miércoles, 28 de diciembre de 2016

LLUVIA SALADA



El tacto de las sábanas me resulta artificial. Me transmite la extraña sensación de que esta cama no es más que un frío e insustancial intento de calma, una mentira que nada tiene que ver con el torrente de emociones y sensaciones que viven en mi interior.

Mi cuerpo puede que esté aquí, tumbado, abrazado por el somier; pero mi mente está lejos, intentando sin éxito rescatar mi corazón del pasado.

Vuelvo a darme la vuelta y miro por tercera vez el despertador de la mesita de noche: las 3:33.
No tiene sentido seguir intentando dormir.

Como un yonqui que prepara por inercia la siguiente dosis, dejo caer mi torso por el filo de la cama y, a tientas, saco la maleta de debajo.

Enciendo la luz y me siento en la cama con las piernas cruzadas, mirándola aún cerrada.
Suspiro, rendida, sintiendo en el alma la necesidad de abrirla una vez más, aun sabiendo el enorme error que es.

La contraseña del candado sigue siendo 333.
En su interior siguen estando los doce sobres que conozco de sobra. Al milímetro. Todos repletos únicamente de fotografías.

Mi mano va directa al que sé que más me dolerá contemplar. Al que más deseo revivir.
Abro el sobre y esparzo las fotos sobre la cama, sin mirar ninguna en especial.

Desvío la mirada, en un intento de huida, hacia el techo. Miro la lámpara, deseando por un segundo que estuviera apagada, antes de soltar un nuevo suspiro de rendición para bajar la cabeza y perderme en la primera de las fotos.

Siempre he tenido esa capacidad: la de perderme evocando experiencias que dejaron marca en mi ser. Las fotografías son como peceras que albergan tiempos pasados. Puedo sumergir la cabeza en ellas y volver prácticamente a vivirlos, a sentir los recuerdos sobre mi piel.

En un segundo me encontré caminando junto a ella, en la calle principal de la ciudad donde estudiamos. Su sonrisa ese día era arrebatadora. Era un sentimiento incomparable notar que disfrutaba de mi compañía.
Y sabía que era por estar juntas; no podía ser el día (el cielo era demasiado gris), no podía ser la libertad (teníamos examen en apenas unas horas), no… Era la compañía. Disfrutaba con tenerme a su lado.
Me pregunto qué habría pasado si en aquel momento hubiera sabido con certeza lo que sentía…

Caminábamos mirando escaparates y riendo con cualquier cosa, hasta que la lluvia que comenzó nos hizo refugiarnos bajo el toldo de una panadería, donde el delicioso aspecto de un dulce ahogó una pregunta que nunca llegó a salir de mis labios.

Un sollozo después, mis ojos saltan a la siguiente foto.

Aquella risa.

Aunque había aceptado a regañadientes acompañarme esa noche, era más que manifiesta su negativa a hacer cualquier cosa que la pudiera animar. Hacía apenas un par de días que había roto con quien fue “su chico” durante tres años.
Aun con el tiempo que llevaba esperando ese momento en silencio (una certeza ahogada en un silencio que incluso mi propio pensamiento intentaba acallar), verla sufrir no podía provocarme otra cosa que dolor.

Prácticamente éramos las únicas en la terraza de aquella cafetería. Tanto, que hasta intenté animarla marcándome un ridículo bailoteo con aquella melodía que tanto odiábamos, chapurreando una canción más improvisada que el propio baile.
Me tiré el batido por los pantalones al tropezar con la mesa, y la palabrota que solté casó perfectamente con el intento de estrofa que estaba cantando.

Su cara, hasta entonces seria, estalló en una risa que me hizo olvidarme al instante de todo. Fue como si, de repente, se encendiera una enorme hoguera en una helada noche del desierto.
Saqué el móvil lo más rápido que pude y tomé aquella foto.

Cuando se la iba a enseñar, comenzó a llover y tuvimos que refugiarnos dentro.

Inhalo profundamente y salto a la siguiente.

Mi media sonrisa.

Volvíamos de la ciudad vecina. Habíamos salido a tomar algo y ella había conocido allí a un chico con el que había conectado (y que se convertiría en su pareja dos semanas después). Los tres íbamos en el tren cuando me tomó la foto. Sabía que mi parada estaba antes, que me bajaría y que terminaría la noche sola. De ahí la media sonrisa.

Cuando el tren paró, me despedí a las prisas y bajé de un bote, algo cabizbaja.
Ella me abrazó por detrás y me dijo: «A ti te pasa algo. Esta noche no la pasas sola».

Me quedé paralizada, sin saber qué decir.
Tras unos segundos, ella rompió el silencio volviendo a cantar y bailar aquella estúpida canción con la que siempre intentaba animarla. 

Mi sonrisa se completó, y comenzó a llover.
Pasamos el resto de la noche en casa, charlando de temas sin importancia mientras compartíamos una última copa, y no podría haber sido mejor.

Suelto una pequeña risa ahogada y poso mis ojos en otra fotografía.

Voy sumergiéndome en cada una de ellas, rememorando cada detalle, hasta que llego a la única en la que de verdad había comenzado a llover. La última.

Hice aquel viaje en parte por olvidarme de ella. Aunque cualquiera que mirase dentro de mí no cometería la desfachatez de ver aquellos sentimientos como algo negativo, empezaba a tener problemas en mi vida diaria por las frustraciones y la falta de atención que me causaban mella.

Irónicamente, cuando volví después de un año de desconexión total (cambié de teléfono móvil y tan solo mantuve el contacto con mis padres), era la primera persona a la que deseaba ver.

Si hubiera sabido, cuando me hice esta foto en el avión, que lo único que encontraría de ella al llegar sería un frío trozo de piedra con su nombre grabado… habría empezado a llover aún antes.

Las fotos y la colcha estan empapadas de tanta lluvia. Una lluvia salada que no ha dejado de caer en mi interior desde que volví aquí. Desde que veo la vida en blanco y negro, encontrando solo pequeñas trazas de color efímero en las fotos.

Una lluvia salada que brota de mis ojos sin descanso. Esos ojos que aún gritan mirarte, aunque sea en las fotografías que atesoro.

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