Miraba la cama donde un segundo antes había estado tumbado. En la forma inmaculada en la que la colcha cubría las sábanas, no había el menor rastro de presencia, nada que indicara que allí había yacido un ser humano.
-No, ya no. - pensó.
Miró por la ventana. El sol no entraba por el marco, pero la acera estaba bañada por su calidez y una suave brisa mecía las hojas del naranjo a escasos metros del cristal en el que ya no estaba el picotazo que causó con aquel destornillador a los doce años.
No había fotos en las paredes, toda la habitación parecía más sobria. Una habitación de invitados.
Caminó hacia la puerta e hizo girar el pomo, que ya no cedió del mismo modo en que lo hacia siempre, con el desgaste que se esperaba.
-Incluso este pomo lo agradece. -Se dijo.
En el salón, los retratos de la chimenea y la estantería mostraban a una feliz familia de tres miembros: el padre, la madre, y la pequeña... Ningún rastro del adolescente de mirada perdida, que solía aportar sombra, casi siempre demasiada, a los retratos familiares.
Sonrió con tristeza al ver una figura de madera de un gallo sobre la estantería de la enciclopedia, donde recordaba que su madre puso aquella fea pieza de cerámica que realmente nunca le gustó a nadie, pero era lo único remotamente digno de ser expuesto que hubiera salido de sus manos, y sus padres habían hecho el esfuerzo de buscarle ese hueco. Siempre el esfuerzo.
El esfuerzo por buscarle una cura cuando estuvo enfermo, el esfuerzo por ayudarle a ser feliz cuando su salud física mejoró, pero no su ánimo.
Esos esfuerzos que él sabía inútiles, que lo único que le provocaban era un desgarrador sentimiento de culpabilidad que hacía brotar emociones descontroladas como la ira. Una ira irracional al ver con impotencia como se negaban a tirar la toalla en la imposible tarea de devolverle las ganas de vivir, descuidando sus propias vidas o la de su hermana.
Se acercó a la cocina para la prueba definitiva. El suelo estaba limpio, impecable.
Ya no recordaba el motivo por el que discutió y tiró aquel yogurt al suelo.
Su padre se había marchado a dar un paseo para despejarse, como siempre hacía cuando le superaba la frustración de la situación con él.
Había discutido con su madre en la cocina, y los gritos le habían seguido hasta su cuarto, donde el pestillo de la puerta había frenado el paso de su madre, pero no de los gritos.
Ahogó la cabeza contra la almohada hasta que pudo dejar de distinguir el significado de lo que le gritaba.
Pudo sentir como se alejaba de la puerta para luego seguir gritando aún más fuerte. Esto le pareció extraño pero no fue hasta que escuchó la puerta principal de casa cerrarse de golpe cuando decidió sacar la cabeza de la almohada.
No podía haberse marchado también a despejarse y dejar a Sofía sola en el salón, y era demasiado tarde para llevarse a la niña consigo.
Salió de la habitación y fue directamente a la cocina.
Alguien había resbalado con el yogurt y se había golpeado fuertemente la cabeza contra la encimera. Todo estaba lleno de sangre.
Ahí comenzó el sentimiento. Supo al instante lo que había pasado y, aunque no fue ni remotamente la primera vez, si que fue la vez que con mayor fuerza deseó no haber existido. No haber resultado una maldición para todos aquellos que quería; que le querían.
Lo deseó con tanta fuerza mientras apretaba la cabeza una vez más contra la almohada, que el universo, el todo, aquello que tenía la potestad de decidir, decidió concederselo.
Él lo percibió, la certeza le atravesó como una flecha, abrazó la posibilidad y la asumió. Se sorprendió distinguiendo la felicidad en ese pequeño instante en el que entendió que salvaría a su familia del peso de su existencia.
Entonces fue cuando se levantó de la cama, que estaba inmaculada. Porque él nunca estuvo allí ni en ningún otro lugar. Nunca.

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