jueves, 19 de marzo de 2020

Te Siento


Sara lanzó de una patada su bota derecha contra la esquina del baño, sin prestar siquiera atención al rollo de papel higiénico que saltó del estante debido al retumbo. Aún estaba enfadada, lo suficiente como para hablar sola.

-Si es que no sé que hago perdiendo el tiempo así… para ser (según él) “su mejor mitad” parece que le cueste dedicarme tiempo…- La muchacha se quedó quieta de repente, entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.

“¿Fue él quien me dijo aquello? Desde luego Diego no fue… pero tampoco recuerdo cuando fuese que lo dijera Andrés...”

Soltó un bufido, fingiendo que no le importaba esa cuestión, que no le importaba nada de todo esto.

Se metió en la bañera y con cuidado se echó hacia atrás en el agua, mirando al techo. Uno de los pequeños focos que daban luz al baño seguía parpadeando de la manera que siempre la desesperaba, pero no le molestó, ya no estaba irritada: una mezcla entre el vapor y calor del agua y la negativa de su mente a desistir en el intento de recordar cuándo dijo su novio aquella frase la tenían lo suficientemente entretenida para haber olvidado su enfado.

Repasó mentalmente todos y cada uno de los viajes que habían hecho juntos, de los eventos a los que habían asistido o de los momentos románticos que podía recordar. No conseguía recordar el momento, pero aún así estaba segura de que la había pronunciado.

-Eres mi mejor mitad.-Dijo en voz alta, despacio, deteniéndose en cada sílaba.

Empezó a frustrarse de nuevo. Soltó una pedorreta a medida que se dejaba resbalar por la bañera hasta meter la cabeza bajo el agua, haciendo pompas con el aire que salía de su nariz y boca. Abrió los ojos bajo el agua y, cuando se disiparon las ondas y burbujas, volvió a ver a través de la superficie del agua aquel foco que parpadeaba.

Se sentía extraña. De repente aquella luz le resultaba ajena. Su propio cuerpo le resultaba algo desconocido, perdió en un instante la noción de donde se encontraba y su mente empezó a recibir extrañas certezas, epifanías que no sabía muy bien de donde surgían.

En un momento supo que la vida es sólo una página, un tramo por la que su ser debe pasar para sentir experiencias, que no hay principio y no hay fin. Que nada tiene importancia. Que el miedo no tiene sentido y la tristeza no puede realmente dañarnos sino condicionar apenas las líneas que se escriban en esa página que es la vida.

En medio de ese flujo de revelaciones y pensamientos que duraba un simple instante, pasó por su mente Andrés, pero no un nombre ni un rostro… sino un concepto, algo primigenio.

Lo percibió como un olor, un sabor, una reacción específica en su ser, una esencia que haría
que pudiera reconocerlo con los ojos cerrados, sin oír, sin escuchar, sin ninguno de sus
sentidos. Una certeza absoluta. Percibía y entendía su esencia.

De repente estaba segura de que la persona a la que pertenecía esa esencia era quien le había
dicho aquella frase: “Eres mi mejor mitad”.

Como quien recuerda trazos de un sueño pasado, se vio a sí misma, con otro rostro y otra piel,
tomando de la mano a un hombre que portaba esa esencia.

Poco a poco empezó a percibir con más claridad la escena. La felicidad que sentía era
inconmensurable, tenía ganas de gritarlo a todas aquellas personas que de repente se
dibujaban, reconociéndolas como sus más allegados en los recuerdos de aquella piel.
Cuando comenzó a percibir el sonido, el hombre donde yacía la esencia terminó de decir sus
votos.
-…Eres mi mejor mitad.

“Es mi boda… yo no me he casado nunca… pero esta felicidad que siento… la recuerdo.”
En cuanto lo reconoció como suyo, el recuerdo se diluyó tan rápido como surgió.

Todo se apagó y tan solo permaneció aquella esencia.

Como si esa oscuridad fuera un lienzo y la esencia el punto de partida de una pintura, comenzó
a dibujarse un recuerdo diferente.

Esta vez se adelantó a la escena, consiguió recordarlo antes de poder verlo.
A pesar de que ella era hija única, se vio jugando en la playa con su hermana gemela, que
portaba una vez más esa misma esencia.

Las dos chapoteaban en las olas cogidas de las manos, dando vueltas y riendo. No necesitaban
nada, con estar juntas podían crear mil y un modos de divertirse.

Se marearon y se dejaron caer sobre la arena. Su hermana la miró y sonrió reflejando el sol en
sus dientes. Exageró tanto la sonrisa que sus pómulos casi taparon sus ojos cuando dijo:
-¡¡Eres mi mejor mitad!!

El recuerdo se esfumó de nuevo y donde yacía su hermana tan solo permaneció una vez más
aquella esencia, rodeada de oscuridad.

Su piel, en el siguiente recuerdo que la embargó, era de nuevo diferente.
“Me acuerdo de estas manos…” dijo mirándoselas.
Conforme su alrededor tomaba forma y la esencia se tornaba al aspecto de un señor mayor,
recordó con precisión.
“Me acuerdo, me despedía de papá” Pensó; al ver la figura que se dibujaba frente a ella.
Al pensar esta última palabra la embargó una tremenda emoción y calidez.

En frente de ella se encontraba un señor al que reconocía como su padre, portando la misma esencia que Andrés, que su
marido, que su hermana gemela…

La cogió de las manos.
-Ahora que te marchas, no puedo evitar sentir que un trozo de esta casa, un trozo de mi… se
marcha… mi mejor mitad. Te quiero hija. Espero que seas feliz.
Las lágrimas brotaban de los ojos de la muchacha, se fundían con el aire, con el agua… de la
bañera.

Sara sacó la cabeza del agua en un sobresalto, tiritando y confundida.
Intentaba retener lo que acababa de experimentar pero escapaba de su mente con demasiada
rapidez. Cuando vio que sus esfuerzos eran inútiles y que pronto lo olvidaría, salió a toda prisa
de la bañera, se vistió con lo primero que encontró y se marchó corriendo de casa.

Corría tan rápido que resultaba un milagro que no tropezara. Apenas recordaba ya algunos
detalles de lo experimentado en la bañera, pero tenía que verle.

Cuando llegó a la puerta, tocó el timbre las suficientes veces como para avergonzarse si no
fuera Andrés quien la abriera, pero por suerte fue él.
-¡Sara! –La cara del muchacho se iluminó y le dedicó la más sincera de las sonrisas.

Cuando Sara vio esa sonrisa, rompió a llorar con fuerza, con una inmediatez imposible. Las
piernas le flaquearon del cansancio y la emoción y cayó sobre sus rodillas, sin dejar de sollozar
mirándole.

Andrés se agachó frente a ella con los ojos también empañados en lágrimas. Le tomó las
manos y le dijo:
-Perdóname, por favor... no quiero perderte. Eres mi mejor mitad.

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