miércoles, 22 de junio de 2011

El Pueblo Duerme Desenlace



Final del capítulo anterior: 
Daniel alzó la vista y vio a alguien acercándose a Rodrigo por la espalda.
-Él.... -Dijo señalandole con la cabeza.

Rodrigo se dio la vuelta para ver como, el hombre que había aparecido a su espalda, tiraba de la palanca, dejando el cuerpo de Daniel inmóvil, inerte, suspendido en el aire.

El gendarme se apartó al tiempo que veía como las manos de aquel hombre comenzaban a temblar, vibrando de un modo espasmódico, al tiempo que mutaban. Trató de echar mano a su arma, había olvidado que no la tenía.
-Ahora lo entiendo todo.... -Dijo el gendarme, dando pequeños pasos hacia atrás mientras el lobo le miraba con malicia.



El sol salió reflejándose en los ojos de Rodrigo, abiertos de par en par.
Tumbado sobre la hierba, empapado en su propia sangre, en un silencio absoluto solo roto por el susurro de las hojas con el viento y el singular chirrido de la cuerda que ahorcaba a Daniel, balanceándose levemente.


Carmen despertó por la mañana, totalmente recuperada. Sin duda la poción de Estela era maravillosa.

Le sorprendió encontrarse sola. Tras la muerte de Jan, Rodrigo había pedido a Hernando que cuidase de ella (después de todo, el alcalde había prohibido que nadie saliera del pueblo hasta la mañana siguiente, así que no iban a necesitar a nadie que abriera el portón).

Fue precisamente Hernando quien encontró el cadáver de Rodrigo, avisando al alcalde.

Ángel, Elan y Yago le acompañaron a ver la escena. Rodrigo yacía muerto con múltiples heridas.
-Las heridas parecen superficiales, como si el lobo hubiera jugado con él antes de matarle... -Analizó el cazador.
-¿Entonces de qué murió? -Preguntó el alcalde.
-Estrangulado, por ésta prenda que tiene tan fuertemente atada al cuello. -Contestó Yago.
-Eso no es... - Dijo Elan, agachándose junto al cadáver. -¿No es el delantal de Roberto?
-Qué poético... lo mató como una burla a la única pista de verdad que pudo seguir... -El alcalde casi pareció sonreír.
-No hay nada de poético en ésto. -Afirmó Yago, aunque con indiferencia.
-Parece que el monstruo le rasgó la ropa. -Se fijó Elan.
-Si, justo por los bolsillos -Apuntó Ángel.
-Tal vez buscaba algo -continuó el herrero.
-El cuaderno de notas... -Esta vez habló el cazador. -Ahí tenía apuntada toda la información que había reunido. Si se lo llevó va a haber que empezar la investigación de cero.
-Yo tomaré el testigo -Se apresuró a decir Ángel. -Rodrigo era mi compañero...
-Quizá debería encargarme yo. -Dijo el alcalde, hablando por encima del gendarme.
-No te ofendas, Víctor -le cortó Yago.-Pero creo que eres demasiado mayor para ésto. Ángel y yo lo llevaremos.
-Gracias, pero voy a hacerlo solo. No es que no me fíe de vosotros... -El gendarme se puso en pié. -Ostia... -dijo, señalando al ayuntamiento.

Carmen caminaba hacia ellos, con las manos agarrotadas pegadas al cuerpo. Temerosa de lo que se iba a encontrar.

Cuando vio el cadáver de Rodrigo, hundió las rodillas en la hierba y se dejó caer sobre él, llorando con una descorazonadora amargura.

La frutera no acudió en la asamblea.
Nadie en el pueblo se atrevió a acusar a otra persona. Lo único que votaron al unísono fue que el portón fuera abierto, pero el Alcalde era reacio a dejar ir a nadie, no pensaba permitir que el lobo se escapara.

Aunque hubo algunos altercados, el pueblo terminó aceptándolo. Tendrían que pasar al menos una noche mas.

Al terminar la reunión, Ángel y Víctor fueron a ver a Carmen, para acompañarla al funeral de Rodrigo. Él hubiera querido que ella estuviera presente.
Se encontraron la puerta de frutería echada y, por mas que llamaban, nadie contestaba.

El gendarme se asomó al interior por el escaparate.
-¡Mierda! -Exclamó, al tiempo que sacaba su arma y disparaba a la cerradura, para poder abrir la puerta.

El cuerpo de Carmen, ahorcada con una de las sogas que usaba para atar cajas de fruta, colgaba del centro de la tienda. Con la cara húmeda, hinchada, sin duda por el torrente de lágrimas que había brotado de ella antes de tomar la decisión de suicidarse.

El funeral conjunto dedicado a ambos fue conmovedor, precioso. Pero el miedo que se palpaba en el pueblo era tal, que pocas personas asistieron. Nadie se atrevía a salir de su casa.

Muy pocos podrían dormir bien aquella noche en Saint-Piereg, y, por supuesto, Ángel no era uno de ellos.

En medio de la noche, fue a la vacía casa de su compañero. Quería asegurarse de que Rodrigo no había dejado alguna pista que pudiera ser encontrada.

Fue directo al primer lugar donde se le ocurrió que Rodrigo hubiera podido esconder algo: En la cama donde estuvo descansando Carmen.
Tuvo esa corazonada, y no fue decepcionado.
Bajo la almohada (quizá como una sugerencia de su amada para asegurarse de que no caía en las manos equivocadas) se encontraba el cuaderno de Rodrigo, intacto.

La bestia lo buscó la noche anterior en su cadáver pero no pudo encontrarlo después de todo.

Ángel lo abrió de inmediato y comenzó a leerlo. Pudo notar que en ese cuaderno estaba la clave.. estaba seguro de que, analizando con calma todas las pistas, sabría quién era el lobo fuera de toda duda. Pero necesitaba tiempo para hacerlo.

Cayó en la cuenta del peligro tan grande que corría. Salió de la casa de Rodrigo lo mas rápido posible y pensó un modo de sobrevivir a toda costa hasta la mañana siguiente. No podía fiarse de nadie.

Ángel arrancó las últimas páginas, vacías, del cuaderno y redactó muchas notas iguales:

LLAO, creo que pueo averiguar quien es el lobo. Voy a encerrarme en la sala de asambleas hasta mañana. Cuando os despertéis vení a verme
-Ángel

Una a una, fue metiendo las notas bajo las puertas de todas las casas que pudo.

Pero alguien estaba despierto y junto a la puerta de su casa cuando vio aparecer la nota del gendarme bajo ella...


El alba bañó Saint-Piereg, pero no cogió a nadie por sorpresa. El pueblo entero estaba en pié, pero no en sus casas ni en sus comercios. Todo el mundo se había reunido frente a la sala de asambleas.

-¡No hay manera! -Elan zarandeaba la puerta.
-¿Por qué nos citaría aquí si luego no nos abre la puerta? -Preguntó Yago.
-Quizá le haya ocurrido algo... -Comentó casi en voz baja Javier.
-¡Echad la puerta abajo! -Gritó Annie, desde un poco mas lejos.
-No creo que eso sea fácil de hacer. -Apuntó el Alcalde. -Ésta puerta es de las mas resistentes que he visto en mi vida y...
-¡Apartaos! - La multitud se abrió ante el grito de Hernando. Portando un enorme tronco, envistió contra la puerta y la desencajó del marco.

El Alcalde entró primero, para pronto girarse y hacer señas a Elan, Yago y Javier (que iban tras de el) de que no dejaran entrar a nadie mas.

Todas las sillas de la sala estaban hechas pedazos. El cuerpo de Ángel, en el centro de la sala, estaba completamente cubierto de sangre con innumerables cortes. Muerto pero erguido, ensartado por varias estacas creadas a partir de las sillas destrozadas.

La expresión de su cara era clara: “sabía que eras tú” parecía decir.

El alcalde analizó el lugar junto a Yago, Elan y Javier, que se negaba a marcharse.

-Ésto se acabó... Ya no queda nadie para defendernos. Ése hijo de puta ha ganado... -Comentó el alcalde.
-¿Por qué? Yago y yo no seremos gendarmes, pero sabemos luchar. -Dijo Elan.
-Deberíamos rendirnos. Lo mejor sería que todos abandonáramos el pueblo. -Fue la recomendación del cazador. Dejando al herrero sorprendido.
-Hey, ¿Qué es ésto? -Javier había encontrado algo.

Bajo una de las sillas, empapado totalmente en el charco de sangre, había un cuaderno.
-¡El cuaderno de Rodrigo! -Gritó Elan.

Yago se apresuró a quitárselo a Javier de las manos.
-Está ilegible... la sangre ha cubierto todas las páginas... Pero creo que puedo quitarla sin dañar lo escrito.. se me da bien trabajar con la sangre, ya sabéis. -Dijo el cazador.

El Alcalde, Elan y Javier intercambiaron miradas. No sabían si confiar en él pero, por otra parte, era cierto que el cuaderno estaba ilegible. No iban a perder nada.
-Está bien... según lo que encuentres en ese cuaderno, daré o no el visto bueno a que mañana sea desalojado el pueblo. -Dijo finalmente el alcalde.

Al ver que no se oponían, el cazador habló con una sonrisa:
-No os preocupéis, en cuanto descubra lo que hay escrito os lo haré saber. -Y marchó de la sala, no asistiendo siquiera al funeral que se celebró un par de horas después.


El atardecer llegó pronto.

El proceso de secado al que Yago había sometido las páginas del cuaderno estaba llegando a su fin. Se moría de ganas por ver que era lo que había escrito Rodrigo ahí, qué era lo que había llevado a Ángel a estar tan seguro...

Se sentó junto a la mesa en el patio interior de su casa y comenzó a leerlo, con una sonrisa casi irónica de oreja a oreja, asintiendo levemente con cada página que leía.

Al terminar, se puso en pié y contempló el cielo a través del cristal superior del patio. La luna estaba llena.
Se llevó las manos a la cara, le temblaban de una manera anormal, como si vibraran.... pero no porque fuera a transformarse, sino porque estaba nervioso, sabía lo que iba a ocurrir y aunque estaba preparado, era imposible no tener miedo.

El pomo de la puerta salió despedido y ésta se abrió.

Cuando notó el aliento de la bestia en la habitación, Yago habló:
-Hola, “Perry”.... -Se giró y miró a la bestia, cara a cara.

El lobo parecía relajado, como si quisiera escuchar lo que el cazador tuviera que decir antes de hacerle pedazos.

-No se como no me he dado cuenta antes... El papel que encontré junto al cadáver de Jose, ahora comprendí que eran anotaciones sobre la identidad falsa que creaste. Muy original el nombre, por cierto... Perry Yoshiko... o, dicho de otra manera, Perrillo Chico. Solo tú serías capaz de inventarte un nombre falso así.
Me siento decepcionado por mi mismo y por todos los del pueblo... La daga con la que atacaron a Javier... ¡Tú eres la única persona capaz de crear una con tanto detalle como para que dejase marcas similares a una dentellada!... Te he tenido delante de mis narices y no he sospechado ni un momento de ti, Elan...-

La bestia soltó un rugido que casi pareció una risotada de soberbia.

-Pero eso no es lo único... Al parecer, Estela le dijo a Rodrigo que la forma en que la sangre de licántropo llegó a alguien del pueblo fue a través de un pastel. No se como no se le ocurrió pensarlo.. tu madre era la mejor clienta de Celia. Eso creó alguna sospecha en Rodrigo sobre ella, pero por alguna razón olvidó trasladarla también a ti, aún sabiendo que vivís en la misma casa.-

El lobo comenzó a moverse muy lentamente hacia Yago.

-¿Como pasó? Imagino que comiste el pastel, y esa misma noche o quizá la siguiente, te transformaste. Como no sabías que te pasaba trataste de huir a lo alto de la loma, pero cuando esa necesidad asesina te consumió, te viste obligado a matar a Jose.
Al día siguiente construirías esos grilletes, con los que pudiste estar.. ¿Cuanto? ¿dos? ¿tres días? Sin matar a nadie, encadenándote a ti mismo por las noches. Pero esa necesidad era demasiado fuerte... Y tuviste que pensar en un plan para matar sin consecuencias...-

Yago comenzó también a moverse, retrocediendo lentamente por el lateral de la mesa.

-Para estar seguro, creaste varios objetivos a los que echar la culpa. Como lo de la daga con Javier.
Estela se cruzó en tu camino y cargó con el muerto... sin embargo sabías que ella iba a por ti, y temías que pudiera saber quien eras... por eso seguiste a Araceli aquella noche. No querías que encontrara algo en la guarida de Estela que apuntase a ti... -

La bestia levantó su labio superior, dejando ver sus colmillos.

-Araceli... estoy seguro de que te dolió tener que matarla, pero no te quedó mas remedio. Para esa muerte ya no tendrías a nadie a quien cargarle el muerto... si acaso apelar a la culpabilidad de Javier... pero tenías un mejor as en la manga... Desde un principio, engañaste a Yeray para que apareciera en el pueblo, con la intención de guardártelo como última opción... El cadáver de Jose era la excusa perfecta para poder incriminarle en cualquier momento...-

Yago seguía caminando muy lentamente hacia atrás, en paralelo a la mesa.

-Cuando ejecutaron a Yeray, pensaste dejar de matar, volver a los grilletes. Quizá hasta consideraste hacerte con el libro y buscar el remedio sin tener que matar a nadie más. Pero escuchaste a Mirabay cuando fuiste a comprar los zapatos... Si, Rodrigo ya había considerado la posibilidad de que la razón por la que mataran a Mirabay fuera que ésta dijera algo en la zapatería.. el último lugar al que fue. ¿Qué como se que fuiste tú quien se compró los zapatos y no Ángel? Bueno, realmente la observación es mérito de Rodrigo, como casi todo lo que te estoy diciendo: Los zapatos que Daniel prepara son siempre perfectos, sientan como un guante, y Ángel no hacía mas que quejarse de los suyos. ¿Se los regalaste tu, verdad? No era tan difícil saberlo, teniendo en cuenta lo maltrechos que están tus zapatos... los compraste para ti pero temiste que fuera una pista para que supieran que oíste hablar a Mirabay. -

El lobo seguía sin detenerse, atento a las palabras del cazador, pero preparado para atacar en cualquier momento, mucho mas tenso que cuando entró.

-Muy hábil también lo de consolar de ese modo a Celia y defender que, por su dolor, era imposible que ella fuera el lobo... así (y de hecho las notas de Rodrigo lo apuntan) cabría la posibilidad de que te descartaran a ti teniendo en cuenta que Araceli había sido una víctima... -

El lobo separó las garras.

-La única persona que podía seguir relacionándote con el asesinato de Mirabay era Daniel, que sabía que estuviste en la zapatería... como es lógico eso le hacía también sospechoso... Sembrar la duda contra él no te fue muy difícil, solo tuviste que encargarle esos enormes zapatos desde tu falsa identidad. Aunque tu no lo sabías, la hoja que arrancó del libro y su pasado como licántropo hicieron el resto.-

El cazador continuaba retrocediendo, arrastrando la mano por encima del mantel de la mesa.

-Tu plan podría haber tenido éxito ahí... Lástima que para entonces, Rodrigo ya tuviera demasiada información en su cuaderno... Era el cabo suelto que te quedaba... Estoy seguro de que si no fuera sido por Jan, Carmen habría muerto, y ésta no le habría sugerido a Rodrigo que lo escondiera. Es curioso, las últimas víctimas fueron tan solo por la búsqueda de ése cuaderno y sin embargo fuiste tan torpe de dejártelo cuando mataste a Ángel... ¿De verdad creías que era imposible que borrara la sangre y volviera a hacerlo legible?-

El lobo enfureció, levantó los brazos, preparado para atacar.

Yago saltó hacia atrás y continuó hablando.
-Llevo dos días preparando ésto en el mas estricto secreto...-

Tiró con fuerza del mantel y descubrió una extraño mecanismo con un cañón de perdigones. Perfectamente camuflado bajo la mesa.

-Te estaba esperando esta noche. ¡Todo va a acabar aquí y ahora!-

Tomó rápidamente el candil de la pared, preparado para encender la pólvora.

Un zarpazo del lobo le rajó los brazos, haciéndole soltar el candil. Yago cayó al suelo, malherido.

La bestia se le acercó y le pisó el pecho, hundiéndole las costillas.

El fuego del candil se extendió a una silla y, de ahí, a varios de los telarios decorativos sobre caza que cubrían las paredes.

Pronto, la casa del cazador se transformó en un auténtico bautismo de fuego.

El lobo le pisó mas fuerte el pecho, hasta notar como se rompían las costillas... Yago cerró los ojos tras soltar un último grito.

La bestia vio entonces el cuaderno de Rodrigo sobre la mesa y se acercó a él.
Sentía curiosidad por leerlo antes de dejar que el fuego lo consumiera también.

Mientras arañaba la mesa con sus garras tratando de abrirlo, Yago dejó de fingir estar muerto y abrió los ojos. Aún le quedaba un hilo de vida, y lo pensaba aprovechar.

Se acercó al fuego del candil y, arrastrándose como pudo, se prendió fuego a su propia ropa. Solo tenía que llegar hasta el hilo de pólvora del mecanismo antes de perder la consciencia para siempre...

El lobo apartó la mirada del libro a tiempo para ver como el cuerpo de Yago, muerto y en llamas, caía sobre la mecha.

El mecanismo disparó una gran cantidad de unos muy brillosos proyectiles... Balas de plata que impactaron en el pecho de la bestia y la catapultaron hacia atrás.

La figura del monstruo fue poco a poco menguando hasta volver a ser la del herrero.

El rostro de Elan se quedó en una mueca de rabia mientras el fuego consumía todo.

. . .

-Joder, lo has hecho de puta madre en verdad. -Dijo Roberto, al tiempo que Elan se ponía en pié y tiraba su carta contra el suelo del parque gritando “¡¡Mieeeerda!!”
Yago le apuntaba aún como si llevara un arma, con la lengua afuera como si acabara de morir.

-Se acabó señores. -Dijo Víctor, sentado sobre la pequeña moto amarilla, balanceándose con el muelle. -Son casi las cuatro y, entre que me estoy cayendo de sueño y que fijo que los vecinos ya han llamado a la policía, yo creo que es hora de irse.

El “pueblo” se levantó y se dispersó al compás de despedidas y choques de manos.

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