GALLINA-GATE
Poco podía esperar de la vida Marcus a estas alturas. Eligió vivir sin preocupaciones, alejado de cualquier presión, de cualquier reto. Y es que Marcus no era precisamente un lumbreras, lo único que se le daba mínimamente bien (aunque sin destacar) eran algunas de las tareas del campo, por eso eligió vivir en una apartada granja, solo.
Marcus no era el tipo de hombre de campo que forma una familia y pasa sus tierras, recursos y conocimientos (en este caso escasos) de generación en generación. Le costaba muchísimo relacionarse… eso, unido a su poca agraciada figura y rostro le habían impedido siempre hacer amigos, mucho menos pareja. Tenía la cara redonda, con ojos pequeños, nariz muy ancha y cejas extremadamente pobladas, siempre solía llevar bigote y barba de varios días.
Su pelo era muy rizado y, a pesar de tener calva, el poco pelo de alrededor de su cabeza lo acostumbraba a llevar bastante largo, no le gustaban los peluqueros. Era bajo y bastante obeso, aunque por algún problema hormonal porque comer, comía poco.
Aquella tarde volvía sudoroso de labrar en el campo, estaba resfriado pero no había podido coger frío ya que estaba en pleno verano y hacía un calor que tumbaba. Probablemente era algún virus, o eso pensaba el.
Antes de cruzar el pequeño escalón para entrar en su casa, estornudó. Manchó su cara y el suelo de mocos, "limpiándolo" con la suela del pie y pasándose el antebrazo por la nariz y la cara. No se molestó en lavarse luego, ni siquiera para empezar a preparar la comida.
Una vez hubo terminado de preparar los pequeños pedazos de carne de pollo (algunos casi quemados, otros apenas hechos) los puso en un plato y se sentó en la mesa.
Con los dedos aún grasientos de haber usado la máquina de labrar y cocinar el pollo, fue cogiendo y devorando uno a uno los trozos de carne, dando de vez en cuando pequeños sorbos a una botella de vino que, al parecer, siempre estaba en la mesa. Vino... esa era una de las pocas cosas que Marcus compraba en el pueblo camino abajo. Procuraba ir lo menos posible porque se sentía rechazado entre la gente de allí. Al terminar de comer se limpió la boca con el antebrazo, aún lleno de mocos, provocándose una desagradable sensación.
Cuando terminó la botella de vino mientras descansaba en el porche de su casa, recogió los restos de comida y las cáscaras de la fruta del postre, los metió en un pequeño cubo de plástico azul y se los echó a las gallinas. Los gallineros estaban justo al lado del porche, a Marcus no le gustaban los típicos gallineros de alambre sin techo, así que había construido con piedra y cemento un gran gallinero que bien podría pasar por una habitación de la pequeña casa si una de sus paredes no fuera de tela metálica. Tras recoger los 3 únicos huevos que las 14 gallinas habían puesto y gritarles unos cuantos insultos y maldiciones desagradables por no haber recuperado la inversión que hacía en pienso, partió de nuevo a trabajar en sus tierras.
No, aquel día no parecía especial en ningún sentido, pero a partir de aquella noche, las cosas nunca volverían a ser igual para Marcus.
Ya prácticamente había anochecido, Marcus volvía cansado de trabajar. Se sentó en el mellado sofá del pequeño salón de la casa a ver la televisión. Un televisor en blanco y negro bastante pequeño y resentido ya con el paso de los años, casi era conveniente verlo a un palmo de distancia, y no por el tamaño de la imagen sino porque cada 2 o 3 minutos había que darle un golpecito. Marcus tenía siempre preparado un palo tallado de madera con el que podía alcanzarlo desde el sofá.
Le entraron ganas de ir al baño. El baño lo tenía fuera de la casa, cruzando el porche, pasando por delante del gallinero.
En el exterior (ya totalmente de noche) siempre había un extraño clima sombrío que a cualquier persona le daría miedo o por lo menos un pronunciado escalofrío, pero Marcus ya estaba acostumbrado. Más si añadimos el hecho de que al estar fuera de la casa no tenía luz eléctrica.
Se metió en el interior del baño y se bajó los pantalones. Mientras estaba sentado en la taza pensó que al día siguiente tendría que ir a comprar pan al pueblo, esa idea no le agradaba.
-Cómete mis heces...-
Una voz suave pareció susurrarle al oído. A pesar de la suavidad de la voz, Marcus se sobresaltó de tal manera que se cayó de la taza. Se levantó y se subió rápidamente los pantalones. Lo había escuchado, había alguien en el gallinero. Se lamentó de tener la escopeta en el dormitorio de la casa, y miró alrededor para buscar algo con lo que agredir al intruso. Cogió un cazo que usaba para "evacuar" el WC tirándole agua desde una pila de lavar, a falta de cisterna.
Salió decidido, pero con miedo.
-Cómete mis heces...por favor.-
La voz volvió a sonar. Ésta vez no le cabía la menor duda, venía del gallinero. Entrecerró los ojos para tratar de buscar una figura en la oscuridad del interior del gallinero, sin éxito.
Entonces, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta de alambre y entró, cerrándola tras de si. Las gallinas dormían sobre los pequeños troncos que atravesaban el gallinero de un lado a otro. Trató de forzar la vista pero ya estaba bastante claro, allí no había nadie.
Se dio un par de golpes con la mano en la sien. Se lo había imaginado, no podría ser otra cosa. se giró hacia la puerta para salir de allí y entonces, una vez mas, volvió a oír esa voz.
-¿Es que no me escuchas?...-
Marcus se giró y miró hacia la esquina opuesta, apenas se distinguía una luz.
-Estoy esforzándome, ¿No me oyes?-
Se acercó a aquella diminuta luz, estaba empezando a asustarse de verdad.
-Si, sé que me estás escuchando...- Continuó la voz.
Eran.. ojos. Esa luz provenía de los ojos de una gallina, acurrucada en la esquina con la mirada perdida.
La voz también salía de ella aunque, de alguna forma, era lanzada directamente al oído de Marcus, de modo que podía notar que solo él podía oirla.
-Ésto no es verdad, las gallinas no hablan eh...-Marcus parecía empezar a calmarse y tomárselo de broma.
-Yo no soy una gallina... bueno, no una gallina normal.- Marcus pasó de poner una cara de burla a una de medio enfado.
-Cagón.. mira que hay cosas pa soñar, y va y me pongo a soñar ésto.-
-No es un sueño, Marcus. Por favor, cómete mis heces.
-¿Y esa chorrada de las heces? ¿Eso qué es?
-Las heces son los excrementos, Marcus. La caca.
-¿¿Osea que quieres que me coma tu caca??¿¿Va en serio?? Ni muerto, aunque esto sea un sueño.-
La gallina se inclinó a un lado. Dejando ver las heces que había depositado sobre un pequeño plástico en el suelo.
Las heces de las gallinas suelen ser amarillentas o incluso con tonos verdes...pero aquellas heces eran azules. Un azul tan brillante que casi brillaba de un modo atrayente.
Marcus se quedó atónito. Mientras mas las miraba, mas se preguntaba que sabor tendrían.
-"(Pero ¿Qué sabor? en los sueños nada sabe a nada)".
Aunque pensar eso no le bastaba para detener las extrañas ansias que sentía por probar aquello hasta que, por fin, se convenció a si mismo.
-Está bien, pero porque es un sueño.
Entonces, se arrodilló sobre la tierra medio barrosa del gallinero y se inclinó para coger aquel extraño "material".
Se lo metió en la boca, sabía a manzana.
Entonces cayó en la cuenta. Estaba sintiendo sabor, por lo que no podía ser un sueño. El sol tan fuerte que había hecho, el haberse olvidado ésa tarde de su sombrero de paja... aquello era una leve alucinación provocada por algún tipo de insolación y lo que acababa de comer era sin duda restos de la fruta que comió al mediodía.
Se apresuró a mirar a la gallina, que dormía plácidamente. No había ningún brillo ni escuchaba ninguna voz extraña. Se sintió estúpido.
Sin mas se dio la vuelta y salió del gallinero.
Mientras volvía a casa pasando por el porche empezó a sentirse mareado.
-"(éste maldito catarro...").
Pero no llegó a abrir la puerta a la casa. Marcus cayó en redondo sobre el llano de cemento del porche, inconsciente.
Cuando abrió los ojos, aún era de noche. Se levantó y recordó lo que había pasado. Al ver que se había defecado encima, acabó dando por hecho que simplemente se había desmayado en el porche y todo había sido un sueño, que ni siquiera había llegado al baño. Entró en la casa, se aseó un poco y se metió en la cama. Las siguientes horas fueron vueltas en la cama y ardores de estómago (que eran comunes en sus frecuentes noches de insomnio).
El único gallo cantó temprano, como siempre.
Marcus sabía que no había dormido bien, pero cuando abrió los ojos se sintió totalmente descansado. Se puso de pie rápidamente, bostezó y se miró los pies...se veía.. los pies. Rápidamente llevó sus manos a su vientre, y notó no solo que su barriga había desaparecido sino que ésta, junto con el numeroso vello que siempre tenía le habían dado paso a unos abdominales bien formados y prietos.
Salió de la casa corriendo hacia el baño, para mirarse en el único espejo que tenía, uno de forma circular cubierto de polvo que colgaba sin marco en la pared detrás del water en el baño.
Cuando se miró, Marcus no podía creer lo que veía.
Su cuerpo parecía el de un atleta. Era obvio que había perdido una barbaridad de peso y ganado bastante altura. Además, su calva había desaparecido y su pelo tenía brillo y fuerza, su cara también había cambiado al perder peso, era mucho mas delgada y con las formas mas definidas, además sus ojos habían empezado a adquirir un tono verdoso muy profundo.
Aquello no podía ser real, pero sabía que lo era. No encontraba el sentido... hasta que recordó aquel "sueño" que tuvo, cuando comió las heces de la gallina.
Salió del baño casi con miedo de lo que viera al mirar al gallinero, pero las gallinas caminaban picando grano de un lado a otro con total normalidad. Mientras miraba un extremo del gallinero, escuchó un golpecito metálico que le hizo girar la vista hasta el otro extremo, sobresaltado. Tan solo había sido una gallina picando en el cazo... el cazo. No cabía la menor duda, la presencia del cazo en el gallinero implicaba que aquello no había sido un sueño.
Entonces repasó la vista, mirando una a una a las gallinas. Solía distinguirlas todas con facilidad, pero estaba demasiado oscuro cuando la vio la noche anterior. Frustrado, comenzó a gritar.
-¿Cuál es la que me ha hecho esto?
Un grupo de gallinas acurrucadas en el suelo al lado de la puerta se sobresaltaron y se alejaron de la pared de alambre, pero las que estaban mas separadas ni se inmutaron.
Entonces, Marcus se fijó en el hueco que habían dejado en la tierra fangosa las que se habían apartado...
Incrustados en el barro, montones de granos de pienso formaban la palabra "disfrútalo" y debajo, algo mas pequeño "vuelve esta noche".
...Continuará.
GALLINA-GATE 2º PARTE
Lo primero que hizo fue comprar ropa de su nueva talla.
Mientras atravesaba la calle principal del pueblo, notaba que la gente le miraba mas que de costumbre... era de esperar, aún no estaba acostumbrado a ser... guapo.
Al abrir la puerta de la carnicería sonó el mismo campaneo de siempre. El carnicero, un hombre fuerte de pelo corto y cara cuadrada, miraba con atención el pequeño televisor colocado en una balda justo encima de la puerta. Miraba la pantalla moviendo la cabeza con gesto de desaprobación tan atento que ni siquiera se percató en que un cliente, Marcus, había entrado.
-Hola Miguel, ¿Qué tal va todo?- Miguel, el carnicero era una de las pocas personas con las que Marcus mantenía algo parecido a una amistad.
-¡Oh! Perdona... ¿Te conozco? -Le extrañó que aquel joven le llamara por su nombre. Marcus cayó en la cuenta de que no le reconocería. Aunque sabía ya de antemano la opinión de Miguel sobre la gente ajena al pueblo, decidió hacerse pasar por otra persona. Sería demasiado extraño un cambio tan radical en tan poco tiempo.
-Ehh... no, perdona. Es que me han dicho tu nombre una mujer de afuera que la escuché hablar y...
-¿Eres nuevo por aquí? -Miguel le cortó antes de que pudiera terminar la frase, lo que a Marcus le pareció estupenda, porque le costaba bastante mentir.
-Ehh... si llegué hoy... Póngame seis chuletas de cerdo. ¿Sabe de algún motel o algo?
-A mi no me preguntes de eso, yo solo vendo carne ¿Qué quieres? -Algo parecía molestar mas de lo normal a Miguel. Envolvió las chuletas de mala gana y rechinó los dientes al coger el dinero de Marcus.
-¿Tienes algún problema? Me estás tratando de muy malas maneras...
-No, es solo que estoy harto, este pueblo no es demasiado grande, pero somos autosuficientes, ¿Sabes? Y no nos agradan mucho los turistas.-
Marcus empezaba a sentirse molesto, al fin y al cabo él no era un turista real.
-Yo creo que no te he hecho nada.. ¿eh?
-Bueno... tienes razón hombre perdona, sé que no has hecho nada.
-¿Ha pasado algo por lo que estés así de enfadado?
-Pues mira, sí. Han robado en el banco del pueblo... ¡Ha sido un extranjero! ¡Siempre que hay problemas son ellos! Ésto es la ruina, no tenía nada asegurado ni nada yo no se como funciona éso, pero he perdido mucho dinero estoy casi en la ruina y todo por culpa de algún sinvergüenza. Y no contento con eso han raptado al pobre Rafael, qué tiene el que ver..
-¿Y eso? ¿Quién es Rafael? -El pueblo no era tan minúsculo, pero Marcus recordaba quien era Rafael. Aquel empleado tan amable del banco que le denegó préstamos muchísimas veces.
-Un pobre empleado del banco. Ocurrió en su turno. El nuestro es un banco pequeño, ¿Sabe? No tenemos esos bancos gigantes con tres o cuatro ventanillas como en la ciudad. El ladrón dejó la caja vacía y una nota de rescate para la mujer del pobre Rafael. Aunque a su mujer mas bien le importa una mi...
-¿Hablando otra vez de mi? -Una voz femenina muy dulce sonó desde la puerta entreabierta, que no había llegado a rozar la campana. Al instante se abrió y entró una bellísima mujer de unos 27 años, pelirroja con el cabello largo y liso.
Lo primero que hizo fue mirar a Marcus de arriba a abajo. Después dibujó una sonrisa y le dijo:
-Hola. ¿Eres nuevo por aquí? -Aún sabiendo de su cambio de aspecto, a Marcus le resultaba difícil hablarle a una mujer. Mas aún tratándose de una belleza.
-Ehh pues.. si si soy nuevo si hola qué tal.
-¿Y qué vienes a buscar aquí?
-¿Querías algo, María?
-Si, iba a pedirte un par de pechugas de pollo, pero vista la situación, mejor te pediré que cierres el pico.
-¿No te da vergüenza no mover ni un dedo por el pobre Rafael?
-¿Pobre? Ahora mismo será rico. Os ha estafado a todos y aún lo defendéis y me criticáis a mi. ¿Nota de rescate? ¡Por favor! ¡Si hasta está escrita con su letra!
-¡Nunca te llevaste bien con él!, ¡Eres una fulana!
Marcus se sentía demasiado incómodo, las únicas discusiones a las que estaba habituado eran las de los programas de televisión.
-Ehh.. yo me voy, nos vemos Miguel. Adiós...... señorita.
Abrió la puerta y salió de allí, escuchando aún los gritos.
Siguió visitando las tiendas comprando lo que necesitaba, haciéndose pasar por un extraño, como hizo en la carnicería. Después de todo la mañana no le estaba yendo tan mal. Le gustaba que la gente le admirara. Podría acostumbrarse a ello.
-Hey, perdona si te he dado una mala impresión. -Marcus se giró. Marta le miraba apollada en el arbol que acababa de dejar atrás. Se incorporó y comenzó a andar a su lado.
-¿Cómo te llamas? -Un nombre. Marcus aún no había pensado en eso.
-Soy..s s ssoy soy ehmmm.. Marco. Me llamo Marco. Encantaado jeje.
-Encantada, “Marco”. Yo soy Marta. - dijo con una sonrisa medio burlona.
-Si, lo escuché antes jejeje.
-Disculpa que me pusiera así delante tuya antes. Mi marido le robó a la gente del pueblo, y aún así todos siguen adorándole. Me saca de quicio.
-Si.. eso parece. Jeje. -Marcus no podía creer que estuviera conversando con una mujer tan bella.
-Era muy mala persona, ¿sabes?... Llevaba tiempo queriendo separarme pero los trámites son muy extensos.
-Si si si, eh.. a un amigo mio le pasó algo así y ¡¡¡uff!!! le costó mucho separarse, si.
-Oye, me has caído bien. -Marta le lanzó una mirada que perfectamente entraría en la descripción de "en celo".- ¿Te gustaría quedar mañana a comer? Sé un buen sitio.. pero es caro. Aunque supongo que un caballero como tu podrá permitírselo.
-¡¡Por supuesto!! Yo invito -Apenas había terminado de decirlo y ya se había arrepentido. No tenía suficiente dinero para permitirse nada.
-Estupendo, ¿Que te parece si quedamos en la plaza principal a las dos y media?
-Perfecto. -Ya no podía parar aquello, empezó a sentirse incómodo.
Llegaron al lugar donde Marcus había aparcado su sucia furgoneta.
-Bueno, pues nos vemos mañana... ¿No?.
-¿Es éste tu coche? - dijo con ojos de asombro.
-No no no.. eh... es de un granjero feo y gordo que vive cerca de donde me quedo a dormir. Me lo ha prestado. Yo tengo un coche mucho mas caro muy bueno pero está estropeado.
Marcus arrancó la furgoneta, antes de perderla de vista vio a través del cristal como Marta le lanzaba un beso.
Se le había hecho muy tarde. En cuanto llegó a su pequeña casa se sentó en el porche y cortó queso. cogió una botella de vino y algo de fruta para almorzar.
Mientras masticaba no podía evitar recordar lo que le había ocurrido. La cara de Marta, sus pechos, que había quedado con ella, que no podía permitirse invitarla...
Entonces se le ocurrió. Se quedó mirando al gallinero. Si aquella gallina volvía esa noche como había prometido, tal vez podría solucionar también ése problema.
Aquella tarde ni siquiera salió a trabajar en el campo. Después de ver un rato la televisión para intentar conseguir algo de información sobre qué hacer, cómo hablar o cómo comportarse (sin mucho éxito) cogió una silla del pequeño comedor, la sacó de la casa y la puso en frente del gallinero. Se sentó y miró fijamente a las gallinas, esperando a que el sol se pusiera. Pero se quedó dormido antes.
Cuando despertó, el sol ya se había puesto, la oscuridad le envolvía creando ese ambiente lúgubre que siempre presentaba el porche y el gallinero durante la noche.
Se levantó de un salto y contempló el gallinero desde afuera. Aunque apenas veía nada, podía distinguir las siluetas de las gallinas posadas sobre los pequeños troncos, durmiendo plácidamente. No había ni rastro de la luz ni de la voz. Volvió a casa a por la linterna para intentar ver mejor pero cuando salió de nuevo a la calle no le hizo falta acercarse. Lo notó.
-Marcus... Acércate. -Marcus obedeció. Se acercó al gallinero y entró, cerrando la puerta tras de si.
-Hola.. -Saludó a aquella luz en la oscuridad, en la misma esquina que la noche anterior, con el mismo color.
-No enciendas la linterna, por favor...
-De.. de acuerdo.
-Te he hecho un regalo, Marcus. Ahora te toca a ti hacerme un favor...
-Claro, claro. Lo que digas. -Empezaba a pensar que no era tan buena idea volver a hablar con aquella.. "cosa".
-Necesito que me lleves a Nazca.
-Por supuesto, mañana mismo iremos. -Empezaba a sentirse estúpido de nuevo, como la primera vez.
-No puedes ocultarme nada Marcus. No sabes donde está Nazca ni tienes intención de llevarme a ningún lado, ¿Verdad?
-... -Marcus se sintió desnudado, aquella cosa parecía poder leerle el pensamiento.
-Te he ayudado. Me debes un favor.
-De.. de acuerdo. -Estaba asustándose.
-Nazca está en el continente americano, en Perú.
-Para ir allí necesitaría...
-Dinero. Éso es lo que has venido a pedirme ésta noche.
-Si, es el último favor que te pediré ¡¡Por favor!! Después te llevaré a donde quieras.
-¿Me das tu palabra?
-Te doy mi palabra.
-Está bien, cómete ésto. -bajo lo que en la oscuridad parecía ser el ala de la gallina, apareció una mancha plateada... Mas heces. Marcus se inclinó y se las comió sin pensarlo dos veces. No se sentía diferente.
-Ahora ve por la escopeta. -Marcus no entendía la razón, pero obedeció. En parte porque quería que la gallina le volviera a ayudar aunque también porque empezaba a tenerle miedo de verdad.
Volvió con la escopeta.
-No, no entres. -La voz le habló justo cuando iba a abrir la puerta metálica. -Retrocede cincuenta centímetros.
-De acuerdo... -Lo hizo. Su cuerpo se movía con una precisión milimétrica. Aquello era lo que hacían las heces plateadas.
-Sube el cañón de la escopeta exactamente setenta y cuatro grados e inclínate doce grados a la izquierda. -Marcus lo hizo, de nuevo con esa precisión (y eso que apenas conocía el significado de lo que decía la gallina).
-Dispara.
-¿Hacia el cielo? La metralla podría dañar a alguien al caer. -Era increíble, a pesar de haberse sobresaltado, su cuerpo no se había movido ni un milímetro.
-Fíjate bien en la dirección hacia la que está inclinada. -Marcus se dió cuenta, apuntaba a sus tierras. Y había suficientes hectáreas como para que la metralla cayera sobre sus huertos.
Pensando una vez mas que no tenía nada que perder, disparó.
El disparo propulsado hacia el cielo parecía mas uniforme de lo normal y de un tono dorado, se perdió en la distancia.
-¡¿Era eso?! ¡¿Que disparara oro?! ¡¿Y para que me haces disparar tan lejos?! ¡¿Te divierte hacerme ir a buscarlo?! -Marcus sustituyó cualquier rastro de miedo por ira.
-Cálmate. Llévame al lugar donde ha caído.
-De eso nada, no vas a salir de éste gallinero.
Le dio la espalda a la luz, se colocó la escopeta en el hombro, encendió su linterna y marchó al lugar donde había caído ese preciado oro.
Entre los limoneros, todo parecía indicar que había sido ahí.
Cuando alumbró con la linterna al pequeño carril que separaba las 2 hileras de limoneros, quedó horrorizado.
El cadáver de un hombre, vestido de etiqueta, yacía en el suelo. La herida mortal era metralla de escopeta, directamente en el centro de su pecho.
Entre sus manos apretaba un maletín.
Marcus dejó caer la escopeta, se acercó aún atónito y alumbró a su cara. Era él, Rafael. El banquero del pueblo estaba allí, en su propiedad, tendido en el suelo. Muerto.
No sabía qué hacer, comenzaba a desesperarse, estaba a punto de desmayarse... Pero aquello no era culpa suya, el sólo había hecho lo que le había indicado la gallina.
Cogió el maletín y lo abrió. Dentro había suficiente dinero como para no tener que preocuparse por nada nunca mas, salvo que el hecho de tenerlo en su mano acarreaba la mayor preocupación que había tenido en su vida. Había matado a un hombre.
Miró a su alrededor y vio una pequeña carretilla donde solía transportar las cajas de limones. Cargó el cadáver y la escopeta y marchó hacia la casa. Pensaba pedirle explicaciones a la gallina, exigirle que le ayudara a solventar aquel problema.
En cuanto llegó al porche, fue directo al gallinero, soltó la carretilla delante de la reja y gritó:
-¡¡Mira lo que me has hecho hacer!!
-Te he hecho hacer lo que tu me has pedido que hiciera. Ya tienes el dinero, ahora cumple tu parte.
-¡No quería ésto! ¡¿Qué has hecho?!
-Lo has hecho tú. -Marcus entró en el gallinero, llevando en su mano el maletín y la linterna. Fue decidido a la esquina de donde provenía la luz.
Alumbró a la gallina directamente a los ojos, sus pupilas eran verdes. Soltó la linterna y levantó a la gallina por el cuello, apretándolo con rabia.
-Si me haces ésto, ninguno de los dos conseguiremos lo que queremos -La voz seguía siendo igual de serena.
Marcus la soltó.
-¡Ayúdame! ¡Saca una mierda que arregle ésto! No sé, que haga desaparecer al muerto o algo así.
-No, Marcus. Ya no me sirves.-
Entonces la gallina pegó un enorme salto de una forma totalmente antinatural, arañándole el ojo a Marcus, rajándole la pupila en dos.
Se la logró quitar encima de una sacudida, la gallina cayó al suelo, inconsciente. Marcus estaba totalmente fuera de si, sangraba a borbotones.
Abrió la puerta del gallinero pero antes de que pudiera poner un pie fuera, fue atacado de nuevo. La gallina le arañó la zona derecha del rostro. Se la volvió a quitar de encima.
Encendió la linterna para iluminar a la gallina, a juzgar por el modo en el que le colgaba, tenía el cuello totalmente partido, pero estaba ahí, de pie, como si no tuviera ni un rasguño.
-Adiós, Marcus. -
La gallina saltó por el hombro de Marcus, que apenas tuvo tiempo de reaccionar, se giró y le tiró el maletín, que impactó contra el borde de la puerta y se abrió, pero no sirvió para impedir que la gallina escapara. Los billetes se esparcieron por todo el barrizal del gallinero.
Marcus salió tras la gallina pero en la oscuridad era imposible verla. Frustrado y malherido, comenzó a marearse. Miró el cadáver sobre la carretilla, el dinero esparcido en el barro, las gallinas algo revolucionadas, pero aún intentando dormir en la oscuridad, como si nada hubiera ocurrido...
Tenía que haber algún modo. Se arrodilló en el barro del gallinero y mientras recogía los billetes uno a uno, fue perdiendo la poca cordura que aún tenía.
Cogía billetes entre las heces de las gallinas y se le ocurrió una última y disparatada idea. Tal vez aquella gallina había dejado alguna de sus extrañas heces allí... así que Marcus comenzó a comerse una a una todas las que veía entre el barro, mientras lentamente se desangraba mientras sus lágrimas se mezclaban con su sangre.
Pasaron 3 semanas hasta que alguien se percató de que el pobre y solitario Marcus no había bajado al pueblo.
Cuando la pareja de agentes que atendieron la denuncia llegaron a la pequeña casa de campo, se encontraron con la mayor de las sorpresas.
Sobre una carretilla, delante del gallinero, descansaba el cadáver del hombre secuestrado hacía casi un mes, y en el interior, yacía su secuestrador y el botín que fue robado.
Cuando le echaron un vistazo al cuerpo de Marcus, vieron al mismo hombre feo y gordo de siempre, manchado de barro y casi desnudo, con la ropa (de una talla muy inferior a la suya) desgarrada y la boca llena de heces de gallina.