lunes, 9 de febrero de 2015

Azul

Reescribiendo mis antiguos relatos:



Azul






No consigo acordarme del inicio exacto. Supongo que el recuerdo más temprano que aún conservo es el deambular en una especie de oscuridad con forma de pasillo, en los tiempos en los que no sabía apreciar nada de este mundo.
Poco a poco aprendí a ver y oír. Me atraían los colores estridentes y los sonidos fuertes.
Supongo que por eso el primer lugar que me atreví a calificar como hogar, fue aquél centro comercial.

Disfrutaba con el bullicio de la gente, los carteles luminosos y el movimiento constante del que hacía gala aquél lugar. Más tarde aprendería a apreciar las pequeñas historias que ocurrían a mi alrededor, sonreía con el niño que pedía un juguete o con la chica que esperaba nerviosa a su pareja.

En un principio las noches eran desagradables, pero pronto aprendí a disfrutar también la oscuridad y la quietud. Adoraba la manera en que la bóveda de cristal dejaba que la luna iluminara la plaza central algunas noches.

Cuando aprendí a percibir hasta el más mínimo detalle de mi alrededor, comprendí que sólo era un mero espectador, que no podía formar parte de aquello. Podía sentir el mundo, pero el mundo no me sentía a mí. Nadie podía verme y, puesto que no podía emitir sonido alguno, tampoco podían oírme. Las personas atravesaban mi pálida piel al caminar, sin notar nada más que una pequeña brisa fría.

El mundo para mi era algo bello pero completamente imperturbable. Aún así, yo era feliz.


No me gustaba el concepto de fantasma. Se supone que éstos fueron personas en algún momento, yo nunca había sido otra cosa. Además, jamás habría asustado a nadie ni aunque hubiera podido.

Viví en aquel centro comercial durante años, sin plantearme siquiera el abandonarlo. No al menos hasta aquél 30 de Junio. Nunca olvidaré esa fecha.

Miraba el minutero del reloj colgado sobre la puerta central, cuando bajé la mirada y la vi. Es imposible explicarlo... no era el rostro mas bello que había visto, ni el pelo más bonito, ni siquiera su forma de andar y moverse era la más llamativa... pero no podía apartar la mirada de ella. La seguí.

Cuando abrió sus labios y habló para saludar a otra persona, mis sentidos se apagaron. Por primera vez dejé de percibir el mundo para centrarme tan sólo en el sonido de su voz. Deseé que aquella voz fuera sido lo primero que hubiera oído cuando abrí por primera vez mis sentidos al mundo.

Aquella tarde de Sábado fue la primera vez que vi a Ángela, a la tierna edad de 15 años. Ella cambió mi modo de ver y sentir la vida.

Sustituí el alboroto del centro comercial por la relativa calma de su rutina diaria... las noches bajo la bóveda por largas noches mirando su rostro al dormir, notando la suavidad con la que sus fosas nasales se movían al respirar.

Recuerdo poner mi dedo bajo mi nariz, esperando notar ese aire fluir. Algo tan cotidiano, en lo que ninguna persona se paraba nunca a pensar, era uno de mis mayores anhelos. Encontraba tan lleno de vida el modo en el que el las personas aspiran el aire y lo devuelven al mundo, dejando constancia de que forman parte de él.
Todas las noches lo intentaba, sentado sobre el pie de la cama de Ángela. Lo más parecido que logré fue suspirar.

Pero eso no fue lo único que aprendí de ella. Con los años fui entendiendo y sintiendo las emociones humanas a través de una fuerte empatía. Sentía su dolor, su alegría, todas sus emociones.

Siempre viví valorando el mundo, y no había dejado de hacerlo, puesto que ahora mi mundo era ella: La amaba.

No tengo en la memoria el momento en el que empecé a hacerlo, pero un día me percaté de que, si bien no podía hablarle, aquellos suspiros que aprendí a hacer podían transmitirle sensaciones que captaba de algún modo superficial.

Pronto empecé a usar esa capacidad para ayudarla en todo lo que pudiera: Un pequeño suspiro que le hiciera recordar algo en un examen, que le hiciera percatarse de pequeñas equivocaciones o prestar atención a peligros de los que estuviera distraída, como un coche al cruzar la carretera o aquella vez que estuvo a punto de pisar un cristal cuando andaba descalza por la playa.

Esos suspiros fueron mi única puerta con el mundo, el único modo de incidir en él en lo más mínimo.
Yo observaba cada detalle de su alrededor, a fin de ayudarla en su camino.

Tampoco era un ángel de la guarda, pero me gustaba mucho más que el concepto de “fantasma”.

Fui testigo de muchos primeros momentos en su vida, y los vivía con su misma intensidad.
Era inevitable que acabara enamorándose... aunque no de mí, claro. Al fin y al cabo, ni siquiera sabía que existía.

Era bonita y atraía a muchos chicos diferentes, pero no tuvo demasiada suerte con las personas de las que se enamoró.
Y es que muy pocas personas en éste mundo tienen los ojos lo suficientemente abiertos para apreciar como es debido lo mucho que vale Ángela. La mayoría acaban sintiendo cosas confusas por verse ocluidos a su lado, o superados por su pasionaria visión de la vida.

Cuando sus labios besaban a otro sentía celos, y aunque no podía derramar lágrimas, si que sentía dolor.
Dolían especialmente aquellas noches en las que, postrado junto a la ventana, la veía dormir en los brazos de otra persona que no la valoraba como yo. O cuando escuchaba a alguno de sus novios en su ausencia hablar con orgullo mentiras sobre ella, su relación o lo que habían hecho.
Aunque, con diferencia, lo que más dolor me producía era verla llorar las rupturas.
El modo en el que se abrazaba con fuerza a algún peluche, llorando sin parar... no había suspiro que la consolara.

Pero la vida no podía ser cruel en el amor con alguien como Ángela, y unos meses después de cumplir los 24 años, encontró a la persona indicada.

Acababa de salir de una relación complicada cuando lo conoció. Roberto entró en su vida tan rápido como en su corazón, borrando todo rastro anterior.

Fue en una tarde de otoño, sentía la angustia de Ángela por haber decidido romper su relación con David, un hombre extremadamente posesivo por el que había estado muy enamorada.
Estaba sentada sobre la arena a varios metros de la orilla del mar mirando el horizonte con los ojos empapados cuando un pequeño yorkshire apareció por su lado y comenzó a lamerle los dedos de los pies, salados del agua del mar. Me alegré al ver como aquello hizo que sonriera.
Su dueño, Roberto, llegó hasta ella y tras disculparse, se presentó.

Se que el conocerla le transformó. Él veía en Ángela todo lo que ella representaba, la valoraba como se merecía.
Pude distinguir en sus ojos ese fuego, esa pasión y sentimiento de comprensión y decisión que durante tanto tiempo había deseado que ella pudiera ver en los míos.

Ese día hice algo que no solía hacer nunca: fijarme en mí mismo. Y fue cuando me dí cuenta de lo que me estaba empezando a ocurrir. Mi piel siempre había sido blanca, casi traslúcida, pero comenzaba a tornarse en un tono azul gélido. Pronto me di cuenta de la relación entre el volverme azul y los suspiros que usaba para ayudar a Ángela. No sabría explicar por qué, pero esos suspiros hacían que algo de mi se marchara, dejando mi cuerpo aún más frío y tornándolo azul.


Ver a Ángela con Roberto no me causaba el mismo dolor. Sentía que era diferente, quizá la persona adecuada para ella. Y eso también me hacía feliz a mí.


Ojalá David hubiera podido verlo del mismo modo, pero su percepción del mundo era muy distinta a la mía. Él no podía asimilar el haber perdido a Ángela, y a pesar del tiempo que ya había transcurrido desde que rompieron, cuando la vió con Roberto... su cordura se evaporó.


Se que ella no le vio aquella noche, en la víspera de mi último día de vida.

Pero yo si le vi, podía notarlo en el ambiente, esa presión demoníaca de una mirada penetrante, deseando el mal a una persona que no lo merece.
No me costó mucho divisar a David sentado unos metros atrás, en otro banco de aquella calle, clavando los ojos en la pareja.

Con sólo mirar su rostro sabía lo que pensaba, así que decidí seguirle cuando se levantó y se marchó en la dirección contraria. Nunca pasé tantas horas lejos de Ángela desde que la conocí... pero debía hacerlo.


Le seguí hasta su casa, donde destrozó un mueble del que sacó un pequeño puñal.

Se sentó en el salón, jugando con él en la mano, tratando de luchar con sus propios demonios.
Permaneció allí horas, pero ni sus esfuerzos ni mis suspiros lograron calmar a la bestia que ya había nacido en su interior.
Se puso en pie, escondió el puñal en su chaqueta y salió de su casa con la mente tan ida que ni siquiera cerró la puerta. Iba a matarla.

No podía permitirlo, me sentía tan impotente... Me agarré a él con todas mis fuerzas intentando frenarle, pero seguía sin tener repercusión física alguna sobre el mundo.

Me arrastraba consigo mientras veía horrorizado como cada dirección que tomaba le acercaba más a la casa de Ángela.

No paraba de lanzar suspiros a sus oídos: “...no lo hagas...”, “..te destruirás a ti mismo...”, “...tú no quieres esto...”. Pero no servía de nada.

Tan sólo pensar en lo que podría hacerle con ese puñal... comenzaba a suspirar tan rápido que en lugar de suspiros parecían sollozos.
Mi cuerpo se volvía más y más azul, rápidamente. Empezaba a notar como se me cristalizaban los dedos de los pies, helados. El poco calor que tenía mi vida se esfumaba con mis suspiros, mi cuerpo comenzaba a envolverse poco a poco por una fina capa de hielo.

En ese instante lo supe: cuando el hielo me cubriera totalmente, moriría.

Pero no me importaba, lo único que me importaba era parar a aquél hombre. Y no lo conseguía.

Nunca pude llorar, pero la frustración de mis vanos esfuerzos me hicieron soltar una lágrima. Una única gota que se cristalizó rápidamente, pues el hielo ya comenzaba a cubrir mis mejillas.

Se que el suspiro que la acompañó era distinto... “...ella es luz...”, fue lo que dije.

David se frenó en seco. Se quedó unos minutos quieto, paralizado, con la mirada perdida. Hasta que rompió a llorar en medio de la calle.

Caí de su espalda al suelo notando como aquella horrible sensación del ambiente desaparecía para no volver.

Tumbado sobre el asfalto vi como se marchaba de nuevo a casa.

Apenas podía moverme, mi cuerpo estaba prácticamente muerto, completamente azul, incluso gran parte de mi rostro.

No sabía cuanto aguantaría con vida, pero tenía que verla aunque fuese por última vez. Me arrastré como pude hasta llegar al hogar donde había vivido tantos años junto a ella... pero no pude entrar.

Aquello en lo que me había convertido, el frío absoluto, ya no tenía cabida alguna entre aquellas cálidas paredes, no tenía un sitio junto a ella.

Me incorporé como pude para asomarme por su ventana y la vi, sentada sobre su cama, leyendo un libro a la tenue luz de su pequeña lámpara de piedra roja.


Acerqué mis labios al cristal y dejé escapar mi último suspiro que, más allá de todo lo que había podido hacer o influir en el mundo hasta aquél momento, empañó el cristal.


Logré levantar el brazo para tocar la zona empañada con mis dedos, con la esperanza de poder escribir al menos un “te amo”, pero apenas pude marcar un único trazo mientras poco a poco el hielo que la pérdida de mi último aliento de vida había provocado comenzaba a cubrir mis ojos.


Pude ver a tiempo como ella reaccionaba, soltaba el libro y se inclinaba mirando la ventana.

“lo verá”, pensé.
Pero justo en ese momento se abrió de golpe la puerta de su cuarto, y ella se giró para ver entrar a Roberto.

Cuando la escarcha cubrió mis ojos, lo último que pude distinguir antes de que se cerraran para siempre fue el dibujo de sus siluetas, fundiéndose en un beso.



Nunca volvería a verla de nuevo. O bueno, al menos eso pensé...



...pero lo cierto es que mis ojos volvieron a abrirse, y ésta vez fue tal y como deseé que hubiera sido.

Antes de abrirlos, lo primero que escuché fue su voz, hablándome... y cuando los abrí, lo primero que vi fue su rostro, mirándome fijamente como si fuera lo más bonito que había visto en toda su vida, como si sintiera por mi el amor más incondicional que pueda existir.

Ángela me sostenía en sus brazos y me sonreía. Mi piel azul había desaparecido, ahora tenía un pequeño cuerpo rechoncho de un color rosado.


Roberto apareció y me miró también con amor, abrazándonos a mí y a Ángela como si fuera el hombre más feliz del mundo.



Es una pena, porque se que todo esto lo olvidaré pronto, cuando crezca... pero sentía la necesidad de escribirlo en mi mente y dejarlo guardado, aunque quien soy ahora lo olvide, estoy seguro de que mi alma lo recordará para siempre.


Fin.





Notas:
· El texto original lo escribí en 2010.
· La idea principal surgió a raíz de una conversación que tuve con mi hermana, en la que aseguró que todos elegimos quién será nuestra madre desde antes de nacer.
· Este relato se lo dediqué a mi sobrina Ángela, que por aquél entonces tenía sólo 3 añitos.
· He reescrito casi todo el relato cambiando pequeñas cosas, pero lo que más he cambiado ha sido el inicio, debido a que más de una persona me comentó que entendió en un principio que el personaje principal era un maniquí (debido seguro al modo de introducirlo y el que sea en un centro comercial) xD

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