domingo, 29 de mayo de 2011

Párpados Cerrados


(Escrito en 2008)

PÁRPADOS CERRADOS
La medianoche había quedado ya un par de horas atrás, pero eso no hacía que Armando alterara lo más mínimo el ritmo de su paso. Su ruta no era en absoluto peligrosa. El barrio residencial en el que vivía era a menudo tildado como el más seguro de la ciudad.

La calle callaba, bañada por la anaranjada luz de las farolas que se reflejaban en los coches de un modo especial que daba una enorme sensación de serenidad. Cuando dejó atrás la zona en la que se permitía aparcar, la atmósfera cambió, volviéndose aún mas bella. La luz de las farolas era sustituida por la de pequeños farolillos de luz blanca que guardaban a cada lado las puertas de las casas de lujo a las que pertenecían, las aceras eran mucho más anchas y con numerosa decoración floral.

Pudo vislumbrar su casa calle abajo, que sobresalía por encima de las demás. Aún con la tenue luz de los farolillos  se podía apreciar el colorido del cuidado jardín que ésta tenía a su alrededor. A través de los ventanales de la planta baja se proyectaba luz. Su esposa estaría aún despierta, esperándole... pero Armando no aceleró su paso, quería atesorar hasta el más mínimo segundo de aquella noche, de la felicidad que un mundo en calma y perfecto le ofrecía.

Armando era un hombre con suerte, a sus treinta y dos años había logrado ser feliz. Tenía su propia marca fabricante de Vehículos de diseño, que triunfó desde el primer momento y propulsó su capital más que considerablemente.

El éxito de su empresa le había otorgado una gran cantidad de tiempo libre, que invirtió en proyectos personales como sus tres novelas best sellers gracias a las que se le considera uno de los hombres más cultos e inteligentes del país: "El interior del pez viento", "Tricotando el alma" y "Admirando la perfección". Si, no cabía duda de que la vida había sonreído a Armando Martínez Parejo.

-Hace una buena noche, ¿Verdad señor Martínez?- José, su vecino estaba de pie en el césped de su casa en bata y fumando como siempre con su pipa, esperando a que su perro terminara de hacer sus necesidades para poder irse a dormir.
-Ciertamente, así es.- Armando le dedicó una sonrisa a su vecino, que la recibió con su tradicional mueca de admiración y sana envidia mientras asentía levemente con la cabeza.

Tras despedirse, Armando metió la mano en su bolsillo y sacó las llaves de su casa, abrió la puerta y entró.

Dejó caer las llaves en un pequeño cuenco sobre un bajo armario en el pasillo de la entrada y se miró en el espejo de la pared. Estaba algo despeinado pero seguía manteniendo su enorme atractivo, aún con lo cansado que se encontraba.

Cuando llegó al salón vio que Laura, su mujer, se había quedado dormida en el sofá. La despertó con un suave beso en la mano.
Laura era la mujer más bella que Armando había conocido en su vida, y no dudó un segundo en tomarla por su esposa. Sus largos cabellos negros brillaban bajo la pálida luz que proyectaba el televisor. Abrió los ojos, se giró un poco sobre el sitio soltando un leve quejido y dijo...
-Cariño... ¿Qué tal te ha ido? Te estaba esperando y...- Armando apoyó su dedo índice sobre los carnosos labios de su esposa.
-Estás muy cansada, ya te contaré mañana. -

Desde la entrada del baño vio como ella se levantaba lentamente cubierta con su pequeña manta de lana y se marchaba escaleras arriba. Luego, Armando entró en el baño y cerró la puerta.

Cuando abrió el grifo del lavabo notó como un pequeño destello horizontal en su visión que le hizo frotarse los ojos, pero trató de no darle más atención de lo necesario, achacándolo al cansancio.
Una vez se lavó los dientes y se puso el pijama, él también subió las escaleras.

Laura le esperaba de rodillas sobre la cama, mirándole con ojos de deseo. Él le devolvió la mirada y comenzó a andar lentamente hacia la cama.

Entonces, como un latigazo, la imagen que había visto hacía un minuto de Laura exhausta sobre el sofá le sacudió la cabeza, unido de nuevo al destello horizontal en su visión.
Sabía lo que era, sabía lo que iba a ocurrir y tenía que evitarlo a toda costa. Se agarró la cabeza por las sienes y comenzó a girar mientras gritaba. Miró a la cama y Laura había desaparecido, miró al techo y vio como, poco a poco, una luz sustituía todo.

Armando despertó, abrió los ojos y se incorporó violentamente, llevándose por acto reflejo la mano a su maltrecha espalda, que le propinó una dolorosa punzada.
Después de gritar varias maldiciones y tacos malsonantes, cogió un pequeño aparato cuadrado de la destartalada mesita de noche que tenía al lado (el único mueble de aquella ruinosa y diminuta habitación).

-¡¿Qué?! ¡¿Solo una semana y media?! ¡¡Pero qué clase de mierda me vendieron!!
El tubo estaba vacío, tendría que salir a comprar.
Se incorporó sobre la cama y se miró las manos. Tenía las uñas larguísimas y los dedos extremadamente huesudos al igual que el resto de su cuerpo, que sufría una notable desnutrición.
Se miró en un maltrecho espejo desde la cama y vio su rostro, que a pesar de su edad, parecía el de un anciano, con una barba grisácea que casi llegaba a su pecho. Se puso en pie y echó un vistazo a la habitación. Después de una semana y media requería al menos un par de minutos volver a la conciencia de su situación real.
La habitación de alquiler seguía siendo la misma, con las paredes desconchadas y vacía, salvo por el colchón medio rajado, el espejo roto colgado sobre la pared y la mesita de noche coja, sobre la que no había más que una vieja foto y un Conmutador Rem.

El conmutador Rem, el último y revolucionario invento producto de una de las más famosas multinacionales. Un aparato capaz de manipular la mente mientras se encuentra en fase rem, estimulando los sentidos mediante sonidos, ultrasonidos, aromas y leves señales luminosas, modificando a placer los sueños creados por el subconsciente. Un aparato creado para provocar sonrisas y mejorar el sueño de millones de personas...

Armando alzó la mano y cogió la foto de la mesita de noche, que fue tomada en sus años de instituto (cuando aún compartía aula con Laura Méndez), y la arrojó al suelo gritando de nuevo palabrotas sin sentido.
Debajo de la cama guardaba una pequeña caja de madera con el poco dinero que aún le quedaba del que le dejaron sus padres al morir. Cogió algo, se quitó la aguja y el vial de plástico que tenía adherido a la vena del pliegue de su brazo izquierdo y se dirigió a la calle.

Aquellos callejones sí que eran peligrosos, calles muy estrechas y de edificios altos en mal estado entre los que apenas pasaba la luz durante el día, mucho menos en la noche.

Al aproximarse a un portal de un bloque de pisos abandonado escuchó murmullos, así que metió su mano derecha en su bolsillo y agarró el trozo de cristal roto, que siempre llevaba como arma, preparado para sacarlo si fuera preciso. Pero al llegar al portal lo soltó: En éste no había más que un hombre de aspecto horrible, tumbado en el suelo junto a una batería oxidada a la que había conectado un Conmutador Rem. Aquel hombre se golpeaba la cabeza fuertemente con el puño una y otra vez mientras susurraba: -Duérmete...Duérmete...-
Armando sintió algo parecido a lástima, pero procuró pensar rápidamente para sus adentros que él era diferente, que no llegaba al extremo de aquel hombre, sin nada, en la calle... no, el tenía algo de dinero, tenía un lugar donde vivir... era diferente.

Antes de darse cuenta, llegó a la Plaza de los Tres Caminos, donde siempre solía andar la persona a la que estaba buscando.
-Armando, Armandito... ¿Otra vez aquí? -Armando se dio la vuelta, tenía detrás a Carlos, el hombre corpulento a quien había venido a ver.
-Necesito mas.... he traído dinero.
-Uff... ¿Sabes, Armandito? El precio del somnífero vial ha subido una barbaridad en estas dos semanas que te has pasado en el limbo... Con ése dinero que llevas te alcanza para un solo vial.
-¡¿Qué?! Es... es... es el triple de lo que te pagué la última vez...
-Yo no tengo la culpa, amigo. Pero decídete, ¿Lo tomas, o lo dejas?
-Está bien...

A pesar de lo que le dolían las piernas, en el camino de vuelta se apresuró muchísimo más.
Cuando entró de nuevo en la habitación, colocó el vial, se clavó la diminuta aguja en la vena del brazo e introdujo los datos en el Conmutador Rem. Cuando terminó, se sentó en el pie la cama y se dejó caer lentamente hacia atrás, preparado para adentrarse en lo que, para él, era su auténtica vida.

Volvió en sí, su esposa le estaba dando pequeñas bofetadas para intentar reanimarlo.
-Armando, te has desmayado. ¿Te encuentras bien? Cariño, ¿Has cenado algo?
-Sí, estoy bien, Laura. No te preocupes, habrá sido solo una pequeña bajada de azúcar. ¿Nos vamos a la cama? -Pero no hubo respuesta, su mujer estaba congelada en el sitio.
-¿Qué te pasa?... No... No puede ser... -Empezó a oler a humo, pero no había humo por ningún lado. Los ojos comenzaron a llorarle y pronto despertó por su propia tos.

De nuevo en aquella habitación, miró a la mesita de noche, donde el Conmutador Rem desprendía un denso humo negro que casi había llegado al techo. Armando se levantó horrorizado, y lo desconectó de un tirón, lastimándose la clavícula.

Dolorido y con un ataque de ansiedad se desplomó sobre el suelo delante del aparato sabiendo que no volvería a vivir aquella vida, que no tenía dinero para otro Conmutador.

Entonces, pensó que tal vez aquello no era real, que tal vez esa vida maravillosa sería su vida auténtica, que solo sufría un mal sueño. Se sentó en el borde de la cama y con los ojos abiertos de par en par se quedó mirando el suelo fijamente, estrujándose las sienes con las manos para intentar despertar.
Estuvo así durante horas hasta que, rendido, cerró los párpados... para no abrirlos más.

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