-Hola señor Daniel. Mi mamá me manda por los zapatos.-Claro, ahora te los busco. -El zapatero entró un segundo a la trastienda y volvió portando una pequeña bolsa.-¿Hoy no lo llevas con su correa? -Dijo mientras le daba la bolsa a la pequeña.-No, prefiero llevarlo en brazos porque me da miedo que se lo coma el lobito grande.-¿El... lobito grande?-Si, lo vi anoche en la calle y parecía tener mucha hambre, me da miedo que le de un bocado a... ¡Orejas! -El conejo saltó de los brazos de Mirabay y se fue corriendo.La niña salió detrás de él, con la bolsa en la mano.
Daniel se quedó pensativo, preocupado.
La pequeña cortina que separaba el probador de la zapatería se abrió y salió una persona. Una persona que había escuchado perfectamente lo que había dicho Mirabay.
Daniel volvió en sí.-Ya te los has puesto. ¿Ves? ¡Te quedan fenomenal! -El zapatero se olvidó de momento de aquel comentario de la niña y continuó atendiendo a su cliente.
Hacía tiempo que el gallo había cantado, pero Carmen se permitió quedarse un rato mas en la cama. Había logrado dormir toda la noche y Rodrigo pediría el día libre para pasarlo con ella... Si, aquella mañana valía todo, incluso se permitiría abrir algo mas tarde la frutería.
Aún con el retraso tan poco habitual en ella, no pensaba eliminar de su rutina el pasarse por “La Volleyría artesana” para comprar algún dulce, llevando como de costumbre una pieza de fruta para la pequeña Mirabay y algunas zanahorias para su conejito Orejas... Pero mas tarde. Ahora descansaría un poco mas tumbada en su cama, dejándose llevar por pensamientos de un futuro perfecto que cada vez le parecía mas cercano.
Desgraciadamente, no todos los habitantes de Saint-Piereg se habían podido permitir no madrugar.
Rodrigo salió de la pastelería abriendo la puerta de golpe, pero no le dio tiempo a andar ni tres pasos. A pesar de lo que su empleo de gendarme le tenía acostumbrado a la violencia o la sangre, vomitó sobre el suelo de la calle, con un malestar y unas nauseas que no había sentido antes.
Ángel le miró de reojo, mientras trataba de evitar que la gente se acercara demasiado.
-¿Es.. es para tanto? -Preguntó a su compañero, sorprendido.
-En mi vida.... -Otra arcada obligó a Rodrigo a mirar al suelo de nuevo, volviendo a vomitar.
El alcalde apareció en la calle y le dio un par de palmadas en la espalda al gendarme.
-¿Te encuentras bien?
-Si, señor. Es que nunca había visto algo así.-
Víctor se giró hacia la puerta, se llevó la mano a la barbilla y entró lentamente en la pastelería, preparado para taparse la boca por el horror.
Cristales rotos a la entrada con agua derramada, quizás un vaso que fue a buscar la niña en medio de la noche... Junto a los cristales, las mismas huellas ensangrentadas de lobo de las últimas veces. Unos pasos mas al frente, la peor escena que nadie podría imaginar.
El pequeño cuerpo de Mirabay, descuartizado, hecho pedazos: Los brazos retorcidos y rotos separados del cuerpo, que yacía en el centro de la habitación con una enorme brecha que dejaba ver costillas quebradas y órganos perforados. Las piernas aplastadas contra el cemento del suelo, del que tan solo destacaban, intactos, unos bonitos zapatos nuevos... De la cabeza, postrada varios metros mas adelante, sobresalía un pequeño tramo de la columna, todo empapado en un río de sangre que parecía dibujar un agresivo trazo en una macabra pintura, usando su pelo como brocha.
Nadie que viera la mueca eterna de su cara podría jamas olvidarla. Paralizada en un llanto infinito, aún con la inocencia del tipo de miedo que solo una niña pequeña puede articular.
El alcalde se tapó la boca, cerró los ojos y comenzó a llorar.
-El ataque mas violento de todos, sin duda. -Yago apareció a su espalda y se sentó al lado del cuerpo antes de seguir hablando, con total frialdad. -Parece que el lobo estaba enfadado, rabioso, como si fuera algo personal contra ella.
-¿Contra una pobre niña? -titubeo el alcalde sin quitarse la mano de la boca.
-Estoy tan desconcertado como tu. -Fue la respuesta del cazador.
Rodrigo relevó a Ángel, quien, a pesar de las advertencias de su compañero, quiso entrar para ver la escena.
-Madremia... -Dijo con la boca abierta, mientras se acercaba lentamente a Yago para inclinarse junto a él, tratando de no mancharse sus zapatos nuevos con la sangre.- Ayer matamos a un inocente... -Ángel sacudió la cabeza como gesto de arrepentimiento.
Fuera, Elan se vio obligado a abofetear con cuidado a Celia, que aún seguía en estado de shock.
-Celia, trata de relajarte, trata de concentrarte... -Pero las palabras del herrero no tenían la suficiente fuerza, pues él también estaba destrozado.
-Mi... Mirabay... -Eran las únicas palabras que salían de los labios de la pastelera, paralizada y con la mirada perdida.
Rodrigo se acercó y le dio el pésame. Estuvo a punto de preguntarle algo, pero no lo hizo al ver como Carmen caminaba calle abajo portando una sonrisa y una canasta con una manzana y algunas zanahorias. El gendarme se apresuró a abrazarla.
-¡Hola! -le saludó ella con entusiasmo.
-Vuélvete a casa... -Le susurró él al oído. Frío y tajante.
-¿Qué pasa?
-El lobo ha...-
Carmen abrió los ojos de par en par, como si ya se imaginara lo que había ocurrido.
Se separó de Rodrigo y corrió a la pastelería, esquivando a Ángel que salía en ese mismo momento, tratando de detenerla.
Cuando Rodrigo volvió al lugar del crimen, se encontró a su amada de rodillas en el suelo, con la cara henchida de lágrimas.
-Esto.. esto no puede seguir así. Ya nos hemos equivocado demasiado... Tenemos que hacer algo... -Dijo sin dirigir la mirada al gendarme.
-Lo sé. -Le respondió, mientras la ayudaba a levantarse y la acompañaba fuera.
Todo Saint-Piereg estaba desolado, perdido, traumatizado. No solo no había sido eliminada la amenaza, sino que se había cometido el peor crimen que nadie podría imaginar.
Esta vez, la asamblea tuvo que esperar. Se llevó a cabo un precioso funeral al que no faltó absolutamente nadie. Aún así, nadie pensó en la ironía de que quien la asesinó tan salvajemente estaba allí, entre todos los que la lloraban.
Elan y Yago fueron los encargados de cavar en la tierra la que sería la última morada de la pequeña.
Durante toda la ceremonia e incluso después, cuando ya había comenzado la asamblea, lo único que hizo Celia fue acariciar una y otra vez a Orejas (llevándolo en brazos) aún con la mirada perdida, sin decir ni una palabra. Veía a todo el mundo discutir y gritar, sin duda preocupados y dolidos, pero no percibía sonido alguno, su mente estaba desconectada, como si la visión del cuerpo mutilado de su hija la hubiera dejado completamente parada, en pausa, negándose a seguir.
-¿Celia? Celia, ¿Me escuchas? -Rodrigo la tocó en el hombro y trató de captar su atención. -Se.. se que es difícil... pero si logró ver algo...
-... Un delantal. -Respondió la pastelera entre dientes. -El lobo llevaba un delantal atado al cuello. -Y volvió a desconectarse.
Se armó un nuevo barullo.
-¡Eso no dice nada! La gran mayoría de nosotros tiene trabajos donde usamos delantares.. -Gritó Javier.
-Es la única pista que tenemos, sería una insensatez no seguirla -Aseguró el alcalde, mostrando signos de lo que parecía alivio.
-Exacto -Se apresuró a remarcar Ángel.
-Rodrigo, vamos a hacer repasar quienes usan delantal.
Rodrigo se levantó y poco a poco fue llevando hasta la mesa del alcalde a todos los que cumplían el requisito:
Carmen (Usaba un delantal en la frutería)
Daniel (Usa un delantal grueso para protegerse de los remaches y evitar manchas de betún)
Javier (Como tabernero, lleva delantal a diario)
Elan (Las esquirlas y brasas de la fragua le obliga a llevar uno grueso)
-¿No te olvidas de alguien? -Comentó Javier, aún indignado. -La pastelera también usa delantal.
-¡¡¿¿Pero como te atreves??!! -Elan le miró asombrado. -¿Como puedes siquiera insinuar que pudiera hacerle algo así a su propia hija? ¿Es que no ves lo afectada que está?
-Yo también estaría afectado si me viera obligado a matar a una hija.. No es justo que se tenga que sospechar solo de nosotros cuatro...-Contestó el tabernero con cierto desdén.
-¿Por qué no cierras el pico y colaboras de una vez? -Continuó el herrero -Si de verdad eres inocente no se por qué te quejas tanto...
-Soy inocente pero me preocupo, ya se ha ajusticiado a inocentes antes. -El tabernero logró avergonzar a toda la sala.
-Si, contando con tu voto -Le recordó el herrero, señalándole con el dedo sin ocultar las ganas que tenía de golpearle.
-En realidad tiene bastante sentido -Yago rompió el incómodo silencio tras la amenaza de Elan. -No deberíamos descartar sospechosos solo porque sean madres de luto...
-Un momento... acabo de caer en algo -Carmen habló por encima de la voz del cazador.
-Cuéntanos...
-El delantal.. ¿No podría ser el de Roberto? Se que no estoy dentro de los investigadores oficiales pero lo vi en las notas de Rodrigo...
-¡Carmen! -El gendarme estaba sorprendido de que su novia hubiera cotilleado sus notas.
-Pero, si eso que dice es cierto... entonces no es realmente una pista ésto. -Daniel soltó un resoplido y volvió a su asiento.
Rodrigo se percató en la perforante mirada que Ángel le lanzó al zapatero, y lo anotó en su cuaderno.
La asamblea terminó sin que se pudiera encontrar un culpable, y dados los precedentes, nadie se atrevía a acusar sin fundamentos.
Celia decidió marcharse del pueblo aquella misma tarde. Todo le recordaba a su pequeña.
-Ángel, ¿Tienes un momento? -Cuando ambos se quedaron solos en la sala de la asamblea, Rodrigo llamó la atención de su compañero.
-Dime
-No pude evitar ver como miraste a Daniel. ¿Sospechas de él?
-Se que eres tu quien lleva ésto... pero si fuera tu al menos hablaría con él.
-Lo haré... ¿Esta noche te toca guardia, no? ¿Como está tu arma? Ayer estuve practicando tiro y tengo la mía con el gatillo cogido...
-Si, me toca guardia... va a ser una ruina, los zapatos nuevos me están matando. Por lo menos mi arma si que está bien. Siendo tu quien lleva la investigación principal, deberías tener siempre el arma preparada aunque no te toque ronda. Pásate por casa de Yago, seguro que sabe arreglártela. Nos vemos mañana.-
Ángel se despidió y se marchó de la sala.
Camino a la zapatería, Rodrigo pensó fugazmente, de broma, si quizá Ángel trataba de señalar al zapatero como lobo solo por no haberle dejado bien los zapatos.
Daniel estaba tan ocupado y ensimismado en su trabajo que nisiquiera notó la presencia de Rodrigo hasta que estuvo a un par de metros de él:
-Daniel, ¿Podemos hablar?
-¿Es muy largo? Tengo muchísimo trabajo. -Preguntó el zapatero con desdén mientras trabajaba.
-Bueno, quizá lo sea. -Contestó rodrigo, fijándose en como trabajaba.
-Buah, es que estoy liadísimo... Mira, ¿Por qué no hacemos una cosa? Cuando cierre me paso por tu casa y hablamos todo lo que quieras. Esta noche le toca la ronda a Ángel, ¿No? Estás libre.
-Si... -Respondió el gendarme, sorprendido de que Daniel supiera tan bien los turnos.
-Pues nos vemos mas tarde entonces. -Dijo el zapatero, terminando la conversación mientras volvía a golpear con un cincel la suela de uno de los dos enormes zapatos que estaba preparando.
-¿Quién tiene los pies tan grandes? -Preguntó Rodrigo en tono algo burlón, antes de marcharse.
-Es un encargo. Para algo decorativo tal vez. -Le respondió Daniel, sin dejar de trabajar.
-Ya veo. Bueno, nos vemos luego.
Mientras caminaba hacia la casa de Yago, Rodrigo se acordó de como el lobo se había hecho cortes en la suela del pie en cada uno de sus ataques... Unos zapatos se lo habrían evitado. Lo anotó en su cuaderno.
-¿Hay alguien? -La puerta estaba abierta, pero el cazador no parecía estar en casa.
El gendarme se adentró en la casa hasta llegar a un pequeño patio interior, de donde escuchó de lo que parecían cortes.
Yago estaba en el centro, despedazando con su cuchillo el cuerpo sin vida de un ciervo. Llevaba puesto un delantal grueso para no mancharse la ropa de sangre.
-¿Usas un delantal? -Rodrigo estaba perplejo.
El cazador pegó un bote y soltó el cuchillo sobre la mesa, asustado. Se quitó el delantal en un ademán y lo tiró al suelo.
-Joder, que susto me has dado. Si, uso delantal. Pero solo cuando despiezo una presa. No es mi herramienta de trabajo... por eso no lo comenté en la asamblea. -Trató de excusarse.
-Ya veo... aún así debiste mencionarlo. -Al gendarme se le erizó el pelo de la nuca, el aspecto de Yago en aquel momento imponía demasiado como para atreverse a presionarle mas sobre el tema. -Oye, verás, tengo un problema con mi arma.. ¿Podrías echarle un vistazo?
-Déjame ver... Claro, puedo arreglártelo. Para mañana te lo tendré listo.
Cuando el gendarme llegó a casa, ya casi había anochecido.
Carmen le estaba esperando, después de lo ocurrido aquel día y aunque no había podido tomarse el día libre como planeó, no permitiría que Carmen durmiera sola.
-¿Ha venido Daniel? -Le comentó tras saludarla con un beso, temiendo que ya hiciera rato que pasó.
-¿El zapatero? No.
Durante la cena, Rodrigo le comentó lo ocurrido en casa del cazador y le habló de su cita ésa noche con Daniel.
-Voy a darme un baño. Ya la hora que es no creo que venga, pero si por casualidad aparece Daniel, ofrécele algo de comer y dile que no tardaré.
-De acuerdo.
Carmen se sentó junto a la mesa del salón. Sobre ella, Rodrigo había colocado todos los objetos relacionados con el caso: La daga, El libro, Otros objetos esotéricos encontrados en la guarida de Estela... y los zapatos de Mirabay.
Carmen cogió en su mano uno de los pequeños zapatitos. No pudo evitar que se le saltaran las lágrimas al recordar como la pequeña solía corretear por las calles de Saint-Piereg. Lo soltó y reparó en el libro. Miró hacia la puerta del baño (que seguía cerrada) para asegurarse de que su pareja no la veía, y abrió la primera página... o, al menos la que ahora era la primera: Claramente, alguien había arrancado una página.
La frutera dio un respingo que le hizo cerrar y soltar el libro al escuchar como llamaban a la puerta de la casa. Antes de levantarse para abrir, se aseguró de que todos los objetos estuvieran justo como los dejó el gendarme.
Carmen caminaba hacia la puerta cuando volvieron a llamar, con algo mas de fuerza.
-Vaya impaciencia.. -dijo en voz baja justo antes de que, nada mas girar el pomo, la puerta se abriera de golpe, catapultándola hacia atrás.
-Continuará...

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