lunes, 13 de junio de 2011

El Pueblo Duerme 3ª Parte

      
Final del capítulo anterior: 
Un libro le llamó la atención. En la portada aparecía una bestia muy parecida a la de su sueño. Tuvo una corazonada, lo abrió esforzándose para tratar de entender la simbología de su interior, pero era inútil. Pensó en llevarse el libro y mostrárselo a otra persona que quizá pudiera entenderlo cuando un estruendo le hizo soltarlo: Algo había hecho añicos la puerta principal.
 Araceli se escondió bajo una mesa abrazada al libro y rezó porque aquella cosa no encontrara la sala secreta...


-Es increíble que no reparáramos en ésta sala cuando estuvimos aquí ayer, por muy bien oculta que estuviera... -La voz de Ángel sonaba con cierto eco.
-Bueno, era una bruja. Sus trucos debía tener. -Rodrigo contestó a su compañero.
-¿Quién podría hacer una cosa así? Quiero decir, Roberto a veces era algo irritante y tal... ¿Pero esta chica?

-Se ve que no la conocíais. -La voz de Yago interrumpió al gendarme.- No digo que tuviera maldad alguna, pero Araceli era una de las personas mas irritantes que he conocido.
-Ya, nunca te terminó de caer bien... ¿verdad? -El alcalde apareció en la habitación. -¿como ha ocurrido? -Dijo, esta vez mirando a los gendarmes.

Ángel y Rodrigo se apartaron, dejando ver la escena.

La habitación oculta estaba hecha un desastre, apenas se podía ver el suelo entre los pedazos de cristal y cerámica de botes y cántaros. Al fondo, bajo un amasijo de tablones astillados que seguramente fueron una mesa, había un considerable charco de sangre.

-¡Pero si no hay ningún cuerpo!
-Nadie sobrevive mucho tiempo tras perder tal cantidad de sangre... -Comentó Yago.
-¿Y por qué habláis como si supierais que se trata de Araceli? -Preguntó el Alcalde.
-Porque seguramente sea la única que sabe que existe esta habitación. -Contestó Ángel.
-¿Y me podéis explicar que hacéis aquí que no la estáis buscando? ¿Donde está Elan?
-No ha venido... demasiado afectado. -Respondió Rodrigo esta vez.
-Está bien. El lobo no ataca durante el día, así que Ángel y yo podremos encargarnos de buscar a la chica tratando de seguir su rastro, vosotros dos seguid investigando posibles pistas aquí.
-Una cosa, -Yago detuvo al Alcalde. -Araceli se fue deprisa pero no la perseguían. Todo indica que el lobo la dio por muerta al atacarla aquí.

El Alcalde y el gendarme Ángel salieron por la puerta trasera de la casa, siguiendo el rastro de gotas de sangre.

-¿Has visto ésto? -Yago señaló a la esquina de la habitación, cerca de la puerta. -En la panadería también encontramos rastros algo parecidos a éstos.
-Parecen pisadas de una bestia... ¿Crees que se cortó el pie con los cristales? -Rodrigo apuntaba en su libreta todo cuanto comentaban.
-Si, es mas que probable. Y parece que es la segunda vez que se corta con cristales.
-Entonces, bastará con revisarle los pies a todo el pueblo, ¿No?
-No creo, todo apunta a que se regenera demasiado rápido. Nisiquiera deja el mas mínimo rastro. Salvo una o dos pisadas después del corte.
-Por lo menos supongo que con ésto confirmamos que se trata de un hombre-lobo, y que sigue en el pueblo... -Rodrigo no parecía muy contento de confirmar tal cosa.


-Esto es rarísimo, el rastro sigue hacia el norte, y el pueblo cae en pendiente hacia el sur... ¿Por qué huiría por el camino mas difícil? -El rastro de gotas de sangre confundía al Alcalde.
-A lo mejor no estaba huyendo, sino dirigiéndose a algún siti... -Ángel no terminó la frase. Tras atravesar varios árboles vieron el cuerpo de Araceli tirado en el suelo abrazando un libro. Un libro que alguien trataba de arrebatarle: El cazarrecompensas.

Ángel sacó su arma y apuntó a Yeray, que, con una sonrisa, levantó las manos y dio dos pasos atrás.
-Yo no he sido. Si lo fuera, no la habría dejado con el libro para venir a buscarlo ahora.
-Buen intento, pero ella no ha sido atacada aquí. -Fue la contestación de Ángel.

Despacio y sin dejar de apuntar al cazarrecompensas, Ángel se acercó y tomó el libro, pasándoselo al Alcalde. La portada, a pesar de estar cubierta de sangre, mostraba parcialmente el rostro de un licántropo. El alcalde lo abrió por una página marcada.

En ella había escrita una lista de ingredientes esotéricos. Los cinco primeros tenían escrito en el margen del lado “Ya lo tengo”, mientras que el primero de los siete restantes tenía una anotación algo mas larga: “Jose lo busca, lo encontrará pronto.”. Probablemente la letra de Estela.

-Parece que se dirigía a la cabaña del ermitaño, en lo alto de la loma. -Sacó la conclusión.
-Pues no me extraña que no llegara. -Ángel le dio la vuelta al cuerpo de Araceli. Tenía una enorme herida que abría una brecha desde su pecho hasta su garganta.
-Me cuesta creer que llegara hasta aquí.. -Prosiguió el Gendarme.
-Cielo santo. -Se oyó una voz de entre los árboles, de entre los que surgió Daniel, el zapatero.
-¿Qué haces aquí? -Preguntó Víctor.
-Pasé por delante de la casa de Estela... ¿Es Araceli? ¿Como ha llegado hasta aquí?-

Ángel y Víctor intercambiaron miradas.
-¿Como sabes que no fue atacada aquí? -Preguntaron casi al unísono.

Daniel tardó unos segundos en responder, tenía la mirada fija en el libro que sostenía el alcalde. Daba la impresión de que no era la primera vez que lo veía.
-Pues... Porque ésto está lejos de su casa. ¿Lo tenía ella? -Dijo señalando al libro.

Yeray, que hasta ahora había prestado atención en silencio, aprovechó la distracción de Ángel y se marchó corriendo.

-Joder, Ángel, ¡Detenlo!

El gendarme salió detrás del cazarrecompensas seguido por el alcalde (corriendo como podía) quien, instintivamente, cogió su bastón, soltando el libro sobre una roca.
Mientras se alejaban loma arriba, Daniel lo recogió y limpió la sangre de la portada con la manga para confirmar sus sospechas.
Con el libro en la mano, se agachó junto al cadáver de Araceli mientras miraba de reojo como las siluetas del alcalde, el gendarme y el cazarrecompensas se perdían en la distancia.


Uno de los disparos de Ángel acertó en la pierna de Yeray, que cayó apoyándose sobre la puerta de la cabaña. No le dio tiempo a entrar.
-Agh.. Ahora lo veo claro. Me han tendido una trampa. -Dijo mientras se retorcía de dolor. Ángel sonrió en tono de burla mientras le ponía las esposas.

El alcalde frunció el ceño y entró en la cabaña, temiéndose lo peor.
-¡¿Jose?! ¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien?!-

Sobre la pequeña mesa de madera del comedor había algo inconfundible: La petaca de Yeray.
-Parece que lleva varios días alojándose aquí... -Comentó el alcalde al gendarme, que entraba por la puerta arrastrando al cazarrecompensas. -Registraré toda la casa, habla con este.. tipo mientras tanto. Espero que Jose no esté implicado en todo ésto... -

Ángel ayudó a Yeray a sentarse en una de las sillas y luego se le quedó mirando.
-Adelante, dispara. -Comentó el cazarrecompensas invitándole a preguntarle.

Ángel sacó su arma y le apuntó:
-No me tientes...
-Preguntar, joder, me refería a preguntar...
-Ah... ¿Por qué no mejor me dices tu?
-Me han tendido una trampa.
-¿Quién?
-Un tal Perry... O ese es el nombre que me dio... Es un asiático con el que llevo tiempo comunicándome por correspondencia
-¿Asiático?
-Si, se apellida Yoshino o Yoshiko o algo así... Él fue quien me dijo que viniera a éste pueblo y que me quedara en ésta cabaña...
-Todo eso no suena muy..

-¡¡OSTIA PUTA!! -El grito del alcalde bajó desde el desván.

El putrefacto hedor del descompuesto cuerpo de Jose inundó toda la casa al abrir el baúl donde, a juzgar por su estado, llevaba varios días oculto.


-Lleva al menos un día muerto, quizá mas, no sabría decir cuanto. Las condiciones de humedad del desván pueden haber influido en su descomposición -Yago, que había sido llamado y llevado hasta allí como experto en la materia, examinaba el cuerpo. -Siento no poder ser mas preciso. -
Antes de apartarse y dejar paso a los gendarmes (que cargarían con el baúl hasta el pueblo), El cazador vio una pequeña nota bajo el tobillo del cadáver. Con disimulo, la arrugó en su mano y se la guardó en el bolsillo.
-Pobre Jose... no se merecía ésto. -Fue lo último que dijo antes de retirarse.


Llegó el mediodía y, como era de esperar, todo el pueblo se hizo eco de la noticia.

Antes del comienzo de la asamblea convocada, en una habitación contigua, Ángel y Rodrigo seguían interrogando al cazarrecompensas.

-Nada de lo que dices tiene el menor sentido. -Rodrigo no paraba de hacer gestos y muecas de incredulidad.
-Ya os lo he dicho. Llevaba un par de semanas escribiéndome con un asiático llamado Perry, que decía vivir en éste pueblo, en la cabaña. Me dijo que creía que su vida corría peligro y me dio instrucciones de como llegar a la cabaña. Me aseguró que el pueblo necesitaría un gran investigador como yo así que no dudé en acudir. Me sorprendió no solo no ver al tal Perry (no pregunté por el tal y como me indicó), sino también que nadie aceptara de buena gana mis servicios...
-Aquí nunca ha habido ningún asiático con ese nombre. Bueno, ni asiático ni moro ni ná de ná. -Dijo Ángel, sacudiendo la cabeza.
-Escuchadme. Yo llegué aquí a la mañana siguiente de que mataran al panadero... No he visto en mi vida a el tal Jose, ni soy un licántropo... Creo que me han tendido una trampa. Me han traído aquí para incriminarme.. eso es.-

Ángel y Rodrigo se miraron, ninguno de los dos creía una sola palabra de lo que decía Yeray.
-Se acabó, vamos a la asamblea. -Ángel terminó tajantemente el interrogatorio.
-Aún quedan diez minutos. -replicó Rodrigo.
-Es igual, el interrogatorio ha acabado. -Ángel se apresuró a amordazar a Yeray y lo sacó a empujones de la habitación, llevándolo a la sala de la asamblea.

El pueblo tuvo poco que votar. Nadie creyó al cazarrecompensas, y los gendarmes afirmaron tener suficientes pruebas para condenarle.

-¿Y si nos estamos equivocando? -Sonó una anciana voz en el fondo.
-Caramba, hacía mucho que no venía por las asambleas... Me alegro de verla, señora Annie. -El alcalde alzó la vista dirigiéndose a la anciana, que estaba sentada en una de las últimas filas.
-Vengo en nombre de mi hijo, que ha querido quedarse en casa... Bueno, lo que quería decir es que, la hermana mayor de la muchacha murió ayer... ¿Y si fue un suicidio? Anoche estaba muy afectada, temía que hiciera una tontería.
-Las pruebas hacen mucho mas que descartar eso. -Afirmó Rodrigo.

En un momento, se armó un bullicio en la sala. Nadie conocía lo suficientemente bien los detalles y la propuesta de la anciana tenía cierto sentido.

En medio del bullicio, Mirabay tiraba del delantal de su madre, que estaba demasiado ocupada discutiendo como para hacerle caso.

-Mamá, mamá. Yo se donde vive el lobito grande... mamá.. mamá.. -Sintiéndose ignorada, se cruzó de brazos inflando los mofletes.

Rodrigo y Yago tuvieron que explicar el estado en el que encontraron a Araceli para que la discusión cesara, convirtiéndose en un silencio de desconcierto y rabia que creó en todo el pueblo una urgente necesidad de que alguien pagara por ello.

-Qué desgracia... no conocía esos detalles. Pero si que os agradecería algo mas de transparencia. No está bien condenar a un hombre sin tener clara toda la situación. -Annie terminó de hablar y se sentó.
-Deberían tratar de confiar en nuestras investigaciones. Además, también está acusado del asesinato de Jose.-Apuntilló el alcalde.- ¿Hablasteis con Hernando? -Prosiguió, mirando a los gendarmes.
-Si, sostiene lo mismo que nos dijo el día después de la muerte de Roberto. Qué Yeray llegó al pueblo esa misma mañana. -Respondió Rodrigo.
-Yo puedo aclarar eso. -Siguió Ángel -Cuando Yago y yo exploramos los alrededores de la cabaña de Jose, encontramos un agujero que daba al otro lado de la valla. Debió salir por ahí y fingir que llegaba aquella mañana. -Al mismo tiempo que Ángel hablaba, Rodrigo apuntaba en su cuaderno.

-Todo queda resuelto, pues. -Terminó el alcalde, indicando que ya podían marcharse.

Hubo Tres entierros aquella tarde.
Al de Yeray tan solo acudieron los implicados en el caso.
Al de Jose acudieron todos sus viejos amigos.
Y por último, el de Araceli, al que acudió casi el pueblo en su totalidad.
No era muy común perder a alguien tan joven.

Elan apareció cabizbajo en el último momento, con un precioso ramo de flores forjado totalmente de metal, con todo tipo de detalle.
Se acercó hasta la multitud y lo colocó con suavidad sobre el ataúd de la chiquilla.

Tan pronto como comenzaron a echar tierra encima de la caja negra, el herrero se desplomó sobre sus rodillas, sollozando.

Yago le dio la vuelta y lo abrazó.
-Tenía que haberla protegido... -Decía Elan entre sollozos.
-Lo sé, pero ya no podemos hacer nada.... -Yago miraba fijamente, con las cejas levantadas y el rostro inexpresivo, como poco a poco la tierra arrojada por las palas, cubría la madera del ataúd.



Todo el pueblo volvió a sus casas, a sus comercios, en una emotiva mezcla de sentimientos que vagaban entre el alivio de haber acabado con el lobo y la tristeza de haber perdido un alma tan joven.


En la pastelería “La Volleyría artesana” aún quedaba demasiado trabajo por hacer antes de que anocheciera.
-Mirabay, tengo que preparar los ingredientes para mañana, ¿Podrías ir tú a la zapatería a recoger tus zapatos? Seguro que Daniel ya te los ha arreglado, no es bueno que siempre vayas con esas alpargatas... anda ve, y así paseas a Orejas.-

Normalmente, y aún siendo de día, Celia no dejaría que su hija saliera sola de casa, pero la zapatería de Daniel estaba muy cerca, tanto que desde allí podía leer perfectamente el cartel con el lema “Me kurro tus zapatos y te los dejo muy baratos”.


-¡Hola, chiquitina! ¡Hola Orejas! -El zapatero saludó tanto a la niña como al conejo que llevaba en brazos.
-Hola señor Daniel. Mi mamá me manda por los zapatos.
-Claro, ahora te los busco. -El zapatero entró un segundo a la trastienda y volvió portando una pequeña bolsa.
-¿Hoy no lo llevas con su correa? -Dijo mientras le daba la bolsa a la pequeña.
-No, prefiero llevarlo en brazos porque me da miedo que se lo coma el lobito grande.
-¿El... lobito grande?
-Si, lo vi anoche en la calle y parecía tener mucha hambre, me da miedo que le de un bocado a... ¡Orejas! -El conejo saltó de los brazos de Mirabay y se fue corriendo.
La niña salió detrás de él, con la bolsa en la mano.

Daniel se quedó pensativo, preocupado.

La pequeña cortina que separaba el probador de la zapatería se abrió y salió una persona. Una persona que había escuchado perfectamente lo que había dicho Mirabay.

Daniel volvió en sí.
-Ya te los has puesto. ¿Ves? ¡Te quedan fenomenal! -El zapatero se olvidó de momento de aquel comentario de la niña y continuó atendiendo a su cliente.

...Continuará.

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