La
luna me ilumina el rostro. Mis manos están calentitas, en mis
bolsillos. Hace una brisa agradable y la temperatura es perfecta. En
mis orejas, en mis auriculares, suena por segunda vez en la noche
“Another day in paradise”, de Phill Collins.
Prácticamente
en un segundo plano, mi mente repasa uno a uno todos esos momentos de
mi vida en los que me equivoqué, en los que acerté plenamente, en
los que no supe decidirme. Todas esas oportunidades que tuve y dejé
pasar, todas aquellas que aproveché y contribuyeron a llevarme donde
estoy ahora. Todos esos sentimientos que decidí no seguir, las
caricias que perdí, así como las que obtuve, aunque acabaran
resultando dolorosas.
Mi
vida pasa ante mi como una fórmula matemática de infinitos pasos,
que forma un colorido río que no se detiene, mientras decido si
rescatar o no cada uno de esos recuerdos para disfrutar o meditar con
ellos, como el que se refresca la cara a la orilla de dicho río,
salpicándose con las manos. Es mucho mas agradable que soñar. Los
sueños me hacen revivir sentimientos o momentos olvidados que, al
margen de que sean agradables o no, desestabilizan mi orden. Son
afluentes, en ocasiones, bastante molestos.
Soy
feliz, y eso no lo dudo un instante, al menos en éste momento. Quién
me lo iba a decir. No estoy seguro sobre cual de esas gotas del río
han contribuido realmente y cuales no, pero el resultado es éste.
Mi
mente ha dejado de prestarle atención a ese río de emociones y
recuerdos, ahora se mira a si misma. Razona. Imagina. Describe.
Es
curioso como vivimos en un mundo plenamente físico y, sin embargo,
las preguntas que nos formulamos son metafísicas casi en su
totalidad. Puedo coger (y de hecho lo hago) una piedra lisa y
lanzarla al agua para que de saltos sobre ella, pero el saber por qué
hace eso no es lo que me preocupa ni me interesa, son las reflexiones
que instintivamente me provocan sus ondulaciones en el agua, o la
simbología que tiene para mi el haber tirado esa piedra las que
hacen trabajar a mi mente.
¿Soy
libre? ¿Existe Dios? ¿Soy feliz? ¿Qué siento? ¿Qué sienten los
demás? Son las auténticas preguntas de las que depende nuestra
felicidad, mucho mas allá de cuestiones físicas o matemáticas.
Aún
recuerdo aquella conversación que tuve con un buen amigo hace tiempo
“Elegimos nuestro mundo”, me dijo.
Hay
mil maneras de rebatir algo así pero la primera y quizá mas obvia
es, que si pudiera elegir mi mundo, no cometería errores en él y no
habría arrepentimiento ni ocurriría nada nunca que pudiera dañarme.
Pensándolo
ligeramente es muy simple y lógico, pero si profundizas quizá no lo
sea tanto.
Si
aceptamos la premisa de que yo hubiera elegido mi propio mundo, esto
querría decir que existe un Yo mas allá del que soy dentro de él,
puesto que no tengo consciencia de que así lo haya hecho.
Ahora
bien, si hay un Yo por encima del que soy ahora, existe la
posibilidad de que lo que hace feliz a mi yo de éste mundo, pueda
ser distinto a lo que haría feliz al Yo que lo eligió.
Tal
vez la experiencia de vivir y ver a mi alrededor tanto lo que
considero benigno como lo que considero maligno es un todo necesario
para alcanzar la auténtica felicidad de mi auténtico Yo, es decir,
aquel que eligió vivir en éste mundo y con éstas experiencias.
El
concepto de Dios cambiaría siendo así. Si cada uno tenemos nuestro
mundo (aunque lo compartamos) y elegimos nuestra vida previamente,
seríamos nuestro propio Dios, pues habríamos elegido de antemano el
resultado de toda experiencia o situación vivida.
Así,
toda prueba o mal trago a superar que tengamos no deberían tomarse
jamás como un castigo, sino como obstáculos a superar colocados de
antemano, como el corredor que ordena y coloca las vallas sobre la
pista antes de entrenar.
“Un
plan divino”, o unas directrices de impacto de nuestro mundo sobre
nosotros, que ayudan a dibujar nuestra felicidad del modo que
autopactamos en su momento. Trazos sobre un lienzo destinados a crear
una bella obra. A veces disfrutamos con ellos y otras veces sufrimos
por su dificultad.
Resulta
bello imaginar así el sentido de la vida, aunque no tenga la mas
mínima intención de darlo como cierto.
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