían, las aceras eran mucho más anchas y con numerosa decoración floral.

Pudo vislumbrar su casa calle abajo, que sobresalía por encima de las demás. Aún con la tenue luz de los farolillos  se podía apreciar el colorido del cuidado jardín que ésta tenía a su alrededor. A través de los ventanales de la planta baja se proyectaba luz. Su esposa estaría aún despierta, esperándole... pero Armando no aceleró su paso, quería atesorar hasta el más mínimo segundo de aquella noche, de la felicidad que un mundo en calma y perfecto le ofrecía.

Armando era un hombre con suerte, a sus treinta y dos años había logrado ser feliz. Tenía su propia marca fabricante de Vehículos de diseño, que triunfó desde el primer momento y propulsó su capital más que considerablemente.

El éxito de su empresa le había otorgado una gran cantidad de tiempo libre, que invirtió en proyectos personales como sus tres novelas best sellers gracias a las que se le considera uno de los hombres más cultos e inteligentes del país: "El interior del pez viento", "Tricotando el alma" y "Admirando la perfección". Si, no cabía duda de que la vida había sonreído a Armando Martínez Parejo.

-Hace una buena noche, ¿Verdad señor Martínez?- José, su vecino estaba de pie en el césped de su casa en bata y fumando como siempre con su pipa, esperando a que su perro terminara de hacer sus necesidades para poder irse a dormir.
-Ciertamente, así es.- Armando le dedicó una sonrisa a su vecino, que la recibió con su tradicional mueca de admiración y sana envidia mientras asentía levemente con la cabeza.

Tras despedirse, Armando metió la mano en su bolsillo y sacó las llaves de su casa, abrió la puerta y entró.

Dejó caer las llaves en un pequeño cuenco sobre un bajo armario en el pasillo de la entrada y se miró en el espejo de la pared. Estaba algo despeinado pero seguía manteniendo su enorme atractivo, aún con lo cansado que se encontraba.

Cuando llegó al salón vio que Laura, su mujer, se había quedado dormida en el sofá. La despertó con un suave beso en la mano.
Laura era la mujer más bella que Armando había conocido en su vida, y no dudó un segundo en tomarla por su esposa. Sus largos cabellos negros brillaban bajo la pálida luz que proyectaba el televisor. Abrió los ojos, se giró un poco sobre el sitio soltando un leve quejido y dijo...
-Cariño... ¿Qué tal te ha ido? Te estaba esperando y...- Armando apoyó su dedo índice sobre los carnosos labios de su esposa.
-Estás muy cansada, ya te contaré mañana. -

Desde la entrada del baño vio como ella se levantaba lentamente cubierta con su pequeña manta de lana y se marchaba escaleras arriba. Luego, Armando entró en el baño y cerró la puerta.

Cuando abrió el grifo del lavabo notó como un pequeño destello horizontal en su visión que le hizo frotarse los ojos, pero trató de no darle más atención de lo necesario, achacándolo al cansancio.
Una vez se lavó los dientes y se puso el pijama, él también subió las escaleras.

Laura le esperaba de rodillas sobre la cama, mirándole con ojos de deseo. Él le devolvió la mirada y comenzó a andar lentamente hacia la cama.

Entonces, como un latigazo, la imagen que había visto hacía un minuto de Laura exhausta sobre el sofá le sacudió la cabeza, unido de nuevo al destello horizontal en su visión.
Sabía lo que era, sabía lo que iba a ocurrir y tenía que evitarlo a toda costa. Se agarró la cabeza por las sienes y comenzó a girar mientras gritaba. Miró a la cama y Laura había desaparecido, miró al techo y vio como, poco a poco, una luz sustituía todo.

Armando despertó, abrió los ojos y se incorporó violentamente, llevándose por acto reflejo la mano a su maltrecha espalda, que le propinó una dolorosa punzada.
Después de gritar varias maldiciones y tacos malsonantes, cogió un pequeño aparato cuadrado de la destartalada mesita de noche que tenía al lado (el único mueble de aquella ruinosa y diminuta habitación).

-¡¿Qué?! ¡¿Solo una semana y media?! ¡¡Pero qué clase de mierda me vendieron!!
El tubo estaba vacío, tendría que salir a comprar.
Se incorporó sobre la cama y se miró las manos. Tenía las uñas larguísimas y los dedos extremadamente huesudos al igual que el resto de su cuerpo, que sufría una notable desnutrición.
Se miró en un maltrecho espejo desde la cama y vio su rostro, que a pesar de su edad, parecía el de un anciano, con una barba grisácea que casi llegaba a su pecho. Se puso en pie y echó un vistazo a la habitación. Después de una semana y media requería al menos un par de minutos volver a la conciencia de su situación real.
La habitación de alquiler seguía siendo la misma, con las paredes desconchadas y vacía, salvo por el colchón medio rajado, el espejo roto colgado sobre la pared y la mesita de noche coja, sobre la que no había más que una vieja foto y un Conmutador Rem.

El conmutador Rem, el último y revolucionario invento producto de una de las más famosas multinacionales. Un aparato capaz de manipular la mente mientras se encuentra en fase rem, estimulando los sentidos mediante sonidos, ultrasonidos, aromas y leves señales luminosas, modificando a placer los sueños creados por el subconsciente. Un aparato creado para provocar sonrisas y mejorar el sueño de millones de personas...

Armando alzó la mano y cogió la foto de la mesita de noche, que fue tomada en sus años de instituto (cuando aún compartía aula con Laura Méndez), y la arrojó al suelo gritando de nuevo palabrotas sin sentido.
Debajo de la cama guardaba una pequeña caja de madera con el poco dinero que aún le quedaba del que le dejaron sus padres al morir. Cogió algo, se quitó la aguja y el vial de plástico que tenía adherido a la vena del pliegue de su brazo izquierdo y se dirigió a la calle.

Aquellos callejones sí que eran peligrosos, calles muy estrechas y de edificios altos en mal estado entre los que apenas pasaba la luz durante el día, mucho menos en la noche.

Al aproximarse a un portal de un bloque de pisos abandonado escuchó murmullos, así que metió su mano derecha en su bolsillo y agarró el trozo de cristal roto, que siempre llevaba como arma, preparado para sacarlo si fuera preciso. Pero al llegar al portal lo soltó: En éste no había más que un hombre de aspecto horrible, tumbado en el suelo junto a una batería oxidada a la que había conectado un Conmutador Rem. Aquel hombre se golpeaba la cabeza fuertemente con el puño una y otra vez mientras susurraba: -Duérmete...Duérmete...-
Armando sintió algo parecido a lástima, pero procuró pensar rápidamente para sus adentros que él era diferente, que no llegaba al extremo de aquel hombre, sin nada, en la calle... no, el tenía algo de dinero, tenía un lugar donde vivir... era diferente.

Antes de darse cuenta, llegó a la Plaza de los Tres Caminos, donde siempre solía andar la persona a la que estaba buscando.
-Armando, Armandito... ¿Otra vez aquí? -Armando se dio la vuelta, tenía detrás a Carlos, el hombre corpulento a quien había venido a ver.
-Necesito mas.... he traído dinero.
-Uff... ¿Sabes, Armandito? El precio del somnífero vial ha subido una barbaridad en estas dos semanas que te has pasado en el limbo... Con ése dinero que llevas te alcanza para un solo vial.
-¡¿Qué?! Es... es... es el triple de lo que te pagué la última vez...
-Yo no tengo la culpa, amigo. Pero decídete, ¿Lo tomas, o lo dejas?
-Está bien...

A pesar de lo que le dolían las piernas, en el camino de vuelta se apresuró muchísimo más.
Cuando entró de nuevo en la habitación, colocó el vial, se clavó la diminuta aguja en la vena del brazo e introdujo los datos en el Conmutador Rem. Cuando terminó, se sentó en el pie la cama y se dejó caer lentamente hacia atrás, preparado para adentrarse en lo que, para él, era su auténtica vida.

Volvió en sí, su esposa le estaba dando pequeñas bofetadas para intentar reanimarlo.
-Armando, te has desmayado. ¿Te encuentras bien? Cariño, ¿Has cenado algo?
-Sí, estoy bien, Laura. No te preocupes, habrá sido solo una pequeña bajada de azúcar. ¿Nos vamos a la cama? -Pero no hubo respuesta, su mujer estaba congelada en el sitio.
-¿Qué te pasa?... No... No puede ser... -Empezó a oler a humo, pero no había humo por ningún lado. Los ojos comenzaron a llorarle y pronto despertó por su propia tos.

De nuevo en aquella habitación, miró a la mesita de noche, donde el Conmutador Rem desprendía un denso humo negro que casi había llegado al techo. Armando se levantó horrorizado, y lo desconectó de un tirón, lastimándose la clavícula.

Dolorido y con un ataque de ansiedad se desplomó sobre el suelo delante del aparato sabiendo que no volvería a vivir aquella vida, que no tenía dinero para otro Conmutador.

Entonces, pensó que tal vez aquello no era real, que tal vez esa vida maravillosa sería su vida auténtica, que solo sufría un mal sueño. Se sentó en el borde de la cama y con los ojos abiertos de par en par se quedó mirando el suelo fijamente, estrujándose las sienes con las manos para intentar despertar.
Estuvo así durante horas hasta que, rendido, cerró los párpados... para no abrirlos más.

Miedo


 MIEDO


Laura acababa de mirar el reloj, eran las 3 de la mañana, sabía que vivía sola... pero estaba segura de haberlo oído.

Apoyada sobre el marco de la puerta de su dormitorio, congelada, pensaba que el hecho de que aquel sonido no se hubiera prolongado significaría que lo había imaginado, pero no era capaz de volver a la cama... estaba allí postrada, esperando a que sonara de nuevo.

Casi había separado la mano del marco para girarse y volver a acostarse cuando escuchó algo que despejó toda duda... No estaba sola. La cisterna del cuarto de baño del piso inferior había sonado.

¿Quién o qué había entrado en su casa? No había escuchado ningún golpe brusco, nisiquiera el irritante chirreo de la puerta de entrada. Pero fuera como fuese, habían entrado al interior.

Se asustó mucho, muchísimo. Las manos le temblaban mientras trataba de alcanzar en la oscuridad (sin apartar la mirada de la puerta) el teléfono que colgaba de la pared para llamar a la policía.

Luego dió varios manotazos al azar contra la pared para intentar encender la luz, logrando encender la del pasillo.

Aunque la lámpara del pasillo no estaba delante de su puerta, la poca luz que entraba a la habitación era suficiente para ver los números del teléfono, que eran de gran tamaño.

Mientras trataba de marcar con los dedos temblorosos se dió cuenta de lo que había hecho. La luz del pasillo se proyectaba escaleras abajo... quien hubiera abajo, ahora sabía que ella estaba ahí, despierta. Y eso le aterraba.

Se quedó de nuevo congelada, con el teléfono en la mano, tratando de captar sonidos. Y entonces escuchó los pasos. Alguien subía las escaleras.

Volvió su mirada al teléfono, que parecía vibrar por el temblor de sus manos... Tan solo había marcado el 0. Dirigiendo constantemente la mirada del marco de la puerta al teléfono y del teléfono al marco trató de marcar los otros dos dígitos.

Cuando solo le faltaba uno, una silueta corpulenta se plantó entre la tenue luz del pasillo y la entrada a su dormitorio.

Con el sobresalto, dió un paso hacia atrás y ahogó un grito. La silueta alargó el brazo y le quitó el teléfono de las manos, colgándolo sobre su sitio, en la pared.

-Abuela, ¿Qué te ocurre?

Laura le miraba aterrorizada.

-Soy yo, Luis. ¿No te acuerdas de mi? Tu nieto... estoy aquí cuidando de tí. ¿No te acuerdas?

El muchacho la cogió dulcemente de la mano y la acompañó a la cama.
De repente, y aunque no recordaba quien éra, Laura sintió que podía confiar en él, que realmente era su nieto, pero lo había olvidado.
Sabía que su enfermedad le hacía pasar malos ratos como éste.

Cuando se tumbó en la cama, el joven la arropó, le deseó buenas noches y le dió un beso en la frente. Laura cerró los ojos y se durmió enseguida.

Entonces, con cuidado, el muchacho salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente. Apagó la luz del pasillo y bajó las escaleras a oscuras.

Cuando llegó al salón, le hizo un gesto a su compañero, volvió a colocarse el pasamontañas y retomaron la búsqueda de objetos de valor. Aún quedaba otro saco que llenar.

2 Gatos

 2 GATOS
(Escrito en 2008)


00:39 – Ella camina, en la oscuridad de la madrugada, con la acera bañada a intervalos por la anaranjada luz de las farolas. Calle abajo de la avenida que acaba en el inicio del paseo marítimo.
No se escuchaba un alma, aquella zona siempre era silenciosa, mucho mas en la noche.

Por su cabeza pasaban un millón de pensamientos, pero ninguno era de miedo, éso no iba con ella.
Pero si que estaba nerviosa, no podía parar de juguetear con el papel que sostenía entre los dedos, se lo sabía de memoria, lo había leído y releído cientos de veces desde que, unas horas antes, lo cogiera en sus manos. “A la una menos cuarto, donde tú sabes”.

00:34 – Apenas había empezado a bajar la amplia avenida cuando Él la divisó, a lo lejos, en la otra acera. Pero no dijo nada, a pesar de morirse de ganas por estar cerca de Ella, simplemente la siguió con la mirada desde el otro lado de la calle, en la oscuridad. Sabía que ella no tenía miedo de andar por un lugar así a esa hora, e incluso que se sentiría ofendida si Él quisiera acompañarla por protegerla...Pero le preocupaba, así que lo único que podía hacer era acompañarla sin que ella pudiera saberlo.

00:42 – Estaba de pie, junto al banco de piedra donde habían quedado, apoyada sobre una papelera, justo delante de una enorme jardinera. La nota ya estaba arrugada dentro de una papelera. Todavía faltaban unos minutos... sabía que Él era puntual, pero no veía ninguna silueta lejana a lo largo del paseo marítimo, y eso la ponía nerviosa. No paraba de toquetear la pulsera que llevaba en su muñeca izquierda mientras miraba de un lado a otro. No veía aparecer a nadie.

00:45 – Algo le pellizca en la nalga, ahoga un grito, pega un pequeño bote y se da la vuelta.
Brillando por el reflejo de la luz del farol, puede distinguir dos ojos entre las hojas de los matorrales que bordean la jardinera.
-¡Miau!-
-Me has asustado, ¡Imbécil!-
Él se puso en pie, con una falsa sonrisa extremadamente pronunciada. La miraba con los ojos casi cerrados, casi cubierto de hojas.
-¡Hola!-
Ella le dio la espalda, como si estuviera enfadada por la broma que le acababa de gastar, pero ambos sabían que no era así.
Él se le acercó por detrás y la rodeó con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro. No dijo nada.
Ella acercó su dedo índice a la boca de él, que hizo ademán de morderlo. Justo antes de que lo hiciera, lo estiró y le golpeó en la nariz, haciéndole estornudar y casi perder el equilibrio.
Entre risas, Ella le empuja. Él la mira con un ojo cerrado y una ceja levantada.
-¿Qué pasa? Si ha sido culpa tuya. En fin, supongo que estamos en paz.-
Se miran fijamente unos segundos, había tal silencio que podían escuchar sus entrecortadas respiraciones.

00:38 – Desde la oscuridad de la otra acera, Él ve como Ella llega al lugar acordado, sonríe al ver como trata de colocarse bien la falda, como si quisiera estar bien preparada. Luego se asegura de que no le ve cruzar y, apartando varias ramas, entra en la jardinera. Desde allí la mira en silencio, con su reloj delante, esperando a que sean exactamente la una menos cuarto. Sabe que Ella espera que llegue por la parte izquierda del paseo, y se extrañará al no ver a nadie siquiera a lo lejos.

00:49 – Llevaban un minuto mirándose en silencio. El dio un paso adelante y la agarró por la cintura, ella cerró los ojos y acercó su rostro al suyo, estirando los labios. La paró en seco apoyando un dedo sobre los labios que le tendía.
-Aquí no.-
-¿Por qué? Si no hay nadie...-
-Mmmm... podría vernos la luna.-
-¿Qué quie....-
La agarró con fuerza y la empujó hacia el matorral del que había salido hacía unos minutos.

00:50 – La confusión que sintió por haber sido arrojada al interior de la jardinera desapareció al contemplar la belleza de aquel rincón. Había aterrizado en un suave colchón de césped que le acariciaba las piernas y brazos, era como si aquel lugar fuera mágico, como si los árboles se hubieran puesto de acuerdo en como colocar sus ramas y mecerlas para hacer que la luz bañara la hierba del suelo con formas que giraban sobre si mismas. El no tardó en aparecer, gateando por la hierba, hasta llegar a donde yacía Ella, tumbada.
Sin mediar palabra, se fundieron en un beso.

01:02 – Él sale a toda prisa de la jardinera, saltando por encima de las matas, levantando hojas y ramas.
Corre hasta el ancho borde de hormigón que separa la zona elevada del paseo de la arena de la playa. De un bote se pone en pié encima y estira su brazo derecho, lleva algo en él.
Ella no tarda en salir por el hueco que dejó.
-¿Qué haces? ¡Devuélvemelo!-
-Un colgante con forma de llave... Vaya casualidad.-Al mirar el colgante a contraluz de la luna, se da cuenta de que está llena. Se gira hacia la playa -La marea está...-
Ella aprovecha su despiste para acercarse lentamente y, de un salto le quita el colgante de la mano.
Al quitárselo, Él pierde el equilibrio y cae a la arena desde la altura del borde.

01:00 – Él se fija en el pecho de Ella, uno de los botones se había desabrochado y dejaba ver un colgante plateado... por alguna razón eso le llamó la atención.
-¿Qué miras?- Preguntó Ella.
-Ésto que tienes aquí, ¿Qué es?- Señalándolo con el dedo.-
Ella se incorporó para responderle, pero antes de que lo hiciera, Él la abrazó con fuerza mientras besaba su cuello y, mientras que ella suspiraba con los ojos cerrados y sin que se diera cuenta, le desabrochó el colgante.

01:06 – Ella baja por la escalera que lleva del paseo a la arena, mientras mira la silueta de Él en el suelo con cara de “no me lo trago”.
Cuando va a agacharse junto a él, éste se incorpora rápidamente y la tumba en la arena. Ruedan hasta que el queda encima, formando un arco sobre ella con sus brazos. La besa.
-¿No decías que no querías que nos viera la luna?- Le dijo Ella con una sonrisa burlona.
-Qué va, si es maja. Mira como nos ha dejado el mar.- Apoya su dedo índice en la barbilla de Ella y le gira la cara, en dirección al mar.
El agua parecía haber salido de su lugar, como liberada. Bañando la arena mas de lo normal como una suave manta apoyada sobre la arena que extendía la orilla. La mas bella marea alta que había visto jamás.

01:26Ambos se habían quitado los zapatos y andaban por el agua de la orilla, mientras hablaban de todo lo que no habían podido hasta aquel momento.
-Ojalá no estuviera tan fría el agua.-Dijo El.
-¿Tan fría te parece? A ver...- Ella se agachó y cogió agua con las manos, lanzándosela a El en la cara.
Al intentar apartarse para esquivarlo, su pié resbala con una piedra y cae, empapándose entero.
Ella rompe a reír.
Él se levanta con una falsa cara de enfado y pone una (falsa también) expresión de furia. Comienza a imitar un rugido animal y corre tras de ella, que continua riéndose mientras trata de esquivarlo.
Él la alcanza, la rodea entre sus brazos y caen juntos en la zona mas profunda. Los dos cuerpos se hunden.
Cuando emergen, son uno de nuevo.

Al separar sus labios y abrir los ojos, se vuelven a mirar fijamente. Lo único que escuchan son sus jadeos y las leves olas del mar que pasan entre ellos.
En un intento de parar algo invisible que parecía estar a punto de hacerles explotar, ella habla.
-Tu también tienes un colgante...- Mientras acaricia su cuello alrededor del colgante, El la mira de nuevo con esa sonrisa tan pronunciada, mientras apoya las palmas de las manos sobre su cara. La besa con fuerza mientras se dejan llevar de nuevo a la orilla.

02:25 – Ella abre los ojos, se había quedado dormida. Se viste con las prendas que yacían en la arena, a su lado, aún empapadas.
El estaba semidesnudo, de pié en la orilla. Un pequeño destello le hace darse cuenta de que tiene algo en la mano. Se palpa el pecho y no nota el colgante. “Otra vez me lo ha quitado”, piensa.
Se acerca y le pregunta:
-¿Me has vuelto a coger el colgante?
-Si, mira.- Sobre su mano izquierda estaba el colgante con forma de llave de Ella. En la derecha, el colgante que Él llevaba esa noche... una pequeña cajita plateada con una cerradura.- ¿Lo probamos?-
Ella asintió. Él Metió la llave en la cerradura encajando perfectamente y la giró, abriendo por primera vez aquel colgante.
-¿Qué hay dentro? - Se inclinó sobre su hombro para verlo.
Tan solo había dos diminutos cascabeles, sostenidos con dos cordeles.
-¿Quieres quedarte uno? -Pero antes de obtener respuesta ella ya le había quitado uno de ellos de las manos, le había intrigado lo pequeños que eran.
-Claro, uno es mio. sin la llave no podrías haberlo abierto.- dijo mientras trataba verlo de cerca.

02:46 – Estaban en pié juntos en el lugar donde, para ellos, había comenzado la noche. Donde también terminaría.
Se besan por última vez y los dos se giran, para no poder ver como se aleja el otro.
Cada uno toma una dirección, en aquel paseo marítimo que había sido testigo del arder de sus almas.

Mientras camina, él saca de su bolsillo el pequeño cascabel, y lo ata a su cuello. Cierra los ojos pensando en ella... al abrirlos, sus pupilas se habían vuelto felinas.
Ella termina de atar el suyo a su pulsera, mientras sus cabellos dejan paso a unas picudas orejas...

03:00 – Aquella noche, en aquel lugar, no había nadie. Tan solo un par de gatos que deambulaban bajo la tenue luz de la luna.


Cassette

CASETTE

Barriendo el polvo 




Aún recuerdo todo, con una claridad y una precisión milimétrica, como si fuera un video en tres dimensiones que puedo controlar como quiera proyectando su imagen directamente en mi cabeza.
Serían las cuatro de la madrugada, caminaba junto a Marina por la avenida mas rápida de vuelta a casa desde la tasca. Ella no se encontraba demasiado bien.


Pausa, Rebobina. Reproduce


Marina estaba apoyada sobre la barra, Miguel no paraba de molestarla, al parecer se había cansado ya de insistir en que me bebiera otra copa y, en su estado, seguramente ella era mas fácil de convencer.


Pausa, Avanza. Reproduce


Agarro a Marina con fuerza, no parece poder controlar los tumbos que da.
-Illo no veas como va esa, ¿No?- Escucho detrás mía.
Me giro y veo a un individuo de patéticas pintas. Iba en chándal, con una gorra sobre su cabeza a casi 90º, una cara de gesto desagradable en la que destacaban sus mejillas llenas de huellas de granos y una pronunciada barbilla con dos o tres pelajos de lo que parecía ser un intento de perilla.
Aunque estaba bastante claro(con tan solo un vistazo) que su madurez y edad mental no eran gran cosa, por su físico diría que tenía mi edad.
Me limité a ignorarle.


Pausa, rebobina más. Reproduce


No terminaba de entender como había dejado que Marina me arrastrase a aquel lugar, hacía meses que no salía y si, me gustaba estar con ella y con algunos de nuestros amigos, pero tenía claro que aquel sitio no era para mí. Tampoco es tan de extrañar que me acabara sintiendo incómodo de estar en un lugar donde servían garrafón con buenas etiquetas a paupérrimos precios para jóvenes y donde el ochenta por ciento de los tíos (incluidos mis supuestos amigos) se comían a mi novia con los ojos.


Pausa, Avanza. Reproduce


-Illo, ¿Tienes un cigarro?- Aquel tipo nos estaba siguiendo.
-No, no fumo.-
-¿Y esa?
-Tampoco tiene.


Pausa, Rebobina aún mas. Reproduce


Llamaron al timbre y poco después escuché como alguien subía a toda prisa la escalera.
La verdad, no me apetecía ver a nadie después de lo que me había pasado aquella mañana, pero mentiría si dijera que no me alegré al ver a Marina cuando la puerta de mi cuarto se abrió.


Pausa, Avanza. Reproduce


-Illo que dices, si la he visto fumando un montón de veces.
-No tiene.


Pausa, Rebobina... algo menos que la última vez. Reproduce.


Marina estaba sentada sobre mi cama, al lado mía. Sin duda su presencia me hacía sentirme mejor, pero mi cara seguía mostrando cierto grado de tristeza.
-Ya verás, esta noche vamos a salir. Hace ya unos meses que por culpa de las putas clases no vemos a nuestros amigos de siempre. Verás como te sentirás mejor.


Pausa, Avanza. Reproduce


-Illo pues dame un par de euros que le compre yo, ¿no primo?
-No llevo dinero.
-Si, venga.. que vas a ir con una tía del brazo a las cuatro de la mañana sin llevar ni un cigarro ni un triste euro... ¿Me estás vacilando o que?


Pausa, Rebobina mas, bastante mas. Reproduce.


Acababa de salir del cementerio. Estoy destrozado, incluso me atrevería a decir que mas que mi padre.
Si hay alguien a quien realmente respetaba y confiaba, alguien con quien de verdad compartía un vínculo inquebrantable, ese era mi abuelo. Me va a costar mucho tiempo aceptar que se ha ido.


Pausa, Avanza. Reproduce.


-En serio, no llevo nada... -
Aquella escoria saca una navaja y se pone delante nuestra, impidiéndonos seguir. Probablemente si Marina no hubiese estado así de borracha, habríamos salido ambos corriendo y la noche hubiera terminado poco después en mi casa, calentitos y abrazados.
Pero el gilipollas de Miguel la había presionado para que bebiera mas.


Pausa, Rebobina mucho menos. Reproduce


Miguel me miraba con cara de decepción.
-Tantos meses sin saber nada de vosotros y ahora vienes así y nos estás cortando el rollo mas que otra cosa.
-Joder, que ha perdido a alguien ¿eh? -Dijo Marina con toda la seriedad que el alcohol le permitía.
-Pues que lo encuentre y nos deje en paz.-Respondió Miguel entre risas que se le escapaban. Sabía perfectamente el vínculo que tenía con mi abuelo y que había fallecido hacía menos de cinco días.


Pausa, Avanza. Reproduce


Aunque nos miraba como si le interesara mas burlarse de nosotros que hacernos daño, lo cierto es que las piernas no me paraban de temblar.
Hizo ademán de acercarse a nosotros, y aunque retrocedí, el fue mas rápido.
Agarró de un tirón a Marina y fue a hacer la broma de tomarla como rehén poniéndole la navaja en el cuello. Desgraciadamente sus reflejos también estaban mermados, probablemente también había estado empinando el codo aquella noche.
No me dió tiempo a hacer nada.
Marina se le escurrió de entre las manos y se llevó un corte, vertical, justo en la yugular. Cayó de rodillas y se desplomó sobre el suelo, soltando sangre a borbotones. Me arrodillé a su lado de inmediato, en estado de shock.
Aquel imbécil dio dos pasos atrás y empezó a agitarse, nervioso, asustado, como un niño chico que acababa de romper un jarrón sin querer.
Marina soltaba leves gemidos constantes, escupiendo sangre mezclada con vómito. Me quité la chaqueta y le tapé la herida apretándola con fuerza. Hice lo que pude, pero no sirvió de nada.


Pausa, volvamos al presente.


-Hijo, escúchame bien, ésto es muy serio. Se que estás mal pero tienes que escucharme y hacer bien las cosas. Ésto te puede arruinar la vida.- Mi padre trata de hacerme entrar en razón, pero a mi no me importa. Ya NADA me importa.
-...
-Sabemos que querías mucho a Marina y no puedes soportar el haberla perdido, pero no querrás que ahora tu madre y yo te perdamos a ti, ¿Verdad?


Reproduce.


Me levanto. Me siento como si se me hubiera olvidado quien soy, que hora es, donde estoy, o incluso como mover mi cuerpo, como si no supiera nada.
Miro hacia delante y veo a aquel trozo de mierda mirando a Marina con los ojos abiertos de par en par y las manos en la cabeza. Sin duda arrepentido.
No me lo pienso porque no tengo nada que pensarme.

Corro hacia el y...


Pausa. Velocidad lenta. Reproduce.


Estampo mi puño en el lado izquierdo de su cara, noto perfectamente como su dentadura cede al otro lado de su mejilla, arrancando algún diente de cuajo.
El golpe le hace retroceder y golpea una valla de madera, que retumba bajo su peso.
Trata de incorporarse para defenderse pero antes de siquiera reaccionar al primer golpe, mi otro puño le revienta la nariz.
Me cae sangre en la cara, no me importa en absoluto.
No le doy tiempo a hablar, ni a respirar, ni siquiera a mirarme.
Mis golpes destrozan su cara sin parar. Aprieto mis dientes con tanta fuerza que me empieza a doler.


Pausa. Rebobina mucho, muchísimo mas. Velocidad normal, Reproduce.


Estoy en la tasca con mis amigos, me encanta salir con ellos.
Adoro los fines de semana, o los paso con mis amigos en la tasca, o con mi abuelo en su casa de campo.
Aunque la conocía de vista de antes, hoy me han presentado a Marina. No puedo dejar de mirarla.


Pausa. Avanza. Velocidad Lenta. Reproduce.


Uno de mis golpes le revienta el oído y le hace arrastrarse un par de metros hacia un lado. Aprovecha para tratar de huir pero su sentido del equilibrio es ya inexistente y da de bruces contra el suelo.
Salto sobre el notando como sus costillas se quiebran bajo mis rodillas, mientras vuelvo a retomar la sarta de golpes sobre el amasijo de carne ensangrentada en el que se estaba transformando su cara. Me dolían mucho los dedos. Seguramente me habría roto mas de uno, pero no tenía la mas mínima intención de dejar de golpearle.
Veo como uno de sus globos oculares se sale de la cuenca, para poco después reventar bajo mis nudillos. No paro, ni aminoro los golpes, en ningún momento.
Por algunas zonas, casi empiezo a notar el asfalto bajo la carne irreconocible de su rostro.
Ya no respiraba.


Stop. Guarda la cinta.


-No papá, no pienso hacerle caso al abogado.
….

..
En poco, muy poco tiempo perdí todo lo que quería en mi vida. Ahora me quieren quitar la libertad y ni siquiera me importa.
Me llamo V, tengo 23 años y odio este puto mundo.

El Pueblo Duerme 1º Parte.


Apenas hacía unos minutos que había caído la noche en Saint-Piereg, su gente se apuraba en terminar las tareas para poder refugiarse de la oscura y fría noche en sus casas.

-¿Ya estás otra vez con tus juegos? -Las palabras de Estela sonaban con demasiada ternura como para considerarse una reprimenda.
Apoyada en la ventana, Araceli (su hermana pequeña) le dirigió una sonrisa sin dejar de prestar atención a la calle, por la ventana, tras la cortina de la que tan solo había levantado la esquina.
-Yo no hago nada... solo les doy un empujoncito... ¡Ahí viene!

Al otro lado de la calle, Carmen terminaba de recoger las cajas de fruta. No había sido el día de mas ventas precisamente. Estaba cansada y deseando terminar y acostarse.

Araceli cogió a toda prisa el bote de aceite para los candiles y, abriendo la ventana unos centímetros, derramó todo su contenido en el suelo de la calle.

-¡Araceli! -Gritó Estela.
-Shhhhh.. -La calló su hermana pequeña.

El gendarme Rodrigo subía andando la calle mientras jugueteaba con los dedos entrelazados, nervioso. Esperaba ansioso pasar por al lado de la frutería para saludar a Carmen, aunque nunca parecía atreverse a hablar más con ella.

-Buenas noches señori... -Rodrigo resbaló con el aceite y se estampó contra una de las cajas de plátanos, esparciéndolos por la calle.

Carmen salió apresurada.
Ambos se disculparon y recogieron lo que quedaba mientras charlaban con timidez.

Araceli dejó caer de nuevo la cortina y miró a Estela, mordiéndose el labio.
-¡Misión cumplida!
-Estas hecha una celestina... o una gamberra. No te sabría decir.
-¡Soy como cupido! -Gritó con entusiasmo mientras estiraba los brazos y se apoyaba sobre una sola pierna, como si interpretara una extraña danza.
-¡¡Tttzzzap!! -Hizo como si le disparara una flecha a su hermana.

Estela soltó un resoplido y dijo:
-Ya hace tiempo que se puso el sol, ¿No deberías irte a la cama?.
-Aguafiestas. Creía que íbamos a celebrar lo que acabo de hacer en el nombre del amor.
-Eli, es tarde...
-Bueeeeeno. -No podía ocultar que se caía de sueño.

Araceli se perdió en el pasillo hacia el dormitorio, sin dejar de interpretar su “danza de cupido”, mientras Estela la miraba de reojo.

Cuando escuchó la puerta de la habitación de su hermana cerrarse se levantó para apagar el candil, echando un último vistazo a la calle, donde vio a Rodrigo despedirse de Carmen con un beso. Esbozó una sonrisa y apagó el candil, preparada para irse a la cama... o eso diría cualquiera.


La noche quedó en silencio.


Aún no había llegado el alba pero Roberto ya estaba despierto.
Encendió una vela mientras se rascaba la oreja y estiraba las piernas para intentar desperezarse, se puso en pié de un salto y, llevándose consigo la vela, comenzó a bajar las escaleras, aún con los ojos medio pegados, para poner a punto el horno.

A pesar de que Saint-Piereg era un pueblo pequeño, contaba con una considerable cantidad de habitantes que pasarían en unas horas a buscar su pan, como cada mañana.

Una vez cubrió su pelo con una enorme redecilla y se abrochó su delantal, cargó con un saco de harina hasta la enorme mesa cuadrada del centro de su tienda y comenzó a preparar la masa.
Como cada madrugada, centenares de pensamientos sobre trabajos mejores le atravesaban la mente.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se incorporó y miró detrás suya. Nada. Miró al otro lado del escaparate de la panadería. Solo la calle oscura, vacía. Sacudió la cabeza y continuó con la masa y con sus pensamientos. Entre bostezos amasaba una y otra vez la mezcla de harina y agua.

Un segundo escalofrío le hizo soltar el rodillo, que rodó por la mesa y cayó al otro lado.
De nuevo, dio un rodeo con la vista, pero esta vez algo le llamó la atención.

Al otro lado del escaparate, dos pequeñas luces juntas de un rojo intenso. Parecían ojos.
Se frotó los párpados al tiempo que caminaba hacia ellas.

Casi estaba apoyado en el cristal del escaparate cuando éste se hizo añicos. Algo se abalanzó sobre Roberto, tirándolo al suelo.

En cuestión de segundos, mientras Roberto trataba de defenderse, aquella cosa le rajó el brazo de una zarpada, del hombro al codo.

Roberto logró incorporarse y correr hacia la mesa.

La sangre se mezcló con la harina de ésta cuando, en un intento desesperado, buscó a tientas el rodillo con el que segundos antes había estado trabajando, sin apartar la mirada del monstruo, que caminaba lentamente hacia él, sediento de sangre. No lo encontró sobre la mesa.

Un segundo zarpazo de la bestia hirió a Roberto en la pierna, justo en el momento en el que saltaba sobre la mesa.

Logró esquivar una dentellada, haciendo que la bestia arañara la mesa con los colmillos, llevándose a la boca una considerable cantidad de masa.

La bestia retrocedió varios pasos moviendo efusivamente la mandíbula para tratar de escupirla, lo que le dio a Roberto tiempo de estirarse desde la mesa para agarrar la pala del horno y rompérsela al monstruo en el hocico de un rápido movimiento.

La bestia cayó al suelo, aún tratando de escupir la masa.

Roberto se arrastró hasta el borde de la mesa y bajó de ella, cojeando en dirección al enorme agujero del escaparate. Lograría escapar.

Pero, tan pronto como el monstruo logró sacarse toda la masa de la boca, se puso en pié como si el golpe no hubiera sido absolutamente nada. Corrió hacia Roberto y lo placó de un golpe, rompiéndole la espalda.

Apretó uno de sus peludos pies sobre el pecho del pobre panadero, rompiéndole las costillas.
Los gritos de Roberto se ahogaron con su propia sangre, que le salía a borbotones de la garganta.
La bestia se relamió la sangre y se marchó, llevándose el delantal de Roberto sin percatarse, adherido al pelo de su pierna por una pegajosa mezcla de sangre, harina y agua.


El canto de un gallo señaló el alba en la distancia, y Saint-Piereg despertó bajo una extraña brisa de desconcierto.

Todo el mundo comenzó sus tareas habituales, ignorando lo que acaeció durante la madrugada de la noche anterior.


El gendarme Ángel trataba de evitar la terrible vista a todas las personas que, como cada mañana, se habían acercado a la panadería “El Peluso” a comprar el pan caliente.

La gente no paraba de lanzar preguntas, atosigando al pobre gendarme.

-Señores, NO SE lo que ha pasado aquí. Mi compañero viene junto al Alcalde para tratar de poner un poco de orden y tratar de entender que ocurrió aquí anoche. Por favor, despejen la zona.

Celia andaba calle arriba a paso ligero. No quería quedarse sin pan.
Se extrañó al ver a tanta gente apiñada.

Cuando se acercó lo suficiente como para ver los trozos de cristal manchados de sangre, llevó sus manos rápidamente a los ojos de Mirabay, su pequeña, evitando que viera tan terrible escena.
-¿Qué pasa mama? Me dijiste que me darías un cachito de pan caliente...
-Te compraré mejor una manzana, vamos. -La cara de Celia perdió el color mientras cruzaba el callejón de la derecha, perdiéndose rumbo a la frutería de Carmen.

El inconfundible sonido del bastón del alcalde chocando con la piedra de la calzada hizo que todos los presentes giraran la vista. Calle abajo, se acercaban el alcalde Víctor junto al gendarme Rodrigo.
Rodrigo Se quedó en el exterior, echándole una mano a Ángel para contener a la gente.

-Santo cielo... -Fueron las primeras palabras del alcalde al ver el estado del cuerpo de Roberto, llevándose la mano a la boca.

Se dio media vuelta aún con la mano en la cara y dijo:
-Marchaos. Todos. Tendremos asamblea esta tarde, a las cinco en punto. Ángel, Rodrigo, venid un momento...

En la taberna de Javier no se habló de otra cosa en toda la mañana. De hecho, fue el tema del día en todos y cada uno de los rincones de Saint-Piereg.

El tiempo pareció pasar mas despacio de lo habitual, hasta que llegaron las cinco de la tarde.

-Tomen asiento, por favor. -El alcalde, desde el otro extremo de la gran sala, trataba de dirigir el tropel de personas que acababan de entrar por la puerta.
-Como seguro bien sabéis todos, la pasada madrugada murió Roberto, nuestro querido panadero.
-Dirás que lo asesinaron. -La voz de Elan, el herrero, destacó entre la de los demás. -Creía que las malditas vallas del pueblo servían para algo. Debimos haberlas puestos de metal, tal y como yo sugerí...
-No ha sido un animal. -El cazador, Yago, interrumpió a Elan. -He visto cientos de heridas provocadas por animales, y los rastros dejados en la panadería...
-¡Tu mismo dijiste que lo que tiene el cadáver de Roberto en el cuello son dentelladas de lobo! -Comentó Rodrigo, extrañado.
-Si, estoy de acuerdo en que coinciden con la forma, pero no con la fuerza. Un lobo normal nunca habría podido hacer añicos el grueso cristal de la panadería.
-Dices entonces, que fue un hombre acompañado por un lobo...? -Comentó Daniel el zapatero, con cierto desdén.
-Eso tendría mas sentido, pero debería ser un lobo enorme para tener semejante fuerza. Rodrigo y yo hemos peinado el pueblo entero y no hemos encontrado nada, por lo que debería haberse marchado del pueblo antes del amanecer.
-¡Eso es imposible! -Contestaron Ángel y Elan, casi al unísono.
-Hernando ha estado toda la noche vigilante y asegura que nada ni nadie ha pasado por esa puerta hasta esta mañana. -Prosiguió Ángel -Y hemos inspeccionado toda la valla del pueblo. No hay ni un solo resquicio abierto. Como no tenga alas el lobo...

Las puertas de la sala se abrieron de golpe, y todo el mundo se sobresaltó.
Un hombre delgado y alto apareció apoyado sobre el marco, con un sombrero inclinado que tan solo dejaba ver su barbilla.
-Lo que estáis buscando es un licántropo. Un hombre lobo. -Dijo.
-¿Quien eres? ¿De donde has salido? -Le preguntó el alcalde.
-Mi nombre es Yeray. Me gano la vida haciendo las cosas que los demás no saben o no quieren hacer... Soy cazarrecompensas. -Todo el mundo esbozó una mueca de incredulidad.
-Y no, no soy el asesino. -Prosiguió Yeray. -Podéis hablar con Hernando para daros cuenta de que he llegado ésta mañana al pueblo. Muy bonito, por cierto... lástima que haya un hombre lobo en él.
-¿Insinúas que alguien de este pueblo es un hombre lobo? -Volvió a preguntar el alcalde.
-Tendría sentido... -Se escuchó decir a Yago en voz baja.
-No lo insinúo, lo afirmo. -Respondió el cazarrecompensas. -Alguien de éste pueblo es un hombre lobo y, si estuviera en vuestro pellejo, empezaría por investigar a aquellos que no han venido a ésta reunión. No suelo dar consejos gratis, aprovechadlo. -Terminó Yeray, que le dio un trago a su petaca y se marchó de la sala, cerrando la puerta.

La reunión continuó hasta mas de media tarde.
Se concluyó que el gendarme Rodrigo estaría a la cabeza de la investigación.
-Sería interesante que, los que os acostasteis mas tarde, nos comentaseis cualquier cosa que recordéis que hayáis visto extraño en la calle. -Comentó Rodrigo. -Javier, tu sueles terminar tarde en la taberna, y está en la misma calle que la panadería. ¿No viste nada?
-Yo me niego a creer que alguien de éste pueblo sea un monstruo... -Contestó Javier, tajante.
-Lo entiendo, pero si recordaras algo, ¿Lo dirás? -Insistió Rodrigo.
-Trataré de recordar... -No parecía muy dispuesto a colaborar.



Aunque todo el mundo esperaba que se tratara de un crimen aislado, Saint-Piereg se fue a la cama con miedo aquella noche.

En una de las casas donde aún no se había apagado la luz...
-Se que tienes miedo, pero tienes que descansar. Piensa en cosas bonitas y verás como te duermes. -Estela tranquilizaba a su hermana.

A regañadientes, Araceli se fue a la cama.
Minutos después, y como cada noche, Estela guardó las telas con las que estaba trabajando y fue a apagar el candil. Pero no para acostarse, nunca era para acostarse.

Cuando lo apagó, tiró de el. Haciendo que se revelara una pequeña puerta oculta tras la piedra de uno de los muros del salón. Entró en ella y se perdió en la oscuridad.

Araceli acostumbraba a dormir toda la noche de una vez, sin embargo el miedo había hecho que llevara ya una hora dando vueltas en la cama, sin poder dormirse.
Decidió levantarse, con suerte su hermana aún no estaría dormida y podría hacerla sentir mejor.

Al llegar al salón, se cruzó con Estela, que salió de una puerta casi invisible, de la pared. Llevaba puesto un delantal con manchas de un líquido carmesí.
Araceli se quedó paralizada mirándola, como si acabara de ver un monstruo.
Con la cara en una mezcla entre sorpresa y rabia, Estela le dijo en voz baja apretando los dientes:
-Espera, Araceli. Vamos a hablar un momento. Ven...

CONTINUARÁ...

jueves, 19 de mayo de 2011

Gallina-Gate (1º y 2º parte)

GALLINA-GATE


Poco podía esperar de la vida Marcus a estas alturas. Eligió vivir sin preocupaciones,  alejado de cualquier presión, de cualquier reto. Y es que Marcus no era precisamente un lumbreras, lo único que se le daba mínimamente bien (aunque sin destacar) eran algunas de las tareas del campo, por eso eligió vivir en una apartada granja, solo.

Marcus no era el tipo de hombre de campo que forma una familia y pasa sus tierras, recursos y conocimientos (en este caso escasos) de generación en generación. Le costaba muchísimo relacionarse… eso, unido a su poca agraciada figura y rostro le habían impedido siempre hacer amigos, mucho menos pareja. Tenía la cara redonda, con ojos pequeños, nariz muy ancha y cejas extremadamente pobladas, siempre solía llevar bigote y barba de varios días.
Su pelo era muy rizado y, a pesar de tener calva, el poco pelo de alrededor de su cabeza lo acostumbraba a llevar bastante largo, no le gustaban los peluqueros.  Era bajo y bastante obeso, aunque por algún problema hormonal porque comer, comía poco.

Aquella tarde volvía sudoroso de labrar en el campo, estaba resfriado pero no había podido coger frío ya que estaba en pleno verano y hacía un calor que tumbaba. Probablemente era algún virus, o eso pensaba el.

Antes de cruzar el pequeño escalón para entrar en su casa, estornudó. Manchó su cara y el suelo de mocos, "limpiándolo" con la suela del pie y pasándose el antebrazo por la nariz y la cara. No se molestó en lavarse luego, ni siquiera para empezar a preparar la comida.

Una vez hubo terminado de preparar los pequeños pedazos de carne de pollo (algunos casi quemados, otros apenas hechos) los puso en un plato y se sentó en la mesa.

Con los dedos aún grasientos de haber usado la máquina de labrar y cocinar el pollo, fue cogiendo y devorando uno a uno los trozos de carne, dando de vez en cuando pequeños sorbos a una botella de vino que, al parecer, siempre estaba en la mesa. Vino... esa era una de las pocas cosas que Marcus compraba en el pueblo camino abajo. Procuraba ir lo menos posible porque se sentía rechazado entre la gente de allí. Al terminar de comer se limpió la boca con el antebrazo, aún lleno de mocos, provocándose una desagradable sensación.

Cuando terminó la botella de vino mientras descansaba en el porche de su casa, recogió los restos de comida y las cáscaras de la fruta del postre, los metió en un pequeño cubo de plástico azul y se los echó a las gallinas. Los gallineros estaban justo al lado del porche, a Marcus no le gustaban los típicos gallineros de alambre sin techo, así que había construido con piedra y cemento un gran gallinero que bien podría pasar por una habitación de la pequeña casa si una de sus paredes no fuera de tela metálica. Tras recoger los 3 únicos huevos que las 14 gallinas habían puesto y gritarles unos cuantos insultos y maldiciones desagradables por no haber recuperado la inversión que hacía en pienso, partió de nuevo a trabajar en sus tierras.

No, aquel día no parecía especial en ningún sentido, pero a partir de aquella noche, las cosas nunca volverían a ser igual para Marcus.

Ya prácticamente había anochecido, Marcus volvía cansado de trabajar. Se sentó en el mellado sofá del pequeño salón de la casa a ver la televisión. Un televisor en blanco y negro bastante pequeño y resentido ya con el paso de los años, casi era conveniente verlo a un palmo de distancia, y no por el tamaño de la imagen sino porque cada 2 o 3 minutos había que darle un golpecito. Marcus tenía siempre preparado un palo tallado de madera con el que podía alcanzarlo desde el sofá.

Le entraron ganas de ir al baño. El baño lo tenía fuera de la casa, cruzando el porche, pasando por delante del gallinero.

En el exterior (ya totalmente de noche) siempre había un extraño clima sombrío que a cualquier persona le daría miedo o por lo menos un pronunciado escalofrío, pero Marcus ya estaba acostumbrado. Más si añadimos el hecho de que al estar fuera de la casa no tenía luz eléctrica.

Se metió en el interior del baño y se bajó los pantalones. Mientras estaba sentado en la taza pensó que al día siguiente tendría que ir a comprar pan al pueblo, esa idea no le agradaba.

-Cómete mis heces...-
Una voz suave pareció susurrarle al oído. A pesar de la suavidad de la voz, Marcus se sobresaltó de tal manera que se cayó de la taza. Se levantó y se subió rápidamente los pantalones. Lo había escuchado, había alguien en el gallinero. Se lamentó de tener la escopeta en el dormitorio de la casa, y miró alrededor para buscar algo con lo que agredir al intruso. Cogió un cazo que usaba para "evacuar" el WC tirándole agua desde una pila de lavar, a falta de cisterna.

Salió decidido, pero con miedo.

-Cómete mis heces...por favor.-
La voz volvió a sonar. Ésta vez no le cabía la menor duda, venía del gallinero. Entrecerró los ojos para tratar de buscar una figura en la oscuridad del interior del gallinero, sin éxito.

Entonces, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta de alambre y entró, cerrándola tras de si. Las gallinas dormían sobre los pequeños troncos que atravesaban el gallinero de un lado a otro. Trató de forzar la vista pero ya estaba bastante claro, allí no había nadie.

Se dio un par de golpes con la mano en la sien. Se lo había imaginado, no podría ser otra cosa. se giró hacia la puerta para salir de allí y entonces, una vez mas, volvió a oír esa voz.

-¿Es que no me escuchas?...-
Marcus se giró y miró hacia la esquina opuesta, apenas se distinguía una luz.
-Estoy esforzándome, ¿No me oyes?-

Se acercó a aquella diminuta luz, estaba empezando a asustarse de verdad.
-Si, sé que me estás escuchando...- Continuó la voz.

Eran.. ojos. Esa luz provenía de los ojos de una gallina, acurrucada en la esquina con la mirada perdida.

La voz también salía de ella aunque, de alguna forma, era lanzada directamente al oído de Marcus, de modo que podía notar que solo él podía oirla.
-Ésto no es verdad, las gallinas no hablan eh...-Marcus parecía empezar a calmarse y tomárselo de broma.
-Yo no soy una gallina... bueno, no una gallina normal.- Marcus pasó de poner una cara de burla a una de medio enfado.
-Cagón.. mira que hay cosas pa soñar, y va y me pongo a soñar ésto.-
-No es un sueño, Marcus. Por favor, cómete mis heces.
-¿Y esa chorrada de las heces? ¿Eso qué es?
-Las heces son los excrementos, Marcus. La caca.
-¿¿Osea que quieres que me coma tu caca??¿¿Va en serio?? Ni muerto, aunque esto sea un sueño.-

La gallina se inclinó a un lado. Dejando ver las heces que había depositado sobre un pequeño plástico en el suelo.
Las heces de las gallinas suelen ser amarillentas o incluso con tonos verdes...pero aquellas heces eran azules. Un azul tan brillante que casi brillaba de un modo atrayente.
Marcus se quedó atónito. Mientras mas las miraba, mas se preguntaba que sabor tendrían.
-"(Pero ¿Qué sabor? en los sueños nada sabe a nada)".
Aunque pensar eso no le bastaba para detener las extrañas ansias que sentía por probar aquello hasta que, por fin, se convenció a si mismo.
-Está bien, pero porque es un sueño.
Entonces, se arrodilló sobre la tierra medio barrosa del gallinero y se inclinó para coger aquel extraño "material".

Se lo metió en la boca, sabía a manzana.
Entonces cayó en la cuenta. Estaba sintiendo sabor, por lo que no podía ser un sueño. El sol tan fuerte que había hecho, el haberse olvidado ésa tarde de su sombrero de paja... aquello era una leve alucinación provocada por algún tipo de insolación y lo que acababa de comer era sin duda restos de la fruta que comió al mediodía.
Se apresuró a mirar a la gallina, que dormía plácidamente. No había ningún brillo ni escuchaba ninguna voz extraña. Se sintió estúpido.

Sin mas se dio la vuelta y salió del gallinero.

Mientras volvía a casa pasando por el porche empezó a sentirse mareado.
-"(éste maldito catarro...").
Pero no llegó a abrir la puerta a la casa. Marcus cayó en redondo sobre el llano de cemento del porche, inconsciente.

Cuando abrió los ojos, aún era de noche. Se levantó y recordó lo que había pasado. Al ver que se había defecado encima, acabó dando por hecho que simplemente se había desmayado en el porche y todo había sido un sueño, que ni siquiera había llegado al baño. Entró en la casa, se aseó un poco y se metió en la cama. Las siguientes horas fueron vueltas en la cama y ardores de estómago (que eran comunes en sus frecuentes noches de insomnio).


El único gallo cantó temprano, como siempre.

Marcus sabía que no había dormido bien, pero cuando abrió los ojos se sintió totalmente descansado. Se puso de pie rápidamente, bostezó y se miró los pies...se veía.. los pies. Rápidamente llevó sus manos a su vientre, y notó no solo que su barriga había desaparecido sino que ésta, junto con el numeroso vello que siempre tenía le habían dado paso a unos abdominales bien formados y prietos.
Salió de la casa corriendo hacia el baño, para mirarse en el único espejo que tenía, uno de forma circular cubierto de polvo que colgaba sin marco en la pared detrás del water en el baño.

Cuando se miró, Marcus no podía creer lo que veía.
Su cuerpo parecía el de un atleta. Era obvio que había perdido una barbaridad de peso y ganado bastante altura. Además, su calva había desaparecido y su pelo tenía brillo y fuerza, su cara también había cambiado al perder peso, era mucho mas delgada y con las formas mas definidas, además sus ojos habían empezado a adquirir un tono verdoso muy profundo.
Aquello no podía ser real, pero sabía que lo era. No encontraba el sentido... hasta que recordó aquel "sueño" que tuvo, cuando comió las heces de la gallina.

Salió del baño casi con miedo de lo que viera al mirar al gallinero, pero las gallinas caminaban picando grano de un lado a otro con total normalidad. Mientras miraba un extremo del gallinero, escuchó un golpecito metálico que le hizo girar la vista hasta el otro extremo, sobresaltado. Tan solo había sido una gallina picando en el cazo... el cazo. No cabía la menor duda, la presencia del cazo en el gallinero implicaba que aquello no había sido un sueño.

Entonces repasó la vista, mirando una a una a las gallinas. Solía distinguirlas todas con facilidad, pero estaba demasiado oscuro cuando la vio la noche anterior. Frustrado, comenzó a gritar.
-¿Cuál es la que me ha hecho esto?
Un grupo de gallinas acurrucadas en el suelo al lado de la puerta se sobresaltaron y se alejaron de la pared de alambre, pero las que estaban mas separadas ni se inmutaron.

Entonces, Marcus se fijó en el hueco que habían dejado en la tierra fangosa las que se habían apartado...
Incrustados en el barro, montones de granos de pienso formaban la palabra "disfrútalo" y debajo, algo mas pequeño "vuelve esta noche".


...Continuará.



GALLINA-GATE 2º PARTE


Lo primero que hizo fue comprar ropa de su nueva talla.

Mientras atravesaba la calle principal del pueblo, notaba que la gente le miraba mas que de costumbre... era de esperar, aún no estaba acostumbrado a ser... guapo.

Al abrir la puerta de la carnicería sonó el mismo campaneo de siempre. El carnicero, un hombre fuerte de pelo corto y cara cuadrada, miraba con atención el pequeño televisor colocado en una balda justo encima de la puerta. Miraba la pantalla moviendo la cabeza con gesto de desaprobación tan atento que ni siquiera se percató en que un cliente, Marcus, había entrado.

-Hola Miguel, ¿Qué tal va todo?- Miguel, el carnicero era una de las pocas personas con las que Marcus mantenía algo parecido a una amistad.
-¡Oh! Perdona... ¿Te conozco? -Le extrañó que aquel joven le llamara por su nombre. Marcus cayó en la cuenta de que no le reconocería. Aunque sabía ya de antemano la opinión de Miguel sobre la gente ajena al pueblo, decidió hacerse pasar por otra persona. Sería demasiado extraño un cambio tan radical en tan poco tiempo.
-Ehh... no, perdona. Es que me han dicho tu nombre una mujer de afuera que la escuché hablar y...
-¿Eres nuevo por aquí? -Miguel le cortó antes de que pudiera terminar la frase, lo que a Marcus le pareció estupenda, porque le costaba bastante mentir.
-Ehh... si llegué hoy... Póngame seis chuletas de cerdo. ¿Sabe de algún motel o algo?
-A mi no me preguntes de eso, yo solo vendo carne ¿Qué quieres? -Algo parecía molestar mas de lo normal a Miguel. Envolvió las chuletas de mala gana y rechinó los dientes al coger el dinero de Marcus.
-¿Tienes algún problema? Me estás tratando de muy malas maneras...
-No, es solo que estoy harto, este pueblo no es demasiado grande, pero somos autosuficientes, ¿Sabes? Y no nos agradan mucho los turistas.-

Marcus empezaba a sentirse molesto, al fin y al cabo él no era un turista real.
-Yo creo que no te he hecho nada.. ¿eh?
-Bueno... tienes razón hombre perdona, sé que no has hecho nada.
-¿Ha pasado algo por lo que estés así de enfadado?
-Pues mira, sí. Han robado en el banco del pueblo... ¡Ha sido un extranjero! ¡Siempre que hay problemas son ellos! Ésto es la ruina, no tenía nada asegurado ni nada yo no se como funciona éso, pero he perdido mucho dinero estoy casi en la ruina y todo por culpa de algún sinvergüenza. Y no contento con eso han raptado al pobre Rafael, qué tiene el que ver..
-¿Y eso? ¿Quién es Rafael? -El pueblo no era tan minúsculo, pero Marcus recordaba quien era Rafael. Aquel empleado tan amable del banco que le denegó préstamos muchísimas veces.
-Un pobre empleado del banco. Ocurrió en su turno. El nuestro es un banco pequeño, ¿Sabe? No tenemos esos bancos gigantes con tres o cuatro ventanillas como en la ciudad. El ladrón dejó la caja vacía y una nota de rescate para la mujer del pobre Rafael. Aunque a su mujer mas bien le importa una mi...
-¿Hablando otra vez de mi? -Una voz femenina muy dulce sonó desde la puerta entreabierta, que no había llegado a rozar la campana. Al instante se abrió y entró una bellísima mujer de unos 27 años, pelirroja con el cabello largo y liso.
Lo primero que hizo fue mirar a Marcus de arriba a abajo. Después dibujó una sonrisa y le dijo:
-Hola. ¿Eres nuevo por aquí? -Aún sabiendo de su cambio de aspecto, a Marcus le resultaba difícil hablarle a una mujer. Mas aún tratándose de una belleza.
-Ehh pues.. si si soy nuevo si hola qué tal.
-¿Y qué vienes a buscar aquí?
-¿Querías algo, María?
-Si, iba a pedirte un par de pechugas de pollo, pero vista la situación, mejor te pediré que cierres el pico.
-¿No te da vergüenza no mover ni un dedo por el pobre Rafael?
-¿Pobre? Ahora mismo será rico. Os ha estafado a todos y aún lo defendéis y me criticáis a mi. ¿Nota de rescate? ¡Por favor! ¡Si hasta está escrita con su letra!
-¡Nunca te llevaste bien con él!, ¡Eres una fulana!

Marcus se sentía demasiado incómodo, las únicas discusiones a las que estaba habituado eran las de los programas de televisión.
-Ehh.. yo me voy, nos vemos Miguel. Adiós...... señorita.
Abrió la puerta y salió de allí, escuchando aún los gritos.

Siguió visitando las tiendas comprando lo que necesitaba, haciéndose pasar por un extraño, como hizo en la carnicería. Después de todo la mañana no le estaba yendo tan mal. Le gustaba que la gente le admirara. Podría acostumbrarse a ello.

-Hey, perdona si te he dado una mala impresión. -Marcus se giró. Marta le miraba apollada en el arbol que acababa de dejar atrás. Se incorporó y comenzó a andar a su lado.
-¿Cómo te llamas? -Un nombre. Marcus aún no había pensado en eso.
-Soy..s s ssoy soy ehmmm.. Marco. Me llamo Marco. Encantaado jeje.
-Encantada, “Marco”. Yo soy Marta. - dijo con una sonrisa medio burlona.
-Si, lo escuché antes jejeje.
-Disculpa que me pusiera así delante tuya antes. Mi marido le robó a la gente del pueblo, y aún así todos siguen adorándole. Me saca de quicio.
-Si.. eso parece. Jeje. -Marcus no podía creer que estuviera conversando con una mujer tan bella.
-Era muy mala persona, ¿sabes?... Llevaba tiempo queriendo separarme pero los trámites son muy extensos.
-Si si si, eh.. a un amigo mio le pasó algo así y ¡¡¡uff!!! le costó mucho separarse, si.
-Oye, me has caído bien. -Marta le lanzó una mirada que perfectamente entraría en la descripción de "en celo".- ¿Te gustaría quedar mañana a comer? Sé un buen sitio.. pero es caro. Aunque supongo que un caballero como tu podrá permitírselo.
-¡¡Por supuesto!! Yo invito -Apenas había terminado de decirlo y ya se había arrepentido. No tenía suficiente dinero para permitirse nada.
-Estupendo, ¿Que te parece si quedamos en la plaza principal a las dos y media?
-Perfecto. -Ya no podía parar aquello, empezó a sentirse incómodo.

Llegaron al lugar donde Marcus había aparcado su sucia furgoneta.
-Bueno, pues nos vemos mañana... ¿No?.
-¿Es éste tu coche? - dijo con ojos de asombro.
-No no no.. eh... es de un granjero feo y gordo que vive cerca de donde me quedo a dormir. Me lo ha prestado. Yo tengo un coche mucho mas caro muy bueno pero está estropeado.

Marcus arrancó la furgoneta, antes de perderla de vista vio a través del cristal como Marta le lanzaba un beso.

Se le había hecho muy tarde. En cuanto llegó a su pequeña casa se sentó en el porche y cortó queso. cogió una botella de vino y algo de fruta para almorzar.
Mientras masticaba no podía evitar recordar lo que le había ocurrido. La cara de Marta, sus pechos, que había quedado con ella, que no podía permitirse invitarla...

Entonces se le ocurrió. Se quedó mirando al gallinero. Si aquella gallina volvía esa noche como había prometido, tal vez podría solucionar también ése problema.

Aquella tarde ni siquiera salió a trabajar en el campo. Después de ver un rato la televisión para intentar conseguir algo de información sobre qué hacer, cómo hablar o cómo comportarse (sin mucho éxito) cogió una silla del pequeño comedor, la sacó de la casa y la puso en frente del gallinero. Se sentó y miró fijamente a las gallinas, esperando a que el sol se pusiera. Pero se quedó dormido antes.

Cuando despertó, el sol ya se había puesto, la oscuridad le envolvía creando ese ambiente lúgubre que siempre presentaba el porche y el gallinero durante la noche.

Se levantó de un salto y contempló el gallinero desde afuera. Aunque apenas veía nada, podía distinguir las siluetas de las gallinas posadas sobre los pequeños troncos, durmiendo plácidamente. No había ni rastro de la luz ni de la voz. Volvió a casa a por la linterna para intentar ver mejor pero cuando salió de nuevo a la calle no le hizo falta acercarse. Lo notó.

-Marcus... Acércate. -Marcus obedeció. Se acercó al gallinero y entró, cerrando la puerta tras de si.
-Hola.. -Saludó a aquella luz en la oscuridad, en la misma esquina que la noche anterior, con el mismo color.
-No enciendas la linterna, por favor...
-De.. de acuerdo.
-Te he hecho un regalo, Marcus. Ahora te toca a ti hacerme un favor...
-Claro, claro. Lo que digas. -Empezaba a pensar que no era tan buena idea volver a hablar con aquella.. "cosa".
-Necesito que me lleves a Nazca.
-Por supuesto, mañana mismo iremos. -Empezaba a sentirse estúpido de nuevo, como la primera vez.
-No puedes ocultarme nada Marcus. No sabes donde está Nazca ni tienes intención de llevarme a ningún lado, ¿Verdad?
-... -Marcus se sintió desnudado, aquella cosa parecía poder leerle el pensamiento.
-Te he ayudado. Me debes un favor.
-De.. de acuerdo. -Estaba asustándose.
-Nazca está en el continente americano, en Perú.
-Para ir allí necesitaría...
-Dinero. Éso es lo que has venido a pedirme ésta noche.
-Si, es el último favor que te pediré ¡¡Por favor!! Después te llevaré a donde quieras.
-¿Me das tu palabra?
-Te doy mi palabra.
-Está bien, cómete ésto. -bajo lo que en la oscuridad parecía ser el ala de la gallina, apareció una mancha plateada... Mas heces. Marcus se inclinó y se las comió sin pensarlo dos veces. No se sentía diferente.
-Ahora ve por la escopeta. -Marcus no entendía la razón, pero obedeció. En parte porque quería que la gallina le volviera a ayudar aunque también porque empezaba a tenerle miedo de verdad.

Volvió con la escopeta.
-No, no entres. -La voz le habló justo cuando iba a abrir la puerta metálica. -Retrocede cincuenta centímetros.
-De acuerdo... -Lo hizo. Su cuerpo se movía con una precisión milimétrica. Aquello era lo que hacían las heces plateadas.
-Sube el cañón de la escopeta exactamente setenta y cuatro grados e inclínate doce grados a la izquierda. -Marcus lo hizo, de nuevo con esa precisión (y eso que apenas conocía el significado de lo que decía la gallina).
-Dispara.
-¿Hacia el cielo? La metralla podría dañar a alguien al caer. -Era increíble, a pesar de haberse sobresaltado, su cuerpo no se había movido ni un milímetro.
-Fíjate bien en la dirección hacia la que está inclinada. -Marcus se dió cuenta, apuntaba a sus tierras. Y había suficientes hectáreas como para que la metralla cayera sobre sus huertos.

Pensando una vez mas que no tenía nada que perder, disparó.
El disparo propulsado hacia el cielo parecía mas uniforme de lo normal y de un tono dorado, se perdió en la distancia.

-¡¿Era eso?! ¡¿Que disparara oro?! ¡¿Y para que me haces disparar tan lejos?! ¡¿Te divierte hacerme ir a buscarlo?! -Marcus sustituyó cualquier rastro de miedo por ira.
-Cálmate. Llévame al lugar donde ha caído.
-De eso nada, no vas a salir de éste gallinero.

Le dio la espalda a la luz, se colocó la escopeta en el hombro, encendió su linterna y marchó al lugar donde había caído ese preciado oro.

Entre los limoneros, todo parecía indicar que había sido ahí.

Cuando alumbró con la linterna al pequeño carril que separaba las 2 hileras de limoneros, quedó horrorizado.

El cadáver de un hombre, vestido de etiqueta, yacía en el suelo. La herida mortal era metralla de escopeta, directamente en el centro de su pecho.
Entre sus manos apretaba un maletín.

Marcus dejó caer la escopeta, se acercó aún atónito y alumbró a su cara. Era él, Rafael. El banquero del pueblo estaba allí, en su propiedad, tendido en el suelo. Muerto.

No sabía qué hacer, comenzaba a desesperarse, estaba a punto de desmayarse... Pero aquello no era culpa suya, el sólo había hecho lo que le había indicado la gallina.

Cogió el maletín y lo abrió. Dentro había suficiente dinero como para no tener que preocuparse por nada nunca mas, salvo que el hecho de tenerlo en su mano acarreaba la mayor preocupación que había tenido en su vida. Había matado a un hombre.

Miró a su alrededor y vio una pequeña carretilla donde solía transportar las cajas de limones. Cargó el cadáver y la escopeta y marchó hacia la casa. Pensaba pedirle explicaciones a la gallina, exigirle que le ayudara a solventar aquel problema.

En cuanto llegó al porche, fue directo al gallinero, soltó la carretilla delante de la reja y gritó:
-¡¡Mira lo que me has hecho hacer!!
-Te he hecho hacer lo que tu me has pedido que hiciera. Ya tienes el dinero, ahora cumple tu parte.
-¡No quería ésto! ¡¿Qué has hecho?!
-Lo has hecho tú. -Marcus entró en el gallinero, llevando en su mano el maletín y la linterna. Fue decidido a la esquina de donde provenía la luz.

Alumbró a la gallina directamente a los ojos, sus pupilas eran verdes. Soltó la linterna y levantó a la gallina por el cuello, apretándolo con rabia.
-Si me haces ésto, ninguno de los dos conseguiremos lo que queremos -La voz seguía siendo igual de serena.

Marcus la soltó.
-¡Ayúdame! ¡Saca una mierda que arregle ésto! No sé, que haga desaparecer al muerto o algo así.
-No, Marcus. Ya no me sirves.-

Entonces la gallina pegó un enorme salto de una forma totalmente antinatural, arañándole el ojo a Marcus, rajándole la pupila en dos.
Se la logró quitar encima de una sacudida, la gallina cayó al suelo, inconsciente. Marcus estaba totalmente fuera de si, sangraba a borbotones.
Abrió la puerta del gallinero pero antes de que pudiera poner un pie fuera, fue atacado de nuevo. La gallina le arañó la zona derecha del rostro. Se la volvió a quitar de encima.

Encendió la linterna para iluminar a la gallina, a juzgar por el modo en el que le colgaba, tenía el cuello totalmente partido, pero estaba ahí, de pie, como si no tuviera ni un rasguño.

-Adiós, Marcus. -

La gallina saltó por el hombro de Marcus, que apenas tuvo tiempo de reaccionar, se giró y le tiró el maletín, que impactó contra el borde de la puerta y se abrió, pero no sirvió para impedir que la gallina escapara. Los billetes se esparcieron por todo el barrizal del gallinero.

Marcus salió tras la gallina pero en la oscuridad era imposible verla. Frustrado y malherido, comenzó a marearse. Miró el cadáver sobre la carretilla, el dinero esparcido en el barro, las gallinas algo revolucionadas, pero aún intentando dormir en la oscuridad, como si nada hubiera ocurrido...

Tenía que haber algún modo. Se arrodilló en el barro del gallinero y mientras recogía los billetes uno a uno, fue perdiendo la poca cordura que aún tenía.

Cogía billetes entre las heces de las gallinas y se le ocurrió una última y disparatada idea. Tal vez aquella gallina había dejado alguna de sus extrañas heces allí... así que Marcus comenzó a comerse una a una todas las que veía entre el barro, mientras lentamente se desangraba mientras sus lágrimas se mezclaban con su sangre.


Pasaron 3 semanas hasta que alguien se percató de que el pobre y solitario Marcus no había bajado al pueblo.

Cuando la pareja de agentes que atendieron la denuncia llegaron a la pequeña casa de campo, se encontraron con la mayor de las sorpresas.

Sobre una carretilla, delante del gallinero, descansaba el cadáver del hombre secuestrado hacía casi un mes, y en el interior, yacía su secuestrador y el botín que fue robado.

Cuando le echaron un vistazo al cuerpo de Marcus, vieron al mismo hombre feo y gordo de siempre, manchado de barro y casi desnudo, con la ropa (de una talla muy inferior a la suya) desgarrada y la boca llena de heces de gallina.