domingo, 14 de agosto de 2011

Caramelos de Acero



Pequeños destellos de luz atraviesan los endebles tablones de la pared del vagón, mientras el traqueteo hace que cualquier parte mínimamente flácida de mi piel sienta un constante tambaleo, propiciado por los temblores que el miedo despierta en mí.

No se si atardece o amanece, lo único que se es que ahí fuera el sol apenas deja ver un puñado de rayos, y siempre parece ser así, siempre sumergidos en el mismo crepúsculo.

Las caras de mis compañeros son idénticas entre sí, de seguro la mía también similar... miradas perdidas, con dientes apretados y gotas de sudor frío recorriendo las mejillas. Nuestras gargantas no paran de hincharse levemente una y otra vez, tragando saliva.

Faltan unos momentos, un puñado de minutos.

Recorro con la mirada la longitud de mi fusil y me vuelvo a recolocar el casco una vez mas, como una estúpida manía que no cambiará nada.

La velocidad parece disminuir. Todos se preparan, agarran su arma con fuerza y alzan un poco la postura, aún en cuclillas.

Fuera, los zumbidos de helicópteros ensordecen hasta casi la totalidad los gritos aterradores y el sonido de las ráfagas de balas, seguro provenientes del pequeño pueblo... eso significa que estamos cerca... el vagón se detendrá junto a a la pequeña arboleda que hay en la linde.

Se detiene de golpe y reaccionamos nerviosos. Al unísono, todos los soldados tomamos una gran bocanada de aire.

Con disimulo, saco mi último caramelo de menta de una de las fundas vacías de mi cinturón y me lo echo a la boca.

La puerta del vagón cae abriéndose de golpe al tiempo que una ráfaga de balas atraviesa la fina madera, alcanzando a tres de mis compañeros. Los demás salimos en tropel, corriendo hasta formar un pequeño pelotón de avance.

Algunas zonas de las vías están empapadas en sangre, quizá de personas que trataron de huir y fueron arrolladas, o tal vez porque ésta no es la primera batalla (ni será la última, desgraciadamente) que se libra sobre éste lugar. No había estado aquí antes, pero me resulta tremendamente familiar.

La primera linea de nuestro pelotón abate a los tres hombres que atacaron el vagón.

Esprintamos hasta la entrada del pueblo, atravesando la arboleda. Mientras corremos, vemos una gran cantidad de cadáveres entre los árboles, tirados en el suelo cubiertos casi en su totalidad por el polvo y las hojas.

La menta del caramelo ayuda a abrir mis vías respiratorias, me hace algo mas facil respirar, mantenerme firme a pesar de los horrores con los que me encuentro.

Al atravesar las últimas brozas, divisamos una pequeña calle árida de tierra seca con dos edificios alargados a los lados: la entrada al pueblo.

El sargento se coloca a mi altura y me frena con el brazo para señalarme unas pequeñas trincheras justo antes de la entrada, aún no he comenzado a correr hacia ellas cuando una bala le atraviesa la frente. El caramelo casi se me cae de la boca con el sobresalto.

Uno de mis compañeros grita: “¡Francotiradores!”

Corro lo mas rápido que puedo a cubierto y, sin parar de jugar con el caramelo en la boca, preparo mi fusil francotirador. Me pongo en posición, aprovechando el ángulo.

Diviso al francotirador en la ventana, un hombre de piel algo oscura, aterrorizado a juzgar por su cara, de unos 30 años, vestido con ropa normal... normal pero maltrecha.

Me preparo para apretar el gatillo. Detrás de aquel hombre hay alguien mas, una mujer.
“¡A qué coño esperas!” escucho a mi lado.

La mujer, con la cara empapada en lágrimas, trata de distraer a un pequeño, mientras aparta una y otra vez con la mano la dirección de la mirada de éste, que busca a su padre.

Bajo el fusil.

“¡Vuelve a la tierra, colega!” uno de mis compañeros me miraba haciendo con la mano el movimiento de un destornillador, apuntándose a la cabeza.

El francotirador acaba con uno de los que cubrían mi supuesto disparo. La táctica ha cambiado.

Un helicóptero nos sobrevuela y, en una ráfaga de munición pesada, hace trizas la ventana, no dejando ni tan siquiera el marco, y agujereando toda la pared. Nadie hubiera sobrevivido a eso.

“¿Por que cojones te crees que estamos aquí? Somos indispensables, ¡Mueve el culo, joder!”

Guardo el caramelo bajo la lengua mientras salgo de la trinchera y me uno de nuevo al pelotón, que avanza dejando sus huellas en la tierra seca, sorteando los escombros. No puedo olvidar sin más la escena que acabo de ver.

Una furgoneta nos sorprende al llegar a la esquina, atropellando a uno de mis compañeros y aplastandole los huesos a otro, aplastándolo al chocar contra la pared de nuestra izquierda.

Varios hombres armados asoman por encima de la zona de carga y disparan.

No me da tiempo a reaccionar, aún estoy sobrecogido por lo ocurrido hacía un momento, desconectado.

Una bala penetra en mi bazo, otra en mi pecho y, la última, en mi cuello. 

No saldré de ésta.

Caigo de espaldas sobre la arena. Ante mis ojos, una nube de polvo apenas me permite ver el cielo.
Veo el helicóptero pasar, disipando algo el polvo (a pesar de la distancia) con las vibraciones de sus hélices.

El cielo no es azul, es naranja, un naranja oscuro. 
Un millón de imágenes, recuerdos y preguntas atraviesan mi mente...

Mierda, no quiero morir así, no quiero morir aquí. En una guerra que no tiene nada que ver conmigo, en un lugar donde nunca habría querido ir, a manos de una gente que no conozco, y por una razón que ni tan siquiera termino de entender...

Pronto dejo de escuchar los zumbidos, gritos, y disparos. Mi oído es el primer sentido que desaparece... y a juzgar por como se me nubla, la vista será el siguiente.

Mientras conserve el gusto, seguiré saboreando el caramelo, aún con el sabor a cobre que le da la sangre que, poco a poco, va llenando mi boca.

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