martes, 13 de marzo de 2012

Mi mundo y lo que quiero



La luna me ilumina el rostro. Mis manos están calentitas, en mis bolsillos. Hace una brisa agradable y la temperatura es perfecta. En mis orejas, en mis auriculares, suena por segunda vez en la noche “Another day in paradise”, de Phill Collins.

Prácticamente en un segundo plano, mi mente repasa uno a uno todos esos momentos de mi vida en los que me equivoqué, en los que acerté plenamente, en los que no supe decidirme. Todas esas oportunidades que tuve y dejé pasar, todas aquellas que aproveché y contribuyeron a llevarme donde estoy ahora. Todos esos sentimientos que decidí no seguir, las caricias que perdí, así como las que obtuve, aunque acabaran resultando dolorosas.

Mi vida pasa ante mi como una fórmula matemática de infinitos pasos, que forma un colorido río que no se detiene, mientras decido si rescatar o no cada uno de esos recuerdos para disfrutar o meditar con ellos, como el que se refresca la cara a la orilla de dicho río, salpicándose con las manos. Es mucho mas agradable que soñar. Los sueños me hacen revivir sentimientos o momentos olvidados que, al margen de que sean agradables o no, desestabilizan mi orden. Son afluentes, en ocasiones, bastante molestos.

Soy feliz, y eso no lo dudo un instante, al menos en éste momento. Quién me lo iba a decir. No estoy seguro sobre cual de esas gotas del río han contribuido realmente y cuales no, pero el resultado es éste.

Mi mente ha dejado de prestarle atención a ese río de emociones y recuerdos, ahora se mira a si misma. Razona. Imagina. Describe.

Es curioso como vivimos en un mundo plenamente físico y, sin embargo, las preguntas que nos formulamos son metafísicas casi en su totalidad. Puedo coger (y de hecho lo hago) una piedra lisa y lanzarla al agua para que de saltos sobre ella, pero el saber por qué hace eso no es lo que me preocupa ni me interesa, son las reflexiones que instintivamente me provocan sus ondulaciones en el agua, o la simbología que tiene para mi el haber tirado esa piedra las que hacen trabajar a mi mente.
¿Soy libre? ¿Existe Dios? ¿Soy feliz? ¿Qué siento? ¿Qué sienten los demás? Son las auténticas preguntas de las que depende nuestra felicidad, mucho mas allá de cuestiones físicas o matemáticas.

Aún recuerdo aquella conversación que tuve con un buen amigo hace tiempo “Elegimos nuestro mundo”, me dijo.
Hay mil maneras de rebatir algo así pero la primera y quizá mas obvia es, que si pudiera elegir mi mundo, no cometería errores en él y no habría arrepentimiento ni ocurriría nada nunca que pudiera dañarme.
Pensándolo ligeramente es muy simple y lógico, pero si profundizas quizá no lo sea tanto.

Si aceptamos la premisa de que yo hubiera elegido mi propio mundo, esto querría decir que existe un Yo mas allá del que soy dentro de él, puesto que no tengo consciencia de que así lo haya hecho.
Ahora bien, si hay un Yo por encima del que soy ahora, existe la posibilidad de que lo que hace feliz a mi yo de éste mundo, pueda ser distinto a lo que haría feliz al Yo que lo eligió.
Tal vez la experiencia de vivir y ver a mi alrededor tanto lo que considero benigno como lo que considero maligno es un todo necesario para alcanzar la auténtica felicidad de mi auténtico Yo, es decir, aquel que eligió vivir en éste mundo y con éstas experiencias.

El concepto de Dios cambiaría siendo así. Si cada uno tenemos nuestro mundo (aunque lo compartamos) y elegimos nuestra vida previamente, seríamos nuestro propio Dios, pues habríamos elegido de antemano el resultado de toda experiencia o situación vivida.
Así, toda prueba o mal trago a superar que tengamos no deberían tomarse jamás como un castigo, sino como obstáculos a superar colocados de antemano, como el corredor que ordena y coloca las vallas sobre la pista antes de entrenar.

Un plan divino”, o unas directrices de impacto de nuestro mundo sobre nosotros, que ayudan a dibujar nuestra felicidad del modo que autopactamos en su momento. Trazos sobre un lienzo destinados a crear una bella obra. A veces disfrutamos con ellos y otras veces sufrimos por su dificultad.

Resulta bello imaginar así el sentido de la vida, aunque no tenga la mas mínima intención de darlo como cierto.

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