Como Hormiguitas.
Pequeña reflexión acompañada de un relatillo.
¿Dejar los estudios o no hacerlo? Era la pregunta que se hacía Julio mientras rallaba con la llave la mesa de madera.
Como cada vez que frenaba en seco su
visión de futuro para preguntarse y repasar qué creía que estaba
haciendo mal, subió a la loma; su loma de siempre, en una de las
pocas partes que quedaban naturales a las afueras de Madrid. La
magnífica vista de la ciudad en calma que ofrecía aquel lugar era
el secreto que usaba para dejar fluir en su mente la decisión
correcta.
Un relámpago que sustituyó la luz del
sol por un fuerte rojo (aún a horas del atardecer), le hizo
levantarse del merendero y mirar hacia la capital española.
Julio estiró los párpados,
boquiabierto, viendo desde la loma como aquella lengua de lo que
parecía fuego arrasaba la ciudad en segundos.
Lo sintió tan fuerte que no pudo
pensarlo, lo dijo en alto:
-¿Solo somos eso? ¿Un enorme avispero
que se extiende a lo largo del globo?
...
Nadie sabía reaccionar.
La gente se apelotonaba en las calles.
Los que no lo hacían para saquear todo lo abandonado (eligiendo
pasar sus últimas horas de vida delinquiendo), lo hacían junto a
líderes religiosos, que bramaban todo tipo de versos sobre el
apocalipsis, la ira de Dios y los pecados de la humanidad.
La gente gemía, lloraba, se defecaba
encima, gritaba de terror... pero cuando el cielo se abría y
brotaban las lenguas, todo era acallado en un instante.
Aunque la gran mayoría lo vivía como
la peor de las catástrofes inexplicables, hay quien afirmaba que
ésto era merecido, que la humanidad se había convertido en su
propio verdugo cuando decidió llevar el camino equivocado hacia el
egoísmo y la destrucción de la naturaleza o de los primeros valores
que muchos escudaban como “los justos”.
Pero no era así, era aún mas simple,
aún mas inevitable.
Nada quedaría con vida.
Skvehlker vio como parte del cuerpo
etéreo de su compañero se movía, envolviendo la vía
láctea.
-¿Qué le haces a esa galaxia? -le
comunicó induciendo su pensamiento.
-Nada... solo limpio el planeta azul.
Hay que hacerlo cada 926 ciclos.
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Cometemos constantemente el error de creer que somos importantes o decisivos en el devenir de las cosas no solo que nos afecten a nosotros, sino al resto de aquello que conocemos o creemos conocer.
Es muy frecuente (y lógico) el ponerle nuestro mismo rostro o sentido a aquello desconocido o por descubrir y, el no escuchar una voz o un dedo que nos señale cuánto nos equivocamos, es lo que nos hace creer que estamos en lo cierto. Por eso, de vez en cuando, no está mal recordar que quizá aquello que nos demuestre nuestro error no tenga rostro, dedo o voz.
La percepción del ser humano es extremadamente limitada, por lo que lo lógico es pensar que no sabemos absolutamente nada de la realidad o de como funciona.

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