domingo, 29 de mayo de 2011

El Pueblo Duerme 1º Parte.


Apenas hacía unos minutos que había caído la noche en Saint-Piereg, su gente se apuraba en terminar las tareas para poder refugiarse de la oscura y fría noche en sus casas.

-¿Ya estás otra vez con tus juegos? -Las palabras de Estela sonaban con demasiada ternura como para considerarse una reprimenda.
Apoyada en la ventana, Araceli (su hermana pequeña) le dirigió una sonrisa sin dejar de prestar atención a la calle, por la ventana, tras la cortina de la que tan solo había levantado la esquina.
-Yo no hago nada... solo les doy un empujoncito... ¡Ahí viene!

Al otro lado de la calle, Carmen terminaba de recoger las cajas de fruta. No había sido el día de mas ventas precisamente. Estaba cansada y deseando terminar y acostarse.

Araceli cogió a toda prisa el bote de aceite para los candiles y, abriendo la ventana unos centímetros, derramó todo su contenido en el suelo de la calle.

-¡Araceli! -Gritó Estela.
-Shhhhh.. -La calló su hermana pequeña.

El gendarme Rodrigo subía andando la calle mientras jugueteaba con los dedos entrelazados, nervioso. Esperaba ansioso pasar por al lado de la frutería para saludar a Carmen, aunque nunca parecía atreverse a hablar más con ella.

-Buenas noches señori... -Rodrigo resbaló con el aceite y se estampó contra una de las cajas de plátanos, esparciéndolos por la calle.

Carmen salió apresurada.
Ambos se disculparon y recogieron lo que quedaba mientras charlaban con timidez.

Araceli dejó caer de nuevo la cortina y miró a Estela, mordiéndose el labio.
-¡Misión cumplida!
-Estas hecha una celestina... o una gamberra. No te sabría decir.
-¡Soy como cupido! -Gritó con entusiasmo mientras estiraba los brazos y se apoyaba sobre una sola pierna, como si interpretara una extraña danza.
-¡¡Tttzzzap!! -Hizo como si le disparara una flecha a su hermana.

Estela soltó un resoplido y dijo:
-Ya hace tiempo que se puso el sol, ¿No deberías irte a la cama?.
-Aguafiestas. Creía que íbamos a celebrar lo que acabo de hacer en el nombre del amor.
-Eli, es tarde...
-Bueeeeeno. -No podía ocultar que se caía de sueño.

Araceli se perdió en el pasillo hacia el dormitorio, sin dejar de interpretar su “danza de cupido”, mientras Estela la miraba de reojo.

Cuando escuchó la puerta de la habitación de su hermana cerrarse se levantó para apagar el candil, echando un último vistazo a la calle, donde vio a Rodrigo despedirse de Carmen con un beso. Esbozó una sonrisa y apagó el candil, preparada para irse a la cama... o eso diría cualquiera.


La noche quedó en silencio.


Aún no había llegado el alba pero Roberto ya estaba despierto.
Encendió una vela mientras se rascaba la oreja y estiraba las piernas para intentar desperezarse, se puso en pié de un salto y, llevándose consigo la vela, comenzó a bajar las escaleras, aún con los ojos medio pegados, para poner a punto el horno.

A pesar de que Saint-Piereg era un pueblo pequeño, contaba con una considerable cantidad de habitantes que pasarían en unas horas a buscar su pan, como cada mañana.

Una vez cubrió su pelo con una enorme redecilla y se abrochó su delantal, cargó con un saco de harina hasta la enorme mesa cuadrada del centro de su tienda y comenzó a preparar la masa.
Como cada madrugada, centenares de pensamientos sobre trabajos mejores le atravesaban la mente.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se incorporó y miró detrás suya. Nada. Miró al otro lado del escaparate de la panadería. Solo la calle oscura, vacía. Sacudió la cabeza y continuó con la masa y con sus pensamientos. Entre bostezos amasaba una y otra vez la mezcla de harina y agua.

Un segundo escalofrío le hizo soltar el rodillo, que rodó por la mesa y cayó al otro lado.
De nuevo, dio un rodeo con la vista, pero esta vez algo le llamó la atención.

Al otro lado del escaparate, dos pequeñas luces juntas de un rojo intenso. Parecían ojos.
Se frotó los párpados al tiempo que caminaba hacia ellas.

Casi estaba apoyado en el cristal del escaparate cuando éste se hizo añicos. Algo se abalanzó sobre Roberto, tirándolo al suelo.

En cuestión de segundos, mientras Roberto trataba de defenderse, aquella cosa le rajó el brazo de una zarpada, del hombro al codo.

Roberto logró incorporarse y correr hacia la mesa.

La sangre se mezcló con la harina de ésta cuando, en un intento desesperado, buscó a tientas el rodillo con el que segundos antes había estado trabajando, sin apartar la mirada del monstruo, que caminaba lentamente hacia él, sediento de sangre. No lo encontró sobre la mesa.

Un segundo zarpazo de la bestia hirió a Roberto en la pierna, justo en el momento en el que saltaba sobre la mesa.

Logró esquivar una dentellada, haciendo que la bestia arañara la mesa con los colmillos, llevándose a la boca una considerable cantidad de masa.

La bestia retrocedió varios pasos moviendo efusivamente la mandíbula para tratar de escupirla, lo que le dio a Roberto tiempo de estirarse desde la mesa para agarrar la pala del horno y rompérsela al monstruo en el hocico de un rápido movimiento.

La bestia cayó al suelo, aún tratando de escupir la masa.

Roberto se arrastró hasta el borde de la mesa y bajó de ella, cojeando en dirección al enorme agujero del escaparate. Lograría escapar.

Pero, tan pronto como el monstruo logró sacarse toda la masa de la boca, se puso en pié como si el golpe no hubiera sido absolutamente nada. Corrió hacia Roberto y lo placó de un golpe, rompiéndole la espalda.

Apretó uno de sus peludos pies sobre el pecho del pobre panadero, rompiéndole las costillas.
Los gritos de Roberto se ahogaron con su propia sangre, que le salía a borbotones de la garganta.
La bestia se relamió la sangre y se marchó, llevándose el delantal de Roberto sin percatarse, adherido al pelo de su pierna por una pegajosa mezcla de sangre, harina y agua.


El canto de un gallo señaló el alba en la distancia, y Saint-Piereg despertó bajo una extraña brisa de desconcierto.

Todo el mundo comenzó sus tareas habituales, ignorando lo que acaeció durante la madrugada de la noche anterior.


El gendarme Ángel trataba de evitar la terrible vista a todas las personas que, como cada mañana, se habían acercado a la panadería “El Peluso” a comprar el pan caliente.

La gente no paraba de lanzar preguntas, atosigando al pobre gendarme.

-Señores, NO SE lo que ha pasado aquí. Mi compañero viene junto al Alcalde para tratar de poner un poco de orden y tratar de entender que ocurrió aquí anoche. Por favor, despejen la zona.

Celia andaba calle arriba a paso ligero. No quería quedarse sin pan.
Se extrañó al ver a tanta gente apiñada.

Cuando se acercó lo suficiente como para ver los trozos de cristal manchados de sangre, llevó sus manos rápidamente a los ojos de Mirabay, su pequeña, evitando que viera tan terrible escena.
-¿Qué pasa mama? Me dijiste que me darías un cachito de pan caliente...
-Te compraré mejor una manzana, vamos. -La cara de Celia perdió el color mientras cruzaba el callejón de la derecha, perdiéndose rumbo a la frutería de Carmen.

El inconfundible sonido del bastón del alcalde chocando con la piedra de la calzada hizo que todos los presentes giraran la vista. Calle abajo, se acercaban el alcalde Víctor junto al gendarme Rodrigo.
Rodrigo Se quedó en el exterior, echándole una mano a Ángel para contener a la gente.

-Santo cielo... -Fueron las primeras palabras del alcalde al ver el estado del cuerpo de Roberto, llevándose la mano a la boca.

Se dio media vuelta aún con la mano en la cara y dijo:
-Marchaos. Todos. Tendremos asamblea esta tarde, a las cinco en punto. Ángel, Rodrigo, venid un momento...

En la taberna de Javier no se habló de otra cosa en toda la mañana. De hecho, fue el tema del día en todos y cada uno de los rincones de Saint-Piereg.

El tiempo pareció pasar mas despacio de lo habitual, hasta que llegaron las cinco de la tarde.

-Tomen asiento, por favor. -El alcalde, desde el otro extremo de la gran sala, trataba de dirigir el tropel de personas que acababan de entrar por la puerta.
-Como seguro bien sabéis todos, la pasada madrugada murió Roberto, nuestro querido panadero.
-Dirás que lo asesinaron. -La voz de Elan, el herrero, destacó entre la de los demás. -Creía que las malditas vallas del pueblo servían para algo. Debimos haberlas puestos de metal, tal y como yo sugerí...
-No ha sido un animal. -El cazador, Yago, interrumpió a Elan. -He visto cientos de heridas provocadas por animales, y los rastros dejados en la panadería...
-¡Tu mismo dijiste que lo que tiene el cadáver de Roberto en el cuello son dentelladas de lobo! -Comentó Rodrigo, extrañado.
-Si, estoy de acuerdo en que coinciden con la forma, pero no con la fuerza. Un lobo normal nunca habría podido hacer añicos el grueso cristal de la panadería.
-Dices entonces, que fue un hombre acompañado por un lobo...? -Comentó Daniel el zapatero, con cierto desdén.
-Eso tendría mas sentido, pero debería ser un lobo enorme para tener semejante fuerza. Rodrigo y yo hemos peinado el pueblo entero y no hemos encontrado nada, por lo que debería haberse marchado del pueblo antes del amanecer.
-¡Eso es imposible! -Contestaron Ángel y Elan, casi al unísono.
-Hernando ha estado toda la noche vigilante y asegura que nada ni nadie ha pasado por esa puerta hasta esta mañana. -Prosiguió Ángel -Y hemos inspeccionado toda la valla del pueblo. No hay ni un solo resquicio abierto. Como no tenga alas el lobo...

Las puertas de la sala se abrieron de golpe, y todo el mundo se sobresaltó.
Un hombre delgado y alto apareció apoyado sobre el marco, con un sombrero inclinado que tan solo dejaba ver su barbilla.
-Lo que estáis buscando es un licántropo. Un hombre lobo. -Dijo.
-¿Quien eres? ¿De donde has salido? -Le preguntó el alcalde.
-Mi nombre es Yeray. Me gano la vida haciendo las cosas que los demás no saben o no quieren hacer... Soy cazarrecompensas. -Todo el mundo esbozó una mueca de incredulidad.
-Y no, no soy el asesino. -Prosiguió Yeray. -Podéis hablar con Hernando para daros cuenta de que he llegado ésta mañana al pueblo. Muy bonito, por cierto... lástima que haya un hombre lobo en él.
-¿Insinúas que alguien de este pueblo es un hombre lobo? -Volvió a preguntar el alcalde.
-Tendría sentido... -Se escuchó decir a Yago en voz baja.
-No lo insinúo, lo afirmo. -Respondió el cazarrecompensas. -Alguien de éste pueblo es un hombre lobo y, si estuviera en vuestro pellejo, empezaría por investigar a aquellos que no han venido a ésta reunión. No suelo dar consejos gratis, aprovechadlo. -Terminó Yeray, que le dio un trago a su petaca y se marchó de la sala, cerrando la puerta.

La reunión continuó hasta mas de media tarde.
Se concluyó que el gendarme Rodrigo estaría a la cabeza de la investigación.
-Sería interesante que, los que os acostasteis mas tarde, nos comentaseis cualquier cosa que recordéis que hayáis visto extraño en la calle. -Comentó Rodrigo. -Javier, tu sueles terminar tarde en la taberna, y está en la misma calle que la panadería. ¿No viste nada?
-Yo me niego a creer que alguien de éste pueblo sea un monstruo... -Contestó Javier, tajante.
-Lo entiendo, pero si recordaras algo, ¿Lo dirás? -Insistió Rodrigo.
-Trataré de recordar... -No parecía muy dispuesto a colaborar.



Aunque todo el mundo esperaba que se tratara de un crimen aislado, Saint-Piereg se fue a la cama con miedo aquella noche.

En una de las casas donde aún no se había apagado la luz...
-Se que tienes miedo, pero tienes que descansar. Piensa en cosas bonitas y verás como te duermes. -Estela tranquilizaba a su hermana.

A regañadientes, Araceli se fue a la cama.
Minutos después, y como cada noche, Estela guardó las telas con las que estaba trabajando y fue a apagar el candil. Pero no para acostarse, nunca era para acostarse.

Cuando lo apagó, tiró de el. Haciendo que se revelara una pequeña puerta oculta tras la piedra de uno de los muros del salón. Entró en ella y se perdió en la oscuridad.

Araceli acostumbraba a dormir toda la noche de una vez, sin embargo el miedo había hecho que llevara ya una hora dando vueltas en la cama, sin poder dormirse.
Decidió levantarse, con suerte su hermana aún no estaría dormida y podría hacerla sentir mejor.

Al llegar al salón, se cruzó con Estela, que salió de una puerta casi invisible, de la pared. Llevaba puesto un delantal con manchas de un líquido carmesí.
Araceli se quedó paralizada mirándola, como si acabara de ver un monstruo.
Con la cara en una mezcla entre sorpresa y rabia, Estela le dijo en voz baja apretando los dientes:
-Espera, Araceli. Vamos a hablar un momento. Ven...

CONTINUARÁ...

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